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a
Nuria Nuiry
Estando ya en
el kindergarten la abuela tuvo que ir a buscarlo. No resistía
aquello. Ambos bajaron las escaleras con diferente adustez. Ella,
la abuela, le sostenía de una mano; en la otra le llevaba
la sillita breve pintada de esmalte azul. No soportaba la escuela,
esto es: el inicio de ella. Alcanzaron la acera y se pusieron a
caminar.
Iban a casa.
Él. Que era un niño desproporcionadamente silencioso,
encontró un remedio. Porque, descubrió muy pronto,
la casa no es un refugio inalterable: había allí también
convivencia, ¡y cuán difícil le resultaba el
trato con los demás! ... Pero un buen día le sorprendió
un hallazgo. Se dio cuenta de que podía estar acompañado.
Sin riesgos, sin preocupaciones. Sin peligros. Alguien le había
puesto en contacto con la lectura el mundo de encantamiento de los
libros; ocupación que tanto le distrajo como para sumirle
en tal apartamiento, que designó su vocación. Con
los libros se podía hablar; y eran ellos interlocutor seguro
y ameno y paciente y comprensivo. Extraía de los libros su
fuerza ... su realidad misma.
Así, en esta vaga, irregular compañía, fue
creciendo Utíello. Fue creciendo. Hasta sobrevenirle la ocasión
en que (a su parecer) se enfrentaba a su destino, al trazo inexorable
de lo que había de ser, él; ¡él!: Utiello.
¡Pondría su vida al servicio de la ciencia! De la Ciencia.
La coyuntura la extrajo precisamente de un libro; todo un fragmento
que, a manera de "motto", habría de suponerle trayectoria
de ruta en todo su devenir particular.
Inexplicablemente las palabras de un párrafo; unas pocas
palabras, entresacadas (atendidas) casi por azar de un texto. ¡Y
texto tan vetusto! Unos cuantos conceptos llevados a la escritura
conceptos arropados en un pensamiento ¡de hace 1,500 años!
aproximadamente. Unas palabras, ¡qué palabras solas
pueden componer el destino de nadie! ¡Que la totalidad de
una vida haya de regirse causada en el criterio mohoso de un pensamiento
exclusivamente teorizante!
Sí, en forma insólita. Peregrina. La afición
de Utiello a las mariposas, o lepidópteros como él
las nombraba; su total dedicación. Su radical entrega al
estudio de esta especie de insectos. Todo. Se debía a un
imaginario postulado de verdad incalculadamente exhibido en la de
un libro. (...) Hay gente así (aunque no en Candonga).
Como la siguiente, más o menos, rezaba la compostura de letras
que anticipadamente forzaban un devenir ineludible (autoimpuesto)
para Utiello:
Hurgando
el aludido Utiello, adolescente, una tarde sol- postrante; entre
entrepaños de una librería amiga "de viejo"
-segunda mano, algunos las tildan; irregularmente- hojeando las
entrecosturas de un espécimen mugriento, en raudísimo
golpe de vista. Utiello -el joven Utiello, por aquella época
(distante aún de cualquier posibilidad, premonición
o acercamiento a Candonga); chiqueado con el onomástico
diminutivo de "Waldito". Los que le querían, claro está;
o más bien la familia. Tan nutrida como desconocida e indiferente
para los concurridísimos pasos del Utiello incipiente
(Waldito). Pues en el susodicho volumen mancillado, pujantemente
a capricho; como puestas para él, estas líneas
(que iban a constituir en lo adelante toda una fórmula de
vida), (todo un "compromiso" para con su propia persona
y desarrollo):
Alcmeón afirma que el
hombre se distingue de los demás entes porque sólo
él piensa, mientras que los demás entes tienen sensación,
pero no piensan.
La envergadura
y prosapia de "motto" semejante arrastraría al
infeliz Utiello al desastre de consagrar una idea, por él
tenida como cosa cierta, eficaz. E inmutable. Trastrocándola
en pauta, en verdad externa: como un canon. (¡Motto con doble
"t" que infatigablemente le sirviera e impulsara! Sin
cambios; como en un automóvil marciano.) Pensaba ¡también
él pensaba! que los secretos perennes que correspondía
al hombre moderno dilucidar, pertenecían en su vastedad y
profusión al campo, y escrutinio, de la colosal infinitud
de las Ciencias. Sin saber, Waldo pobrecito; ignorante. Que la ciencia
es sólo parte de una superestructura, ¡no la realidad
real!
Asimismo, en extraordinaria enajenación, separaba la política
de aquellas funciones vegetativas que él, Waldito que prorrumpiría
después en un "profesor" Utiello desguazado- consideraba
conducentes a una divina entelequia, esto es: a estados espirituales
cabalmente científicos.
.A partir de aquella fecha Utiello se enfrascó en la disciplina
pitagórica: adoptó deleitosamente la doctrina del
predominio del número, de la Armonía; y, ante todo,
los principios cosmológicos sabiamente representados en la
TABLA DE LAS OPOSICIONES... Sentía conmiseración grotesca
por Aristóteles, al osar éste (¡casi dos siglos
más tarde!) desmentir a Alcmeón; y aventurar que la
función del cerebro no es otra que la de enfriar con sus
flemas el corazón, impidiendo de este modo su recalentamiento.
Reverenciaba estremecido el genio de Alcmeón que en su Peri
Physeos había señalado: Los hombres mueren porque
no pueden retornar a sus comienzos. O su inigualable postulado médico
de Alcmeón, que era por esta guisa: La salud es el equilibrio
de fuerzas dentro de un cuerpo.
Veintitrés años después iría a sentar
sus reales en Candonga. De su primigenia y convulsa "ciencia",
quedaba el producto decantado de estudios y vigilias. De la estricta
y fecunda especialización: había escogido el aleteante
horizonte multicolor de los trashumantes y nectarlibadores lepidópteros,
denominados por el inconsciente vulgo con el hombre flageloso de
m a r i p o s a s .
Vaya salto de Alcmeón a Candonga (¡). Sitio en que
predominaban los excusados.
Cosa que no ha de tomarse en nada por ofensa; basta con sopesar
el servicio que rinden, y lo útiles que son a la sanidad,
estas letrinas, a las que nosotros pudorosamente concedemos el nombre
de excusados. Y, a la hora propicia, habría que seriamente
poner a estudio la validez suprema del apotegma aquel de Alcmeón
al menos en la dimensión de abracadabra que al bueno de Utiello
le vino en ganas adjudicarle en la aplicación adventicia
que le impuso a éste al llevarlo a la vida.
(Pues al pensamiento se le piensa de muchas maneras.)
La acción futura correspondiente al héroe mate de
esta novela asumirá la responsabilidad de ilustrarnos, a
través de los cruciales aciertos y de sus múltiples
y abismales yerros, si este salto suyo a Candonga fue tan grande
y desorbitado como se dice; como también si la sombra peyorativa
que la mera mención de la palabra "excusados" -en
insinuado y torcido paralelismo arroja, es justificada.
Y del significado en consecuencia que tuvo tanto para él
como para sus congéneres, para la posteridad propia chiquita
que se le atribuye. Su ínclito y desusado vivir en Candonga.
Con los párrafos precedentes ponemos fin a la sección
larga y encaracolada en exceso que a manera de prefacio, sirve al
lector los fundamentos mínimos de la trama, sin que esto
obste en lo absoluto para continuar, a lo largo de las páginas
del libro, indagando en la naturaleza y motivaciones del protagonista.
Utiello, estibador inconsciente de una era polémica y trasegada.
(fragmento de
Vivir en Candonga)
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