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Universos diferentes

 

 
 

Por Juan Pablo Noroña

Toda pretensión de relato que se haya escrito, interpretado o filmado, refiere un trasfondo o escenario contra el cual se figuran las anécdotas, eventos y personajes de la trama. Sobre este trasfondo se organizan los elementos de la obra, funcionando siempre en relación con éste en términos de verosimilitud, coherencia, interés, trascendencia, y otras muchas categorías de valor.

Los trasfondos se definen por una conjunción del espacio y el tiempo de la humanidad, o sea, cualquiera lugar característico del planeta en cualquier momento en que lo hayan habitado personas, y por un desarrollo encadenado de procesos de dimensión social, dígase un hecho histórico o la vida cotidiana.

Estos escenarios son una parte tan importante de la narración, que frecuentemente determinan géneros y subgéneros. Tenemos literatura, cine y televisión de aventuras exóticas, bélicas, históricas, costumbristas.

Descontando muestras de baja o ninguna categoría, o de muy poca vocación de realismo y fidelidad, la característica fundamental de todo trasfondo de la literatura y las artes escénicas de corriente principal, incluyendo en el saco la policíaca honorable, es que el conocimiento de las generales del susodicho trasfondo es compartido por el autor con al menos una parte del público lector potencial.

No se crea que esta regla se rompe porque Joseph Conrad escribiese sobre los mares del sur para la clase media victoriana y eduardiana. Consideremos que del momento de su distribución hasta el infinito, una narración en cualquier soporte y en cualquier idioma puede viajar cerca o lejos, y tropezarse con un receptor conocedor del escenario a priori del acto de lectura del texto en cuestión. Esto sea por estar inmerso en la circunstancia vital que corresponde, sea por su erudición. Es cuestión de tiempo. Experiencia personal, estudios docentes, investigación, oralidad, medios de comunicación. Incluso, la sedimentación de informaciones serias y autorizadas recogidas en narrativa anterior vale para el caso, pues deja de ser parte del medio en que fue transmitido en cuanto se convierte en bagaje y cultura del receptor. Ya hemos dicho que expulsamos del templo a los casos de mala fe, distorsión, tontería, manipulación, etc.

La razón por la cual todo lo anterior es posible es muy simple. En el mainstream o corriente principal, el trasfondo siempre es el universo que todos conocemos, este en el cual vivimos. La ciencia ficción y la fantasía se caracterizarían por lo contrario. En su caso, el trasfondo siempre sería un universo diferente al que todos conocemos. La tal diferencia es un punto difícil de establecer. En primer lugar, un universo “que todos conocemos” es, hasta cierto punto, una entelequia, una presunción de la subjetividad. Podríamos convenir en determinarlo a partir del consenso de un público con cierta educación mínima, y no menos importante, un grado elemental de sensatez.

Las nociones de esas personas sobre el mundo en que viven, sobre los elementos que lo forman y las relaciones entre estos, sobre las leyes naturales y sociales que lo rigen, conformarían una concepción de universo consensual. La concepción de universo consensual nos define qué es real y qué no, qué es posible y qué no, qué es bueno y qué no. Incluye nuestra percepción de la temporalidad, de la causalidad, de la realidad, de la sociedad, de la naturaleza, del género humano, la historia, etc. Claro, como consensual, sería en realidad una gran matriz matemática compuesta por millones de concepciones personales. Pero se puede determinar un común denominador occidental, histórico, liberal, a veces ateo, y algunos dicen que ferozmente heterosexual masculino, patriarcal y eurocéntrico. Es una discusión que nos sobrepasa.

Cuando el trasfondo de un relato se diferencia de todos los trasfondos posibles en la concepción de universo consensual por la presencia de un elemento o más que por fuerza alteran, substituyen, niegan o expanden las nociones que conforman el consenso, estamos en presencia de un relato de ciencia ficción o fantasía. Este elemento deber ser imposible, desconocido, inexistente, improbable, increíble, novedoso, irreal, no visto, inaudito, y todo ello a un nivel que repercuta a todo lo largo y ancho, de manera tal que nos haga recrear la concepción de universo consensuado para obtener una concepción de universo diferenciado. Sin ésta el trasfondo del relato carece de lógica interna y coherencia. Además, todas las piezas del relato se integrarían orgánicamente contra ese trasfondo. De más está decir que la concepción diferenciada funciona como una concepción consensual interna del relato. Puedo proporcionar ejemplos específicos de lo que considero diferenciaciones.

La primera y más obvia es el tiempo. Tenemos una idea consensual del tiempo, una fecha común: hoy es día tal, mes tal, año tal. Pues buena parte de la ciencia ficción es futurológica, o sea, se refiere a fechas que todavía no hemos vivido. Y descarto los futuros inmediatos que no se diferencian mucho del presente, y más bien dan cabida a toda una familia de thrillers: político, tecnológico, jurídico, etc.

Y cuando se escribe ciencia ficción de futuro cercano, o ciberpunk, o space opera, la diferencia temporal obliga a trocar la concepción del universo en virtud de la dialéctica, según la cual la realidad, y por tanto el trasfondo, cambia, se transforma con el tiempo, y no puede permanecer igual. Ya tenemos un elemento que nos hizo expandir la concepción del universo, en virtud del cual la última adoptaría a la primera como su pasado.

Otra expansión es la del conocimiento. La concepción consensual del universo incluye una serie de ideas sobre la naturaleza física, sobre sus leyes y objetos. Por supuesto, en realidad muy pocos receptores conocen este aspecto a niveles profundos, o tan siquiera suficientes, por tanto este es de los modos de diferenciación más fuertes. Da lugar, entre otras, a la ciencia ficción de especulación científica, en la cual se establecen trasfondos donde el conocimiento que forma la concepción del universo es expandido, generalmente por adición y desarrollo, hasta formar el de una concepción del universo, que como en el caso del tiempo, sería inclusiva de la nuestra.

En esta corriente, para llegar a una concepción diferenciada tanto se parte de la nuestra, ya existente, como de una del relato, que dentro de él es consensual, y el relato describe precisamente el proceso de diferenciación, o sea, cómo cambia el mundo en la visión de los personajes. Este método tiene más probabilidades de cuantas pudieran pensarse a simple vista, pues una expansión del conocimiento es tanto el descubrimiento de una verdad científica, como la constatación de que las hadas, efectivamente, existen.

Menos común es la causalidad. Vivimos en un universo natural y social cuyo estado actual es la consecuencia de la única concatenación de causa-efecto conocida, la que dio lugar a este, el mejor de los mundos posibles. En algunos relatos se selecciona un punto de esta línea de causa-efecto, y se substituye la causa que ha dado esta concepción nuestra por otra más o menos acorde que, tras desarrollos guiados por la mano del autor, termina en un concepción diferenciada. Es el caso de las ucronías o mundos alternativos.

Puede seguir la condición humana. Esta diferenciación ha proporcionado los más jugosos festines. Es central en muchas temáticas y corrientes del género en las cuales se generan concepciones diferenciadas del universo donde las condiciones que definen al ser humano son sometidas a las alteraciones más interesantes posibles, para a su vez alterar la noción de humanidad.

El complejo Frankenstein o salto evolutivo del ser humano como especie biológica, o las relaciones interespecie, o el origen del ser humano; temáticas todas que exploran trasfondos donde la condición humana es contrastada, reformulada en nuevos términos, revisada, o hasta negada.

La concepción consensual del universo puede ser hasta negada, y esto es el caso amplio de la fantasía heroica, que se asienta en trasfondos de universos que o son otros por completo, o son este nuestro tan profundamente diferenciado que uno no lo reconoce. Se introducen objetos y se muestran procesos rotundamente negados por nuestra concepción. Esta negativa a veces es el mismo centro de la concepción. Todo el mundo sabe que los dragones nunca han existido. La negación como diferencia también puede ser parte de la ciencia ficción, en casos tan específicos como la puesta en duda del mismo concepto de realidad, en relatos como “The Matrix”, o buena parte de la obra de Philip. K. Dick.

Un detalle. Este criterio de selección no ampara ejemplos donde en realidad lo que se hace es revalorar elementos ya presentes en la concepción del universo, dándoles mayor o menor peso dentro de ésta. Son casos en el margen, pero vistos de cerca se nota que la diferenciación, si tal se puede llamar, es cuantitativa. El concepto de universo no es transformado, sino reorganizado con los mismos factores. Las teorías de la conspiración no son ciencia ficción o fantasía, pues nuestro universo contempla el poder financiero, pero a un nivel mucho menos eminente.

El technothriller tampoco, pues se trata simplemente de elevar las conocidas posibilidades de la tecnología de punta a la omnipotencia. Mucho menos el thriller político, pues ya sabemos que el mundo es convulso, el diablo son las cosas, y a cualquier fundamentalista con recursos y decisión se le puede ocurrir borrar del mundo un icono tal como las torres gemelas. Nada de esto diferencia tanto el universo de trasfondo.

Y nada que ver, por supuesto, con la vieja suspensión de la incredulidad, o con el absurdo o el surrealismo. Lo primero apunta a la inverosimilitud y lo restante a la superación de la mímesis, y la ciencia ficción y la fantasía tienen tanta vocación de verosímiles y miméticos como el realismo más común. Sólo que se refieren a realidades diferentes de aquella que da origen a los trasfondos de la concepción consensual del universo.

Un corolario a la consideración de más arriba sobre la diferenciación por expansión del conocimiento, o especulación científica, es considerarla como el caso más puro o central de ciencia ficción. Se aparta del resto en algo fundamental: es el relato de la manifestación, percepción, racionalización, y finalmente integración en una concepción de universo diferenciado de algo capaz de variar en los personajes una inicial concepción consensual del universo. Sería el tránsito de una concepción del universo a otra; tránsito en el que inevitablemente la segunda es una diferenciada, séalo o no partiendo de la primera.

Los relatos en que el trasfondo y por tanto la concepción del universo permanece inmutable serían de un grado algo más exterior. A veces estos coinciden con el empleo de concepciones diferenciadas intertextuales, genéricas cual comodines, flexibles y fáciles de ajustar tras ligeras variaciones a un nuevo relato, como imperios galácticos, colonias perdidas, megalópolis tecnologizadas, reinos medievales, etc. Aun más afuera, casi afuera, quedan los ejemplos cuyo trasfondo es permutable por otro real, como en muchos casos de space opera y algunos de ciberpunk, corrientes cuyas tramas y personajes tienen abuelos en los terrenos de la narrativa de aventuras y la novela negra, respectivamente, y que en extremos de pobreza pueden hasta trasladarse de trasfondo sin apenas detrimento del resto de los componentes del relato.

Punto aparte tomemos el manga, aun a riesgo de una desenfocada mirada occidental. Lo hay de ciencia ficción, con el mismo amplio espectro de calidad para el género que en este lado del planeta. Pero buena parte del manga se adjudica sin excusa posible a la fantasía. En estos casos, asalta la duda de si estaríamos en presencia de un proceso de diferenciación, o ante la supervivencia de la antiquísima tradición de relato sobrenatural y demonológico de la literatura japonesa, nacida dentro de una concepción mágico religiosa del universo consensuada por los japoneses por lo menos hasta la Reforma Meiji a finales del XIX.

Cuando el guionista mangaka escribe sus líneas, y más cuando el realizador dibuja, yo no podría definir hasta dónde pesa la forma narrativa heredada culturalmente, aun cuando los japoneses de hoy tengan unas ideas muy diferentes sobre el mundo. Es sabido que las culturas asiáticas valoran la originalidad absoluta mucho menos que la incorporación original de lo tradicional y clásico. No sé cuánto es creación y cuánto recreación, y no me atrevo a exagerar la influencia externa occidental. Se añade un aspecto poco considerado, y es la concepción mágico religiosa de la práctica de artes marciales, que en Asia es mística y no atlética.

No se confundan por las versiones occidentalizadas del cine norteamericano y del hongkonés y taiwanés, donde la proeza es acrobática, y no energética y espiritual como en la también antiquísima y tradicional novela de aventuras marciales china.

Mi piedra de toque tiene, cómo no, limitaciones y errores. De las primeras, la mayor es circunscribirse a sólo un elemento de los componentes de un relato, el trasfondo. Y este es el más exterior a la literatura, pues es el mundo real presente en esta; y tampoco es muy definitorio para el relato, sino piénsese en todas las versiones de Shakespeare con trasfondo cambiado que conocemos. Por desgracia, mi herramienta falla en describir tramas características, conflictos básicos, personajes típicos, estilos comunes, o cualquier otra determinación de forma o contenido.

Sin embargo, mi criterio tiene una pequeña ventaja. Puede servir para medir hasta cierto punto el valor estético y la trascendencia de un relato, si consideramos la diferenciación de universos como una forma especial de la categoría estética de la invención. Con este fin, contemplemos dos características de la diferenciación a través de la cual es posible valorarla. Una es la profundidad, el grado de separación, que generalmente atestigua la imaginación del autor, y a la cual se suele llamar especulación, sentido de la maravilla, complejidad, etc. Otra, la coherencia y la existencia de sistema en el empleo de un método cualquiera de diferenciación, respetando alguna lógica y leyes reconocibles como tales por el lector. Esta última manifiesta la seriedad, la sensatez y el bagaje.

También se puede considerar la maestría misma del autor, si tomamos en cuenta un hecho implícito en toda mi elaboración, y es que para el receptor la concepción diferenciada del universo debe llegar a ser tan o más familiar que la concepción consensual. Sin embargo el proceso de formación de la segunda emplea todas las entradas de datos de la realidad a nuestra conciencia durante todo el tiempo vivido hasta cualquier momento en que nos hallemos, y el creador del relato ha de sumirnos en la diferenciada en un plazo mucho menor, con unos recursos informativos risibles por comparación: texto, cine, vídeo, etc. Encima, debe mantener el carácter de arte. Aunque por lo general el autor sólo necesita describir la diferencia, y puede usar medios como la intertextualidad, la familiarización con la concepción diferenciada es un medidor de la maestría que siempre he tomado en cuenta.

 
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