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IMPACTO

 

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El conferenciante

La sala era un inmenso cajón lleno de hombres. Todos esperaban. Un murmullo como el zumbido de una mosca se filtró entre los concurrentes. Allá abajo las cabezas se movían y ora se integraban en un largo rosario suspensivo, ora se separaban inclinándose hacia atrás o hacia delante.

De pronto el silencio se extendió por entre las filas de los espectadores. El conferenciante subió al estrado cruzándolo de un extremo al otro en un ceremonial preestablecido, con el aire de un Júpiter; todos sus movimientos se encaminaron hacia una pequeña mesa colocada en el ángulo izquierdo del escenario. El hombre avanzaba lentamente, dejando tras de sí una larga estela de vacíos colmados por el ruido de sus pasos. La sala se debatió un momento, después quedó atrapada en un silencio hecho de esperas agitándose como mariposas fantasmas sobre la concurrencia. El se sentó, abrió la boca y empezó a hablar. La voz cinceló el silencio con cuidado primero, siempre con firmeza; hurgó, se impregnó de una seguridad heroica luchando tras el intenso muro vacío de la sala contra el cual rebotaban sus palabras y le eran devueltas. Su voz era una planta trepadora, dúctil, rechazada, pero al fin, reptora lenta y persistente de aquel muro, se asió a él con todas las fuerzas de sus potencialidades sonoras. ¿Cuánto tiempo? : el tiempo se perdió en un largo pasillo sin salida; las mismas cabezas punteadas, alineadas en una continuidad impresionante repetíanse en un dibujo monótono e inmóvil.

El hombre se inclinó hacia delante, la mano apoyada en la mesa, hincó su raíz en la madera, como si allí estuviera la verdadera clave de su esencia vital. El ojo relució con un choque de energías ocultas. La ceja se contrajo como acribillada por una descarga nerviosa. El hombre inclinó su cuerpo más todavía, luego se enderezó rápidamente mirando a los otros y de una vez, en una sola concentración sonora, lo dijo...

Quedaron paralizados por el terror, horriblemente desfigurados ante el nuevo aspecto de su realidad. El se levantó pausadamente, buscando un punto dónde colgar el garfio de su mirada que quedó clavado en mis cuencas con un estremecimiento doloroso. Y resumiendo con una sonrisa equívoca, pero mirándome siempre, repitió:

"Entonces, señores, es un hecho que Dios no existe".

Caminó con lentitud hacia la derecha del escenario en una retirada triunfal, recuperando con sus pies el vacío perdido.

Poco a poco la sala se fue llenando de ruidos entrecortados, allá abajo había un mundo tristemente contrahecho ante una posibilidad. La duda partió en pedacitos con cada uno de ellos dejándolo todo desnudo de sonidos. Sólo yo desde aquí escuchaba todavía en un afán desesperado por saber. Y ese día temblé temiendo lo que pudiera ser de él si se encontrara a Dios a la salida.

( de El castigo)

 

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©Redacción Editorial: Walfrido Dorta / Diseño Web: Ileana Sánchez // Actualización: 19/07/02