Inicio imagenfondo (9k)   imagenfondo2(9k)
entrevistas
novedades
semblanzas
cronologia
cienciaficcionario
rol  
autores
noticias
critica
cronicas
premios
eventos
 
CF cubana
 

Creadores de Universos

Cuban Science Fiction in English
El Guaicán Literario
La CF cubana vista desde el exterior  
¿Algo caracteriza a la CF cubana?
¿Por qué escriben?
Publicaciones recibidas

Premio OX
para El Guaicán

tr>tr>
 

Reseña histórica bibliográfica
de la CF cubana

Por Juan Pablo Noroña Lamas

Los sesenta
La época del “David”
Era de Extramuros

Los sesenta

La que se considera la primera etapa de la ciencia ficción en Cuba, someramente denominada “los sesenta”, fue un período de eclosión creativa que destaca contra la casi completa inexistencia anterior. Se podría explicar como parte del momento de aceleración que vivía la cultura toda en ese momento, con un patrocinio estatal fuerte, el advenimiento de grandes masas populares a la categoría de consumidor artístico-literario y el desarrollo educativo del país, en específico el de la educación técnica, condición no por completo necesaria pero sí bastante suficiente para crearle un público ávido al género.

Como todo comienzo, este inicio estuvo caracterizado por la influencia de modelos anteriores y exteriores, aunque también hubo destellos de originalidad muy propios.
Varios nombres resaltan en este período, y el primero de ellos no sólo en cuanto a cronología sino en valor simbólico es el de Oscar Hurtado, figura contradictoria e indeterminada en la vida y la memoria. Su primera obra, La ciudad muerta de Korad (1964), sentó precedentes propios. No por temática, pues era un collage de Burroughs y otras fuentes, sino por su forma versificada y el augurio de la especificidad humorística que tendría nuestra ciencia ficción. Su influencia y recuerdo, sin embargo, se deben mucho más a la leyenda de su personalidad que a su obra, no seguida hoy en día ni de cerca. Junto a Hurtado en el tiempo, pero separado en inquietudes, está Ángel Arango, que más debió en cuanto a temática y forma a los anglosajones de la Edad de Oro, en su ¿Adónde van los cefalomos? (1964), de estilo directo y su inclinación hard y espacial. Su Planeta Negro (1966), no obstante, mostró una inclinación posterior hacia la renovación de la ciencia ficción, la “Nueva Ola”. El fin del caos llega quietamente (1971), completó este giro hacia lo poético y mitológico.

Otra personalidad inolvidable es Miguel Collazo, cuyo El libro fantástico de Oaj (1966), pareció consanguíneo a la obra de Hurtado, tanto por el pastiche (esta vez de Bradbury) y la forma astuta y nada ramplona de explotar la comicidad. Pero El viaje (1968), reveló a Collazo como poeta aparte, capaz de sus propias verdades y con un vuelo creativo de resonancias no sólo cubanas sino también mundiales, gracias a su metafísica belleza propia y a sus reflexiones humanísticas, que obvian por exceso la deficiente tecnologización y cientificidad de nuestra literatura.
Otros autores, como Arnaldo Correa, Juan Luis Herrero, Rogelio Llopis y Germán Piniella, también cultivaron la ciencia ficción en este período, aunque sin la relevancia y potencia de los más arriba mencionados.


La época del “David”

La segunda etapa de la ciencia ficción en Cuba comienza, como tantas otras etapas, después del denominado “quinquenio gris”. En ese hiato toda nuestra cultura “se durmió”, y que no iba a hacer la ciencia ficción, género especialmente frágil por su novedad y falta de prestigio propio. Además de que estuvo en mira por dedicarse a la temática más política posible, el futuro, fue afectada por la desleal competencia y/o influencia de la ciencia ficción soviética, apoyada por el glamour ideológico de su país de procedencia y la incomparable producción de la Editorial Progreso.
En 1978 la ciencia ficción se coló de vuelta en sotovoce, con el infantil Siffig y el vramontono 45-A, de Antonio Orlando Rodríguez, Las criaturas, del imbatible Arango, y el cortísimo De Tulán, la lejana, de Giordano Rodríguez. Se había mantenido también con el bajo perfil de la historieta, a la cual por una vez le sirvió el menosprecio para pasar un contrabando como Matías Pérez, por ejemplo, completamente space opera bajo el manto de utopismo y confrontación al mal proveniente del pasado. Pero la esperanza volvió con la mención obtenida por Aventura en el laboratorio, de Bruno Henríquez, en el Premio David de la UNEAC de 1978, lauro de temática general para escritores noveles. Se estima incluso que este logro de Bruno Henríquez decidió a la UNEAC a añadir una categoría especial para la ciencia ficción en 1979. Bruno Henríquez no ha parado ahí: publicó otros dos libros más, y se ha prodigado en una labor promocional que mantuvo la llama, por así decir, todos los 90s.
Por su propia condición de descubridor, el David no estuvo ajeno a desaciertos como La nevada y Eilder, que poco bien hicieron; pero le debemos al menos a Daína Chaviano con Los mundos que amo en la edición de 1979, a Agustín de Rojas, con Espiral, en 1980, y a José Miguel Sánchez con Timshel (1988). La primera fundó la corriente preponderante en cuanto a recepción pública, el llamado estilo “rosado” o “blando”, llamado así por su romanticismo bastante femenino, que dejaba de lado toda pretensión de ser hard en favor de la capacidad sugestiva y poética de la historia y los personajes. Junto a ella cultivaron esa vertiente Chely Lima y Alberto Serret, tanto en dúo como por separado, siempre con más fortuna en dupla que en solo.
Agustín de Rojas, que también nos regaló Una leyenda del futuro (1985) y El Año 200 ha sido el mejor balance entre vuelo creativo, profundidad temática, rigor literario y sostén hard que haya tenido la ciencia ficción cubana. Siempre fue futurista, con un serio enfoque de la extrapolación histórica y social, poseedor de un sólido “sentido de la maravilla” tecnológico –por primera vez en Cuba, valga decirlo– y dueño de una escritura muy correcta –aunque a veces contenida por cierta ingenuidad de la sicología y situaciones de sus personajes–. Por desgracia, circunstancias muy ajenas a su voluntad –el derrumbe del bloque socialista europeo–, lo desanimaron de seguir cultivando el género, con lo cual nos deja la enorme carencia de un escritor como él en plena madurez.
A Timshel una vez lo declaramos “un puñetazo en los anaqueles”, pues esos cuentos eran hard, o sea, tenían sostén científico, y además sexo, violencia y lenguaje… literario. Amén de aventura y reflexión en las dosis adecuadas. Casi el canto de cisne de la década, José Miguel Sánchez mostró cómo se podía actualizar la ciencia ficción nacional, y que De Rojas no estaba solo en su combinación de maestría literaria y capacidad hard.
Colateralmente a la hornada del David, otros cuatro nombres llaman la atención. Sigue trabajando el sagrado Arango, con la trilogía de Transparencia, Coyuntura y Sider; Félix Mondéjar cubaniza el género con lo que él cree más nacional, el choteo; Eduardo Barredo, chileno aplatanado, publica varios volúmenes de cuentos; y Gregorio Ortega, autor del excelente y aventurero Odiseo 15… ¡Perdón! Debí decir Kappa 15. Además, del taller literario “Oscar Hurtado”, surgido en Plaza de la Revolución, salen Félix Lizárraga, Arnoldo Águila, Roberto Estrada, Julián Pérez, Eduardo Frank, Ileana Vicente, Raúl Aguiar y Ricardo Fumero. También en este período tuvo un papel muy importante la revista “Juventud Técnica”, cuyo premio no tuvo el esplendor del David pero sostuvo el interés del público en leer, y mejor aún, en escribir.

Era de Extramuros

Nadie, al menos nadie de aquí, tiene culpa de la separación entre la segunda y la tercera etapa de la ciencia ficción y la fantasía en Cuba. Todo comenzó, o más bien terminó, cuando las resmas de papel siberiano, las tintas alemanas y en general la energía que mueve a las rotativas dejaron de fluir. La caída del bloque socialista europeo fue como la del meteorito de Yucatán: a extinguirse, especies impresas. “Y tú también, ciencia ficción”. Con excepción del imbatible Arango, que en 1994 culminó Sider, buena parte de los 90 fueron pura promoción, practicar en casa, conocerse todo el mundo, y cuando había suerte publicar un cuento o una antología en el extranjero, casi a mero título de curiosidad del foráneo.
En 1999, ya recuperada Cuba en parte de la estrechez absoluta, Letras Cubanas, cuando ya no quedaba otro género sin su correspondiente “toalla”, cobijó a la ciencia ficción con una antología al cuidado de José Miguel Sánchez, YOSS, que mira qué casualidad, se había labrado un renombre como autor de realismo, APARTE del que tenía en el género. Reino Eterno dio a conocer los nombres de Michel Encinosa Fú, Yailín Pérez Zamora, Juan Pablo Noroña, Julio A. Noroña, Guillermo Tariche, Orlando Vila, Arturo Cooper, Juan A. Padrón, Fabricio González, Alberto Mesa, Ariel Cruz y Vladimir Hernández.

Esta no fue la última ocasión en que esa editora de nivel nacional albergara al género. También publicó Niños de Neón (2001), de Encinosa; Al final de la senda (2002), YOSS; y Tres (2002), de Eduardo del Llano. Claro, con estos tres continúa el sistema de “sólo si además de escribir ciencia ficción son acreditados por otro género...”.
Si los 80s fue la década “David”, el cambio de milenio bien pudiera llamarse la “Era Extramuros”.

Esta casa provincial ha sacado, de su lógica pobreza, los recursos para Los pecios y los náufragos (1999), de Yoss; Nova de cuarzo (2000), de Vladimir Hernández Pacín; Los viajes de Nicanor (2000), de Eduardo del Llano; El druida (2000), de Gina Picard; y Sol Negro (2001), de Encinosa. No es tanto el número, sino el hecho de que al menos dos de esos autores, Encinosa y Hernández, no habían publicado en solo, y sus colecciones de cuentos fueron la primera de fantasía heroica y cyberpunk en nuestro país, respectivamente.

Encinosa sostiene el género de “espada y brujería” en soledad casi completa (sólo la exceptúan tres cuentos de otros tres autores en Reino Eterno), con una bien ganada apuesta intermedia entre la tradicional exaltación heroica de contenido y estilo, y tramas de resonancia más moderna. Por su parte Hernández abanderó el cyberpunk de trama dura, megalopólico, barroco, sintético, distópico ad nauseam y muy pero muy adjetivizado; por suerte su imaginación tecnológica es interesante. También Encinosa cultiva ese subgénero (Niños de Neón), con profundidad creativa en su universo de Ofidia, pero sin tramas que traspasan la anécdota hard-boiled y abusando de tecnomodismos cyberpunk, y en ocasiones, de la propiedad del castellano.
La vuelta de YOSS al género es algo que vale destacar, sobre todo por su paso a la novela, primero con una reflexión filosófica y humanística en Los pecios y los náufragos, y una space ópera mesiánica después, Al final de la Senda.
Con todo y los títulos mencionados, en este período de depresión editorial la circunstancia que más ha marcado al género no ha sido precisamente la publicación, sino la promoción. Casi pudiera decirse que empezando desde cero con una nueva generación, se han fundado talleres y movimientos como Espiral, Quasar Dragón y Grupo Gestor Nexus.


Dirección editorial:
Gerardo Chávez Spínola
Diseño web:
Yalier Pérez Marín / Rafael Arteaga
Mantenimiento web:
Rafael Arteaga
Asesoría técnica:
Alejandro Jiménez Pérez

CubaLiteraria