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(LUCHAR ES QUERER SER FELIZ)

Las campanadas del reloj de la catedral resonaron entre los muros centenarios, rebotaron, cruzando el parque, en el nuevo edificio colonial del ayuntamiento y se esparcieron sobre Santiago. Las siete. El sol lanzaba sus recién nacidos rayos sobre el grisoso azul triste del cielo. Dos aviones de propulsión se disparaban por los aires, dejando muy atrás el trepidante silbido de su fuerza. Dos mujeres, de luto, subían, poniéndose los velos, la empinada escalinata de la iglesia. En sus ojos había la roja huella de una noche de vela y su respiración era entrecortada. Buscaron los aviones con expresión de ansiedad. No lograron verlos y volvieron su atención a los escalones. El pordiosero Nemesio, serio y callado, extendió la diestra y, con la mano izquierda., levantó unas pulgadas sobre sus canas el sucio sombrero de paño. Abría y cerraba la boca, masticando en seco. Las mujeres siguieron de largo, ignorándolo. Él se soltó el sombrero en la cabeza y se frotó las manos, sin dejar de masticar. Se quedó un instante quieto, con la vista en el suelo. Luego, súbitamente, se encogió de hombros y, con reumático andar, comenzó a bajar lentamente los escalones de cemento. El hombre cubría la ruina de su cuerpo con un desteñido saco gris, una camisa verde, rota y sin botones, y pantalones carmelitas y diez colores más en los remiendos. Su rostro, macilento y fláccido, estaba ensombrecido por una barba lechosa de semanas, y sus ojos, pardos y sin brillo, aunque llenos de curiosidad, lucían pesados, como si les costara trabajo mirar. Su boca tenía un rictus amargo, duro, a la vez que angustiado. Metía los pies en unos zapatos de dos tonos, buenos todavía, aunque era fácil notar que le quedaban grandes. Su cuerpo, de la cintura para arriba, se inclinaba hacia un lado, el izquierdo, por una desviación senil de las vértebras, y el pordiosero mantenía el equilibrio apoyando la mano en la pierna al bajar cada escalón. Ya en la acera, el hombre se detuvo. Y, calmosamente, se dedicó a observar a la gente que pasaba. Nunca dejaba de masticar en seco. Sólo le quedaba un diente, amarillo y largo, en la boca pasa.

Por su lado cruzaban caras serias, muy serias, con sombras de ansiedad, tensas y expectantes; caras llevadas hacia arriba y hacia abajo, de un lado a otro, de la calle, por unos pasos apresurados, como de fuga angustiada, pasos que no parecían tener destino. Pasos de gente que andaba de prisa por obligación de la costumbre, pero que no ponía voluntad en su prisa.

En frente, la plazoleta redonda del Parque, con su baja verja de hierro, alrededor, pintada de verde oscuro. Bajo los árboles de higuito, que alguna que otra vez lanzaban pájaros al aire, entre los alelíes y las malangas, los clarines blancos y morados y las flores del Sol, dos muchachos harapientos, blanco uno, negro el otro, limpiaban descalzos y de rodillas, con violentos pañazos, los zapatos de los ceñudos clientes sentados en los bancos de granito.

Máquinas, camiones y carretillas de caballos bajaban Heredia hacia la plaza del mercado. En la acera opuesta, un mulatico voceaba, con aburrido sonsonete, el Diario de Cuba.

Junto a Nemesio, el gordo Manuel, con el tabaco en la boca, levantaba la puerta metálica de su vidriera de apuntaciones de bolita de los bajos del atrio y recogía los fardos de periódicos amontonados en la acera. El hombre tiraba los paquetes, uno a uno, dentro del establecimiento, deteniéndose después de cada lanzamiento para respirar.

El pordiosero esperó en la acera hasta que el gordo terminó con los periódicos y entró en su establecimiento. Entonces encaminó hacia allí sus arrastrados pasos. Extendió la mano, como si pidiera una limosna, y recibió un periódico del gordo. Con movimientos trabajosos, lo desplegó sobre la vidriera mostrador.

El viejo no se detuvo ni un instante en la primera página; abrió el periódico por la tercera y se inclinó sobre el papel para leer, acercando mucho los ojos a las letras. Tenía la boca abierta y torcía el labio inferior. Ahora no masticaba en seco. Su cara se movía sobre las hojas desplegadas, llevando la mirada hacia arriba y hacia abajo, de izquierda a derecha, buscando los titulares. Al fin, la mirada se detuvo.

          "Juzgados".

Todavía en esa sección, sus ojos siguieron buscando, llevados por los movimientos de la cara.

Desdeñaban las líneas por montones, como si les importaran un bledo los nacimientos, matrimonios y divorcios. Al fin, se detuvieron en el encabezamiento de un párrafo.

          "Defunciones".

Sólo entonces el hombre se puso a leer.

"Ángela Piedra Rico, de 25 años, de cáncer del pulmón. Ricardo Pérez, de 18 años, Veguita de Galo, Bertillón 166. Joaquín Palacios Díaz, de 24 años, Santa Úrsula, Bertillón 166. Juan Ramírez Peláez, de 15 años, Bertillón 166. Alfredo Aparicio, de 81 años, tuberculosis intestinal. Juan Queralta Nacer, de 59 años, de neoplasma del colon. Pedro Díaz, de 12 años de caquexia y leucemia".

El viejo levantó la vista del periódico, aunque siguió con las manos apoyadas en la vidriera y la cara inclinada hacia el papel. Miraba vagamente el "fijo" y los "los corridos" que anunciaba la Pizarra. La expresión se le había hecho infeliz y tenía los ojos húmedos y mustios, como agotados por el esfuerzo de la lectura. Por un instante, pareció que todo él se había desplomado sobre la vidriera, que ya no se iba a levantar jamás. Pero se repuso y recogió el periódico. Luego de ordenar las páginas, se lo devolvió al gordo, quien lo miró fijamente, arqueadas las cejas, al recibirlo.

El pordiosero inició el regreso, muy cansadamente, hacia su puesto, en la escalinata de la catedral. En la acera, como no se ocupaba de ver por donde andaba, tropezó con un hombre que pasaba. El viejo se detuvo y se fijó con atenta calma en el transeúnte.

Era un moreno trajeado de azul oscuro, sin corbata ni sombrero, serio, hasta hosco, con la tensa expresión que Nemesio había visto en todas las caras aquella mañana, pero en la del negro había además un aire de resuelta determinación que las otras no tenían. Se había detenido momentáneamente, como para ver el resultado de su tropezón con el viejo, las manos alertas, por si tenía que evitar su caída. Al ver que el pordiosero seguía tranquilamente en pie, murmuró "Perdón" y se alejó.

Nemesio no oyó su voz, pero supo, por el movimiento de los gruesos labios, de la disculpa, y movió negativamente la cabeza. Se quedó pensativo, mirándolo alejarse.

El negro parecía saber exactamente adonde iba y hasta el tiempo que emplearía en ir. Al viejo le llamó la atención, sobre todo, la decisión que vio en sus ojos pardos, algo así como una bala disparada rectamente al blanco. La piel negra de su cara era tersa y brillante y estaba mojada de sudor. En la frente, partiendo de entre las cejas y terminando donde empezaba el cabello ensortijado, había una pronunciada arruga.

Aunque no lo conocía -estaba seguro de que era aquella la primera vez que lo veía- al pordiosero le pareció encontrar en el negro algo familiar, algo que quizás tenía él también en su persona, pero no pudo descifrar el qué. De todos modos, por aquel algo peculiar, que él ignoraba, la estampa se le quedó en la cabeza, grabada con firmeza y claridad.

(...)

Las campanas del reloj de la Catedral comenzaron a sonar, dando las siete. El mendigo bajó la escalinata.

El gordo levantó la puerta metálica de su vidriera de apuntaciones. Nemesio aguardó hasta que el hombre hubo tirado todos los paquetes de periódicos hacia adentro. Entonces extendió la mano.

Desplegó el diario sobre el mostrador. Buscó la página. Leyó:

          "DEFUNCIONES"

Guillermo Espinosa Mendive, de 49 años, Pedrera y Escario, Bertillón 166. Carlos Espinosa Pérez, 18 años, Bertillón 166. Waldino Medrano, Bertillón 166. Un desconocido, de la raza negra, de unos 45 años, Bertillón 166. Emilia Infante Serrano, Bertillón 166. Enrique Fernández, Bertillón 166. Joaquín Jiménez, Bertillón 166. Juan Pérez, Bertillón 166. Antonio Camacho, de 22 años, Bertillón 166. Noelia Aparicio, 10 meses, de gastroenteritis.

El sordo entregó el periódico al gordo. Se volvió a su puesto, en la escalinata. Por la calle, pasaba. la gente con la misma cara seria, la misma angustia.

          ¡HASTA CUÁNDO, SEÑOR!

(fragmentos de Bertillón 166, inicio y final de la novela)


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©Redacción Editorial: Walfrido Dorta / Diseño Web: Ileana Sánchez // Actualización: 19/07/02