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Utopiales 2004:
Un cubano en Nantes
¡Por segunda vez!

Parte II
 
 
 
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Por Yoss

El evento ya iba adelante a todo vapor. Y vaya si había donde escoger. En el espacio Shayol (así se llama la sala principal durante cada Utopiales... no sé en honor de qué o quién) ya había una conferencia en marcha; creo que era sobre los juegos de roll y la CF. Pero seguimos camino hacia el siempre muy concurrido Bar de Madame Spock, donde sesionaba un café literario (más o menos lo que en Cuba sería una mesa redonda) sobre moda y ciencia ficción; en las salas Tschäi (para los que no tengan memoria eidética, así se llama el Planeta de la Aventura de la deliciosa tetralogía de Jack Vance: LOS CHASCH, LOS WANKH, LOS DIRDIR y LOS PNUME) e Hyperion diversos juegos de roll y de tablero temático nucleaban a decenas de ludópatas, y en el Salon du Livre varios autores firmaban libros y álbumes de comic.
No hay que olvidar la exposición gráfica, cita obligada para alguien que como yo creció admirando las obras de Boris Vallejo, Frank Frazetta, Chris Achilleos, Hajime Soroyama y tantos otros. Este año era sustanciosa: además del tradicional mural que desde el 2002 es ya tradición que pinten en conjunto grandes ilustradores y que luego va a engrosar las colecciones de su Museo, Patrick Gyger y su fascinante mano derecha Natalie trajeron también una serie de maniquíes con armaduras supuestamente orientales pero hechas con desechos industriales. Y la muestra incluía desde planchas originales de la inolvidable Barbarella de Jean-Claude Forest y el divertido Valerian de Mezéres, pasando por muestras de la obra de ilustradores de tanto renombre en el género como los franceses Manchú, Didier Graffet y Stephan Martiniere (a quien se debe la imagen que este año sirvió de logotipo al evento) o el galés Jim Burns, hasta los trabajos de artistas más jóvenes que no dudan en mezclar el pincel con la computadora. Como el holandés Richard Raaphorst, con sus inquietantes híbridos anatómicos de vaga inspiración davinciana; la francesa Severine Pineaux con sus oníricas dríadas; Boris Thomas (que nunca descubrí de dónde es oriundo) y sus mutantes hipertecnológicos; la jovencísima y muy talentosa Krystal Camprubí, cuyas gárgolas híbridas de piedra y carne me extasié mirando hasta que ella, toda tímida, vino a regalarme uno de sus postales y al saber que yo era Yoss, me confesó que había leído todo lo que he publicado en francés, que era una fan mía y que si ya tenía ilustrador para la portada de mi próxima novela.
No lo tenía, pero creo que puedo decir sin temor a equivocarme que ya tengo una candidata...
La oferta visual no terminaba con la exposición gráfica; también había una apretada programación de cine. En las Salas Dune y Solaris se alternaban clásicos del género con los últimos corto y largometrajes salidos de los estudios europeos y asiáticos. Gratis para los participantes. Me habría interesado ver GAGAMBOY, versión filipina del hombre araña que proyectarían en minutos, pero al fin no me atreví a arriesgarme.
Y, no por último la opción menos seductora para un cubano: en la Noosfera, Internet gratuita y de banda ancha 16 horas al día.
¿Conferencias? ¿Mesas redondas? Los temas parecían interesantes, pero no había traducción simultánea al español: Pablo Castro, con su excelente francés, lo tenía fácil, y yo con mi inglés iba tirando, pero ¿y Bayeto, que no habla inglés? No queríamos separarnos; acabábamos de conocernos, pero ya había entre nosotros un filin que tal parecía que habíamos sido amigos toda la vida. Entonces ¿chatear? ¿visitar el pueblo con las varias casas (natal, de juventud, museo) de Jules Verne? ¿ver la exposición? ¿meterse en la sala oscura tratando de captar de qué iba el film filipino sin entender francés (ellos, como los españoles, casi nunca subtitulan, solo doblan) ¿jugar roll? ¿competencia de chistes en el bar? ¿curiosear en la librería lamentando no poder leer en francés? ¿emborracharse con los nuevos amigos? (yo, como abstemio total, al menos podía desechar de entrada esa opción)
El clásico asno que murió de hambre entre dos montones de heno por no decidirse ya no parecía tan estúpido.
Al final, no sé cómo, acabamos haciendo un poco de todo. Menos dormir como se debe, claro... que a algo había que robarle tiempo Mis recuerdos de los cuatro días que duró la convención son una especie de baraja en la que cada carta es un momento que atesoraré por largos años.
He aquí algunas cartas escogidas:
Un canoso y bigotudo personaje me aborda en el lobby del Novotel preguntándome en un inglés con acento aún peor que el mío si yo era Yoss. Resultó ser Alekhos (¿Satropoulos, Andropoulos? imposible recordar, pero no era un apellido fácil) el director de 9, un suplemento semanal dedicado a la fantasía y la CF del diario con más tirada de Atenas, que pronto publicará mi cuento TRABAJADORA SOCIAL y que me dio un ejemplar del número dedicado a Cuba en el que había aparecido CIUDAD CRISTAL, de los colegas Vladimir Hernández y Ariel Cruz Vega. Amabilísima persona, Alekhos, y su suplemento, realmente bien hecho. Pero el griego es otro de esos idiomas de los que no sé nada. Lástima, porque los comics se ven buenísimos.
Entrevista, otra vez en el lobby del Novotel: Dominique... no recuerdo el apellido, prepara un libro sobre la ciencia ficción y sus cultivadores fuera de los centros anglosajones. Su español hablado está al nivel de mi francés, pero lo entiende mejor. Entrevista exhaustiva, inteligente, de conocedor. Se percata al punto de que me gustan Conan y Kull: él también es un fan de Howard. Me pregunta sobre planes, proyectos, próximos libros, se ha leído todo lo que he publicado en francés y me considera una estrella naciente en el mundillo del género. Ojalá sea cierto.
Coca-colas y discusiones en el Bar de Madame Spock sobre todos los temas: desde lo que ha sido de Biser Kirov, aquel cantante búlgaro que tantas veces vino a Cuba (según Khristo, se hizo millonario cantando en Las Vegas y ahora vive en Moscú y es amigo íntimo de Ala Pugachova y Karel Gott... dios los cría y el diablo ¿o la economía de mercado? los junta...) hasta las visiones europea y latina de la infidelidad y la pareja abierta, y los pros y contra de tener y no tener hijos.
Jueves noche. Salimos a ver el Nantes nocturno. Pasamos por delante del castillo de no sé qué duquesa rodeado de fosos llenos de patitos medio congelados y entramos en un pub irlandés. Buen ambiente, se diría: dos muchachas desconocidas que salen me dicen en un francés que entiendo perfectamente que soy agradable y encantador y... los novios se las llevan, sonriendo apenados. La cerveza Guinness negra juega extrañas jugarretas después de la segunda pinta. Nos quedamos. Una ronda en honor de los récords, yo coca-cola... sin hielo. A las 2 de la mañana cierran ¿Esto es Europa? Al lado del Pub, el Café Habana Club... cerrado desde la 1. Regresamos alicaídos al Novotel.
Viernes en la tarde: mesa redonda sobre el fantástico latinoamericano. Uruguayos, chileno y cubano fingimos enfrentarnos indignados con Sylvie Miller, la moderadora, torpedeando sistemáticamente todas sus afirmaciones generalizadoras. Creo que fingimos demasiado bien; hasta ella se creyó nuestra pose de agresivos iconoclastas. Y a juzgar por la asistencia y la atención del público (muchos tomaron notas e hicieron preguntas) que superó al de la mayoría de los cafés literarios similares, o los franceses esperaban que los sudamericanos diéramos el show y de un momento a otro nos agrediéramos a machetazos, puñaladas o golpe de boleadoras, o realmente hay un gran interés en la visión tercermundista del género.
Personaje inolvidable: Guido, un italiano que organiza juegos de roll, y que sin duda tiene una batería extra, como los niños. Además de italiano, no habla bien ningún idioma... pero chapurrea y se hace entender en todos. Lucas Moreno lo confirma: fueron juntos de excursión a China, y sin hablar una palabra de la lengua (que Lucas sí domina ¿lo dije antes?) se entendía perfectamente con todos. Se pagó el viaje desde Milán y los de la “barra latina” lo adoptamos por unanimidad: le gusta beber, hacer chistes, hablar de libros y de mujeres bonitas. Que haya nacido en Europa es un puro accidente geográfico.
A lo mejor Pablo Castro no se da cuenta, pero igual es odioso: se enfrasca en largas parrafadas en francés con Sandrine y Natalie.... y uno de bestia ¿Tiene que acapararlas a las dos? Decido que tengo que aprender francés, y Bayeto piensa lo mismo. Para mi suerte, el viernes llega al evento Scilla, una suiza que habla italiano, y me quito por un rato el complejo de incomunicado hablando de cortometrajes de ciencia ficción en la lengua de Dante.
Bruce Sterling es joven y enérgico, una dínamo humana. Se contradice alegremente: primero dice que el ciberpunk ha muerto y luego que él cree en los zombies y la resurrección. Parece asequible, sin poses de divo, y lo es. Cuando los que lo asedian pidiendo autógrafos le dan un respiro, fuerzo mi inglés y le digo que soy cubano, y que tenemos un amigo común, Bruno Henríquez, que lo ha visto en varias convenciones y conversado con él. Su mirada de perplejidad no parece fingida ¿Bruno, qué? Se excusa diciendo que conoce a tanta gente cada día...
Guido y yo vamos a la Sala Dune ¡con Sandrine! Que gane el mejor. Pero Stephanie, la novia de Lucas Moreno, va de chaperona. Lo contrario hubiera sido demasiado hermoso. El filme es un superclásico: DEATH RACE 2000, de 1975, con David Carradine y Sylvester Stallone en una de sus primeras apariciones en el cine. El público ríe a carcajadas de lo acartonado de ciertos momentos, actuaciones y efectos especiales. El ritmo es lento... muy lento. Reflexión: ¡cuánto ha aportado el videoclip a la pantalla grande!
Viernes también: dos personajes que deambulan por el hall de la Cité des Congrés vestidos con armaduras me invitan a sumarme a una partida de roll. Yo no hablo mucho francés, ellos nada de español... pero el juego se desarrollará en el Mundo Hyboreo de Robert F. Howard. Ningún fan a Conan que se respete rechazaría el desafío. Y más cuando descubro que para mejor ambientación dan armas y armaduras, de goma y plástico, cierto, pero muy realistas. Los dados conforman una partida de lo más abigarrada. Una pelirroja altísima y con gafases, por supuesto, Red Sonja... y a mí ¡hallelujah! Me toca hacer de Conn, el impetuoso hijo del Bárbaro de Bronce. Me apodero de un casco con cuernos y de una clava que en la vida real hasta al mismo Schwarzenegger le habría costado alzar con una sola mano. Por suerte esta es de goma. Jugamos durante unas tres horas, enfrentando una maldición estigia llegada a Aquilonia dentro de unas misteriosas momias y que convierte a los hombres en sombras asesinas. Hay un par de combates que el árbitro resuelve con elegancia y realismo. La barrera del lenguaje es mucho más fácil de romper que la del sonido. Me invitan a repetir la experiencia sábado y domingo... qué lástima que el tiempo no sea elástico.
Tarde del viernes: los latinos al Salon du Livre a firmar obras. Bayeto es la estrella, su GENETICA GRUNGE es de veras popular. Sylvie Miller también tiene su público. Pablo Castro se ha puesto su mejor traje y su corbata de gala para la ocasión. Nos tiramos fotos juntos... todos parecen buenas personas, y yo el elemento discordante, como de costumbre.
Ya cada vez que llego a la barra del bar y muestro mi credencial los cantineros me ponen una coca-cola, sin preguntar. Pero las primeras veces, el que fuese cubano y no bebiese ron fue una decepción para todos. Supongo que también el que no llegase vestido con guayabera y sombrero de guano, machete el cinto y maracas en mano. Ah, los estereotipos, ni siquiera los ciencia ficcioneros escapamos completamente de ellos.
Michael Moorcock, británico, sofisticado, inabordable, caprichoso... genial. Su acento inglés tan cerrado que es casi incomprensible. Nota para el futuro: antes de aprender francés creo que yo debería aprender de veras inglés, y no solo a leerlo.
Viernes, a las doce, las ganas de farra no se acaban: se convoca una room-party en la habitación de un francés que queda ¡qué coincidencia! exactamente frente a la mía. ¿Cuántas personas caben en un cuarto de hotel? Como en un camello habanero. Pi tendiente a infinito y si se aprietan siempre entra uno más. Fiesta rara: cantidades navegables de bebida, papitas fritas y galletas, poco espacio, nadie baila, todos conversan en cuatro idiomas, flashazos de fotos a cada segundo. Sandrine es adorable pero su novio es definitivamente un cancerbero. Hace bien... Michelle trata de explicarme un chiste en inglés con su vocecita diminuta, me río antes de que termine: eso es tacto. Melanie, preocupada por si ganará o no el premio, parpadea más que nunca: prometo obsequiarla con un strip-tease si lo vence. Se ríe, se relaja y me hace jurar. Juro.
A las 2 de la mañana soy el único sobrio en cien metros a la redonda. Christopher Priest cuando bebe se pone alegre y empieza a hablar de sus primeras novelas. Bayeto extraña a su mujer y sus dos hijas. Pablito (nada de insoportable, es un gran tipo... sobre todo cuando se quita la corbata) repite a cada momento que todavía no se cree estar aquí, huevón, chunchá la huevá, huevón, que buenos socios, huevón. Chileno y uruguayo salen del Coño Sur por primera vez en sus vidas y ¿a Francia, a la ciudad natal de Verne, a un evento de ciencia ficción con Spinrad, Priest, Moorcok y Sterling? Demasiado, ché, huevón. Les cuento que en el 2002 vinieron Silverberg y Aldiss y me odian amablemente por unos minutos.
El sábado en la tarde, después de brunchear y bonchear a gusto, la barra latina se aventura por las calles de la ciudad. Haciéndome el conocedor, muestro a los demás una torrecilla cercana a la Cité des Congrés, barroquísima, con aspecto de delirio de Luis II de Baviera o de Walt Disney. Ninguno adivina lo que es: una fábrica de galletitas dulces. La ciudad, más desierta que el Sahara, salvo en el centro. Interesante catedral. Eso es tener un pasado medieval y lo demás bobería. Mi memoria me traiciona: no encontramos ninguna de las casas-museo del gran Verne, pero vemos muchas tiendas y muchas muchachas. Estirar las piernas es bueno.
Buenas noticias por Internet: Diana Ramírez Pedraza, joven investigadora mexicana que me había pedido que la pusiera en contacto con Fabricio González Neyra para hacer su tesis de postgrado sobre su obra de CF, ha decidido ante la rotunda negativa de mi amigo trabajar sobre mi obra... comparándola con la de Margaret Atwood, la mayor escritora canadiense viviente. Qué honor. Anuncia además que, en respuesta a mi oferta de hospitalidad, vendrá a visitarme por una semana a finales de diciembre. Y luego dicen que el correo (electrónico) no sirve más que para perder el tiempo.
En la noche, aprovechando mi credencial, me cuelo en la Sala Dune a ver una de los últimos prodigios de animación japonesa: CASSHERN, de Kiriya Kazuaki. Se comenta que los efectos digitales son los antecesores directos del tan mentado CAPTAIN SKY AND THE WORLD OF TOMORROW. No alcanzo asiento, la acomodadora se disculpa por solo poder ofrecerme un trozo de escalera. Ja ¿disculpa? Se ve que nunca ha estado en un Festival de cine Latinoamericano en La Habana durante la proyección de una película de Almodóvar.
CASSHERN resulta a la vez fascinante y previsible. Los efectos... guao, como un comic con actores. El guión... uf, estos japoneses y el lastre del teatro Kabuki en sus habituales superhéroes karatekas, trágicos y suicidas. Además, muy larga. Meses después podría añadir que CAPTAIN SKY... efectos aparte, tampoco es nada del otro mundo, pero no vendría al caso.
Sábado noche, segunda room-party del evento. Ahora en mi habitación. Otra vez vituallas en abundancia. Cómo beben whisky y cerveza estos escritores y traductores europeos. Bayeto y Pablo Castro no se quedan atrás, pero los vence la fuerza del número. Respuesta a la pregunta de la fiesta anterior: caben 36 personas. A medianoche se confirma al fin que Melanie ganó el Grand Prix de L´Imaginarie y todos me miran. Alguien pone música latina... o casi: Ricky Martin. El hombre es esclavo de su palabra. Salto sobre la mesa, palmadas marcando el ritmo, me quito la chaqueta de mezclilla, el pullóver de mangas largas, hay aplausos, contoneo sexy (o trato de que lo sea) me abro la portañuela del jean, calzoncillo con cierres laterales de velcro (guerra avisada no mata soldado) Melanie parpadea como nunca, suelto un cierre, el otro, Sylvie Miller chilla son fingido terror... y hasta aquí las clases, queridos invitados. Si quieren más, paguen. Rebasada la amenaza de escándalo, bajo de la mesa y la fiesta sigue.
Luego, cada uno por su cuenta, Christopher Priest (con una sonrisita socarrona) y Michelle (con una miradita cargada de intenciones) me confesarán que mi acto fue lo mejor del evento.
Aduladores. Me pregunto: ¿bastará para que me inviten el año próximo?
El domingo amanece ya con cierta nostalgia. Quedan pocas horas. Conversaciones frenéticas, planes utópicos (y no solo por surgir en Utopiales) de Bayeto sobre aprovechar que ahora hay socialistas (amigos suyos) en el poder en Montevideo para crear una auténtica organización interamericana de CF, preparar un congreso y revernos todos juntos y de paso invitar a Khristo Poshtakov a hablar del género en los países eslavos, y por supuesto a gente genial como Priest y Sterling, si quieren ir sin que les paguen. Desaforado consumo de bebidas ante la amenaza de que el bar cerrará a las 8 y luego ningún ticket será ya válido. Se acaba la coca-cola normal y paso a la light o dietética. No noto mucha diferencia.
Por la noche, concierto: LE DONJON DE NAHUELBEUK, grupo de músicos aficionados bretones. Estaban dando vueltas por la Cité des Congrés desde media tarde, disfrazados: creo que no fui el único que los confundió con ludópatas del roll. Sus atuendos no son pura pose: tocan música medieval, con flautas, laúdes, panderetas, rabel, la mitad en francés, la otra mitad en bretón, no entiendo mucho pero suena delicioso, inspiración celta... pienso con cierta nostalgia cuánto gozarían mis socias Duchy y Yailín si estuvieran aquí, y también Raquel Rubí la soprano directora de El Gremio. Bayeto queda fascinado, agota su último rollo de fotos y se pone a saltibailar en la rueda con las cantantes mientras a mí me reclama al comedor el llamado del estómago.
Luego, todavía ataviadas como castellana medieval y walkiria, conversaré con Annette y Julianne, dos de las cantantes, que me desafiarán a un pulso... qué emoción. Hay foto.
Como sobremesa, Pablo Castro denuesta contra la reciente ALIEN VS. PREDATOR. Buena idea, superproducción, resultado mediocre... los Aliens resultan ser casi mascotas de los Depredadores. En cambio, me advierte que no me pierda CRONICAS DE RIDDICK. Oscura y compleja pero subyugante segunda entrega de las andanzas del héroe interpretado por Vin Diesel en PITCHBLACK. La vi hace poco por TV, contra la voluntad de casi toda mi familia reunida esperando el primero de enero en casa de mi tía, y admito que tenía razón.
El coctel de despedida, tras la entrega de los premios a Melanie y Michael Moorcock, delicioso. Lástima que ya llegué con la panza llena (después de comer con Michelle y el editor de Tenébres, que me reclutó para una antología de cuentos en homenaje a Stephen King que prologará el mismísimo polígrafo de Maine) porque los canapés están buenísimos. El champán corre a ríos, pero eso a mí, plin. Suerte que también hay cola. Pepsi, no Coca, pero ¿a quién le importa?
Coctel terminado, y sabiendo que nos quedan contados minutos, varios audaces salimos a dar una vuelta de despedida por los bares y cantinas de Nantes. Chasco total: domingo, noche muerta. Regresamos al hotel, aparecen botellas, se bebe en el lobby hasta que cierra el bar, Natalie y Sandrine más encantadoras que nunca, las ganas de juerga no mueren y se improvisa otra room-party. En mi cuarto, dónde si no. Los latinos conversamos; Bayeto, Castro y Guido beben hasta que apenas si les queda sangre en el torrente alcohólico... y habrían seguido bebiendo, de no ser porque a eso de las 4 de la mañana llegan Michelle, Melanie y otras amigas a despedirse a su vez.
Pocas horas después y medio muertos de cansancio, Bayeto y yo compartimos el primer y último desayuno en el comedor del Novotel con Sandrine y Stephanie. Nosotros tomaremos el mismo tren hasta París; ellas vuelven a Suiza con Lucas. Es la última despedida. Ese sueño de cuatro días que se prepara durante todo un año, las Utopiales, ha terminado una vez más. Hasta el 2005.
Los trenes franceses son puntuales. Bayeto y yo, echando el bofe, subimos a nuestro vagón y conversamos sin parar las dos horas de trayecto hasta París. Llegamos a la misma conclusión: apenas si hemos escuchado alguna conferencia, o realmente discutido de CF, pero hemos hecho un montón de nuevos amigos, nos hemos convencido (reafirmado, en mi caso) de que escribiendo sí se puede llevar lejos, de que hay un mercado para nuestros textos, editores que se los disputan y pagan bien por ellos, críticos que se los toman en serio y escriben monografías (no puedo menos que pensar en Diana) y sobre todo, un montón de lectores fieles que los esperan ansiosos.
Con un abrazo rompecostillas Bayeto y yo nos despedimos en la estación Montparnasse. Nuestros caminos se separan y no se sabe cuando o siquiera si volveremos a vernos. El subirá a otro tren para visitar a Lucas en Suiza, yo el avión para visitar amigos y antiguas novias en Roma antes de regresar a París, a casa de Karla Suárez, compatriota, escritora y amiga, para conocer al fin durante cuatro días los recovecos de la Ciudad Luz, torre Eiffel incluida, antes de regresar a mi Habana querida.
Días después, saliendo a la lluvia del otoño romano desde el cine Warner Moderno en la Piazza della Repubblica en Roma, después de ver en pantalla grande (y a un precio que no es decente mencionar) el apabullante derroche de efectos especiales digitales que es YO ROBOT con Ashley Judd y Will Smith, pensaré lo mismo que durante esos cuatro días divinos en Nantes:
Sí, puede que estemos locos por escribir de robots y naves espaciales y viajes en el tiempo y mutantes. Pero cada vez más creo que la CF es la única literatura capaz de describir este presente igual de loco que vivimos, en el que parece que el futuro se nos viene encima, más con fuerza incontenible de tsunami que como esa suave ola de tecnociencia que previó el genial Alvin Toffler en sus canónicos EL SHOCK DEL FUTURO y LA TERCERA OLA. Y si no para otra cosa, cada Utopiales de Nantes, sirve para convencernos a ese puñado de locos buenos que escribimos CF, de que lo que estamos haciendo, de algún modo, vale la pena.

 
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