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ESCENA PRIMERA
(Una habitación
en el primer piso de un antiguo palacio colonial, en La Habana Vieja.
Este palacio, en el pasado orgullo de una opulenta familia criolla,
es ahora lo que se llama una ciudadela o casa de vecindad en donde
viven en franca promiscuidad unas 20 ó 30 familias pobres.
Al descorrerse el telón se verá un pilón (el
pilón usado en la Santería para guardar la piedra)
y frente al pilón reza de rodillas Camila, mujer de unos
30 años, hermosa y santera de profesión. Es el mes
de mayo de 1959. Un gran murmullo, imprecaciones y gritos de protestas
suben repentinamente del patio central. Camila se levanta y desaparece
por la puerta que da al balcón.)
VOZ DE CAMILA. (Gritando.) ¿Qué pasa?
UNA VOZ. !Que se llevan a Pirey y a Bocachula!
VOZ DE CAMILA.¿Pero quién se los lleva, hombre?
OTRA VOZ. Acababan de acostarse para dormir la juma que cogieron
anoche. (Risotadas.)
VOZ DE CAMILA. ¿Y por eso se ríe, comecatibía?
VOCES. ¡Aquí los sacan!...¡Miren qué borrachos
están!... ¡Abran paso, dejen libre el paso a la policía!...
(Murmullo de gritos y voces).¡Mi Pirey!... ¡Bocachula,
mi hijo! ¡Pónganle la camisa a Pirey!...!A Bocachula
le falta un zapato! ¿Dónde está?
VOZ DE CAMILA. (Gritando.) Oye tú, Pirata... ¿quién
se muda?
VOZ DEL PIRATA. Nadie, Camila, esos son los "jamones"que
compraban Pirey y Bocachula. Ahora la policía se lleva los
jamones.
(Camila entra a la habitación y cierra la puerta del balcón,
atenuándose mucho el vocerío. Se sienta pensativa
en una silla frente a la mesa. Momentos después entra una
mujer asustada y llorando. Es Cuca, vecina de la ciudadela.)
CUCA. (Aterrorizada.) ¡Camila, se llevaron a Pirey! ¡Se
lo llevaron!... (Cae frente al pilón llorando) ¡Changó
bendito, socórreme, que se llevan a Pirey, mi marido, tu
hijo Pirey! (Sigue llorando y gimiendo. Reza en voz baja.)
CAMILA.¿Qué hicieron ahora?
CUCA. (Levantándose y yendo hacia Camila, secándose
las lágrimas con el borde del vestido) Pirey y Bocachula,
hace unos días, pasaron un contrabando de cigarros americanos.
Alguien dio un chivatazo.
CAMILA. Los cogieron asando maíz, borrachos como esos marineros
noruegos en la Alameda, ¡qué lindo!, ¿verdad?
CUCA. De algo tienen que vivir los pobres, ¿no? No hay nada
malo en comprar en un precio y vender en otro o comprar lo que otros
roban.
CAMILA. En nada hay nada malo; pero eso les ha pasado por cabeciduras.
Los hombres se creen muy hombres y no hacen las cosas cuando se
les manda.
CUCA. Sí, Camila, tienes razón. Yo le decía
hace poco: "Pirey, refresca tu collar, está muy tieso".
Pero nada, no me hacía caso. Sólo me contestaba: "Mañana
compraré los cocos y lo demás y se los llevaré
a Camila". Pero nunca lo hizo.
CAMILA. Nunca vino. Y eso que él estaba presente cuando el
santo se lo pidió. Y a Bocachula, Changó le pidió
un carnero...¿tú viste el carnero? Por eso están
encanaos otra vez. Con los santos no se juega.
CUCA. ¿Bocachula de dónde iba a sacar el carnero?
La situación está muy mala ahora.
CAMILA. (Llevándose las manos a la cadera) ¿Qué,
la situación está mala ahora?... ¡Bah... a otro
perro con ese hueso! Yo sé de buena tinta que ese negro conseguía
todo lo que le pedía esa blanquita chusma del bar de Picolindo.
Para esa "pelúa"sí había dinero,
pero para los santos no. Ahora que se jeringue.
CUCA. (Suspirando.) ¡Ay...sí! La perdición de
un negro es enamorarse de una blanquita chusma. (Se encamina a la
puerta con intención de marcharse. Se vuelve de pronto.)
¡Camila!...Ñico puede hacer algo por mi marido.
CAMILA. ¿Ñico? No sé qué pueda hacer.
CUCA. Claro que puede hacer mucho. Ñico ayudó a coger
mucha gente gorda los primeros días de Enero.
CAMILA. Bueno, ¿y qué?
CUCA. El capitán de la estación fue su jefe aquellos
días. Él puede ayudar a Pirey si Ñico se lo
pide.
CAMILA. Es verdad. Cuando venga se lo diré; pero antes hay
que consultar a Elegguá a ver si hay camino.
CUCA. ¡Eso! ... También deberías "registrarme".
CAMILA. Sí. Vamos a ver lo que dicen los santos. (Se llega
hasta un pequeño armario que hace de canastillero y saca
de él una bolsita conteniendo los caracoles y una estera.
Esta la tiende en el suelo y se sienta en un extremo de ella. Cuca
en el otro.)
(...)
CUCA. ¿Quién
habla, Camila?
CAMILA. Olocún y Yeguá. (Camila pone las manos en
el suelo y después se las lleva a los ojos.) Ten cuidado
con la vista, no te vayas a enfermar y no mires lo que no te importa.
(Pausa.) Ten cuidado con una cosa que piensan hacerte, abre los
ojos. Aquí habla de enfermedad, y esa persona, tú
o algún ser querido, no puede pasar por encima de ningún
hoyo y que, o ha estado en cuestiones de justicia o va a tenerlo
que sacar de una prisión. En sus manos está su salvación.
(La puerta de calle se abre y entra Ñico. Las dos mujeres
quedan en silencio un momento hasta que Ñico se sienta en
una silla frente a la mesa. Ñico es el concubino de Camila.
Bien parecido y de unos 27 ó 28 años. Camila continúa.)
Si alguien te convida a alguna cosa, no la cojas; puede sucederte
algo malo. Ten mucho cuidado con la canela y en tu casa hay una
persona que por su "palucha" siempre está peleando,
esa persona tarde o temprano va a tener que hacerse santo, tiene
que adorar mucho a Elegguá, Yemayá y a los Jimaguas.
Ponle mucha fruta a los muchachos. Como ebbó, un gallo, tres
palomas, una jícara, un ecó, manteca de corojo, tela
blanca y punzó, orí, babosa, algodón y cuatro
pesos con veinte kilos. Más nada. (Las dos mujeres se levantan.)
CUCA. A la tarde te lo traigo todo.
CAMILA. Está bien (Cuca se marcha y Camila se acerca a Ñico.
Trata de besarlo, pero Ñico la aparta con un gesto brusco.
Ñico se quita la camisa y la tira sobre una silla. Viste
camiseta de manga larga y botones de oro. En su cuello un collar
de Oshún. Camila toma la camisa y va a colgarla de un perchero
que pende de un clavo en la pared. Antes de colgar la camisa, mira
de soslayo a Ñico y, al ver que está sumido en sus
pensamientos y que no la ve, huele la camisa y le registra los bolsillos.
Después de colgar la camisa se mete en la cocina.)
VOZ DE CAMILA. ¿Dónde estuviste toda la mañana?
ÑICO. Dentro de mis pantalones.
VOZ DE CAMILA. Déjate de chistes, que nunca has sido gracioso.
ÑICO. (Malhumorado.) Y tú déjate de tus celos
porque el horno no está para pan.
VOZ DE CAMILA. ¿Pero qué te has creído tú,
que eres Rodolfo Valentino o Robert Taylor?... ¡Qué
risa me da!...¿Yo celosa de ti?
ÑICO. Siempre dices lo mismo, pero no me dejas vivir; siempre
te tengo "encarná". Hasta un día que reviente
y me largue a casa de todos los diablos.
VOZ DE CAMILA. Para luego es tarde. A bolina.
(Ñico se levanta violentamente de la silla y se encamina
hacia el perchero donde está su camisa y se dirige a la puerta,
pero Camila, saliendo velozmente de la cocina, corre y se interpone
entre él y la puerta con los brazos en cruz.)
ÑICO. (Riéndose a carcajadas.) Si te vieras ahora.
Pareces un Cristo crucificado. (Ríe.) ¡Santa Camila
de La Habana Vieja! (Ríe.)
(Camila deja caer los brazos como agotada por la emoción.
Deja la puerta.)
CAMILA. Juegas conmigo como si fuera un trapo. Algún día
pagarás caro lo que me haces sufrir.
ÑICO. Eres muy lengua larga. Siempre estás diciendo
lo que no sientes, y lo que sientes de verdad nunca lo dices. Eres
hipócrita.
CAMILA. ¿Y acaso tú eres sincero?
ÑICO. (Sentándose.) Trato de serlo.
CAMILA. Entonces, dime dónde estuviste esta mañana.
ÑICO. Fui a ver a la vieja.
CAMILA. ¿Cómo está?
ÑICO. Media matunga. Uno de estos días guarda el carro.
CAMILA. No lo creas. La gente de su tiempo es dura de pelar. Quizá
nos entierre a todos nosotros.
ÑICO. No lo creo. La pobrecita ha trabajado mucho en su vida.
Todos mis recuerdos de ella son halando batea y plancha como una
mula.
(...)
CAMILA. Perdóname,
muñeco mío. Todo esto pasa porque te quiero. Te quiero
más que a mi vida.
ÑICO. ¿Querer?...¿Sabes tú lo que es
el cariño?
CAMILA. ¿Y tú lo sabes?
ÑICO. No lo sé; pero siento que el cariño no
es lo que tú me has dado.
CAMILA. ¿Qué te he dado entonces?
ÑICO. Tampoco lo sé. (Pausa.) Tal vez los deseos de
una hembra.
CAMILA. ¿Y tú acaso me has dado algo más que
los deseos y el mal trato de un macho?
ÑICO. Tienes razón, no nos hemos dado más que
deseos. (Se levanta.)
CAMILA. (Sobresaltada.) ¿Dónde vas?
ÑICO. Para viejo.
CAMILA. ¿No te doy pena?... Mírame.
ÑICO. No sé. Me siento como si ya no pudiera pensar
más. Tomaré la lancha de Regla. El aire de mar me
hará bien.
CAMILA. Cuca quiere que vayas a ver a tu amigo el capitán.
ÑICO. No iré. Yo no saco la cara por jamoneros.
CAMILA. Hazlo entonces por mí. Quizá el capitán
pueda tirarles la toalla.
ÑICO. Ahora no hay toallas que valgan. El que la hace, la
paga.
CAMILA. Cuca tiene tres hijos. ¿Quién les traerá
la comida?
ÑICO. Aquí en esta ciudadela los niños se crían
solos, el aire los alimenta y Dios los cuida por las calles. Ninguno
es hijo de Pirey.
CAMILA. No importa. Cuca lo quiere, y los tres fiñes lo llaman
papá.
ÑICO. Está bien, hablaré con el capitán;
pero estoy seguro que nada hará. Estos son otros tiempos.
CAMILA. Pero al menos quedas bien con Pirey.
(Ñico sale. Camila saluda al santo en el pilón y echándose
por tierra y besando tres veces el suelo se arrodilla)
CAMILA. ¡Oh...Changó mío... Changó de
mi alma! Haz que Ñico no se vaya de mi lado. Y que no mire
a ninguna otra mujer. Dame esa gracia, padre mío. Prefiero
morir antes que perderlo. Si me das lo que te pido te daré
todo lo que me pidas. (Camila inclina la cabeza hasta tocar el suelo.
Y lo besa tres veces. Momentos antes se han ido apagando las luces
hasta la total oscuridad (...) )
(fragmento de
Santa Camila de la Habana Vieja)
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