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Así
sucedió
Goya
Con lo sabido
en tiendas y talleres; con lo oído en una taberna cercana,
donde muchas memorias se refrescaban al calor del aguardiente; con
lo narrado por personas de las más diversas condiciones y
estados, empezó una historia a constituirse a retazos, con
muchas lagunas y párrafos truncos, a la manera de una crónica
antigua que parcialmente renaciera de un ensamblaje de fragmentos
dispersos ... La casa de la Condesa de Arcos, según contara
un notario que, sin saberlo, oficiaba de prologuista del centón,
había quedado deshabitada durante mucho tiempo, desde que
en ella se hubiesen producido extraños y sonados sucesos
de fantasmas y aparecidos. Transcurría el tiempo y permanecía
la hermosa mansión en abandono, aislada por su propia leyenda,
añorándose, entre los comerciantes del barrio, los
días en que las fiestas y saraos ofrecidos por sus dueños
promovían rumbosas compras de adornos, luces, finos manjares
y vinos delicados. Por lo mismo, la tarde en que pudo observarse
que las ventanas de la casa se iluminaban, fue saludada como un
acontecimiento. Acercáronse los vecinos, curiosos, observando
un tráfago de sirvientes, desde las cocheras hasta el desván,
subiendo baúles, cargando bultos, colgando arañas
nuevas de los cielos rasos. Al día siguiente, aparecieron
los pintores, los empapeladores, los yeseros, con sus escaleras
y andamios. Corrió un aire fresco por las estancias, disipando
embrujos y sortilegios. Claras cortinas alegraron los salones, en
tanto que dos soberbios alazanes, traídos por un caballerizo
de librea, se instalaron en las cuadras, que volvían a oler
a heno, avena y almorta. Se supo entonces que una dama criolla,
poco temerosa de espantos y duendes, había alquilado la mansión
... Aquí la crónica pasaba a la boca de una encajera
de la Calle Mayor: Pronto la señora de la Casa de Arcos fue
conocida por "La Cubana". Era una hermosa mujer, de grandes
ojos oscuros, que vivía sola, sin recibir visitas ni buscar
tratos con la gente de la Villa y Corte. Una constante preocupación
ensombrecía su mirada y, sin embargo, no buscaba el consuelo
de la religión, notándose que nunca iba a misa. Era
rica, a juzgar por el número de sus sirvientes y el boato
de su tren de casa. No obstante, era afecta a vestirse sobriamente,
aunque cuando compraba un encaje o elegía un paño,
exigía siempre lo mejor, sin poner reparos en el precio ...
De la encajera, no podía sacarse más, pasándose
a los chismes de Paco, el barbero guitarrista, cuya oficina se contaba
entre los buenos mentideros de la ciudad: "La Cubana"
había venido a Madrid para realizar una delicada gestión:
solicitar el indulto de un primo suyo que estaba encarcelado, desde
hacía años, en el presidio de Ceuta. Se decía
que aquel primo "suyo" había sido conspirador y
francmasón en las tierras de América. Que era un afrancesado,
adicto a las ideas de la Revolución, impresor de escritos
y canciones subversivas, destinados a socavar la autoridad real
en los Reinos de Ultramar. "La Cubana" también
debía tener alguna tacha de conspiradora y de atea, con aquel
retraimiento en que vivía; con aquel desentendimiento de
procesiones que podían pasar, frente a la Casa de Arcos,
llevando al mismísimo Santísimo, sin que se dignara
asomarse a alguna ventana de la mansión. Llegose a decir
que dentro de la Casa de Arcos se habían alzado las columnas
impías de una Logia, y que hasta se daban misas negras. Pero
la policía, puesta sobre aviso por las habladurías,
luego de vigilar la mansión durante algunas semanas, había
tenido que reportar que no podía ser sitio de reuniones de
conspiradores, impíos, ni francmasones, puesto que allí
no se reunía nadie. La Casa de Arcos, casa del misterio a
causa de sus espantos y trasgos de antaño, seguía
siendo una Casa del Misterio, ahora que en ella moraba una mujer
hermosa muy requerida por los hombres cuando alguna vez iba a pie
hasta una tienda cercana o salía a comprar, en vísperas
de Navidades, mazapanes de Toledo en las inmediaciones de la Plaza
Mayor ... Ahora pasaba la palabra a un viejo médico que a
menudo había visitado, durante un tiempo, la Casa de Arcos:
Había sido llamado para atender a un hombre de sana constitución,
pero cuya salud estaba sumamente quebrantada por la permanencia
en el presidio de Ceuta, de donde acababa de salir, luego de verse
liberado por indulto real. En las piernas Ilevaba la marca de los
grillos. Padecía de fiebres intermitentes y también
de un asma de infancia, que lo atormentaba, a veces, aunque las
crisis se le aliviaban al fumar cigarrillos liados con pétalos
de la Flor de Campana que a Cuba encargaba un apotecario del barrio
del Tribulete. Sometido a un tratamiento revitalizador, había
recobrado la salud lentamente. El médico no volvió
a ser Ilamado a la Casa de Arcos ... Ahora tocaba hablar a un librero:
Esteban no quería saber de filosofía, de trabajos
de economistas, ni de escritos que trataran de la Historia de Europa
en los últimos años. Leía libros de viajes;
las poesías de Osián; la novela de las cuitas del
joven Werther; nuevas traducciones de Shakespeare; recordándose
que se había entusiasmado con El Genio del Cristianismo,
obra que calificaba de "absolutamente extraordinaria",
habiéndola mandado a encuadernar en pasta de terciopelo,
de las que tenían una pequeña cerradura de oro, destinada
a guardar el secreto de acotaciones personales, hechas al margen
del texto. Carlos, que había leído el libro de Chateaubriand,
no acertaba a explicarse por qué Esteban, hombre descreído,
podía haberse interesado tanto por un texto falto de unidad,
farragoso a ratos, poco convincente para quien careciera de una
fe verdadera. Buscando el libro en todas partes, acabó por
encontrar uno de sus cinco tomos en la habitación de Sofía.
Hojeándolo, advirtió con sorpresa que esa edición
incluía, en su segunda parte, una suerte de relato novelesco,
titulado René, que no figuraba en otra edición, más
reciente, adquirida en la Habana. Y mientras las demás páginas
del volumen estaban vírgenes de notas o marcas, una serie
de frases, de párrafos, aparecían subrayados con tinta
roja: "Esta vida que al principio me había encantado,
no tardó en serme insoportable. Me cansé de las mismas
escenas y de las mismas ideas. Me puse a sondear mi corazón
y a preguntarme lo que deseaba . . ." "Sin padre, sin
amigos, y, por decirlo, así, sin haber amado aún sobre
la tierra, estaba abrumado por una superabundancia de vida ... Descendí
al valle y subí a la montaña, llamando con todas las
fuerzas de mi deseo al objeto ideal de una futura llama...."
"Es necesario imaginarse que era la única persona en
el mundo a quien yo había amado y que todos mis sentimientos
venían a confundirse en ella con el dolor de los recuerdos
de mi infancia..." "Un movimiento de piedad lo había
atraído hacia mí. . ." Una sospecha se abría
camino en la mente de Carlos. Y ahora interrogaba a una camarera
que durante algún tiempo había servido a Sofía,
usando de soslayadas preguntas que, sin revelar un mayor interés
por el caso, pudiesen conducir la fámula hacia alguna confidencia
reveladora: No podía dudarse de que Sofía y Esteban
se tuvieran un gran afecto, viviendo en una apacible y cariñosa
intimidad. En los crudos días del invierno, cuando se helaban
las fuentes del Retiro, tomaban sus comidas en la habitación
de ella, con las butacas arrimadas a un brasero. En verano, daban
largos paseos en coche, deteniéndose para beber la horchata
de los puestos. También se les había visto, alguna
vez, en la Feria de San Isidro, muy divertidos por el holgorio popular.
Se agarraban de la mano, así, como pueden hacerlo dos hermanos.
No recordaba que los hubiese visto reñir, ni discutir, acaloradamente.
Eso nunca. Él la llamaba por su nombre, a secas; y ella le
llamaba Esteban, sin más. Jamás se habían desleído
las malas lenguas que siempre las hay, en las cocinas, en las despensas
en decir que acaso hubiese una intimidad excesiva entre ellos. No.
En todo caso, no se había visto nada. Cuando él hubiera
pasado malas noches, a causa de la enfermedad, ella, más
de una vez, había permanecido a su lado hasta el alba. Por
lo demás, ambos parecían como hermanos. Sólo
sorprendía a las gentes que una mujer tan guapa no se resolviera
a casarse, ya que, de haberlo deseado, no le hubiesen faltado pretendientes
de calidad y alcurnia . . . "Imposible es sacar ciertas verdades
en claro, pensaba Carlos, mientras releía las frases subrayadas
en el libro encuadernado con terciopelo rojo, que podían
ser interpretadas de tantas maneras distintas. Un árabe diría
que pierdo el tiempo, como lo pierde quien busca la huella del ave
en el aire o la del pez en el agua."
Faltaba ahora por reconstruir el Día sin Término;
aquel en que dos existencias habían parecido disolverse en
un Todo tumultuoso y ensangrentado. Sólo un testigo quedaba
de la escena inicial del drama: una guantera que, sin sospechar
lo que iba a ocurrir, había ido temprano a la Casa de Arcos
para entregar varios pares de guantes a Sofía. Se sorprendió
al observar que sólo quedaba un criado viejo en la mansión.
Sofía y Esteban se encontraban en la biblioteca, acodados
a la ventana abierta, escuchando atentamente lo que de fuera les
venía. Un confuso rumor llenaba la ciudad. Aunque nada anormal
parecía suceder en la calle de Fuencarral, podía notarse
que ciertas tiendas y tabernas habían cerrado sus puertas
repentinamente. Detrás de las casas, en calles aledañas,
parecía que se estuviera congregando una densa multitud.
De pronto, cundió el tumulto. Grupos de hombres del pueblo,
seguidos de mujeres, de niños, aparecieron en las esquinas,
dando mueras a los franceses. De las casas salían gentes
armadas de cuchillos de cocina, de tizones, de enseres de carpintería:
de cuanto pudiese cortar, herir, hacer daño. Ya sonaban disparos
en todas partes, en tanto que la masa humana, llevada por un impulso
de fondo, se desbordaba hacia la Plaza Mayor y la Puerta del Sol.
Un cura vociferante, que andaba a la cabeza de un grupo de manolos
con la navaja en claro, se volvía de trecho en trecho hacia
su gente, para gritar: "¡Mueran los franceses! ¡Muera
Napoleón!" El pueblo entero de Madrid se había
arrojado a las calles en un levantamiento repentino, inesperado
y devastador, sin que nadie se hubiese valido de proclamas impresas
ni de artificios de oratoria para provocarlo. La elocuencia, aquí,
estaba en los gestos; en el ímpetu vocinglero de las hembras;
en el irrefrenable impulso de esa marcha colectiva; en la universalidad
del furor. De súbito, la marejada humana pareció detenerse,
como confundida por sus propios remolinos. En todas partes arreciaba
la fusilería, en tanto que sonaba por vez primera, bronca
y retumbante, la voz de un cañón. "Los franceses
han sacado la caballería", clamaban algunos, que ya
regresaban heridos, asableados en las caras, en los brazos, en el
pecho, de los encuentros primeros. Pero esa sangre, lejos de amedrentar
a los que avanzaban, apresuró su paso hacia donde el estruendo
de la metralla y de la artillería revelaba lo recio de la
trabazón ... Fue ese el momento en que Sofía se desprendió
de la ventana: "¡Vamos allá!", gritó,
arrancando sables y puñales de la panoplia. Esteban trató
de detenerla: "No seas idiota: están ametrallando. No
vas a hacer nada con esos hierros viejos." "Quédate
si quieres! ¡Yo voy!" "¿Y vas a pelear por
quién?" "!Por los que se echaron a la calle! gritó
Sofía. "!Hay que hacer algo!" "¿Qué?"
"!Algo!" Y Esteban la vio salir de la casa, impetuosa,
enardecida, con un hombro en claro y un acero en alto, jamás
vista en tal fuerza y en tal entrega. "Espérame",
gritó. Y armándose con un fusil de caza, bajó
las escaleras a todo correr ... Hasta aquí lo que pudo saberse.
Luego fue el furor y el estruendo, la turbamulta y el caos de las
convulsiones colectivas. Cargaban los mamelucos, cargaban los coraceros,
cargaban los guardias polacos, sobre una multitud que respondía
al arma blanca, con aquellas mujeres, aquellos hombres que se arrimaban
a los caballos para cortarles los ijares a navajazos. Gentes envueltas
por pelotones que desembocaban por cuatro calles a la vez, se metían
en las casas o se daban a la fuga, saltando por sobre tapias y tejados.
De las ventanas llovían leños encendidos, piedras,
ladrillos; derramábanse cazuelas, ollas de aceite hirviente,
sobre los atacantes. Uno tras otro iban cayendo los artilleros de
un cañón, sin que la pieza dejara de disparar con
la mecha encendida por hembras enardecidas, cuando ya no quedaron
hombres para hacerlo. Reinaba, en todo Madrid, la atmósfera
de los grandes cataclismos, de las revulsiones telúricas
cuando el fuego, el hierro, el acero, lo que corta y lo que estalla,
se revelan contra sus dueños en un inmenso clamor de Dies
Irae ... Luego vino la noche. Noche de lóbrega matanza, de
ejecuciones en masa, de exterminio, en el Manzanares y la Moncloa.
Las descargas de fusilería que ahora sonaban se habían
apretado, menos dispersas, concertadas en el ritmo tremebundo de
quienes apuntan y disparan, respondiendo a una orden, sobre la siniestra
escenografía exutoria de los paredones enrojecidos por la
sangre. Aquella noche de un comienzo de mayo hinchaba sus horas
en un transcurso dilatado por la sangre y el pavor. Las calles estaban
llenas de cadáveres, y de heridos gimientes, demasiado destrozados
para levantarse, que eran ultimados por patrullas de siniestros
mirmidones, cuyos dormanes rotos, galones lacerados, chacós
desgarrados, contaban los estragos de la guerra a la luz de algún
tímido farol, solitariamente llevado por toda la ciudad,
en la imposible tarea de dar con el rostro de un muerto perdido
entre demasiados muertos ... Ni Sofía ni Esteban regresaron
nunca a la Casa de Arcos. Nadie supo mas de sus huellas ni del paradero
de sus carnes. Dos días después de saber lo poco que
había de saber, Carlos mandó lacrar las cajas donde
había guardado algunos objetos, algunos libros, algunas ropas,
que aún hablaban por sus formas, por sus olores, por sus
pliegues, de la existencia de los idos. Abajo lo esperaban tres
coches para llevarlo, con su equipaje, a la Oficina de Postas. Devuelta
a sus dueños, la Casa de Arcos volvería a quedar deshabitada.
Las puertas fueron cerradas con llaves, una tras otra. Y la noche
se instaló en la mansión -era aquél un invierno
de anticipados crepúsculos, en tanto que sus fuegos eran
apagados, separándose los leños a medio arder, antes
de verterse sobre ellos el agua de una garrafa de espeso y orfebrado
cristal rojo. Cuando quedó cerrada la última puerta,
el cuadro de la Explosión en una catedral, olvidado en su
lugar -acaso voluntariamente olvidado en su lugar- dejó de
tener asunto, borrándose, haciéndose mera sombra sobre
el encarnado oscuro del brocado que vestía las paredes del
salón y parecía sangrar donde alguna humedad le hubiese
manchado el tejido.
La Guadalupe,
Barbados, Caracas, 1956-1958.
(fragmento de
El siglo de las luces, del capítulo séptimo,
final)
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