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IMPACTO

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Toda revolución en el orden social guarda innumerables y, casi siempre, muy complejas relaciones con la literatura. El proceso de transformación en todos los órdenes que comenzó Cuba en enero de 1959, no es una excepción. No es arriesgado afirmar que con este acontecimiento histórico se cierra un ciclo de la literatura cubana y, al mismo tiempo, comienza otro que todavía se completa y se actualiza. La Revolución como fenómeno atraviesa y condiciona los múltiples territorios donde se concibe, se conforma y se produce la cultura, y dentro de ella, el discurso literario. Para los escritores, las circunstancias desde las cuales (y por las cuales) escribían, no podían ser de ninguna manera las mismas; por lo que lo más apremiante era que se estableciera un nuevo vínculo del creador con su entorno. La función, podríamos decir, testimoniante, de la literatura, es privilegiada, en un afán por guardar memoria de todo lo vertiginoso que estaba aconteciendo y que era necesario registrar, una vez pasado por el prisma del escritor, que aspiraba a convertir esas visiones de la realidad en discurso artístico.

El cuento, por ejemplo, comienza a incorporar estas nuevas realidades como temática desde los primeros años de los ´60, aunque –como apunta Salvador Redone– será a partir de 1966 cuando se logre "la efectiva cristalización de los nuevos asuntos, el hallazgo de temas medulares [...], el rastreo y la presentación de los más recientes conflictos" (Redonet, Salvador: "Para ser lo más breve posible", p.9, en Los últimos serán los primeros, pp. 5-31, Letras Cubanas, La Habana, 1993). Temas como la lucha contra bandidos, la alfabetización, la Crisis de Octubre, la invasión de Playa Girón, y otros sucesos de vivísima actualidad para entonces, son recreados por cada narrador, de una manera que el propio Redonet ha señalado en el ensayo ya citado: "persiguiendo sobre todo la desautomatización de estos acontecimientos revolucionarios, con el sostenido empeño de indagar en las conciencias de los hombres (sujetos de la Historia) inmersos en estas circunstancias, muchas de ellas situaciones límites, casi desconocidas hasta entonces".

También en la poesía pueden hallarse las marcas de la incidencia del proceso social que transcurría, en su momento de mayor efervescencia, en la Isla. Esta otra relación del escritor con su mundo exterior a la que antes nos referíamos, tuvo la más evidente realización en la entronización y desarrollo de una nueva norma poética, que es la catalogada por la mayoría de los críticos como conversacional o coloquial.

Jorge Luis Arcos ha escrito que "la poesía podía dar testimonio ya no de la toma de posesión del ser ni de una plenitud histórica perdida o por alcanzar, sino de la toma de posesión de un destino histórico concreto" (Arcos, J. L.: "Las palabras son islas. Introducción a la poesía cubana del siglo XX", p. XXXV, en Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana. Siglo XX, pp. XIX-XLIII, Letras Cubanas, La Habana, 1999). Para dar fe desde su mirada de poeta, éste debía entonces hablar llanamente de lo que ocurría fuera de sí, pero también de su intimidad iluminada por el nuevo entorno. Este movimiento poético, lúcidamente valorado por Arcos, "creó una conciencia muy profunda de la imbricación del poeta con su circunstancia, y testimonió los dramáticos conflictos del hombre por transformarse a sí mismo y a su contexto, y realizó una crítica profunda del pasado, proyecciones que han calado muy hondo en la conciencia poética de la nación" (Arcos, ibid., p. XXXVII), además de propiciar una renovación y apertura lexicales del discurso poético que todavía hoy rinde frutos en la literatura insular.

Lo anterior no pudiera entenderse cabalmente sin un grupo de sucesos que sustentaron y rodearon la creación literaria en Cuba. Todos de alguna manera apuntan hacia el indispensable reconocimiento social que debió tener el escritor para crear en esta atmósfera de los primeros años de la Revolución. Comenzó a circular en el país un periódico (Revolución), que salía acompañado de un excelente suplemento literario, Lunes de Revolución, cuya tirada semanal ascendía a 200 000 ejemplares. En 1961 se funda la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, órgano auspiciador de importantísimos concursos nacionales desde 1965. En julio de 1959 se funda también la Casa de las Américas, que, como se sabe, desempeñó una labor inigualable de difusión de la cultura americana y de cohesión de los escritores continentales. Se crea el sistema editorial nacional, y, dentro de él, la Imprenta Nacional (1959), la Editora Nacional de Cuba (1960) y el Instituto del Libro (1967). Se crea la Sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz, que promovió la edición , como suplemento cultural del periódico Juventud Rebelde, del importantísimo El Caimán Barbudo.

Este ha sido un mínimo esbozo de las marcas más visibles que el proceso histórico de la Revolución dejó en la literatura escrita por aquellos años iniciales, huellas que, como decíamos al inicio, todavía hoy pueden percibirse en los discursos que diseñan el panorama literario de la Isla.

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©Redacción Editorial: Walfrido Dorta / Diseño Web: Ileana Sánchez // Actualización: 19/07/02