Un libro cuenta la historia del Premio Casa de las Américas

Jorge Boccanera

El libro “Premio Casa de las Américas. Memoria (1960-2004)”, a cargo de los escritores cubanos Jorge Fornet e Inés Casañas, pormenoriza la historia del galardón a punto de cumplir medio siglo.

En Buenos Aires, donde participó en la Feria del Libro, Fornet habla de un galardón “dinámico”, al irse abriendo a nuevos géneros y expresiones idiomáticas
Iniciado tras el triunfo de la revolución cubana, en 1959, el premio —denominado ese año como Concurso Literario Hispanoamericano— iba a recaer sobre libros que con el tiempo devinieron en clásicos.

Un ejemplo es la novela “Los hombres de a caballo”, de David Viñas, premiada por un jurado de notables, entre ellos Leopoldo Marechal, José Lezama Lima y Julio Cortázar.

Autor de varios libros de ensayos, entre ellos “El escritor y su tradición”, dedicado al narrador Ricardo Piglia, el cubano Fornet cuenta en el libro la génesis del premio y da el registro de sus protagonistas: organizadores, galardonados, jurados y actas, lo que hace de esta “Memoria” un libro que excede la mera recopilación.

Señala Fornet: “La tentación de historiar el Casa de las Américas era antigua. Por décadas se habían ido fraguando nombres, títulos, anécdotas, dudas, tendencias que contribuían a fomentar una leyenda pero no una historia más o menos verificable. A partir de ahí pueden verse o colegirse algunas subtramas de esa enorme red que es el premio”.
Para el ensayista, la suma de títulos premiados constituye un panorama de la diversidad estilística de Hispanoamérica: “Tengo esa sensación. Que los libros premiados revelan la heterogeneidad de nuestra literatura. Si de algo me ha servido estar cerca del Casa de las Américas es para saber que las literaturas latinoamericanas y caribeñas gozan de excelente salud”.

Y habla de un Premio que se diversificó: “De convocar géneros tradicionales, se fue abriendo a otros, a regiones y a lenguas no previstas: eso explica la aparición del género de ‘testimonio’ —que la Casa ayudó a acuñar y legitimar—, de las literaturas brasileña y caribeñas en portugués, inglés, francés y creole, y hasta de las literaturas en lengua indígena”.

La alusión al testimonio, trae de la mano al escritor Rodolfo Walsh, varias veces jurado: “Fue un pionero del testimonio y al mismo tiempo una de sus figuras cumbres. Abrió un camino por donde luego circularían, dentro y fuera de la América Latina, algunos de los más importantes autores de varios títulos excepcionales”.

De esas “subtramas” del libro, se desprenden figuras como Ezequiel Martínez Estrada, premio de ensayo en la primera convocatoria: “El hecho mismo de que él concursara era un excelente aval para un concurso que recién comenzaba. Fue como una entrada victoriosa a Cuba, donde Ezequiel vivió y trabajó durante varios años”.

Una primera lectura de “Memoria” revela una participación masiva de escritores argentinos (pasan de 2.800) y de primeros premios: medio centenar. Entre otros muchos, obtuvieron el premio Haroldo Conti, Mario Trejo, Pedro Orgambide y Eduardo Mignona. Baste decir que este año fueron galardonadas dos compatriotas: Samanta Schweblin en cuento y Laura Yasan en poesía.

“Esa es una gran incógnita —señala Fornet— que entraña un problema y una satisfacción. El problema es la cantidad desproporcionadamente alta de premiados argentinos; la satisfacción es que contribuyen a mantener un alto nivel en las obras galardonadas”.

Otra figura insoslayable a la hora de hablar del Premio es la de Julio Cortázar, quien visitó Cuba por primera vez en 1963 invitado como jurado: “Esa visita como reconoció después, fue crucial en su vida. Volvería un sinfín de veces. Su epistolario recogido en un número homenaje de la revista Casa de las Américas muestran la intensa relación que mantuvo con nosotros”.

Hubo jurados que en sus países fueron censurados luego de participar en el premio, como el argentino José Bianco y el mexicano José Revueltas.

Tomado de El Diario de Paraná