|
EL
ENTIERRO DEL POETA
A
Víctor Casaus
Dijo de los
enterradores cosas francamente impublicables.
Blasfemaba como
un condenado
y a sus pies un par de águilas lloraban pensando en las
derrotas.
En el entierro
estaba Lautreamont,
yo lo vi desde mi puesto en la cola:
dejaba el sombrero al borde de la tumba
y cantaba algo triste y oscuro
(lloraba honradamente, ya lo creo, y los caballos devoraban higos
en silencio).
Hubo discursos,
sonrisitas de Rimbaud junto a la cruz,
paraguas abiertos a la lluvia como
a él le hubiera gustado.
Hubo más:
hubo viernes y
canciones funerarias,
palomas que volaban sin sentido, como niños,
versos oscuros,
la hermosa voz de Aragón,
suicidios deportivos de Georgette y nunca más y hasta siempre.
A la hora más
triste del asunto
no quería bajar porque decía que allí estaba
oscuro.
Pero estaba muerto y hubo que bajarlo.
Los sombreros abandonaron las cabezas,
se alzaron copas, adioses, letreros de nunca te olvidamos.
(Un joven poeta
a mi derecha le mesaba las rodillas a la muerte).
Lo bajaron.
Se aplaudió en forma delirante;
la gente corría como loca asumiendo lo grave del momento.
Lo bajaban.
Las mujeres lloraban en silencio
porque bajaban las águilas, los sueños, países
enteros a la tierra.
Se intentó una última sentencia:
Nerval se acercó con una tiza y escribió con letra
temblorosa:
Su cadáver estaba lleno de mundo
Desde el fondo, Vallejo sonreía sin descanso pensando en
el futuro,
mientras una piedra inmensa le tapaba el corazón y los papeles.
(de Cabeza
de zanahoria)
|