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¿Cómo explicar lo que siento hoy? Es como si me derrumbara por dentro; como si la soledad fuera un cáncer que me estuviera comiendo. No se ve ahora cuando me miro la piel del brazo, o la cara en el espejo; todo pasa por adentro. Las palabras no sirven. Me siento tan mal que no quiero hablar ni escribir. Hoy tengo que salir a la calle. A caminar por La Habana; ver movimiento, otras cosas, gente. ¿Laura? La verdad es que yo no quiero a nadie. Hasta las teclas que estoy apretando nada tienen que ver conmigo, no me entienden, me rechazan. ¡Qué mal me siento!

Acabo de cortarme las uñas de los pies. Ya estoy convencido de que soy un egoísta sin remedio. Me pasé como media hora podándome las uñas, sosteniendo en las manos mis dedos deformes. No me produjeron ninguna repugnancia, aunque basta que le vea el pie a cualquier persona, hasta tratándose de una mujer hermosa, para que sienta ganas de vomitar. Y, sin embargo, mis pies no me producen asco. Eso que pasan todo el día comprimidos en un ajustado par de zapatos, y sudan enfundados en las medias. Y uno camina con los pies. Fijándose en los pies uno ve que está muy cerca, que es un animal. Tal vez el arco es lo único atractivo. Algunas mujeres lo tienen muy espiritual. Los pies planos son como ventosas. Los deditos esmirriados es lo más desagradable de nuestro cuerpo. Todo el mundo debería cortárselos. Lo malo es que perderíamos el equilibrio. ¿Podríamos caminar sin caernos si nos amputaran los dedos atrofiados del pie? Moverse es bueno: mover las piernas, el cuerpo, los ojos, los recuerdos, todos los sentidos ... Así maté la soledad y la tristeza que tenía encima. Estuve como tres horas dando vueltas por La Habana; viendo a la gente caminar, conversar, parar la guagua, gritar, sonreír, tomar café, comprendí que mi tristeza era estúpida.
Entonces me puse a mirar a las mujeres. A fijarme en las que encontraba por donde iba caminando. Lo más extraordinario de la mujer cubana es que siempre te mira a los ojos; nunca rehuye dejarse tocar y tocarte con los ojos. Eso nunca me pasó en Europa ni en Estados Unidos. Allá todo el mundo va a lo suyo. Mira que he tratado de buscarle los ojos a las mujeres en Nueva York y París, pero nada. Te miran como uno mira un semáforo para cruzar la calle. Tal vez las italianas miren un poco más. Ahora, eso sí, nunca sostienen la mirada como las cubanas.
Entré a ver lo que había en una librería de Galiano, al lado del cine América. Vi a una mulatica canilluda, con unas piernas cobardes, pero con una cara preciosa. Me miró más que a los discos que estaba ojeando. Yo me hice el indiferente, aunque por dentro empecé a embullarme. Luego cogió y se fue. No le dije nada; no me dijo nada. Me dejó con ganas de continuar el jueguito hasta ver qué pasaba.
Necesitaba un peine de bolsillo. Se me había roto al sentarme en la guagua. Tenía las dos mitades en el bolsillo, junto al pañuelo. Lo recuerdo bien porque varias veces traté de sacarlo para peinarme y me dio vergüenza sacar un mochito de peine. Pregunté en varias vidrieras y me dijeron "no hay". Entré al tencén y tampoco, "se acabaron". ¡Mira que hacen falta cosas para vivir estúpidamente!
En estos días no hay refrescos. Nunca pensé que la producción de refrescos pudiera paralizarse por falta de corcho para las tapas de las botellas. El corcho de mierda ese que yo le sacaba a las tapas de muchacho para luego aplanarlas a martillazos y abrirles dos agujeritos con un clavo y hacerme con un hilo un disco que giraba y cortaba. Un día por poco me amputan un dedo jugando así. En esa época, ni después, la verdad, yo jamás pensé que un país necesitara tantas cosas insignificantes para funcionar sin que se vieran las costuras. Ahora todo se ve. Vivimos suspendidos sobre un abismo; la cantidad casi infinita de detalles que hay que controlar para que todo fluya con naturalidad es agobiante. El peor castigo que podrían imponerse sería preparar, averiguar como sea, una lista de todas las cosas que hay que comprar en los países comunistas, ahora que Estados Unidos no da ni dice dónde hay. No saben la clase de berenjenal en que se han metido.
No encontré un peine por ninguna parte. Pero me sirvió de excusa para caminar por toda La Habana. Caminé pensando que podría escoger la mujer que quisiera. Las miraba y sentía que se daban cuenta de que yo estaba solo, disponible; que lucía bien, tenía cara inteligente y hasta suficiente dinero para que las relaciones no fueran sórdidas. ¡En el fondo soy un cubanito de mierda! Me estaba engañando, nadie se daba cuenta de nada. Las mujeres me miraban como siempre me han mirado; todo era una idea que yo me había hecho. Me engañaba como siempre me he engañado. Nadie podía darse cuenta de que yo estaba solo, de que mi mujer me había abandonado; triste y jodido buscando una compañera por las calles.
Desde que se quemó El Encanto la ciudad no es lo mismo. La Habana parece ahora una ciudad del interior, Pinar del Río, Artemisa o Matanzas. Ya no parece el París del Caribe, como decían los turistas y las putas. Ahora parece más una capital de Centroamérica, una de esas ciudades muertas y subdesarrolladas, como Tegucigalpa o San Salvador o Managua. No es sólo porque destruyeron El Encanto y hay pocas cosas buenas en las tiendas, pocos artículos de consumo de calidad. Es la gente también; ahora toda la gente que se ve por las calles es humilde, viste mal, compra todo lo que ve aunque no le haga falta. Ahora tienen un poco de dinero y lo gastan en cualquier cosa; pagan, por mi madre, hasta veinte pesos por un orinal si se lo ponen en una vidriera. Se ve que nunca han tenido nada bueno. Todas las mujeres parecen criadas y todos los hombres obreros. No todas y todos, casi todas y todos.
Regresé a casa cansado y me metí en la cama con la novela de Eddy. La encontré en La Época. No voy a opinar hasta que la termine.
Tenía intención de poner la fecha y la hora cada vez que me sentara para escribir algo. Acabo de bajar a buscar en la sala el periódico de hoy; no lo encontré, a lo mejor lo botó la criada. Ahora me doy cuenta: eso de poner la fecha es una tontería, no tiene sentido. Hoy para mí es igual a cualquier día que pasó o a otro que vendrá. Feeling tomorrow just like I feel today ... I hate to see that evening sun go down.
Quité todas las fechas. Si algo cambia ya se verá por lo que voy anotando. No tengo que dormir por la noche ni por la mañana ir al trabajo. El tiempo ahora es un capricho. ¡Cuántas convenciones uno acepta sin preguntarse siquiera si vale la pena respetarlas!
Ayer por fin me quedé todo el día en casa. No vino Noemí. Me da una sensación extraña caminar por las habitaciones; la casa se está convirtiendo en una caverna. Me siento al mismo tiempo protegido y abandonado entre sus paredes. Es una caja de resonancias cuando pasan las guaguas y los automóviles por la calle, especialmente el freno de aire de los autobuses, es como el quejido, la protesta del motor. Pensar eso es una estupidez. Las máquinas no se quejan ni un carajo. Aunque estoy en un cuarto piso me siento como debajo de la tierra. A veces pienso que es debido a la forma en que construyeron el apartamento; otras, que soy yo. En la sala, como es un apartamento duplex, me siento metido en un pozo.
Ya me preparo el desayuno como un autómata. El café, la leche condensada, las tostadas. Esta mañana me asombró el eructo tan ruidoso que solté cuando terminé de tomar el café con leche y me quedé mirando los techos del Vedado y el mar por la ventana. Me estoy convirtiendo en un animal. Como no hay nadie en la casa no me aguanto nada. Me acordé de mi padre soltando peos y eructando solo en el portal los domingos. ¡Me alegro de no tener que ir más los domingos a ver a los viejos!
No puedo permitir que me vuelva a pasar. Aunque no haya nadie en la casa debo portarme como un hombre civilizado. Me avergonzaría terriblemente si alguien hubiera oído mi eructo de bestia satisfecha. Eructo de viejo que ya ha perdido el control de su propio cuerpo.

(fragmento de Memorias del subdesarrollo)


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©Redacción Editorial: Walfrido Dorta / Diseño Web: Ileana Sánchez // Actualización: 19/07/02