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Con
la punta de una piedra
De seguro nunca
pensaste, Mauro, que un chorrito de agua pudiera costarle la vida
a un hombre. Total tres dedos, tres dedos de agua. Y estaba hasta
caliente. No me alcanzó más que para mojarme los labios
y echarte una gota en la cabeza, total, la sangre se la chupó
enseguida. Seguro nunca lo pensaste, pero sé que hubieras
hecho lo mismo que yo. Cosas que uno hace. De seguro que si se repite
la cosa me das el agua, ¿verdad? Porque te la pedí
en buena forma. El problema fue que no te salió dármela
y a mí me salió tomármela y mira. De hombre
a hombre no va nada. Y de "tigre" a "tigre"
tampoco. Aunque el "tigre" esté casi en el monte
huyendo de los rebeldes que están casi en el llano, siempre
es "tigre". Aunque en el llano es más fácil,
¿verdad, Mauro? Allí tenías fama de guapo,
pero era más fácil, porque los rebeldes estaban presos.
En eso tú eras especialista, en hacer que hablaran. Eras
el rey con el alambrito en los oídos y en los huevos, el
rey, la verdad. Además te gustaba. Cómo te gustaba
llevarle las mujeres a los presos y gozarlas delante de ellos, eso
hacía hablar a muchos. Te jodía que hablaran porque
te gustaba gozarles las mujeres delante de ellos. A mí no
me gustaba. No que no me gustaran las mujeres, sino que no me gustaba
dormírmelas delante de la gente, no podía. Por eso
me llevaban recio allí. Por eso me mandaron contigo, para
que aprendiera. Este era el primer trabajito y ya te iba cogiendo
cariño. De seguro habríamos llegado a ser buenos socios,
¿eh, Mauro? Pero así son las cosas. Todo salió
trocado desde el principio. El informe era un truco de los barbudos
para limpiarnos. Nos salvamos de esa porque te amarillaste porque
esa es la verdad. Aunque cuando te lo dije la otra vez cuando íbamos
echando para el monte te chivateaste y me mentaste la madre. Esa
te la guardé. La madre es sagrada. No se le puede mentar
la madre a un hombre. Por eso no te miento la tuya ahora que no
puedes defenderte. Pero sí te digo que te amarillaste y no
llegamos al lugar y eso nos salvó. Por lo menos esa vez.
Porque los barbudos se dieron cuenta y luego tuvimos que arrancar
para el monte. Y en el monte vino la sed, ¿eh, Mauro? Vino
y sigue, porque tengo un montón todavía. Lo peor era
que no podíamos pedirle nada a los campesinos, porque de
seguro que se iban de chivas con los barbudos que son los que mandan
aquí ahora. Antes no, ¿te acuerdas? Antes podíamos
subir y tomar toda el agua y toda la leche y llevarnos todos los
puercos y las gallinas. Aunque eso casi nunca era para nosotros.
Aunque a veces sí, casi siempre los grandes nos dejaban caer
algo. Como ahora en el llano que mandamos nosotros. Dentro de poco
volveremos a mandar aquí arriba también, ¿eh,
Mauro? La sed, esa era otra cosa que te gustaba. A mí también
porque daba resultado sin agitarse mucho. Me la enseñaste,
eso sí, nunca fuiste egoísta con lo que sabías.
Era fácil, un hombre tres días sin tomar agua no aguanta.
Le llevábamos una jarra bien fría, ¿te acuerdas?
Si no hablaba la cosa era tirársela en el suelo. Entonces
se ponían a mamar el cemento que parecían unos puerquitos,
pero no mucho rato por que casi siempre tenían los labios
partidos y les dolía. Tú inventaste otro método.
Te pasabas la vida inventando para que la gente hablara y eso te
dio fama de guapo. Yo no sé, debió darte fama de inteligente.
El método tuyo era mearte dentro de la jarra, delante del
tipo, y luego dársela toda meada. A veces hasta meabas al
tipo, ¿te acuerdas, Mauro? Yo me reía. Alguno hasta
tomó, después vomitaban. A lo mejor yo me la tomaría
ahora, no sé. Con la sed que tengo. Porque tres días
era el tiempo y ya llevo cuatro. Cuatro desde que se acabaron las
cantimploras. Por lo menos la mía, que era de la que tomábamos
los dos, ¿te acuerdas? La tuya era de reserva, pero el mismo
día que se acabó la mía se acabó la
tuya. Por lo menos eso me dijiste. Te pedí que me la enseñaras
y me mandaste al carajo. A un hombre no se le hace eso. Te lo guardé.
Ya sospechaba que tenías agua, pero nunca te veía
tomar y sin verte no podía nada, nunca te veía. Me
rompía la cabeza pensando, pero nunca te veía. Después
de pensar una noche entera me di cuenta, tenía que ser a
las seis. A las seis te ibas todos los días "a escribir
una carta". Al otro día te seguí al platanal.
A éste en que estamos. Estaba seguro de que ibas a tomar
agua, pero fuiste a cagar de verdad. Ya iba a irme, pensé
que de verdad no tenías agua. Pero entonces te vi sacar la
cantimplora, agachado todavía, y tomar agua. No puedo explicarte
lo que sentí, Mauro. Tú me habías mandado al
carajo y tenías agua y estabas tomando y yo tenía
demasiada sed. Entonces vi la piedra, tenía una punta hecha
para eso, ¿tú me entiendes, eh? Nunca pensé
que tuvieras la cabeza tan dura, tuve que darte mucho. La cantimplora
estaba abierta, botándose. Cuando me di cuenta y la agarré
sólo quedaba un chorrito, tres dedos. La demás se
había botado y no pude tomármela porque cayó
sobre la mierda.
(de Los años
duros)
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