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    1. DOMINGO, 26 DE AGOSTO DE 1951

El horizonte está enrojecido y no tengo conciencia del tiempo. Estoy aquí en Varadero, frente a este largo muelle de Kawama y existo. Mi nombre es Luis Dascal, son diez letras, un signo convencional, una marca de fábrica para distinguir un producto elaborado; no dice, no quiere decir absolutamente nada: Luis Dascal. Este es el quinto o sexto escoch, no recuerdo. Ahora termina la tarde, el sol va a ocultarse. Sólo en Cuba se ve así. Es una tarjeta postal de mal gusto. El mar está tranquilo y el sol es importante. Se hace angustiosamente necesaria esta plenitud del sol. No hay que apegarse a las cosas. El escoch debe tomarse con agua porque con soda llena más, bloquea el estómago. Es una buena bebida escocesa que hace olvidar la insoportable y constante disyuntiva. No hay que elegir con el uiski (ni con el ron ni el coñac), porque abre un solo camino al que puede el hombre abandonarse; que nos Ileva a aceptar como inmejorables todas las situaciones. Esta es la hora del coctel y aparecen el ruido y las luces del bar de Kawama. Todos están ahí. Se habla: Yoni tiene un tan tremendo, le contrasta con los ojos azules, comentario femenino. La chiquita Cárdenas tiene una tendencia a dorarse el pelo con el sol, le queda bien de largo , comentario masculino. Ahora los del Kawama hacen combinaciones para pasar agradablemente la noche. Debe ser una gran noche porque es la última de la temporada. Mañana es lunes y todos vuelven a La Habana y en los primeros días de septiembre comienza el colegio, la universidad, la oficina, la compra de ropa invernal, la temporada de invierno con los conciertos de Pro Arte, la Filarmónica, la ópera en el Auditorium y las fiestas de diciembre en los clubs organizadas por los Arellano, cuando Broadway se trasplanta en un grotesco cuadro al Yacht o al Biltmore. Mañana habrá en la carretera una larga fila de autos. Los que llegaron tarde y los que solo vienen los fines de semana averiguan quién está aquí y en dónde y quién se quedó en La Habana y por qué. También se experimenta sobre la forma de succionar prestigio ajeno por ósmosis. Muchos se preocupan por ostentar, sin estridencias, alguna. reciente adquisición. Ahora siento la necesidad de cancelar algo, de ejecutar una acción irracional, una insensatez: vierto el contenido de mi vaso sobre la arena; el escoch corre un instante, antes de ser absorbido; el hilo, antes transparente, oscurece el polvo fino con el que se mezcla. Esta insoportable lucidez.
Ahí está la primera estrella. Cuando era niño me aterraba pensar que la luz que ahora veo fue emitida hace millones de años y que el espacio es infinito y que es posible que existan otros sistemas planetarios semejantes al solar y que haya vida en ellos, porque me acobarda lo que no termina, lo que ignoro. El movimiento perpetuo es la síntesis del miedo, la tensión inagotable. Yo inventé los aviones de propulsión, mucho antes de que fueran reales, observando el movimiento errático de los globos inflados a los que se les deja escapar el aire abruptamente. Se ha ido el sol.
Varadero es una playa agradable, la más agradable. Estoy un poco borracho, pero esta es una playa agradable. Porque hay efectismo en el paisaje , esas palmeras que avanzan hacia el mar- y la temperatura es disolvente y me arde la piel bajo esta camisa. Me queda bien la camisa, el azul pálido me gusta y el contacto con el nailon es sabroso. Siempre sucede en Varadero; de pronto es esta alegría sensual de estar vivo y sentir el sol y el agua y el azul del agua y todo estalla en esta luz blanca que quema. Después queda esa íntima satisfacción que es como un calor apagado dentro y comprendo a los gatos cuando ronronean y se frotan contra la pata de una silla. Cuando he nadado unos cuantos metros y después tengo un buen almuerzo y una buena digestión y duermo la siesta y al atardecer bebo un trago conversando con un amigo y por la noche me tiro alguna mujer que he conocido en el Kastillito... qué más puede pedirse cuando amanece el siguiente día y todo está en su lugar, el mar de un verde claro, transparente, y el horizonte de follaje empinándose detrás de las casas que están junto al mar y los pinos y las uvas caletas que se escapan del cinturón de cemento y se meten en la arena. ¿Qué más puede pedirse? Existe además, la serenidad. ¿Existe? Sí, la serenidad del elefante en su grupo cuando el macho que guía la manada no ha caído aún bajo la bala del cazador. Existe el retozo del hipopótamo que ignora que su boca desmesurada, en su vano intento de atrapar el sol, servirá para entretener a millones de espectadores en las salas de cine de todo el mundo. Existe la serenidad del espectador en la sala de cine que fija sus ojos en el monstruo luminoso porque aún no ha comenzado el incendio que le hará buscar la salida en una convulsa crisis nerviosa. "!Cuidado, hipopótamo! Ese camarógrafo te apunta con una Paillard. Detén el bostezo". ¿Por qué nutrir de entretenimiento a gente que podría pensar? Sí, hay serenidad, Varadero es el mejor de los mundos.
Me siento bien. Los tragos me han dado un sopor tranquilo y estoy en medio de una campana al vacío que me insensibiliza y me protege; a prueba de balas puedo lanzarme a las mayores audacias sin temor a represalias. Ha oscurecido completamente y sigo aquí en la arena, solo como un idiota; además, se me acabó el uiski. Vuelvo al bar. El bar de Kawama es el mejor de Varadero. Posee una atmósfera discreta, muy distante de la pretensión barroca de otros lugares de su rango. Las tardes de invierno, cuando ya ha terminado la temporada, son las mejores para beber en Kawama. Se escucha el gemido de los pinos de la playa y el suave silbido del viento al deslizarse por la ranura de los cristales que dan a la terraza. El bar está solo entonces. Kawama reluce en la noche desde esta arena en penumbra. Esos arcos de piedra de cantería poseen la inmutabilidad feliz de una clase que se sabe segura en su posición. En Kawama se respira dinero.

Camino. Los mocasines se hunden en la arena. Llevo aún el vaso en la mano. Lo lanzo al mar. Encontraré al grupo de siempre: Yoni, Anita, Francisco Javier, Tina, Margarita y los otros. Se ríen mecánicamente, produciendo sonidos vitales, profundos; es una risa destinada a agradar, no a expresar agrado. Es necesario reír con discreción empleando los tonos que son de buen gusto. El que ríe en si sostenido, casi siempre es un arribista. Los muslos de Anita son un capolavoro (una ondulación siempre es el principio de la gracia): la piel tersa surgiendo de las ingles sobre la vigorosa solidez de la carne y los músculos traza una curva suave que termina en las rodillas, redondas, pulidas; las líneas se abren de nuevo para crear las piernas, la dulce plenitud de las pantorrillas, y coinciden de nuevo con los tobillos estrechos. Los muslos tostados de sol con sus breves vellos rubios contrastan con el blanco del chort y el pelo rubio, lacio, bien cepillado, que cae ordenadamente sobre la blusa roja. Porque los colores enteros son la elegancia de Kawama. Los estampados ponen la nota de folklore, la reminiscencia y la situación geográfica, pero el color sin atenuantes, el color intenso, el color definido como expresión de una cuenta bancaria o el lugar de las próximas vacaciones, es el color que abunda en Kawama.
En el bar estará la vieja Ana de la Guardia que fue reina de belleza en los carnavales del Yat en 1920 y ahora es una gorda deforme que se muestra grosera en su juego de exhibir su dorado fruto en el mercado de la carne: "Aquí, señores, Ana Mendoza de la Guardia, dieciocho años, educada en el Merici de La Habana y el Sagrado Corazón de Boston, socia del Bilmor y del Yat, treinta y cuatro de senos, veintitrés de cintura, treinta y cinco de caderas, brillo en los ojos y en el pelo por una dieta balanceada que no olvida el jugo de naranjas en el desayuno. También ingiere una notable cantidad de proteínas. Vengan, señores, lleven de lo que ofrezco. En dote, la participación en una notaría de excelente clientela y cuatro edificios de apartamientos en el Vedado. ¿Quién da más? ".¿Es posible que esa mujer haya sido alguna vez tan atractiva como su hija? Si lo fue ¿por qué ha dejado de serlo? Es nuestro clima: quince años supremos y luego la flojera, la grasa subcutánea, la pesadez de movimientos. ¡Abajo el calor! ¡Vivan Elizabeth Arden y Helena Rubinstein! ¡Vivan las cremas de hormonas y los aceites de baños y el champú y los baños de cera depilatorios! ¿No es eso suficiente para detener el tiempo? ¿Por qué esa obra de orfebre delicado, los muslos de Anita, deben desaparecer? ¿Por qué no detener el tiempo, eliminando de paso la muerte? Sí, lo sé, he bebido demasiado.

(...)
Ahora reposo y disminuye el caos. Me llamo Luis Dascal, estoy aquí, en Varadero, y no sé por qué. Llega este Alejandro Sarría, con su Alfa y su Omega, su plano para atravesar el laberinto, todas las categorías en su lugar, su lanza de san Jorge, su piedra filosofal, llevando con ligereza la pesada carga del Santo Grial y demuestra que puede atravesar todos los mares sin temer tempestades. ¿Cómo disfrutar ese ocio de dudas? La aristocracia azucarera, los custodios de la tradición. ¡Mierda la tradición! Seguro y tranquilo sobre su tarro, con sus cuatro ideas bien sabidas y la buena hembra de su mujer que se aburre a su lado como una puta en un colegio de monjas.

Hablan de política que es el arte de la supervivencia. Charlatanes como todos los artesanos. En otra época ha sido ciencia de dirección. Por encima de la hijoputada máxima, ha existido el compromiso con la felicidad. Carlomagno y Chorchil incluidos. Aquí es una forma de alcanzar un nicho y permanecer canonizado o beatificado. La utilidad individual es lo importante. Fulanón, después de cuatro años en el Capitolio, adquiere su heráldica, aunque el nombre haga aflorar sagas del cuatrerismo. No temen al tiempo. Apuestan sobre la benevolencia del medio que siempre absuelve sin juzgar. La vida por los sentidos. La fuerza real de la sólida mercadería. Los majases siguen en su cueva. Felipe Blanco es un idiota.

(fragmento de La situación, del capítulo 1)

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©Redacción Editorial: Walfrido Dorta / Diseño Web: Ileana Sánchez // Actualización: 19/07/02