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Adiós
La carretera
estaba muy solitaria como siempre a esa hora. Tapada a todo lo largo
y ancho con una capa de neblina deshilachada, estática en
el espacio. Una serpiente lumínica se arrastraba rumbo al
cerco. Los hombres soñaban en los camiones. Los fusiles despuntaban
arriba, aguantados entre las piernas.
Los spot lights se proyectaron sobre el primer pueblo y desnudaron
las aceras vacías y mostraron un campesino a caballo con
las cántaras de leche recién sacada de las tetas.
Ahí estaban todos. Dejaron vacío el campamento de
Condado. Los cazadores abrieron boquetes entre ellos haciendo lugar
para que ahí se sentaran sus muertos.
Media hora atrás habían dejado Condado, con las celdas
abiertas porque ya el bandido estaba condenado.
Solo el Artillero se quedó entre las paredes inútiles,
gritando desesperado a la luna que ya se iba, corriendo, desde el
Bramadero hasta la caseta de la posta, husmeando con su hocico caliente
abajo de las literas defondadas con esas colchonetas heridas de
vejez y que muestran sus mondongos de trapo a colores.
Artillero recorre las celdas y no sabe qué utilidad tienen
esas rayas grabadas sobre los ladrillos blancos y que lloran ¡Madre!
y Aquí estuvo Ñinga Mendoza.
Allí en las celdas Artillero se hace de una sábana
que es como una mar blanca. Artillero se hunde en la mar y la muerde
y se baña en ella hasta que se cansa del juego y va por su
amigo el de la cocina. Sin embargo, el amigo tampoco se encuentra
donde siempre. Sólo las calderas sofocadas donde yace el
óxido ligado a la costra de carne.
Artillero se ha quedado definitivamente solo y deposita su hocico
entre las patas delanteras.
Mientras, los cazadores se acercan al objetivo.
En el jeep de la vanguardia, la gente de Seguridad le muestran a
Bunder Pacheco un mapa y dicen: aquí está Blas Tardío.
Aquí se esconde Blas Tardío.
El comandante Bunder Pacheco se desencaja la boina para sentir el
aire madruguero jugándole en el pelo. ¿Quién
lo iba a decir?, dice Bunder Pacheco. ¿Quién lo iba
a decir? Nadie nos podía decir esto.
En uno de los últimos camiones, el soldado Guareao pregunta
al sargento Rembert: Jefe Rembert, ¿acaso hay más
frío hoy que otro día?
No, Guareao, dice Rembert.
Jefe Rembert, ¿tampoco hay más calor?
No, Guareao. No hay más calor.
Entonces, ¿es un día como otro cualquiera?
Como otro cualquiera, Guareao.
No debía ser así, jefe Rembert. ¿Qué
cree usted?
Que no debía ser así.
!Ay, qué ganas de llorar!, dice Guareao y encaja la
cabeza entre las rodillas para soltar las lágrimas sin consuelo.
Desde el fondo del camión alguien busca entre sus bolsillos
y por fin encuentra la cajetilla de cigarros. Me quedan cinco, dice
y los reparte. Al rato le toca a Guareao el turno del cigarro que
tiene Rembert. Guareao solloza y restriega las lágrimas con
el puño sucio de su camisa. Guareao murmura: el último
compartido.
El último, repite Rembert.
Y Guareao le chupa el humo al cigarro y se queda con él adentro.
Oiga, oiga, jefe Rembert, ¿nos recordarán?
No sé, Guareao.
Jefe Rembert, seguro que hacen estatuas de nosotros. Estatuas
bien grandes y con muchas luces.
Puede ser.
Ojalá que hagan estatuas y que nos recuerden, ¿no
cree, jefe Rembert?
Ojalá, Guareao.
¡Ey, Guareao, termina con tu parte y pásalo!,
le gritan desde la neblina y Guareao apura otra fumada y se lo entrega
al que espera.
Jefe, susurra Guareao. ¿Lo hacemos?
¿Tú quieres, Guareao?
Sí, jefe Rembert, le dicen a coro en el camión.
Rembert se acuclilla y trajinea en su mochila. Saca de adentro un
Sonny japonés y abre el obturador.
Sobre la carretera corrió una marea espumosa, espesa y lenta,
y parecía que los camiones se internaban en una catedral
de paredes labradas con esperma de cirios. En todo caso, los cirios
ya estaban apagados y la esperma se había petrificado en
mármol. Pero un mármol viejo y amarillo, igual que
el de las tumbas centenarias en el cementerio de Condado. Esas tumbas
hundidas en su centro, cuarteadas desde el borde; con las tapas
levantadas para mirar adentro y no encontrar ya nada. Sin embargo,
aquella catedral invitaba a correr por ella y lanzarse desde la
más alta cúpula sabiendo que nunca terminaría
la caída, y escuchar el coro, fantasmal y la tensión
eléctrica diluida por el sonido de motores reactivos y hierros
mal engrasados moviéndose sin objetivo, sólo por la
necesidad del movimiento.
Era el último día de operaciones. El último
cerco. Y ninguno de los cazadores quería morir ese día.
Las Villas,
marzo de 1963.
La Habana, octubre de 1967.
(de Condenados
de Condado)
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