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JUANELO
¿Qué te pasó hoy por la mañana
en Matanzas? Y ellos se arrastran delante de los que tienen diez.
Para después arrastrarse todos delante de los que tienen
dólares.
CRISTÓBAL
A ti te es muy fácil hablar así. Es muy lindo,
muy limpio. Óyeme Juanelo, tú eres un chiquillo, has
crecido sin que te falte nada. Es muy lindo hablar con el estómago
lleno, con el estómago lleno hablar de los que no comen.
A ti no te falta nada: ni comida ni ropa. ¡Y tienes una casa!
Puedes darte el lujo de decir todo eso porque cuando naciste le
regalaron a tu madre talco y jabones y cucharitas de plata. Porque
tenía jabones y cucharitas de plata de sobra. Por eso. Si
no te hubieran tenido que envolver en un trapo ¡y ya! También
yo pensé como tú, cuando tenía tu edad, sí,
pero yo tenía razón. Porque estoy seguro que a mi
madre no le regalaron jabones y menos cucharitas de plata. Porque
estaba pegada a una batea lavando las ropas de los hijos de otros.
¿Y tú pretendes que yo bote lo que tengo? Yo me quejaba
por lo que no tenía ¡y ahora vienes tú a despreciar
lo que tengo! Lo que quiero es llegar allá, sí, donde
dices que tienen diez.
JUANELO
Yo no digo que lo botes. Pero que no vivas para eso.
CRISTÓBAL
Tengo que protegerlo. ¿Cómo voy a hacerlo? Voy
a ir allí a decir: suelten a ese muchacho, yo me hago responsable.
Bien. Y cuando una semana después esté metido en un
lío ¿a quién van a preguntarle? ¿A ti?
JUANELO
Pero lo van a matar, papá.
CRISTÓBAL
¿Y yo qué puedo hacer?
JUANELO
Te estás hundiendo, papá. ¿No ves que
esto se está hundiendo? No hay razón para vivir como
vivimos.
CRISTÓBAL
Me hablas como si yo fuera un criminal. No soy distinto al
resto. Pero eres joven y no entiendes. En la vida hay que pelear
para ganar terreno. Con los dientes. A mordida limpia, como he peleado
yo, para ir arrancando pedazo a pedazo lo que necesitas. Porque
si no tienes nada, nada vales. Fui un tiznao siempre ¡y era
joven! Y no había muchacha que me mirara. ¡No! Las
cocineras y las guajiras, ésas sí. Pero las muchachas
que iban al Liceo, ni una, ni una se fijó en mí mientras
no tuve un kilo. Y yo era el mismo hombre que soy ahora. ¡Ah!
pero tu madre supo muy bien decirme que sí en cuanto fui
dueño de la bodega. Y de la logia, de la logia me mandaron
a buscar cuando compré las primeras cinco caballerías.
Y me eligieron presidente del Liceo cuando compré la finca
de Rodríguez.
JUANELO
Cuando se la robaste.
CRISTÓBAL
No, no. Comprende eso. Es la vida que es así. Él
no pudo pagar. Robar es coger una cosa por la fuerza. Él
no pudo pagar, la ley me dijo: esa finca es suya.
JUANELO
Pues hay que cambiar la ley, para que Rodríguez tenga
tranquilidad.
CRISTÓBAL
¿Tranquilidad? Eso no llega nunca. Siempre hay un
nuevo escalón que subir. Esa es la vida como todo el mundo
la entiende. Tu casa, tu negocio, tus amigos. En esto vives y con
esto tienes que vivir.
JUANELO
Entonces, hay que cambiar la vida. Echarlo todo abajo.
CRISTÓBAL
¡Y tú vas a decidir la vida de los demás!
JUANELO
¿Quién va a decidir la mía? Hay un montón
de gente que quiere cambiarlo todo. Allá arriba están,
en la Sierra. Llevan un año y medio allí y cada día
son más.
CRISTÓBAL
Van a acabar con todos.
JUANELO
Eso lo vengo oyendo desde que llegaron.
CRISTÓBAL
Tienen que acabar con todos.
JUANELO
Cada vez que matan uno, suben diez. Ya están peleando
en Santa Clara, aquí está Tavito ayudando a un herido,
aquí...
CRISTÓBAL
Sí, aquí estás tú, parado ahí,
echándome en cara como vivo. ¡Como si yo fuera a permitir
que venga alguien a decirme lo que tengo que hacer! Tú no
sabes lo que dices. ¿Tú sabes lo que dices? ¿Qué
hago yo aquí discutiendo contigo? Si te has pasado la vida
sin hacer nada. Comprende, Juanelo, compréndeme. Oye bien.
Necesitas tener, tener más cada vez para que te respeten.
(...)
CRISTÓBAL
Vete si quieres. Vete a luchar con todos esos que hablan de
ideas, de libertad, de justicia ¡que vengan a hablarme a mí
de justicia! ¿Quién nombra los jueces? Los nombran
los de arriba para ayudar a los que están arriba. Y yo he
querido siempre allanarte el camino; que estuvieras arriba. Con
lo que fui ahorrando ¡vamos a decir ahorrando! compré
una bodega. Una bodeguita, casi un puesto de frutas. Pero ya yo
sabía cómo era el negocio, aprendí con Eliseo.
Después pude comprar la de Eliseo. Ya estaba en el camino,
ya es fácil después que tienes algo. Es fácil
después que sabes cómo funciona el engranaje: tienes
que pegar, engañar y pegar, pegar siempre más duro
para que no haya contrario. Ahora dime qué hago, ¿voy
a jugarme treinta años así como así? ¿A
la suerte de un guajiro? Esto lo defiendo como gato boca arriba
¡contra cualquiera! (Pausa). Juanelo, no tienes por qué
irte.
JUANELO
Yo no dije nada de irme.
CRISTÓBAL
No. Pero se te nota, se nota en cualquier cosa que dices,
aunque estés hablando de una silla. ¡Las ideas! Estás
a punto de empezar a correr hasta que llegues allá arriba.
Y esa mujer, se sabe bien que está con ellos. Me lo dijo
Alfonso.
JUANELO
Pues denúnciala.
CRISTÓBAL
No es cuestión de denunciar a nadie. Yo no soy chivato.
Yo me quedo en mi casa, cuidando lo mío. Sin mezclarme. La
política para ellos. Yo aquí, esperando.
JUANELO
Pues no puedes. Tienes que estar en un lado o en otro.
CRISTÓBAL
Esa mujer te llena la cabeza de cosas.
JUANELO
No papá, no es ella. Ella me abrió los ojos,
nada más, pero yo ¡ahora yo miro con los ojos bien
abiertos! Yo estaba detrás de ti ¡siempre detrás
de ti! oyéndote a ti, oyendo a los que venían a verte.
Yo estaba mirando con los ojos tuyos, con los ojos de ellos. Y muchas
veces no me gustaba lo que estaba mirando, aunque no fuera con mis
ojos. ¡Siempre hablando de negocios! No creas, no creas que
uno dice siempre lo que piensa. Yo creo que nunca he dicho lo que
pienso. Porque uno se ve distinto a los demás y tiene miedo.
Yo pensaba que era yo, papá. Porque si todo el mundo se reía
siempre, todo el mundo le tiraba piedras a los perros ¡era
yo! Y nadie me dijo nunca que se podía ser distinto. Tú
mataste un caballo a sogazos y yo corrí a quitarte la soga
¿cuántos años yo tenía? ¿doce?
Da igual, 11 ó 12. Cuando corrí a quitarte la soga
me rozaste sin querer y se me hizo un morado. Me llevaron a casa
de Tavito y me pusieron alcohol, pero no me ardió, porque
por la ventana se veía el caballo tirado en la guardarraya.
Eso se me había olvidado. ¡Qué día el
de hoy! Déjate de lloriqueos, estaba muy viejo, por eso no
podía con el carretón. Eso me dijiste. Y me aguanté
el lloriqueo. Y después me reí, como se ríe
todo el mundo cuando se cae una vieja o cuando le dan una pedrada
a un gato. Y me reía siempre como se ríen los demás,
no como yo quería.
CRISTÓBAL
Y hay que ser así. Tú mismo dices que todo el
mundo es así.
JUANELO
No, los obligan a ser así.
CRISTÓBAL
Da igual. Hay que pelear todos los días. Cuando te
levantas por la mañana tienes que pensar, ¿contra
quién estoy hoy?(...)
(Lola entra
agitada).
LOLA
Juanelo, ¿sentiste los tiros?
JUANELO
¿Qué tiros?
LOLA
Tavito... lo mataron. Dicen que quiso huir cuando lo llevaban
para Matanzas. Le tiraron, le tiraron y le tiraron. Allá
está, muerto, en la carretera.
(Pausa. Cristóbal y Juanelo se miran. Cristóbal sale,
vencido).
JUANELO
Ya no hay que hacer ninguna gestión.
LOLA
Sí. Ya no puedes quedarte aquí. Queda una gestión.
Ella te espera a la salida del pueblo. Ella no puede quedarse tampoco,
ya nadie cree lo de la prima enferma. Nadie es bobo. Saben que vino
huyendo de La Habana. Ya no puede quedarse más tiempo. Te
espera, me lo dijo; después que encontraron a Tavito me lo
dijo. Te espera a la salida del pueblo. Una máquina los va
a recoger. ¡Y hasta La Habana!
JUANELO
No. Hasta la Sierra.
LOLA
Después.
JUANELO
No. Quiero correr hasta llegar arriba. Me voy.
LOLA
Coge tu jacket. Allá arriba hace frío.
JUANELO
¿Tú crees que me va a crecer la barba?
LOLA
Seguro. Cuando bajes vas a traer la barba más larga
de todas. Tal vez entonces yo no diga: ¡flor de un día!
Y voy a tener un montón de negritos.
JUANELO
Sí. Unos negritos retintos ¡lindísimos!
LOLA
Cuídate.
(Juanelo sale. Lola se queda en la ventana, mirando cómo
se va).
ROSA
-Afuera). Juanelo, ¿a dónde vas?
JUANELO
Enseguida vuelvo.
ROSA
No te vayas. Todo está oscuro.
JUANELO
Enseguida vuelvo.
ROSA
(Entrando, a Lola.) Te hacía en tu casa.
LOLA
Se me quedaron las llaves.
ROSA
(Acariciándose la mejilla.) Dándome besos a
esta hora. Ese muchacho siempre anda corriendo. ¡Estoy cansada!
(Se sienta.) Lola, mañana hay que limpiar.
LOLA
Sí. (Sale).
ROSA
(Pausa.) Esta casa está que da asco.
TELÓN
(fragmento de
El robo del cochino, tercer acto, final)
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