POESÍA CUENTO NOVELA TEATRO
IMPACTO

 

regresar al inicio

El Bandido

Lo encontré de pronto. Dormido. Solo. La correa del fusil surcándole el hombro por la axila. Estaba vuelto, con los labios apoyados en el cañón del M1. Tratando de no hacer ruido, me acerque más. Entonces dije: ¡Oye!. No se me ocurrió otra cosa que decir. ¡Bandido! le podía haber dicho. Bandido, que tantas veces decía cada día: los bandidos, el bandido, diez bandidos, mil bandidos, la madre de los bandidos. Nada. Solo: Oye. Y él se puso de pie, rápido como un pestañazo. Le acomodé el cañón del R2 en las costillas.

–¡Suelta el arma! le dije. Pude decirle también: ¡Tira el arma, hijo de puta! Pero solo dije: Suelta el arma.

Tan infeliz me parecía aquel hombre, que estuve a punto de preguntarle si era o no un bandido. Sus botas estaban descosidas por la punta, la ropa hecha jirones, sucia. Un pordiosero. Un pordiosero miserable, eso parecía, y no un bandido de los que nosotros siempre estábamos hablando y que yo no conocía. Un pordiosero con el rostro chupado, ojeroso y una tristeza infinita en los ojos grises.

¡–Date preso! le dije. Date preso... ¡qué berracada! Si lo tenía encañonado, ¿qué podía ser más que preso? Muerto. Date muerto. Sí. Pero dije preso.

–¿Qué va a hacer conmigo? me dijo. La pregunta me tomó por sorpresa, porque no sabía qué hacer con él. Podía disparar al aire para prevenir o andar hasta el camino. Eso quise, el camino donde debíamos reunirnos todos una vez peinado el monte. El camino donde yo debí estar y no estuve. Yo no soy un asesino, dijo. No me entregue. Sonreí como creí que sonreía un bandido y descompuse el rostro en expresiones duras, para hacerle ver que era capaz de cualquier cosa. Pero el hombre me miró sin miedo.

¡–Te llevo, hijo de puta! -solté de un tirón. Me pareció otra la voz que había hablado y enorme, larga la palabra. Me miró sorprendido y sonrió como si no fuera un bandido. Me dijo: Vamos, que andando se quita el frío. Y comenzó a caminar delante. Cuando no hizo más que andar, apreté el resorte y con un movimiento rápido (creí rápido), saqué la bayoneta del fusil. En ese instante me percaté de que todo el tiempo tuve el arma descargada y un sudor frío me empapó el cuerpo. El hombre se había vuelto y me miraba extrañado. De pronto, monté el fusil.

–No haga eso, dijo suplicante. No lo haga... Por mis hijos. Y con las manos extendidas hacia mí, avanzaba haciendo gestos desesperados. No lo hagas, muchacho. ¡No!... Y se hincó de rodillas y continuó avanzando así, hincado. Retrocedí unos pasos hasta dar contra un árbol. Él continuó avanzando con la cabeza baja y yo quería disparar y no podía, porque todo yo estaba petrificado, y se asió a mis piernas gimiendo. Todo fue tan rápido, que solo el dolor me hizo reaccionar. Salté hacia un lado, y cuando se me abalanzó de nuevo con el cuchillo ensangrentado, de un gesto instintivo, le ensarté el cuello con la bayoneta.

(de Escambray ´60)

regresar al inicio / ir arriba

©Redacción Editorial: Walfrido Dorta / Diseño Web: Ileana Sánchez // Actualización: 19/07/02