Sombras
en las paredes
Por
Dean Luis Reyes
Llevo una temporada viviendo
presa del miedo; de un temor
oscuro y socavante que emerge
de las páginas de un
libro y secuestra mis sueños,
tiñendo de sombras
amorfas las paredes del cuarto
nocturno y reavivando el infantil
temor a las tinieblas. Pareciera
cosa arcaica, propia de sensibilidades
hipersensibles, pero ciertas
historias poseen la capacidad
de invadir la vida de quien
lee como una presencia material
más, de corromper las
horas de tedio y modificar
nociones fundadas.
El libro en cuestión
es Tres relatos
góticos,
selección a cargo de
Alberto
Garrandés y que
la colección Huracán
publicara no sin la atinada
advertencia del compilador
de que la denominada "condición
gótica" se
desplaza a través del
tiempo para tocar incluso
a obras de la actualidad.
Y es que textos como Zastrozzi
(Percy B. Shelley),
El vampiro
(John William Polidori) y
Carmilla
(Joseph Sheridan Le Fanu)
pertenecen al siglo XIX, lejos
ya del período nominalmente
conocido como "Gótico",
cuya duración histórica
abarca los siglos del XIII
al XVI.
Pudiera resultar curioso que
todos se hayan originado,
en cambio, durante el reinado
del romanticismo. Curioso
a la vez que lógico:
había sintonía
entre el afán escapista
y mesiánico del XVIII
-que se convierte en decepción
hacia el XIX- y el demorado
interregno que abarcaron los
umbrales del Renacimiento,
el despacioso amanecer que
sobreviniera a los tiempos
oscuros de la Edad Media.
Durante el Gótico
se quiebra la fe tradicional
y el dogma religioso empieza
a ser roído por una
racionalidad que reedifica
paradigmas y recompone la
cosmovisión de Occidente.
En ese lapso se corporeiza
el relativismo y la noción
individualista regente durante
la venidera modernidad y que
hasta entonces el feudalismo
había inhibido. Su
dualismo tenaz entre los rescoldos
de la metafísica y
el progreso científico
quedan impresos en el icono
esencial del período:
el arco ojival.
Esa fusión de recta
y curva, de angulación
suave y remate agudo revela
la profunda ambigüedad
que yacía al fondo
de la época, tiempo
de eclosión liberal,
experimentación y puesta
en solfa de los escolasticismos,
de devaneos entre doctrinas,
de simple y llana libertad
sensible, de reventón
heterodoxo y androginia figurada
en esos ventanucos de catedrales
que amaridan la rigidez fálica
y el torneado suave de la
vulva.
Como tiempo hijo del lance
de dominación y hegemonía
entre feudalismo cansino y
pujante capitalismo, el gótico
expresa una movilidad exasperada,
consciente del "eterno
devenir" (Arnold Hauser)
de la historia humana, de
nuestra incapacidad de reposo,
de hallar paz en alguna conclusión,
que tiene su expresión
en esos personajes constantemente
atenazados por las pasiones
y bajo el acoso de potencias
misteriosas, las de la lujuria
y el deseo en primer lugar.
Ello se desboca durante el
Romanticismo, donde el predominio
de la psicología en
la literatura encuentra en
el relato de terror gótico
un campo de intensas posibilidades
para el manoseo del inconsciente
colectivo, del miedo a lo
desconocido y la natural superstición
ante lo sobrenatural. Con
todo y los acentos propios
de la modernidad triunfante,
los románticos reproducen
en su neurosis el dualismo
del Gótico,
pues vuelve a ser el debate
entre la racionalidad niveladora
de la experiencia y los colgajos
sueltos de las intuiciones
metafísicas, de las
pulsiones irracionales. Por
ello no resulta extraño
que el símbolo ejemplar
de la época sea el
vampiro.
Michel Foucault advirtió:
"Un miedo obsesivo ha
recorrido la segunda mitad
del siglo XVIII: el espacio
oscuro, la pantalla de oscuridad
que impide la entera visibilidad
de las cosas, las gentes,
las verdades. (...) Son en
definitiva los rincones ocultos
del hombre lo que el Siglo
de las Luces quiere hacer
desaparecer". En respuesta
a tal acometida racionalista,
el héroe de la época
del relato gótico romántico
viene a ser un asesino sangriento
cuya táctica es la
seducción de su víctima
en virtud de un encanto sobrenatural,
que convoca constantemente
las lubricidades y agota el
cuerpo en un sopor semejante
a la enfermedad, que apacigua
y deja al ser humano sin ansiedad
ni tormento. Un criminal magnético
al que las doncellas puras
se entregan con todo el cuerpo
y al que los donceles frágiles
quisieran parecerse.
El dualismo vida/muerte que
emblematiza el vampiro representa
como acaso ninguna otra criatura
el estado nostálgico
en que la enfermedad precipita
al hombre; su inmortalidad
abraza además el "miedo
morboso al presente"
de los románticos;
mientras que la monstruosa
amoralidad que encarna es
una renuncia a las sociedades
saneadas de vicios por virtud
de la ciencia y el progreso.
En El vampiro,
escrito por quien fuera médico
personal de Lord Byron, se
hace una siniestra apología
del dandy seductor -casi una
malévola parodia del
mismísimo Byron- en
la persona de lord Ruthven,
quien destruye la luminosa
virginidad de Ianthe y de
la hermana del joven Aubrey,
burlado también en
su candidez; mientras en Carmilla
la heroína se siente
arrastrada por la calidez
lésbica de su relación
con una misteriosa joven cuya
identidad coincide con la
de un ser legendario por su
impiedad.
En la tríada de relatos
reunidos por Garrandés,
la muerte y la violencia expresan
la vaguedad de la actitud
romántica ante la vida,
con su coloratura melodramática,
hecha de sensaciones fuertes,
el efectismo y esa relación
estrecha con las historias
de misterio, horror y los
libros de caballería,
emparentado todo con las narraciones
legendarias y las tradiciones
orales de la alta Europa.
Y por sobre todo, habita en
ellas el mal como fuerza definitoria
en la existencia, acaso encarnado
en la tenacidad destructiva
de Zastrozzi, personaje capaz
de llevar adelante su desmesurada
venganza con los recursos
de la impiedad más
grosera. Para él no
cuentan las pasiones puras
de los seres a quienes flagela,
sino la consecución
de un objetivo que es el fin
último de su vida,
como fuera para Shelley, autor
del relato, dinamitar la fe
irracional con un radicalismo
brutal capaz de buscar por
los medios más exagerados
la realización de una
libertad ideal.
Alberto
Garrandés ha traído
estos fantasmas a las librerías
cubanas y a algunos parece
un gesto desusado. Mas, si
se revisase su obra reciente,
sobre todo la novela Fake
(Letras Cubanas, 2003), quedaría
claro que la literatura gótica
no es más que una de
sus fuentes. En los ambientes
que cobran peso específico,
pastosidad subjetiva, de una
Villa Diodatti donde los personajes
del libro juegan al simulacro
de la historia, late la operación
emblemática del relato
gótico y su recorrido
del miedo a lo desconocido
al hombre, y viceversa. Acaso
sea éste un autor que,
como en su tiempo Shelley,
pone sus confesiones en globos
y botellas que envía
a lo desconocido, en pos de
un destinatario utópico
para quien el miedo a lo insólito,
a las neblinas de una noche
incierta, no sea todavía
un anacronismo pueril.
(Tomado
de Cubaliteraria)
Sobre
la novela Fake
en CubaLiteraria
Sobre
Alberto
Garrandés en CubaLiteraria

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