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Ray Faxas, Osmany Oduardo y Pilar Álvarez
Parecía que iba a llover. Parecía que la tarde iba a perecer bajo tanta oscuridad, pero como por arte de magia los nubarrones desaparecieron y 23 recobró el brillo que siempre tiene a las cuatro de la tarde. Si había algo especial ese viernes era que la noche comenzó más temprano que de costumbre. Nos llamó la atención que la calle 23, una de las más connotadas de la Isla, aún estuviese abierta a la circulación de los autos. Los niños corrían de un lado a otro y nos pareció negligente que no se cerrara y que los autos, guaguas, motos, bicicletas y carros pesados, provenientes de Marianao, Playa, Miramar, o simplemente de esta misma zona del Vedado, continuaran transitando como si nada.
Quisimos iniciar el recorrido en 23 y 14, que era el sitio donde comenzaría esta idea conjunta del Instituto Cubano del Libro y la Unión de Jóvenes Comunistas. Había un tumulto de personas comprando libros para niños y jóvenes en varios puntos de venta. Muchísimos niños salieron del cine 23 y 12, cruzaron la avenida, se acomodaron en las sillas, dispuestas en el pequeño parque de 14 y 23, y tomaron por asalto a dos afamados historietistas del país: Juan Padrón y Jorge Oliver, a quienes se les rendía justo homenaje. Allí los niños pudieron escuchar, de boca de los autores de El Capitán Plin, o de Elpidio Valdés, anécdotas de su vida profesional que han dedicado a los niños, escucharon acerca de cómo habían nacido sus personajes favoritos y también tuvieron la posibilidad de comprar sus libros y pedirles una dedicatoria. Podríamos habernos quedado en ese lugar toda la tarde-noche, pero había que seguir para tratar de abarcarlo todo, o casi todo.
Para entrar en Fresa y Chocolate, tuvimos que valernos de leves empujones y no pocos permisos. Norberto Codina presentaba el último número de El Cuentero y a su lado estaban Alberto Marrero y Eduardo Heras León. Un escalón más arriba, los cuentistas esperaban su turno para leer sus textos. En una de las esquinas estaba Alberto Garrandés y, frente a él, a otro Alberto G, en este caso era Guerra. También estaba Ángel Santiesteban, Laidy Fernández de Juan, Ahmel Echevarría, Orlando Luis Pardo, entre otros. La luz artificial que iluminaba la sala impedía una buena foto. Pero lo intentamos varias veces. Afuera un grupo se movió y la espigada figura de Abel Prieto sobresalió entre los curiosos. Luego tuvimos que escurrirnos y más tarde volvimos a caminar sobre la amplia y céntrica avenida, y notamos que a medida que avanzábamos, ésta se iba llenando de personas, era un constante abejeo de gente que subía y bajaba. A muchos les escuchamos decir que aquello parecía una feria del libro.
En el área deportiva de 23 y B estaba pronosticado un encuentro con glorias del deporte cubano. Cuando pasamos pudimos ver a Tabares, con su cara sonriente, rodeado de niños, mujeres y hombres, pero sobre todo niños. Fanáticos de sus jugadas y fanáticos también a la lectura. Tabares miró sobre el hombro cuando Osmany lo llamamos para hacerle una foto. Allí estaba el center field de Industriales, haciendo vibrar a su afición como si estuviera en el Latinoamericano. Pero esta vez cambiaba una de sus polémicas atrapadas por su firma en libros sobre deportes.
Hay que decir que más que los libros, vendidos por montones, lo que más llamó la atención de todos fue el maravilloso proyecto realizado por la Casa Editora Abril con el artista plástico Rancaño: una colección de 20 postales con obras del pintor y con poemas de los más reconocidos poetas del país y de Latinoamérica. La gente comenzó a intercambiarse estas postales para tener la colección completa. Creímos pensar que fuimos nosotros, en la misma esquina de 23 y C, los que iniciamos aquel intercambio que duró toda la noche. Muchos perdieron la timidez y preguntaban, en medio de la confusión, por el autor o el número de una u otra postal. Lo cierto es que todos querían completar su breve antología ilustrada.
Luego otro descanso. El sol ya se había escondido por alguna parte sin que nos diéramos cuenta. Habíamos llegado a la Avenida de los Presidentes cuando escuchamos la voz de Edel Morales dentro del Café Literario de 23 y G, o G Café. Era el sitio donde los poetas tenían su espacio. Gleyvis Coro, Marcelo Morales, Antonio Armenteros, Rito Ramón Aroche, Caridad Atencio, Basilia Papastamatiú, Ismael González Castañer, Omar Pérez y muchos más. Edel, al frente junto a Basilia, llamaba a los poetas para que leyeran. En ese mismo espacio el Fondo Editorial Casa de las Américas mostraba y vendía sus títulos.
Después de todo, y con tristeza, nos dimos cuenta de que dejamos de ver muchas cosas: los encuentros con los deportistas y con Daniel Chavarría, el homenaje a Nicolás Guillén, eso sin hablar de los conciertos de trova y poesía o las proyecciones de películas en los cines del Proyecto 23. Pero nos queda la alegría de haber sido testigos de la alegría de la gente que se tiró a la calle a vivir esa fiesta. La cantidad de personas en la calle no debía ser una sorpresa, porque si La Cabaña de desborda todos los años durante la Feria del Libro, y ese es un sitio apartado, cómo el pueblo va a dejar pasar la ocasión de disfrutar de un jolgorio de libros en plena calle 23, en el corazón de La Habana.
Cuando por fin la noche se adueñó de la avenida y los carros dejaron de pasar para darle paso a la muchedumbre que comenzaba a abarrotar la amplia calle, miles de personas con libros en sus manos, con postales, con flores, seguían Rampa arriba y Rampa abajo, apurando a sus hijos para asomarse en el próximo quiosco y ver lo que se ofrecía. Esta fue una noche del libro, de los escritores y de los lectores, y podría decirse que esa fue la noche más larga del verano.
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