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Por Yoss

¿Ciencia-ficción en Cuba?

Este género literario es considerado por los expertos casi unánimemente como hijo del siglo XX y de su explosivo desarrollo tecnocientífico. Entonces ¿Es posible que se escriba ciencia-ficción en una nación agrícola monoproductora donde aún la mayor parte de la zafra (cosecha de la caña de azúcar, hasta hace poco el principal rubro exportable cubano) se hace manualmente? ¿En un país del tercer mundo, cuyo desarrollo tecnológico y científico se ha visto sometido a durísimas pruebas en cuarenta años de bloqueo por la mayor potencia del mundo? ¿Ciencia-ficción en una islita del Caribe, cuya economía ha sido obligada por la caída del campo socialista a funcionar casi bajo un estado de guerra al que se le llama eufemísticamente período especial?
Con tal enfoque apriorístico, hablar de ciencia-ficción cubana parecería solo un jocoso contrasentido, en el mejor estilo de los que enunciara Umberto Eco en su novela El péndulo de Foucault: la Urbanística Gitana o la Hípica Azteca.

Si los gitanos no tienen urbanística porque viven viajando y no tienen casas, o si los aztecas no podían tener una hípica porque solo con la llegada de los españoles conocieron los caballos... pues, vamos; ¿ciencia-ficción en Cuba? ¿Es una broma, verdad? Pues no. No es este el momento ni el lugar de destacar el desarrollo técnico y científico alcanzado por nuestro país, en esferas tales como la biotecnología, por solo citar una. Pero hay una CF cubana, y su historia también tiene más de cuarenta años. Aunque no sea tan conocida fuera de Cuba como el bloqueo.

Como ocurre con todo fenómeno literario, la ciencia-ficción cubana no apareció de la nada por arte de magia, sino que cuenta con notables antecedentes que le sirvieron como caldo de cultivo idóneo. La narrativa fantástica, como en el resto de Latinoamérica, tiene una larga tradición en Cuba, con cultivadores tan prestigiosos como Alejo Carpentier, José Lezama Lima o Virgilio Piñera, por solo citar tres de los más relevantes.

Pero, aunque en fecha tan temprana como el siglo XIX existió un precursor, Esteban Borrero, con su Aventura de las hormigas, y luego algunos intentos esporádicos por parte de autores aislados antes de 1959, la CF (usaremos estas siglas como abreviatura de ciencia-ficción a partir de aquí) propiamente dicha, y con carácter de movimiento, solo aparece tras el triunfo revolucionario, en la primera mitad de los 60.

En 1964 ven la luz los dos libros iniciáticos del género en Cuba: La ciudad muerta de Korad, de Oscar Hurtado (1919-1977) (también recopilador de la primera y hasta ahora la mejor antología de cuentos de CF mundiales en Cuba, con un prólogo que hizo historia... aunque le debía demasiadas cosas a un trabajo similar de Borges y Bioy Casares que sirvió como introducción a la Antología de la literatura fantástica de ambos); y ¿Adónde van los cefalomos? de Angel Arango (1926) quien es en estos momentos considerado el decano de la CF cubana por su persistencia y fidelidad al género. Este, su primer libro, mostraba ya lo que sería su estilo característico, con gran influencia de los clásicos anglosajones de la llamada Edad de Oro de la CF, como Asimov y Heinlein.

Por el contrario, el libro de Hurtado, curiosamente, no es una obra narrativa sino un poemario lleno de intertextualidades sobre la saga marciana de Edgar Rice Burroughs, las novelas de Conan Doyle sobre Sherlock Holmes (cuya existencia real tenía en Hurtado uno de sus más fieles defensores), cuentos del folklore infantil universal, La Ilíada y otras muchas fuentes, conformando un universo poético donde se mezclan el humor negro y la tragedia con grandes dosis de fantasía y esa forma peculiar de burla o chanza que es el choteo criollo, que luego se revelaría como uno de los puntos más originales, distintivos y fuertes de la CF cubana. Esta vertiente de CF en verso no ha tenido continuadores de la talla de Hurtado, sino apenas dos o tres intentos más o menos afortunados de poemas que es mejor pasar por alto.

Sobre la influencia total de Oscar Hurtado en la infancia cubana del género podría escribirse mucho. Los que lo conocieron personalmente cuentan que era un hombre de singular aspecto (le llamaban El Dragón, tanto por obsesión con el mitológico ser como por su proverbial fealdad), cultura enciclopédica y conversación magnética. El ajedrez, el paleocontacto, los OVNIs y la CF en general eran temas sobre los que podía disertar durante horas, manteniendo virtualmente hipnotizado al más variopinto auditorio imaginable.

La mortal enfermedad que padeció en sus últimos años, y la acusación de plagio (por otra parte, al parecer, fundada) que le hiciera Rogelio Llopis por su cuento "Carta de un juez", destruyeron al Dragón. Después de escribir La ciudad muerta de Korad (según estudiosos, el segundo poema de CF del mundo, y que inspirara el primer ballet de CF, estrenado con motivo del vuelo espacial conjunto URSS-Cuba; Misión Korad), y otros pocos cuentos (recopilados en el libro póstumo Los papeles de Valencia El Mudo, por su viuda Evora Tamayo), su manantial creativo pareció agotarse. Aunque no su influencia sobre el género, a través de epígonos y continuadores. Que, incluso, dieron su nombre, en los años 80, al primer Taller Literario de CF.

En 1966 aparecen otros tres libros: El planeta negro de Angel Arango, donde figura la narración "Un inesperado visitante", verdadero clásico que al lector europeo le resultará inevitable comparar con referentes similares... (como la historia de Michael Moorcock "Ecce homo" galardonada con un Premio Hugo); Asesinato por anticipado de Arnaldo Correa (1935) donde asomaba la oreja el subtema policial dentro de la CF; y El libro fantástico de Oaj del por algunos llamado Maestro de Irrealidades, el recientemente fallecido Miguel Collazo (1936-2000).

Este último, pastiche paródico claramente inspirado en las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, continuaba la vertiente explorada por Hurtado en su libro iniciático. El libro fantástico de Oaj combina escenas de la vida cotidiana en La Habana de la década del 50 con fragmentos de la supuesta narración por un escritor saturniano de la invasión de su planeta a La Tierra, con el resultado de que el absurdo y la comicidad brotan a raudales de sus múltiples historias entrelazadas (tipo de estructura que en el mercado norteamericano se conoce como fix-up, y que ha dado al género obras tan notables como Crónicas marcianas de Ray Bradbury o Más que humano, de Theodore Sturgeon).

Otros autores, como Juan Luis Herrero (que había obtenido una mención en el premio UNEAC de cuento con su libro Tigres en el Vedado, sobre los pandilleros masferreristas, o sea, nada relacionado con la CF); Rogelio Llopis, autor de la colección de cuentos fantásticos La guerra y los Basiliscos; o Germán Piniella, cuyo cuentos aparecieron en varias antologías, fueron considerados menores, en primer lugar porque no dejaron novelas del género, ya que cultivaron sobre todo el cuento corto. Estos y otros fueron incluidos en las dos antologías de cuentos fantásticos cubanos recopiladas en esos años, (recopilada una de ellas por el propio Llopis). Selecciones que mostraban a la CF como una modalidad de la fantasía, criterio editorial algo reductivo, pero bastante generalizado hasta el presente.

En 1967 se editarían otros libros de Arango y Correa, y al año siguiente saldría a la luz El viaje, la segunda novela de Collazo. Esta es una obra excepcional: inquietante, metafísica, reflexiva, profundamente simbólica y de rara belleza, más preocupada por el conflicto existencial y metafórico de sus extraños personajes que por relatar todo un entorno tecnológico o científico. Sus protagonistas, sobrevivientes de una catástrofe nuclear o de la colonización fracasada de un mundo distante y hostil, tratan de unirse para emprender la reconstrucción y/o el regreso. La aventura del conocimiento, de la sociedad humana: todo eso es El Viaje, más que un simple desplazamiento espacial: La novela finaliza con la frase "El Viaje ha comenzado", aunque ninguno de sus protagonistas se ha movido de su sitio.

Con El fin del caos llega quietamente de Ángel Arango, publicada en 1971, la prosa de este autor llega a su punto de más alto vuelo poético. Con este librito (con una ilustración de portada del célebre dibujante francés Philippe Drouillet en la portada, circunstancia de la que probablemente jamás se enteró el ilustrador galo), sin embargo, arribaba a su fin la primera y prometedora etapa de la CF en Cuba. Fue el canto de cisne.

¿Qué sucedió? ¿Por qué un género literario que había logrado en corto tiempo varias obras de sorprendente calidad desapareció de pronto del panorama editorial nacional? ¿Que ocurrió con sus cultivadores?

Había comenzado el quinquenio gris (que para algunos duró un decenio o más), etapa de triste y oscura mediocridad dentro de la literatura cubana. En los afanes de purificación ideológica bajo la sombra del lema (bastante extremista e impreciso, como tantas buenas consignas) dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada, afanes que conmovieron la escena cultural cubana de esos tiempos, la CF al estilo de Arango y Collazo, inspirada en el estilo de los clásicos anglosajones, y acostumbrada a presentar futuros sombríos a modo de advertencia, resultó inmediatamente sospechosa a los ojos de los celosos comisarios políticos tropicales. Se le acusó de literatura pesimista, antisocial, heréticamente ajena a los sagrados modelos de realismo socialista importados de la URSS. Su lugar como género privilegiado dentro de la narrativa nacional lo ocupó la novela policial al nuevo estilo: investigadores (que siempre estaban tratando de dejar de fumar… lastimoso subterfugio de sus creadores para evitar que fueran total y aburridamente perfectos) como eternos héroes positivos. Que con la ayuda del pueblo y sus CDR capturaban siempre, tras larga y cruenta pesquisa al ladrón, espía o saboteador enemigo. Cliché muchas veces repetido mecánicamente, exaltado por su optimismo y reflejo esperanzador de un futuro que pertenecía por entero a ya se sabe qué... La historia, que ocurre una vez como tragedia y otra como comedia, repetía el triste proceso de los principios de la Revolución de Octubre, cuando los modernistas y simbolistas rusos, que el propio Lenin llamó heraldos de la esperanza, se vieron relegados por el pésimo gusto de Stalin, más prudente o más aficionado a un realismo chato y antiproblemático que cantara loas a su gobierno en lugar de cuestionarlo.

Como consecuencia de fenómenos tan poco literarios, la CF cubana estuvo hibernando hasta 1978. En ese año se publicaron dos pequeñas obras destinadas al público infantil: Siffig y el vramontono 45-A, de Antonio Orlando Rodríguez; y De Tulán, la lejana, de otro Rodríguez, Giordano, obra que introducía tímidamente en el panorama nacional el tema antes tabú del paleocontacto. En el intervalo, la CF se había visto relegada a escasas historietas (entre las que vale la pena destacar la excelente Matías Pérez de Luis Lorenzo; nuestro primer aeronauta desaparecido y convertido por obra y gracia de la pluma del dibujante en astronauta al servicio de la flota espacial del planeta Strakon, mucho más desarrollado que La Tierra) y a la publicación en la Colección Dragón, originalmente concebida por su creador Oscar Hurtado para editar CF, policíaco y terror, de algún que otro título de CF anglosajona (por supuesto, preferiblemente si hablaba de la inevitable crisis final del sistema capitalista que YA estaba al doblar de la esquina... como Los mercaderes del espacio de Pohl y Kornbluth, El sol desnudo de Asimov, o las inefables Crónicas marcianas de Bradbury) sepultado entre la marea de títulos policíacos.

Sin embargo, en este tiempo, (no todo podía ser desgracia ¿no?) las editoriales soviéticas Mir y Progreso publicaron en Cuba varios títulos de los maestros del género en la URSS. Las obras de los hermanos Strugatsky y los Abramov, padre e hijo, de Iván Efremov, Sever Gansovsky, Anatoli Dneprov, Victor Kolupaiev y Olga Larionova llegaron así hasta la isla caribeña en novelas y antologías con divertidas traducciones llenas de arcaísmos y giros que al lector cubano le parecían cuando menos almidonados. Traducciones que corrieron a cargo de refugiados españoles de la Guerra Civil y de sus hijos, y que viciaron no poco el lenguaje de los autores cubanos. Ese estilo soviético, con obras que casi unánimemente describían un futuro luminoso (con la honrosa excepción de las de los Strugatsky) y donde la posibilidad de enfrentamiento violento con otras razas inteligentes era del todo inimaginable (absurdo prejuicio capitalista), esa CF total e institucionalmente optimista, marcó con fuego el concepto de los funcionarios de la cultura cubana sobre cómo debía escribirse CF.

El milagro que hizo posible reanudar en 1978 las publicaciones en el género se debe a varios factores. Entre ellos cabe destacar la mención obtenida en el Premio David de ese año por el libro de cuentos de CF Aventura en el laboratorio de Bruno Henríquez (1947). El Premio David, convocado por la UNEAC para jóvenes escritores inéditos, era uno de los de mayor prestigio nacional. Bruno Henríquez, físico ambiental de profesión, a pesar de sus muy discutidos méritos como autor de cuentos y poemas, ha jugado un papel primordial e insoslayable en la historia de la CF cubana, gracias a su innegable talento como divulgador (Su ensayo científico Marte: mito y realidad fue todo un best-seller en la colección Los Pinos Nuevos) y su incansable labor organizativa (si bien bastante egocéntrica) del fandom nacional. Pero ya desde esta mención obtenida por su libro comenzaría el género a estar en deuda con Bruno; pues este hecho decidió a la UNEAC a convocar, a partir del año siguiente, un Premio David de Ciencia Ficción, junto a los ya tradicionales de Narrativa, Poesía y Teatro.

Ganado el primer David del género en 1979 por Los mundos que amo, de Daína Chaviano (1957) comienza realmente la segunda y (hasta ahora) más brillante etapa de la CF cubana.

El primer libro de cuentos de la joven autora, a pesar de su ingenuidad, se hizo enormemente popular (se llegó a publicar el cuento que le daba título al libro en forma de fotonovela) e inauguró un estilo peculiar de hacer CF que luego se ha llamado rosado o suave, y que tuvo como principales cultivadores, además de a la propia Daína en sus libros siguientes (Amoroso planeta; Historias de hadas para adultos; Fábulas de una abuela extraterrestre y El abrevadero de los dinosaurios) al binomio de autores formado por Chely Lima (1957) y Alberto Serret (1947) en el excelente libro de cuentos Espacio abierto y a Alberto Serret en solitario en los lamentables y erráticos Consultorio terrícola y Un día de otro planeta.

La influencia del estilo romántico de Daína Chaviano sobre la CF cubana se extendió durante casi todos los 80, mientras fue, oficial y extraoficialmente (al menos para la mayoría) la máxima autoridad nacional en el género. Tan grande fue esta autoridad que incluso logró dos milagros: el primero, que le permitiesen aparecer en TV una noche por semana durante dos meses, para presentar películas de CF socialista y capitalista, como parte de la programación de verano. El segundo, que le permitieran lanzar la hasta ahora única revista (con un solo número ¿por desgracia o por suerte? cubana de CF, NOVA, de la que se hablará más adelante.

El estilo rosado de Daína, que gozó pronto del aprecio de niños y especialmente de adolescentes, a pesar de sus muchos detractores, se caracterizaba por focalizar la atención en el aspecto poético de la historia y en el más superficialmente psicológico de la construcción de los personajes, en una búsqueda formal y conceptual que dejaba de lado los aspectos de ciencia y tecnología tan apreciados por los más puristas del género (sobre todo los de la llamada hard science-fiction). Quienes, en visceral reacción, tacharon pronto de blando y facilista este modo de enfocar el género.

Pero, quizás para compensar, como no hay blanco sin negro ni derecha sin izquierda, en 1980 obtiene el segundo David de CF la novela Espiral, del biólogo Agustín de Rojas (1949). Este libro, verdadero hito aún no superado del género en Cuba, aúna lo mejor del estilo anglosajón en cuanto a diseño de los personajes y ambientación imaginativa (mutantes, monstruos, androides) con la concepción socialista de un futuro mejor. La novela, bastante hard y verdadero tour de force para cualquier escritor, novel o no, tiene multitud de personajes. Narra el regreso de un grupo de cosmonautas nacidos en una colonia extraplanetaria de origen socialista a una Tierra postholocausto, arrasada por un imperialismo feroz en sus últimos estertores. Los visitantes tratan primero de estudiar, luego de comprender y salvar el complejo nuevo mundo que ha surgido (para su sorpresa) de entre las ruinas radiactivas, luchando contra sus prejuicios y con una amenaza pendiente sobre sus cabezas que sorprenderá a todo lector al final.

Si puede hablarse en los 80 de una CF auténticamente cubana y de calidad, es en la obra de este autor. Tanto en la iniciática Espiral como en sus dos novelas posteriores, la impecable Una leyenda del futuro y la un tanto desfasada El año 200, una prosa rica y correcta se conjuga con un notable dominio científico debido a su condición de biólogo, y con una concepción coherente de la historia. Desgraciadamente, con la caída del socialismo real Agustín de Rojas dejó (ojalá que no para siempre) de escribir CF. Privado de la fe en un futuro socialista que animaba a toda su obra, su foco de atención se volvió hacia el pasado de la humanidad, y ahora dedica su intelecto a indagar en ensayo y ficción sobre la verdad de la vida y obra de Jesucristo. Al menos, el primer fruto de esta nueva faceta creativa, su novela histórica El publicano, es una indagación sobre Cristo tan original como madura y llena de calidad literaria, lo que nos hace desear aún más el retorno de San Agustín de Rojas a la CF.
Otros autores continuaron la ola. Notables en la década fueron también Gregorio Ortega (con la sorprendente y aventurera novela Kappa 15), Rafael Morante (Premio David con Amor más acá de las estrellas), Luis Alberto Soto (Otro David con Eilder, novela que resulta muy interesante porque prácticamente traslada a la CF el esquema de investigador+pueblo contra delincuente o espía, típico de la peor novela policíaca socialista), y Félix Mondéjar -F.Mond- (el más jocoso y uno de los más prolíficos: Con perdón de los terrícolas; ¿Dónde está mi Habana?; Cecilia después o ¿por qué La Tierra?; el paródico Krónicas Koradianas, y más recientemente Vida, pasión y suerte, otra visión de Jesucristo en clave CF, y la simplemente infame Holocausto 2084).

Ya en estos años se crea el primer Taller Literario de CF, ubicado en el municipio capitalino de Plaza de la Revolución. Llamado, por supuesto, Oscar Hurtado, y asesorado, no faltaba más, por Daína Chaviano. De este taller surgieron autores como Félix Lizárraga (Beatrice, Premio David de 1981); Arnoldo Aguila (Serpiente emplumada); Roberto Estrada (Trenco, novela que, finalista del David, fuera luego publicada), Julián Pérez (El Elegido, cuentos); Eduardo Frank (Más allá del sol, cuentos… otro Premio David) Ileana Vicente, Raúl Aguiar, Ricardo Fumero y otros. Luego se formaron otros talleres y grupos de aficionados en la capital y el resto del país, como el Julio Verne, o el Androides.

Un papel muy importante en el auge del género en los 80 jugó la revista Juventud Técnica. De perfil sobre todo científico-divulgativo, esta publicación a veces incluía en sus páginas también cuentos cortos de CF de autores cubanos y extranjeros, y a mediados de la década instauró el Concurso de Cuentos Cortos de CF, que se convertía así en la segunda posibilidad de darse a conocer de autores jóvenes e inéditos, después del Premio David. La frecuente exhibición en cine y televisión de películas del género también incrementó la popularidad y el conocimiento de la ciencia ficción entre el público cubano.

Hasta llegaron a publicarse cinco antologías de la cuentística de CF cubana. Dos con narraciones de los miembros de los talleres literarios (Cuentos cubanos de ciencia ficción y Juegos planetarios, en la colección Suspenso, concebida para adolescentes y jóvenes) y dos compuestos por los cuentos finalistas en los concursos de la revista Juventud Técnica (Recurso extremo y Astronomía se escribe con G), así como una quinta con selección editorial: Contactos, sin duda la mejor de todas, también en la colección Suspenso, por entonces dirigida por el editor Juan Carlos Reloba, declarado fan del género y coautor con Rodolfo Pérez Valero de una singular novela de CF policíaca, Confrontación, situada en un futuro muy cercano, pero donde el socialismo es una realidad casi global.

Una valoración crítica de lo publicado en estos años, necesariamente superficial por razones de espacio, mostraría dos circunstancias curiosas: la primera, ya anticipada por Oscar Hurtado en La ciudad muerta de Korad, el predominio del humor, de la parodia, de la chanza. Especialmente en la obra casi bufonesca de F. Mond (que, contradictoriamente, según opinión general, alcanza sus más altas cotas en ¿Dónde está mi Habana?, su segunda y más seria -o menos bufonesca- novela), quien se burla sin piedad del género, de los lugares comunes y del mundo occidental y cristiano en general. No obstante, otros autores también incursionan en la farsa y la sátira con más o menos éxito, como Luis Alberto Soto en su delicioso cuentecito "Memorias de un traductor simultáneo", por solo citar uno de los mejores. La segunda circunstancia es, en todo sentido, más triste: durante los ochenta (salvo las honrosas excepciones de Agustín de Rojas, Félix Lizárraga y tal vez Gregorio Ortega) los escritores que tenían nociones de ciencia, no las tenían de ficción, y viceversa. Claro ejemplo del primer caso es la obra del físico Bruno Henríquez, y del segundo, la de Alberto Serret.

Como una circunstancia extra, pero no menos lamentable, es de resaltar la falta de un criterio adecuadamente estricto de selección editorial, tal vez por falta del lecturas del género en el personal encargado de tal tarea. Sin mediar un lamentable paternalismo, probablemente nunca hubieran sido publicadas obras tan lastimosas como Expedición Unión-Tierra, de Richard Clenton Leonard, o La nevada, de Gabriel Céspedes (que fuera incluso ganadora de un inmerecido David de CF). O la epidémica proliferación de un tipo particular de obras de dudoso humor y escasa calidad literaria, que trasladaban tópicos de la CF mundial al ambiente cubano. Los marcianos aterrizando en el arquetípico y criollísimo platanal de Bartolo, el típico robot que pegaba los cuernos a su creador, etc., lugares comunes en los cayeron incluso autores de tanto prestigio como la propia Daína Chaviano ("La culpa es del robot", cuento).
Obras todas que no solo no aportaron nada al género, sino que perjudicaron bastante el concepto del público nacional sobre la CF made in Cuba. No obstante, a pesar de estos y otros problemas (como la falta de una revista dedicada al género, dejando aparte el intento aislado de NOVA, de Daína, Chely y Alberto, en la que apenas si se publicaron a ellos mismos), en el público cubano existía hacia finales de la década del 80 una actitud receptiva hacia la CF. El lector quería leer más CF, y mejor. Quería ver publicados a otros autores (que no fueran solo Daína Chaviano y F. Mond, los privilegiados -con mucho- en cuanto al número de libros editados), y de otras tendencias.
En 1988 compartieron (por primera vez) el David los libros El mago del futuro de María Felicia Vera (1967), y Timshel de José Miguel Sánchez (1969… ya firmaba Yoss pero los editores prefirieron dejar a un lado su seudónimo).
Si bien el libro de María Felicia era más bien surrealista, enigmático y a duras penas clasificable dentro de la CF (pero tampoco le fue posible afirmar al jurado que no lo fuera), Timshel, en cambio, también una colección de cuentos, y pese a la juventud de su autor, rompía de plano con el concepto de lo que podía hacerse en la CF cubana: apenas aparecían Cuba y el socialismo como escenario e ideología: casi todas las historias estaban ambientadas en un futuro donde el capitalismo no solo se negaba obstinadamente a desaparecer, haciéndole caso omiso a Marx, Engels y Lenin, sino que además seguía desarrollándose tecnológicamente. Sin embargo, tras tal aparente pesimismo, brotaba un optimismo poético, una fe en el hombre más allá de sus ideologías que conquistó a los lectores.

Estudiante de biología en aquel entonces, o sea, colega de Agustín de Rojas (quien fue uno de los jurados de ese año) el muy joven José Miguel Sánchez ya hacía gala entonces de amplias lecturas del género y de su formación científica, sumado a un gusto por la aventura y el exotismo que resultaba por lo menos inusual en el panorama de la CF cubana hasta el momento. Como detalle interesante, menos de un año antes de obtener el David, el mismo autor había sido premiado también en el Concurso Juventud Técnica, 1987, con el cuento "Cosas que pasan'', que por razones inexplicables, nunca fue publicado en la revista ni en ninguna de las antologías por ella auspiciadas….
Pero de nuevo era un canto de cisne. Los premios David del 88 fueron los últimos publicados antes del desastre. Antes de la perestroika. Antes de que la crisis de papel redujese a cero en cuestión de meses todo el pujante esfuerzo editorial cubano. De nuevo se veía relegada al olvido la CF. Aunque, justo es señalarlo, esta vez no por otros géneros, sino por la simple imposibilidad física de publicar, que afectó a toda la literatura cubana. No obstante, en los últimos suspiros, el Instituto del Libro aún pudo arreglárselas para publicar dos títulos previamente comprometidos: Desterrado en el tiempo y Por el atajo, segundos libros de Rafael Morante y Bruno Henríquez. Editorialmente, a partir de 1990, en lo que respecta a la CF cubana (si exceptuamos la casi heroica publicación en 1994 de Sider, del decano Angel Arango, y de folletos como Las ruinas de Saint Eldrado, de Gregorio Ortega; y La Memoria metálica, otro de Morante), puede decirse que, hasta este año 99, el resto es silencio.

Muchos autores pasaron a mejor vida (eufemismo cubano para decir que abandonaron el país): Daína Chaviano (la única que parece haber sostenido afuera su éxito nacional, con la novela -aunque no de CF- El hombre, la hembra y el hambre, Premio Azorín 1997 en España), Eduardo Frank, Arnoldo Aguila, Julián Pérez, María Felicia Vera, Ricardo Fumero, Félix Lizárraga... otros, como el binomio Alberto-Chely, consiguieron contratos de trabajo prácticamente indefinidos en otros países, y allá se fueron, huyendo del período especial.

Pero, como dice el refrán, bicho malo nunca muere; aún sin publicar, el fandom siguió existiendo... y escribiendo. En 1993, bajo los auspicios del incansable (e inefable) Bruno Henríquez se creó un nuevo Taller Literario de CF, El negro hueco; la revista virtual I+real (que se distribuye gratuitamente en soporte de disquete a todo el que quiera copiarla... y está hasta en Internet), y se celebró la primera convención cubana del género: IBEFICCION 94, que luego ha tenido secuelas como QUASAR-DRAGON en 1995 y las sucesivas CUBAFICCION desde 1996 hasta el 2002. Aunque la Asociación Cubana de Ciencia Ficción, por cuya creación Bruno Henríquez y el resto del fandom llevan batallando casi quince años, aún enfrenta trabas oficiales y burocráticas que no muestran indicios de solucionarse.

Otros intentos aislados para crear revistas o fanzines dedicados al género (como PORTICO XXI, o NEXUS, del que vieran la luz solo dos números, con ímprobos esfuerzos y escasísima circulación, pese a su innegable calidad) han fracasado en mayor o menor medida. Obviamente, por la falta de apoyo financiero o al menos interés oficial.

En la escena literaria (casi totalmente inédita, por supuesto) de la CF nacional posterior a la caída del muro de Berlín, pueden señalarse actualmente tres tendencias más o menos delimitadas. Haciendo la salvedad de que, por tratarse de autores muy jóvenes en su mayor parte, este intento de clasificación puede resultar prematuro, en el mejor de los casos.

La primera de estas tendencias es la que podríamos denominar clásica, inspirada en el estilo de Asimov, Heinlein, y otros autores de la era de Campbell y las revistas pulp en los Estados Unidos. Los autores de más edad, sobrevivientes de la segunda y hasta de la primera etapa de la CF cubana, se adscriben principalmente a esta tendencia (los más audaces, con ocasionales inclusiones temáticas del ciberpunk) y se reúnen alrededor de Bruno Henríquez y su revista virtual I+real. Con un estilo más bien pobre, basado sobre todo en el uso no siempre afortunado de la tercera persona y los finales sorpresivos, sin grandes experimentaciones estilísticas ni complejidades psicológicas, estos autores sufren, entre otros males, de falta de lecturas actualizadas de los modernos maestros del género a nivel mundial, como Orson Scott Card, Samuel Delany, William Gibson, Dan Simmons, Ian Banks o Connie Willis, por solo citar algunos de los tantos que nunca han sido publicados en Cuba ni parece que vayan a serlo en un futuro próximo.

La segunda tendencia es la ciberpunk, obviamente epígona de Gibson, Sterling, Rucker y otros gurús de las computadoras y el ciberespacio. En esta se integran algunos de los autores más jóvenes, beneficiados con lecturas más recientes y variadas, además de una noción literaria más sólida, pues en general no solo leen ya CF y fantasía (como en los buenos tiempos del ghetto) sino también obras del main stream, sobre todo de la narrativa norteamericana y del postboom latinoamericano. Con estilo variopinto, a veces telegramático, otras lleno de claros préstamos idiomáticos del inglés (esperanto de la tecnología a fines del siglo XX), otras claramente inspirado en los clásicos sudamericanos, representantes de esta tendencia son Vladimir Hernández (1966; -Blade- el ciberfanático #1, que publicó en el 2000 su libro de cuentos Nova de cuarzo y fue finalista en el prestigioso concurso catalán UPC de novela corta de CF en ese mismo año, con Signos de guerra, aparecida en una de las antologías anuales que publica la Universidad Politécnica de Cataluña, y de nuevo finalista del mismo premio en el 2002 con Hipernova), Fabricio González (1973, quien últimamente -tal vez debido a lo ocupado que estaba en primero graduarse y luego convertirse en profesor de Filología- se ha dedicado más a la crítica que a la ficción, y no se considera a sí mismo un auténtico ciberpunk, pero sí suscribe gran parte de los postulados de dicho movimiento), Ariel Cruz Vega, Michel Encinosa (1974, uno de los más prolíficos de la joven hornada, con grandes influencias de la literatura fantástica y dueño de un refinado y críptico estilo poético. Publicó en el 2001 el libro de cuentos de fantasía heroica Sol Negro, y su Ofidia -de la que hace poco apareciera la selección de cuentos Niños de neón-, el universo ciberpunk que comparte con el también excelente, si bien poco prolífico Juan Alexander Padrón (1973), es uno de los indudables hallazgos de la más joven CF cubana), y algunos otros con incursiones ocasionales como José Miguel Sánchez -Yoss- en algún que otro cuento, lo mismo que autores cronológicamente clasificables más bien dentro de la primera tendencia, como Roberto Estrada (que también fuera en 1997 finalista del UPC con su novela corta Bosque, aún inédita) y hasta el propio Bruno Henríquez o su hijo Albán Henríquez.

A pesar de contar ya con obras notables como la antología de cuentos Horizontes probables, recopilada por Vladimir Hernández Pacín -Blade- y publicada en México, puede decirse que el ciberpunk, movimiento de la CF en los 80s tardíos y los 90s tempranos, llegado con cierto retraso lógico a Cuba, es más bien un estilo de escribir y una manera de abordar la realidad que una auténtica corriente, sobre todo por su condición minoritaria dentro del ya exiguo panorama de la CF cubana.

La tercera corriente sería simplemente lo demás. Lo experimental, lo raro, lo más novedoso. Claros ecos de lo que fuera la New Wave de los años 60, con el descubrimiento tardío de autores como Phillip K. Dick, Samuel Delany, Michael Moorcock, Brian Aldiss, Thomas M. Disch, John Brunner y J. G. Ballard pueden hallarse en cuentos de varios autores, como Ariel Cruz, Michel Encinosa, Juan Pablo Noroña y Yoss. Mención aparte merece Lester Alvarez, cuyo magnífico cuento "La casa", junto a su texto (inclasificable de otro modo, pues está de lleno en la tenue frontera entre ensayo y ficción) "Sobre la detección de universos alterados", hacen concebir esperanzas de que le aguarda un futuro aún más brillante en el género.

Erotismo, guerra, space opera y referencias metafóricas a la realidad cotidiana podemos encontrar en las novelas Los pecios y los náufragos, recientemente publicada y destinada al público adolescente, así como en las aún inéditas Al final de la senda (aunque aparecerá a principios del 2003, simultáneamente en Cuba y México), El advenimiento, y Pluma de león, y en la cuentinovela Se alquila un planeta -publicada en 2002 en España por la editorial Equipo Sirius, aunque aún no aparecida en Cuba-, obras todas de Yoss; en las ya mencionadas Signos de guerra e Hipernova de Blade, y Bosque de Roberto Estrada Bourgeois -R. E. Bourgeois-, todas finalistas en el prestigioso Premio UPC de novela corta CF en España, en 1997 y 2000). Experimentación formal, indagación poética, conflictos dickianos de identidad, juegos con el lenguaje, una búsqueda de los límites temáticos y formales, la hiperrealidad (constante en la obra más reciente de Raúl Aguiar, como el cuento "El tren de Einstein" o la novela La estrella bocarriba, que se duda si clasificar como realismo o como CF) y una curiosa convergencia entre los campos de la CF y la fantasía heroica clásica (en historias como la aún inédita El ángel de la inmovilidad de Michel Encinosa), parecen ser algunas de las tónicas de esta tendencia, la más innovadora y promisoria, amén de contar con mayor número de seguidores.

En 1999, con el restablecimiento lento pero seguro de las ediciones nacionales, la CF cubana muestra esperanzadores signos de recuperación. La premiación en diciembre de 1998, en el Concurso Luis Rogelio Nogueras, de la novela Los pecios y los náufragos de Yoss, así como las menciones obtenidas en dicho certamen por los libros Nova de cuarzo de Blade; Los viajes de Nicanor del humorista y guionista Eduardo del Llano Rodríguez; la recopilación fantástica El Druida de Gina Picart Baluja, (ya publicados estos tres) y otra vez Bosque de R. E. Bourgeois, mostraron al Centro Provincial del Libro y la Literatura de Ciudad de La Habana que algo estaba pasando con la CF y la fantasía cubanas… por lo que su editorial, el sello Extramuros, ha decidido destinar en lo adelante varios tomos anuales a las temáticas de la CF y la fantasía.

En 1999 vio la luz en Argentina otra antología de cuentos cubanos de CF, prologada y recopilada por Bruno Henríquez; Polvo en el viento, que incluye cuentos de algunos de los más jóvenes autores del género, junto a otros más o menos consagrados.

En la Editorial Letras Cubanas apareció en el 2000 la antología de fantasía y CF Reino Eterno, y en otra casa editorial, Abril, aparecerá pronto otra, Pórtico XXI, (ambas con selección, prólogo y notas de Yoss), con similares características en cuanto a la composición de edad de sus narradores, aunque con predominio de los más jóvenes. Al igual que la ya mencionada Horizontes probables, aparecida en México, prologada y recopilada por Blade. Otra antología, Onda de choque, ésta de Blade, se incluye en el plan de publicaciones de la editorial Extramuros.

Las convenciones CUBAFICCION 1999, 2000, 2001 y 2002, que aunaron a aficionados al género con seguidores de la mística y el esoterismo paracientífico (yoga, energía piramidal) y otros temas colaterales (música electroacústica, caos, fractales, cómics, paleocontacto, etc.), mostraron el enorme interés que tiene el público por estos temas. A las últimas han asistido incluso varios representantes del prestigioso fanzine norteamericano LOCUS. La celebración, ya tradicional dentro de estos eventos, del Concurso Dragón de Cuento y Poesía Superbreve (1 cuartilla), hace patente la gran cantidad de aficionados a la literatura de CF. En el 2000, por primera vez, el recién creado Taller de CF Espiral (así nombrado por Yoss, su fundador, en honor a la primera novela de Agustín de Rojas, y que aún sesiona semanalmente, ahora dirigido por Juan Pablo Noroña), otorgó los premios homónimos a los mejores cuentos cortos, noveletas, portadas y novelas del género publicadas en los últimos 10 años.

En la programación especial televisiva de los veranos del 2001 y 2002, Bruno Henríquez ha repetido el éxito de Daína Chaviano en los 80, presentando y comentando un nuevo ciclo televisivo de CF. Y ya se considera muy en serio convocar de nuevo el David de CF, por 12 años suspendido.
Pero ¿Qué preocupaciones tiene la CF cubana al final del milenio?
Las comunes al resto de la CF mundial: ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? ¿Sobreviviremos al desastre ecológico al que nosotros mismos estamos precipitando? ¿Y al stress informático del cual Internet es el síntoma más visible? ¿Estamos solos en el universo? ¿Qué ocurrirá cuando se logre al fin la Inteligencia Artificial?, y muchas más. Para los jóvenes autores cubanos, la CF sigue siendo el método ideal de comprender mejor esa hiperrealidad que es el vertiginoso presente, volcando la mirada al hipotético futuro.

Además, como país subdesarrollado que había escogido la vía del socialismo, abocado a cambios económicos y sociales de destino impredecible, como pieza de museo en un mundo unipolar, como mundo antes casi cerrado, hoy de pronto abierto al turismo internacional y la inversión extranjera con su secuela de lógicas desigualdades sociales... la CF en Cuba enfrenta interrogantes particulares. ¿Seremos en el futuro inmediato una reserva turística mundial? ¿Cuál es el futuro que nos espera como país subdesarrollado en un mundo neoliberal? ¿Después del socialismo (y/o de Fidel Castro), qué?

En algunas obras como la cuentinovela Se alquila un planeta de Yoss que incluye cuentos como “Trabajadora social”, “El performance de la muerte” y “El equipo campeón”, de creciente popularidad y no solo entre los fans del género (lo que ha determinado, por ejemplo, que el primero de estos relatos fuese incluido por el escritor y presidente de la UNEAC Francisco López Sacha en su antología de cuentos cubanos de distintos géneros La tierra de las mil danzas de próxima aparición en Italia; y el segundo en Horizontes probables) se indaga sobre el presente y el futuro del país metaforizando sobre la situación actual. Lo mismo hacen varios de los cuentos de Nova de cuarzo, de Blade, pertenecientes junto con algunos de Fabricio González Neira al ciclo ciberpunk de CH… una megalópolis del tecnocapitalismo en el 2050, desarrollada a partir de la actual Ciudad de La Habana. Una CF comprometida, mirando al cosmos y al ciberespacio, pero también al entorno, esa será la ciencia ficción cubana del comienzo del tercer milenio.

A pesar del aventurado y aún solitario esfuerzo de Extramuros, las perspectivas editoriales aún son problemáticas. En estos momentos, la mayoría de las aún muy escasas ediciones cubanas se hacen gracias a donaciones de papel de organizaciones no gubernamentales de solidaridad con Cuba en otros países, o al Fondo de Desarrollo para la Cultura. Y una vez más se da preferencia al realismo, sobre todo en su vertiente más crítica, temática que ha alcanzado un indudable renombre en estos tiempos de período especial.

En las cuatro ediciones de la colección Los Pinos Nuevos publicadas hasta ahora, había un solo título que podría considerarse como de CF, en la primera: La poza del ángel de Gina Picart Baluja, con el que esta autora obtuviera años antes el premio David.

La otra vía para que los autores cubanos puedan publicar en el período especial, las revistas y las antologías extranjeras, tampoco acoge con mucho beneplácito a la CF cubana. En un mercado mundial casi totalmente dominado por autores anglosajones, donde solo España tiene suficiente autonomía editorial como para publicar autores nacionales al mismo nivel que a los maestros norteamericanos, decir ciencia-ficción cubana parece hasta el momento sinónimo de pérdidas financieras y de empeños no rentables.
La verdadera CF, en opinión de casi todos los editores, se escribe en inglés o en francés (aunque un cuento de Yoss, "Kaishaku", apareció en la antología Utopiales 2002, publicada en dicho idioma), cuando más en japonés, países todos del primer mundo. Sobre Cuba, el público extranjero quiere leer acerca de sus balseros, sus jineteras, sus gays y sus disidentes, pero ¿ciencia ficción cubana? ¿Existe algo así? ¿Y si existiera, qué valor podría tener? ¿O es que acaso no resulta ya suficiente CF la realidad cubana de por sí?

 
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