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Al inaugurarse
la mañana, Upsalón ya había encendido su tráfago
temprano. Arreglos en las tarjetas, modificaciones de horarios,
listas con los nombres equivocados, cambios de aula a última
hora para la clase de profesores bienquistos, todas esas minucias
que atormentan a la burocracia los días de trabajo excepcional,
habían comenzado a rodar. Desde las ocho a las diez de la
mañana, los estudiantes candorosos de provincia copiaban
en sus libretas las horas de clase. Saludaban a las muchachas que
habían sido sus compañeras en todos los días
del bachillerato. Si alguno conocía a otros estudiantes de
años superiores, se mezclaba con ellos muy orondo, risueño
en su disfraz de suficiencia gradual. Los de último año
pertenecían a una hierofanía especial: únicamente
sus parientes, primos de provincia, podían mezclarse con
ellos. Intercambiaban risotadas que eran el asombro de los otros
compañeros bisoños. Mi primo esta noche vendrá
conmigo al baile de los novatos, dijo al regresar al grupo, frotándose
las manos. Yo iría con este mismo traje, mi tía de
Camagüey me lo regaló, dijo una de las muchachas, se
miró de arriba abajo con mirada graciosa, después
hizo una reverencia como si recogiese flores en la falda.
La escalera de piedra es el rostro de Upsalón, es también
su cola y su tronco. Teniendo entrada por el hospital, que evita
la fatiga de la ascensión, todos los estudiantes prefieren
esa prueba de reencuentros, saludos y recuerdos. Tiene algo de mercado
árabe, de plaza tolosana, de feria de Bagdad; es la entrada
a un horno, a una transmutación, en donde ya no permanece
en su fiel la indecisión voluptuosa adolescentaria. Se conoce
a su amigo, se hace el amor, adquiere su perfil el hastío,
la vaciedad. Se transcurría o se conspiraba, se rechazaba
el horror vacui o se acariciaba el tedium vitae, pero es innegable
que estamos en presencia de un ser que se esquina, mira opuestas
direcciones y al final se echa a andar con firmeza, pero sin predisposición,
tal vez sin sentido. No tiene clases por la tarde, pero sin vencer
su indecisión se viste para ir a la biblioteca de Upsalón,
donde esperará a que el que se sienta a su lado comience
a conversar con él. El diálogo no se ha entablado,
pero la tarde ha sido vencida. No son aquellos días de finales
de bachillerato en que se sentaba en el extremo de un banco, en
el relleno del Malecón, colgaba un brazo del soporte de hierro,
y sentía que la noche húmeda lo penetraba y lo tundía.
Oye a los que están hablando en un banco del patio de Upsalón,
al grupo que todos los días va a la biblioteca, al que se
precipita sobre el profesor para hacerle preguntas banales, sin
saber que cada vez que se pone en marcha para esa forzada salutación,
se gana una enemistad o un comentario que lo abochornaría
si lo oyese.
En la segunda parte de la mañana, desde las diez en adelante,
la fluencia ha ido tomando nuevas derivaciones, ya los estudiantes
no suben la escalera de piedra hablando, ni se dirigen a la tablilla
de avisos en los distintos decanatos, para tomar con precisión
en sus cuadernos los horarios de clase. Algunos ya han regresado
a sus casas con visible temor; habían oliscado que en cualquier
momento la francachela de protestas podía estallar. Otros,
que ya sabían perfectamente todo lo que podía pasar,
se fueron situando en la plaza frente a la escalinata. De pronto,
ya con los sables desenfundados, llegó la caballería,
movilizándose como si fuera a tomar posiciones. Miraban de
reojo a los grupos estudiantiles, que ocupaban el lado de la plaza
frente a la escalera de piedra. Cuchicheaban los estudiantes, formando
islotes como si recibieran una consigna. Llegó al grupo una
figura apolínea, de perfil voluptuoso, sin ocultar las líneas
de una voluntad que muy pronto transmitía su electricidad.
Por donde quiera que pasaba se le consultaba, daba instrucciones.
La caballería se ocultaba en el lado opuesto al ocupado por
los estudiantes. Usaban unas capas carmelitas, color de rata vieja,
brillantes por la humedad en sus iridiscencias, como la caparazón
de las cucarachas. Hacían vibrar sus espadas en el aire,
saltando un alacrán por la sangre que pasaba al acero. Su
sombrero de caballería lo sujetaban con una correa, para
que la violencia de la arremetida no los dejase en el grotesco militar
de la testa al descubierto. La violencia o el caracoleo de los potros
justificaba la correa que le restaba toda benevolencia a la papada.
El que hacía de Apolo, comandaba estudiantes y no guerreros,
por eso la aparición de ese dios, y no de un guerrero, tenía
que ser un dios en la luz, no vindicativo, no obscuro, no ctónico.
Estaba atento a las vibraciones de la luz, o los cambios malévolos
de la brisa, su acecho del momento en que la caballería aseguró
la hebilla de la correa que sujetaba el sombrero terminado en punta.
Pareció, dentro de su acecho, buscar como un signo. Tan pronto
como vio que la estrella de la espuela se hundía en los ijares
de los caballos, dio la señal. Inmediatamente los estudiantes
comenzaron a gritar muerte para los tiranos, muerte también
para los más ratoneros vasallos babilónicos. Unos,
de los islotes arremolinados, sacaron la bandera con la estrella
y sus azules de profundidad. De otro islote, al que las radiaciones
parecían dar vueltas como un trompo endomingado, extrajeron
una corneta, que centró el aguijón de una luz que
se refractaba en sus contingencias, a donde también acudía
la vibración que como astilla de peces soltaban los machetes
al subir por el aire para decidir que la vara vuelva a ser serpiente.
El que hacía de Apolo parecía contar de antemano con
las empalizadas invisibles que se iban a movilizar para detener
a la caballería en los infiernos. Las espuelas picaron para
quemar el galope, pero las improvisadas empalizadas burlescas se
abrieron, para darle manotazos a los belfos que comenzaron a sangrar
al ser cortados por los bocados de plata. Las guaguas comenzaron
a llenar la plaza, chillaban sus tripulantes como si ardiesen, lanzaban
protestas del timbre, buches del escape petrolero, enormes carteras
del tamaño de una tortuga, que cortaban como navajas tibias.
Rompieron por las calles que fluían a las plazas, carretas
frutales que ofrecían su temeridad de colores a los cascos
equinales, que se estremecían al sentir el asombro de la
pulpa aplanada por la presión de la marcha maldita. La pella
que cuidaba la doradilla de los buñuelos, se volcó
sobre los ojos de los encapuchados. Una puerta de los balcones de
la plaza, al abrirse en el susto de la gritería, escurrió
el agua del canario que cayó en los rostros de los malditos
como orine del desprecio, transmutación infinita de la cólera
de un ave en su jaula dorada. La mañana, al saltar del amarillo
al verde del berro, cantaba para ensordecer a los jinetes que le
daban tajos a la carreta de frutas y la jaula del canario.
El que hacía de jefe de la caballería ocupó
el centro de la plaza, destacó al jinete de un caballo gris
refractado bajo el agua, para que persiguiese al estudiante que
volaba como impulsado por el ritmo de la flauta. A medida que la
caballería se extendía por la plaza, parecían
ganar alas sus talones de divinidad victoriosa al interpretar las
reducciones de la luz. Un jinete de bestia negra llevó su
espada a la mejilla de un estudiante que se aturdió y vino
a caer debajo del caballo sombrío. El parecido a Apolo corrió
en su ayuda, perseguido por el caballo color gris bajo el agua.
Tiró de sus pies, mientras los que parecían de su
guardia llovían piedras sobre el caballo negro y el grisoso
espía, partiéndole los cartones de su frente con un
escudo sin relieve. El Apolo volante no se detuvo un instante después
de su rescate, pues comenzó a lanzarles apóstrofes
a los estudiantes que habían huido tan pronto la caballería
picó espuelas. Volvían el rostro y ya entonces cobraban
verdadero pavor, veían en la lejanía las ancas de
los caballos negros y la mirada del vengador que caía sobre
ellos, arrancándole pedazos de la camisa con listones rosados,
sangre ya raspada.
Así los grupos, entre alaridos y toques de claxons, se fueron
deslizando de la plaza a la calle de San Lázaro, donde se
impulsarían por esa avenida que lanzaba a los conspiradores
desde la escalera de piedra hasta las aguas de la bahía,
frente al Palacio Presidencial, palmerales y cuadrados coralinos,
con los patines de los garzones que parecían cortar la mañana
en lascas y después soplarla como si fuese un papalote. La
plaza de Upsalón tenía algo del cuadrado medieval,
de la vecinería en el entono de las canciones del calendario:
cohetes de verbena y redoblantes de Semana Santa. Fiestas de la
Pasión en el San Juan y fiestas del diciembre para la Epifanía,
esplendor de un nacimiento en lo que tiene que morir para renacer.
El cuadrado de una plaza tiene algo del cuadrado ptolomeico, todo
sucede en sus cuatro ángulos y cada ventana una estrellita
fija con sus ojeras de riñonada. Las constelaciones se recuestan
en el lado superior del cuadrado como en un barandal. Algunas noches,
al recostarse la cabeza de Jehová en ese lado, parece que
el barandal cruje y al fin se ahonda en fragmentos apocalípticos.
Dos cuadras después de haber salido de la plaza, algunos
estudiantes se dirigieron al parque pequeño, donde de noche
descansaban las sirvientas de su trabajo en alguna casa cercana
y los enamorados comenzaban a cansarse en un Eros indiscreto. En
la mañana, bañados por una luz intensa, que se apoyaba
en el verde raspado de los bancos, donde las fibras de la madera
se enarcaban por encima del verde impuesto, los estudiantes volaban
gritando en la transparencia de una luz que parecía entrar
en las casas con la regalía de su cabellera.
Aprovechándose del pedestal saliente de alguna columna, o
extrayendo de algún café una silla crujidora, algunos
estudiantes querían que sobre el tumulto el verbo de la justicia
poética prevaleciese. Como los delfines y la cipriota diosa
surgiendo de la onda, con el fondo resguardado por una opulenta
concha manchada por hojillas de líquenes, los adolescentes
puestos bajo la advocación de la eimarmené, en el
arrebato y en el espanto inmediato, hacían esfuerzos de gigantomas
por elevarse con la palabra por encima de la gritería. De
los caballos negros, opulentos de ancas, brotaba fuego, iluminando
aún más la transparencia con la candelada. Las detonaciones
impedían la llegada del verbo con alas, el que hacía
de Apolo, de perfil melodioso, había señalado los
distintos lugares en la distancia donde los estudiantes deberían
alzarse con la palabra. Como si escalasen rocas se esforzaban en
ser oídos, pero el brillo de la detonación y en ese
fulgurar la cara del caballo con su ojo hinchado por la pedrea,
ponía un punto final de pesadilla en el cobre de los arengadores.
La caballería parecía confundirse por ese entrecruzamiento
de plaza, avenida y parque. No podía precisar con eficacia
a cuál de los grupos había que perseguir. El encapotado
mayor que los comandaba se confundía en la dispersión
de los caminos, mientras los estudiantes de la formación
de sus islotes repentinos parecían bañarse como en
una piscina. En ocasiones un solo jinete perseguía a un estudiante
que se aislaba por instantes, recibía refuerzos de piedras
y laterías, estaba ya en la otra acera, describía
espirales y abochornaba al malvado, que terminaba frenetizado pegando
un planazo en una ventana, que soltaba una persiana anclada en la
frente del centauro desinflado. El primer turbión que se
precipitó hacia el parque, los confundió aún
más; por allí siguió la caballería,
cuando la alharaca les tironeó el pescuezo, el grueso de
los estudiantes saltaba por la avenida, marchando más deprisa,
mascullando sus maldiciones con más pozo profundo y libertad.
Entre tantos laberintos, la dispersión iba debilitando la
caballería. Su conjunto ya no operaba en su nota coral, sino
cada soldado volvía persiguiendo a uno solo de los estudiantes,
terminando con que el caballo sudoroso se echaba a reír de
las saltantes burlas de los estudiantes. Parecía que comenzaban
a amigarse con los estudiantes, pues a pesar de los planazos que
recibían en las ancas, sonaban sus belfos con la alegría
con que tomaban agua por la mañana. La transparencia de la
mañana los hacía reidores al sentir las alas regaladas.
Al relincho épico de la inicial acometida, había sucedido
un relincho quejumbroso, que los hacía reidores como si las
espuelas les produjesen cosquillas y afán de lanzar a los
encapotados de sus cabalgaduras. El relincho marcial al apagarse
en el eco, era devuelto como una risotada amistosa. La risotada
terminaría en un rabo encintado.
Los grupos estudiantiles que se habían ladeado hacia el parque,
por diversas calles se iban incorporando de nuevo al aluvión
que bajaba por la avenida de San Lázaro, de aceras muy anchas
con mucho tráfico desde las primeras horas de la mañana,
con público escalonado que después se iba quedando
por Galiano, Belascoaín e Infanta, ya para ir a las tiendas
o a las distintas iglesias o hacer las dos cosas sucesivamente,
después de oír la misa, de rogar curaciones, suertes
amorosas o buenas notas para sus hijos en los exámenes, se
iban deslizando de vidriera en vidriera, gustando los reflejos de
una tela, o simplemente, y esto es lo más angustioso, pasando
veinte veces por delante de cualquier insignificancia, mero capricho
o necesidad a medias, que no se puede hacer suya, y que por lo mismo
subraya su brillo, hasta que la estrella se va amortiguando en nuestras
apetencias y queda por nuestra subconsciencia como estrella invisible,
pero que después resurge en el estudiante y en el soldado,
en unos para matar y en otros para dejarse matar. Si trazáramos
un círculo momentáneo en torno de aquellos transeúntes
matinales, los que salen para sus trabajos, o para fabricar un poco
de ocio en sus tejeres caseros, penetramos en el secreto de los
seres que están en el contorno, estudiantes y soldados, envueltos
en torbellinos de piedra y en los reflejos de los planazos sobre
aquellos cuerpos que cantan en la gloria. Las inmensas frustraciones
heredadas en la coincidencia de la visión de aquel instante,
que presenta como simultáneo en lo exterior, lo que es sucesivo
en un yo interior casi sumergido debajo de las piedras de una ruina,
motiva esa coincidencia en los contornos de un círculo que
está segregando esos dos productos: el que sale a buscar
la muerte y el que sale a regalar la muerte. Los que no participaban
de esos encuentros, eran la causa secreta de esos dualismos de odios
entre seres que no se conocen, y donde el dispensador de la vida
y el dador de la muerte coinciden en la elaboración de una
gota de ópalo donde han pasado trituradas y maceradas, retorcidas
como las cactáceas, muchas raíces que en sus prolongaciones
se encontraron con algún acantilado que las quemó
con su sol.
Al llegar al Parque Maceo ya los estudiantes habían recibido
nuevos contingentes de alumnos de bachillerato, de las Normales,
escuelas de comercio; en conjunto serían unos mil estudiantes,
que afluían en el sitio donde la situación se iba
a hacer más difícil. La caballería había
logrado rehacerse y cerca de allí estaba una estación
de policía. Pero entonces acudió el veloz como Apolo,
de perfil melodioso, dando voces de que recurvaran al mar. El que
hacía de jefe de la caballería reunió de nuevo
a sus huestes que convergieron por los belfos de las bestias. Se
veía como un grotesco rosetón de ancas de caballos.
Les temblaba todo el cuerpo, después coceaban el aire con
sus dos patas traseras, se sentían perseguidos por demonios
mosquitos invisibles. Un tribilín sin domicilio conocido,
entraba y salía por las patas de los caballos. Alguno de
los jinetes quiso con su espadón apuntalar al perrillo, pero
fue burlado y raspó el adoquinado, exacerbando chispas que
le rozaron los mejillones.
Los gendarmes de la estación salieron rubricando con tiros
la persecución, pero ya los estudiantes tenían la
salida al mar. Entrando y dispersándose por las calles travesañas
a San Lázaro, los estudiantes se hicieron casi invisibles
a sus perseguidores. Quedaba el peligro supremo del Castillo de
la Punta, pero el que remedaba las apariciones de Apolo, dio la
consigna de que sin formar un grupo mayor fueran por Refugio, hasta
entrar por uno de los costados de Palacio. Hasta ese momento José
Cemí había marchado solo desde que los grupos estacionados
frente a Upsalón habían partido con sus aleluyas y
sus maldiciones. Se ponía el cuenco de la mano, como un caracol,
sobre el borde de los labios y lanzaba sus condenaciones. Aunque
había sentido la mágica imantación de la plaza,
de los grupos arremolinados en el parque, de la retirada envolvente
hacia el mar, estaba como en duermevela entre la realidad y el hechizo
de aquella mañana. Pero intuía que se iba adentrando
en un túnel, en una situación en extremo peligrosa,
donde por primera vez sentiría la ausencia de la mano de
su padre.
Antes de llegar a Palacio, los estudiantes se fueron situando en
los portales del macizo cuadrado de la cigarrería Bock, que
ocupaba una rotunda manzana. Al llegar a la esquina de la cigarrería,
Cemí pudo ver que en el parque, rodeado de su grupo de ayudantes
en la refriega, el que tenía como la luz de Apolo, lanzaba
una soga para atrapar el bronce que estaba sobre el pedestal. Una
y otra vez lanzaba la soga, hasta que al fin la atrapó por
el cuello y comenzó a guindarse de la soga para desprender
la falsa estatua. Entonces fue cuando de todas partes empezaron
a salir rondas de policías, acompañados de soldados
con armas largas. Las descargas eran en ráfagas y Cemí
permanecía en su esquina como atolondrado por la sorpresa.
No sabía adónde dirigirse, pues el ruido incesante
de los disparos, impedía precisar cuál sería
la zona de más relativa seguridad. Entonces sintió
que una mano cogía la suya, lo tironeó hasta la próxima
columna, así fueron saltando de resguardo en columna, cada
vez que se hacía una calma en las detonaciones. Detrás
del que lo tironeaba, iba otro en su seguimiento, un poco mayor,
que asombraba por su calma en la refriega. Así retrocedieron
por Refugio, corriendo como gamos perseguidos por serpientes. Al
llegar a Prado, un poco remansados ya, el que tiraba el brazo, se
volvió hacia él, riéndose. Era Ricardo Fronesis,
que lo había reconocido tan pronto se había generalizado
el tiroteo y que había corrido en su ayuda. Cemí no
pudo expresar en otra forma su alegría que abrazando a Fronesis,
poniéndose rojo como la puerta de un horno. Le presentó
al que venía en su seguimiento, Eugenio Foción, mayor
que Fronesis y que Cemí, representaba unos veinticinco años,
muy flaco, con el pelo dorado y agresivo como un halcón,
que era de los tres el que estaba más sereno. La caminata,
los peligros de la marcha, la cercanía de los disparos, no
habían logrado alterarlo. Le dio la mano a Cemí con
cierta indiferencia, pero este observó que era una indiferencia
que no rechazaba, porque había comenzado por no mostrar una
fácil aceptación.
Se oían en la lejanía los disparos, pero cada vez
espaciándose más, al mismo tiempo que los estudiantes
convergían al Prado y allí se iban dispersando. Cemí
con sus dos amigos, Fronesis y Foción, tomaron por la calle
Colón, para despedirse al llegar a la esquina de la calle
de Trocadero. Mientras cumplimentaban el término de la tumultuosa
caminata, Fronesis para iniciar la conversación, pues Cemí
mostraba un silencio tímido, dijo que se había matriculado
en Derecho y Filosofía y Letras, que su tía Leticia
le había dicho que él lo haría en Derecho,
lo que hacía que tuviesen asignaturas comunes, así
es que se verían con mucha frecuencia. Foción, continuó
informando Fronesis, no era estudiante, trabajaba en la oficina
de un abogado, y procuraba ser estudioso. Estaba siempre, en sus
ratos de ocio, en Upsalón y con los que allí estudiaban.
¿Por qué? Ya lo sabría en los días sucesivos,
cuando se encontrasen de nuevo en la plaza de la colina. El tiempo
muy breve en que Fronesis aludió a Foción, mantuvo
este entreabierta una sonrisa, no muy anchurosa, pero donde cabía
la burla secreta y la alegría manifestada. Las leyes del
apathos de los estoicos funcionaron de inmediato, no, no le cayó
nada bien Foción a Cemí. Después de darse las
manos de despedida, un rato largo Cemí mantuvo el recuerdo
de su sonrisa, ofrecida con un artificio que se hacía naturaleza,
por la facilidad con que se mantenía en su apariencia vivaz.
(fragmento de
Paradiso, del capítulo IX)
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