|
La
hoja
Escondida detrás de una rama interrumpida a ratos por ligeros
nudos, enroscada sobre sí misma de noche y recibiendo rígida
el sol del mediodía, la hoja esperaba el paso de la ráfaga
de viento para regresar a su posición original. Un balanceo
de la rama, que en realidad tenía menos de dos y media pulgadas
de diámetro, le indicó que el viento se alejaba en
dirección a la arboleda del fondo. Allá seguramente
encontraría más resistencia que en este inesperado
arbolito de nísperos que crecía entre el marabú,
junto a la pared izquierda de la casa.
Ahora la sombra
de la rama ocultaba el borde superior de la hoja, donde comienza
el tallo, dando la impresión de que flotaba en el aire, libre
de toda atadura con el árbol que nunca había considerado
como una cosa propia. Quizás esta actitud se debía
a su tardío nacimiento: una semana antes, ya bien entrada
la estación de la seca, el mismo día en que la última
hoja de verano había desaparecido sepultada entre las yerbas
que cubrían las raíces del níspero, la punta
de la hoja había asomado entre el segundo y el tercer nudo
de la rama.
Cuando la hoja
fue lo suficientemente grande como para balancearse o inclinarse
hacia adelante, ya no quedaban bajo el níspero restos de
las demás. Todo lo que vio fueron las ramas lisas y secas
del arbolito, la tierra resquebrajada y la pared de la casa. Esta
pared fue durante cierto tiempo lo más interesante de todo.
La cruzaba una rajadura que, partiendo del alero, caminaba cada
día unas cuantas pulgadas en dirección opuesta. En
la rajadura vivían hormigas y otros insectos aún mayores
con las cabezas extrañamente divididas por una especie de
antenas. Una tarde, la hoja consiguió introducir su punta
en la rajadura. Inmediatamente sintió el leve escozor producido
por un cuerpo que se arrastraba hacia el tallo dando muchas vueltas.
Cuando el escozor ya había desaparecido, la hoja pudo ver
el cuerpo de una hormiga pequeña que se alejaba por la rama,
de vuelta a su hueco en la pared. Este fue su único contacto
con quienes la rodeaban. Antes, una noche después de llover,
le pareció ver algo en forma de corazón alargado,
con un tallo y de un color verdoso que brillaba reflejando la luz
de la luna, al pie del níspero. Pero esta visión sólo
duró unos segundos, los necesarios para que una masa de nubes
cargadas de agua ocultaran de nuevo a la luna, llevándose
consigo la inesperada aparición.
Ahora la sombra
de la rama caía derecha sobre la tierra. Había llegado
el esperado momento en que la hoja podría ver durante media
hora a su propia sombra en el piso. Dos días antes, cuando
la vio por primera vez, había creído que se trataba
de un ser vivo, independiente del árbol. Pero pronto pudo
observar que el objeto oscuro se movía abajo al mismo tiempo
que ella, y que la rama a la cual estaba atado tenía dos
nudos, uno mayor que el otro, como la rama del níspero.
Comprendió
entonces que se trataba de un doble mudo y obediente. Esto aumentó
su interés: la hora de encontrarse ambos adquirió
importancia de rito: la hoja vivía de un encuentro al otro,
contando los minutos que faltaban para que apareciera, completa,
la sombra. Entonces, se balanceaba, saltaba y se agitaba, deleitada
por la obediencia del otro y embriagada por la sensación
del poder hasta aquel momento desconocida.
Una sola cosa
la contrariaba. El otro jamás se acercaba, siempre permanecía
pegado al piso. Al parecer, únicamente sabía alejarse
hacia la derecha, hasta que desaparecía con el sol de la
tarde.
La hoja había
terminado de jugar y descansaba, relajándose. Poco a poco,
la idea de tomar ella misma la iniciativa se le fue haciendo más
familiar. Miró a su doble, inmóvil allá abajo,
y calculó la distancia que los separaría. No eran
más de tres metros, quizás dos. Por fin, tomó
una decisión. Estirándose lo más que pudo,
tendió su punta hacia abajo, tratando de que la rama la siguiera.
Pero la rama era inflexible: sus nudos se pusieron tensos y la madera
permaneció perfilada en su puesto. Este primer fracaso hizo
que algo parecido a la cólera golpeara a la hoja: en un segundo
presintió la insatisfacción de continuar sus vanos
bailes en el aire, separada del otro.
Encogiéndose desde el tallo, se estiró de un golpe,
alargando dolorosamente sus nervios, que saltaron alrededor de la
espina dorsal. El viento quemaba sus bordes mientras caía
en círculos temblorosos. Transcurrieron instantes prolongados
de alucinación y vértigo, interrumpidos por los latidos
de la savia goteando fuera del tallo trunco y por el rugido del
viento al chocar con su punta.
Abajo, cada
vez más cerca, una forma gris se iba oscureciendo, tomando
un contorno preciso. En un último momento de lucidez, la
visión del doble cercano y siempre doblegado la invadió
dulcemente. La hoja giró en espiral y tocó la tierra
de costado. Luego, equilibrándose, cubrió con su cara
a la imagen de su propia sombra.
(de Las fábulas)
|