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Y es el portal
abriéndose a la súbita noche de los jardines, de la
calle; abriéndose a las conversaciones, al saludo fugaz de
los que pasan, a los gritos de los niños que se despiden
y recogen sus libros, sus juguetes, una camisa, un suéter,
un sombrero. Han cesado las voces inocentes que formaron los coros:
reyes y príncipes depuestos, melancólicas viuditas
del Conde de Oré, delgadinas cautivas, doñanas de
delicadísimos dedos que despiertan las rosas y cierran los
claveles, pájaras pintarrajeadas que saltan recogiendo flores,
gallegas con nombre de emperatriz rusa, desobedientes y majaderas,
soldados aragoneses, rubios y altos, muertos en batalla, y un negrito
gordo y sonriente, comedor de arroz. Coros de un ingenuo erotismo,
que fabulan amores desgraciados e innobles: cantos y danzas, celebraciones
infantiles en la tarde que cae.
La calle es de un gris profundo que, a trechos, iluminan las lámparas
que se encienden, todas a una, en los portales. La calle fragante
y húmeda que no volveríamos a ver hasta la mañana
siguiente, pero cuya vida seria comentada, divulgada, en la mesa
y luego en los dormitorios, de una cama a otra, antes de persignarnos,
decir las oraciones y cerrar los ojos, apretando los párpados
para ahuyentar la oscuridad, los muertos, el silencio, hasta que
el sueño nos rindiera.
Entonces, los mayores reanudaban sus pláticas en los portales,
poblando los sillones, los bancos, los columpios, los balances,
intimando con sus puntuales referencias del día. Se hablaba
del trabajo, de la casa, de la familia, de los amigos; se narraban
historias de muertos, de aparecidos, de viajes irrealizados, de
proyectos por cumplir, de las enfermedades, y, bajando la voz, entre
dientes, casi en un susurro, comentaban una desgracia sentimental
ocurrida en la familia, sin hacer de ello escándalo. A nuestra
prima Hortensia le había nacido un niño sin padre,
y Hortensia era la más dulce, generosa y bella de nuestras
relaciones. La pobre, tan joven y ahora tan triste. Comentaban la
situación económica de algún pariente o amigo,
sus dificultades, la escasez y la pobreza. Se hablaba de las personas
evitando nombrarlas. Mamá añadía un refrán,
siempre a mano, para concluir un escabroso tema: "Ruin es el
árbol que no cobija sus raíces", decía.
Papá comenzaba a historiar el esplendor y las penurias de
sus antepasados. Éramos cubanos, nacidos de padres cubanos,
hijos de cubanos nacidos en las islas, y ésa era nuestra
gloria. Papá hablaba despacio y con esmero de sus vidas y
sus hazañas con la misma nostalgia con que les oyera a su
gente esos viejos relatos. Sus cuentos adolecen de una atroz monotonía
(no voy a repetirlos), pues era incapaz de recrear un asunto, de
completar con rigor un cuadro. Lo importante en sus relatos no eran
las personas, sino los lugares. A ellos dedicaba extensas descripciones;
le gustaba reflexionar sobre una circunstancia dada y sus efectos
dentro de un lugar determinado; los sucesos nunca son iguales en
todas partes. El paisaje influye sobre los acontecimientos. La gente,
para él, para nosotros luego, no importaba mucho; nuestra
verdadera pasión se trasladaba a los lugares, ya fuera para
defenderlos o combatirlos. Lo que había que amar y respetar
era, para decirlo en términos familiares, la geografía.
Sustentábamos un concepto muy pobre de la historia; éramos
ahistóricos. Lo importante era ser cubano, sentirse cubano,
y eso solo lo podía determinar nuestra geografía,
su clima y naturaleza. Éramos cubanos porque habíamos
nacido aquí y no en otra parte, como los gallegos eran gallegos,
los moros, moros, y los polacos, polacos. Por eso papá desaprobaba
la emigración, cualesquiera que fueran las razones; los viajes,
sí, porque los viajes ilustran; pero para vivir y morir,
la Isla. Con él no era posible otra alternativa; creo que
con sus hijos, tampoco. Pero oyéndole hablar de otros tiempos
y otras personas asistíamos a esas presencias en ese tiempo
fabulado.
(...) Están
hablando en el portal, hablando, hablando, hablando simultáneamente
en todos los portales, a la misma hora, meciéndose, fumando,
tomando café, mirando a los demás, oyéndose.
Pronto será la noche. Alguien silba, alguien canta y no se
oye la tonada. Se oyen las voces que hablan lentas, apresuradas,
alto, bajo, con pasión o apaciblemente. Yo les oigo, les
he oído todos estos años y me deleito y entristezco.
Yo les oigo cuando oscurece y un pájaro y otros pájaros
ya no vuelan, porque no hay viento, salvo calma muerta y llueve
mucho.
No sabemos quiénes fueron los primeros en llegar a la Isla.
Mamá afirma que su familia es mucho más antigua. Cuenta
la tradición que en sus ancestros figuraba un arcabucero,
el remotísimo peninsular de cuyo nombre nadie puede acordarse,
que vino a Bayamo a las órdenes de Melchor Suárez
de Poago, y se instaló en esa región desde entonces.
A este dato, papá le oponía el suyo: su "gente
de la tierra", bayameses que se opusieron al letrado Poago,
se alzaron, huyeron de la villa, y no regresaron hasta que la Audiencia
no emitió una providencia ordenando a Poago, que suspendiera
su actuación.
Mamá se ha quedado dormitando en el balance. Cuando alguien
reclama su atención, sacude la cabeza y dice que se "aliviaba"
de las fatigas del día. Mamá, de veras que no nos
interesa para nada quiénes estuvieron antes o después.
Si algo nos conmueve y enternece es que estés ahí
meciéndote, somnolienta, vaga. Háblanos nuevamente
de tu casa, como si soñaras.
La volanta se
ha detenido frente al portal y su abuela y las hijas descienden
comentando la merienda en casa de los Torralba. Dicen que la tardecita
ha refrescado mucho y la abuela le pide a Viviana que ha salido
a recibirlas un chal: el negro, que es más doble. Viene Santiago
con una palmatoria, protegiendo con su oscura mano la pequeña
llama. Oscurece. Las muchachas ya están de un salto en el
portal. Santiago trae un quinqué. Melampo gira alrededor
de las muchachas, meneando la cola y la lengua. Aleida lo acaricia
y Lucinda lo ahuyenta. Con sus patas puede estropearle el vestido.
Hortensia y Clara corren detrás del perro. Melampo baja los
escalones y se echa junto a la rueda de la volanta. Jaime lo espanta.
La casa encendida, ellas entran hablando, fatigadas. Lucinda trae
las manos yertas. Corre a abrigarlas, lanzando el parasol de seda
por el aire. Viviana lo recibe y las mujeres rien a coro. La sala
fragante, del rosado claroscuro del cedro. El abuelo, taciturno,
se frota las manos, las sacude, las oprime contra sus ojos, contra
su frente, y camina despacio entre los muebles. Y es el portal.
Allí se deja caer sobre un balance y fuma. Han venido a reunirse
con él otros señores de la comarca, y hablan en voz
baja y alzan la voz y toman del coñac que sirve Jaime, y
se oyen sus palabras rondando las columnas del portal, rondando
las voces que el temor y la duda sostienen y que chisporrotean en
sus labios: ha habido un alzamiento en Yara. Melampo ladra, un gallo
canta. Es la alta noche.
Mamá, ¡despierta! Está lloviendo, tiemblas.
Papá se queja de tu descortesía hacia los que te rodean,
hablando, hablando, hablando. La yerba era grande, la yerba era
fina y verde y olorosa y llegaba hasta cuasi el agua. Mamá
se disculpa: los días son tan largos y ella no tiene a nadie
que la ayude, sus preocupaciones cada vez son mayores y era tan
placentero ver aquellas verduras y arboledas, el mar que nunca se
alza. Se levanta, se despide, arregla un poco los muebles del portal,
se asoma a las mariposas y a los clarines que el sueño desvelan.
Entorna las hojas dobles de la puerta; se la oye decir que está
rendida y da, como una bendición, las buenas noches.
Mamá está en el portal relatando el regreso de su
abuela a la casa que ardió, la casa que ella no conoció,
la casa que su tía Lucinda reconstruye en una carta desde
Tampa. Su abuela leyó esa carta a sus hijos antes de morir
para que no olvidaran a la ausente, para que no olvidaran la casa
memorable, ni abandonaran el lugar donde nacieron. Mamá está
hablando de su abuelo, vestido de blanco, consultando el reloj que
cuelga de una leontina de oro, frotándose las manos, la frente,
el mentón: "España gobierna a la Isla con un
brazo de hierro ensangrentado, privándola de toda clase de
libertades." Y mamá habla de Lucinda, que se vio expulsada
de su suelo a un clima remoto. Mamá se lamenta de no haber
participado en la conversación donde todos hablaban, porque
su abuela no disfrutó de ese derecho; a ella y a los suyos
en su tiempo sólo se les concedía el recurso de obedecer
y callar. "España agota con sus enormes gastos militares
la riqueza pública y privada." Los hombres nerviosos
hablan, cuchichean, susurran caminando por el extenso portal en
penumbra. Las mujeres oyen en sus habitaciones, sobresaltadas, el
grito unánime de "¡Viva Cuba Libre! "
(fragmento de
Los niños se despiden, del capítulo 1)
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