Los
sesenta
La
que se considera la primera etapa
de la ciencia ficción en Cuba,
someramente denominada “los
sesenta”, fue un período
de eclosión creativa que destaca
contra la casi completa inexistencia
anterior. Se podría explicar
como parte del momento de aceleración
que vivía la cultura toda en
ese momento, con un patrocinio estatal
fuerte, el advenimiento de grandes
masas populares a la categoría
de consumidor artístico-literario
y el desarrollo educativo del país,
en específico el de la educación
técnica, condición no
por completo necesaria pero sí
bastante suficiente para crearle un
público ávido al género.
Como todo comienzo, este inicio estuvo
caracterizado por la influencia de
modelos anteriores y exteriores, aunque
también hubo destellos de originalidad
muy propios.
Varios nombres resaltan en este período,
y el primero de ellos no sólo
en cuanto a cronología sino
en valor simbólico es el de
Oscar
Hurtado, figura contradictoria
e indeterminada en la vida y la memoria.
Su primera obra, La
ciudad muerta de Korad
(1964), sentó precedentes
propios. No por temática, pues
era un collage de Burroughs y otras
fuentes, sino por su forma versificada
y el augurio de la especificidad humorística
que tendría nuestra ciencia
ficción. Su influencia y recuerdo,
sin embargo, se deben mucho más
a la leyenda de su personalidad que
a su obra, no seguida hoy en día
ni de cerca. Junto a Hurtado en el
tiempo, pero separado en inquietudes,
está Ángel
Arango, que más debió
en cuanto a temática y forma
a los anglosajones de la Edad de Oro,
en su ¿Adónde
van los cefalomos? (1964),
de estilo directo y su inclinación
hard y espacial. Su Planeta
Negro (1966), no obstante,
mostró una inclinación
posterior hacia la renovación
de la ciencia ficción, la “Nueva
Ola”. El
fin del caos llega quietamente
(1971), completó este giro
hacia lo poético y mitológico.
Otra personalidad inolvidable es Miguel
Collazo, cuyo El
libro fantástico de Oaj
(1966), pareció consanguíneo
a la obra de Hurtado, tanto por el
pastiche (esta vez de Bradbury) y
la forma astuta y nada ramplona de
explotar la comicidad. Pero
El viaje (1968), reveló
a Collazo como poeta aparte, capaz
de sus propias verdades y con un vuelo
creativo de resonancias no sólo
cubanas sino también mundiales,
gracias a su metafísica belleza
propia y a sus reflexiones humanísticas,
que obvian por exceso la deficiente
tecnologización y cientificidad
de nuestra literatura.
Otros autores, como Arnaldo Correa,
Juan Luis Herrero, Rogelio Llopis
y Germán Piniella, también
cultivaron la ciencia ficción
en este período, aunque sin
la relevancia y potencia de los más
arriba mencionados.

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La
época del “David”
La segunda etapa de la ciencia ficción
en Cuba comienza, como tantas otras
etapas, después del denominado
“quinquenio gris”. En
ese hiato toda nuestra cultura “se
durmió”, y que no iba
a hacer la ciencia ficción,
género especialmente frágil
por su novedad y falta de prestigio
propio. Además de que estuvo
en mira por dedicarse a la temática
más política posible,
el futuro, fue afectada por la desleal
competencia y/o influencia de la ciencia
ficción soviética, apoyada
por el glamour ideológico de
su país de procedencia y la
incomparable producción de
la Editorial Progreso.
En 1978 la ciencia ficción
se coló de vuelta en sotovoce,
con el infantil Siffig
y el vramontono 45-A, de
Antonio Orlando Rodríguez,
Las criaturas, del imbatible
Arango, y el cortísimo De
Tulán, la lejana,
de Giordano Rodríguez. Se había
mantenido también con el bajo
perfil de la historieta, a la cual
por una vez le sirvió el menosprecio
para pasar un contrabando como Matías
Pérez, por ejemplo,
completamente space opera bajo el
manto de utopismo y confrontación
al mal proveniente del pasado. Pero
la esperanza volvió con la
mención obtenida por Aventura
en el laboratorio, de Bruno Henríquez,
en el Premio David de la UNEAC de
1978, lauro de temática general
para escritores noveles. Se estima
incluso que este logro de Bruno
Henríquez decidió
a la UNEAC a añadir una categoría
especial para la ciencia ficción
en 1979. Bruno Henríquez no
ha parado ahí: publicó
otros dos libros más, y se
ha prodigado en una labor promocional
que mantuvo la llama, por así
decir, todos los 90s.
Por su propia condición de
descubridor, el David no estuvo ajeno
a desaciertos como La
nevada y Eilder,
que poco bien hicieron; pero le debemos
al menos a Daína Chaviano con
Los
mundos que amo en la edición
de 1979, a Agustín
de Rojas, con Espiral,
en 1980, y a José
Miguel Sánchez con Timshel
(1988). La primera fundó la
corriente preponderante en cuanto
a recepción pública,
el llamado estilo “rosado”
o “blando”, llamado así
por su romanticismo bastante femenino,
que dejaba de lado toda pretensión
de ser hard en favor de la capacidad
sugestiva y poética de la historia
y los personajes. Junto a ella cultivaron
esa vertiente Chely Lima y Alberto
Serret, tanto en dúo como por
separado, siempre con más fortuna
en dupla que en solo.
Agustín de Rojas, que también
nos regaló Una
leyenda del futuro (1985)
y El
Año 200 ha sido el
mejor balance entre vuelo creativo,
profundidad temática, rigor
literario y sostén hard que
haya tenido la ciencia ficción
cubana. Siempre fue futurista, con
un serio enfoque de la extrapolación
histórica y social, poseedor
de un sólido “sentido
de la maravilla” tecnológico
–por primera vez en Cuba, valga
decirlo– y dueño de una
escritura muy correcta –aunque
a veces contenida por cierta ingenuidad
de la sicología y situaciones
de sus personajes–. Por desgracia,
circunstancias muy ajenas a su voluntad
–el derrumbe del bloque socialista
europeo–, lo desanimaron de
seguir cultivando el género,
con lo cual nos deja la enorme carencia
de un escritor como él en plena
madurez.
A Timshel una vez lo declaramos
“un puñetazo en los anaqueles”,
pues esos cuentos eran hard, o sea,
tenían sostén científico,
y además sexo, violencia y
lenguaje… literario. Amén
de aventura y reflexión en
las dosis adecuadas. Casi el canto
de cisne de la década, José
Miguel Sánchez mostró
cómo se podía actualizar
la ciencia ficción nacional,
y que De Rojas no estaba solo en su
combinación de maestría
literaria y capacidad hard.
Colateralmente a la hornada del David,
otros cuatro nombres llaman la atención.
Sigue trabajando el sagrado Arango,
con la trilogía de Transparencia,
Coyuntura
y Sider;
Félix
Mondéjar cubaniza el género
con lo que él cree más
nacional, el choteo; Eduardo Barredo,
chileno aplatanado, publica varios
volúmenes de cuentos; y Gregorio
Ortega, autor del excelente y aventurero
Odiseo 15… ¡Perdón!
Debí decir Kappa
15.
Además, del taller literario
“Oscar Hurtado”, surgido
en Plaza de la Revolución,
salen Félix Lizárraga,
Arnoldo Águila, Roberto
Estrada, Julián Pérez,
Eduardo Frank, Ileana
Vicente, Raúl
Aguiar y Ricardo Fumero. También
en este período tuvo un papel
muy importante la revista “Juventud
Técnica”, cuyo premio
no tuvo el esplendor del David pero
sostuvo el interés del público
en leer, y mejor aún, en escribir.

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Era
de Extramuros
Nadie, al menos nadie de aquí,
tiene culpa de la separación
entre la segunda y la tercera etapa
de la ciencia ficción y la
fantasía en Cuba. Todo comenzó,
o más bien terminó,
cuando las resmas de papel siberiano,
las tintas alemanas y en general la
energía que mueve a las rotativas
dejaron de fluir. La caída
del bloque socialista europeo fue
como la del meteorito de Yucatán:
a extinguirse, especies impresas.
“Y tú también,
ciencia ficción”. Con
excepción del imbatible Arango,
que en 1994 culminó Sider,
buena parte de los 90 fueron pura
promoción, practicar en casa,
conocerse todo el mundo, y cuando
había suerte publicar un cuento
o una antología en el extranjero,
casi a mero título de curiosidad
del foráneo.
En 1999, ya recuperada Cuba en parte
de la estrechez absoluta, Letras Cubanas,
cuando ya no quedaba otro género
sin su correspondiente “toalla”,
cobijó a la ciencia ficción
con una antología al cuidado
de José Miguel Sánchez,
YOSS, que mira qué casualidad,
se había labrado un renombre
como autor de realismo, APARTE del
que tenía en el género.
Reino
Eterno dio a conocer los
nombres de Michel
Encinosa Fú, Yailín
Pérez Zamora, Juan
Pablo Noroña, Julio A.
Noroña, Guillermo Tariche,
Orlando Vila, Arturo Cooper, Juan
A. Padrón, Fabricio González,
Alberto Mesa,
Ariel Cruz y Vladimir
Hernández.
Esta no fue la última ocasión
en que esa editora de nivel nacional
albergara al género. También
publicó Niños
de Neón (2001), de
Encinosa; Al
final de la senda (2002),
YOSS; y Tres
(2002), de Eduardo
del Llano. Claro, con estos tres
continúa el sistema de “sólo
si además de escribir ciencia
ficción son acreditados por
otro género...”.
Si los 80s fue la década “David”,
el cambio de milenio bien pudiera
llamarse la “Era Extramuros”.
Esta casa provincial ha sacado, de
su lógica pobreza, los recursos
para Los
pecios y los náufragos
(1999), de Yoss; Nova
de cuarzo (2000), de Vladimir
Hernández Pacín;
Los viajes de Nicanor
(2000), de Eduardo
del Llano; El
druida (2000), de Gina Picard;
y Sol
Negro (2001), de Encinosa. No
es tanto el número, sino el
hecho de que al menos dos de esos
autores, Encinosa y Hernández,
no habían publicado en solo,
y sus colecciones de cuentos fueron
la primera de fantasía heroica
y cyberpunk en nuestro país,
respectivamente.
Encinosa
sostiene el género de “espada
y brujería” en soledad
casi completa (sólo la exceptúan
tres cuentos de otros tres autores
en Reino Eterno), con una
bien ganada apuesta intermedia entre
la tradicional exaltación heroica
de contenido y estilo, y tramas de
resonancia más moderna. Por
su parte Hernández abanderó
el cyberpunk de trama dura, megalopólico,
barroco, sintético, distópico
ad nauseam y muy pero muy adjetivizado;
por suerte su imaginación tecnológica
es interesante. También Encinosa
cultiva ese subgénero (Niños
de Neón), con profundidad
creativa en su universo de Ofidia, pero sin tramas
que traspasan la anécdota hard-boiled
y abusando de tecnomodismos cyberpunk,
y en ocasiones, de la propiedad del
castellano.
La vuelta de YOSS al género
es algo que vale destacar, sobre todo
por su paso a la novela, primero con
una reflexión filosófica
y humanística en Los
pecios y los náufragos,
y una space ópera mesiánica
después, Al final de la
Senda.
Con todo y los títulos mencionados,
en este período de depresión
editorial la circunstancia que más
ha marcado al género no ha
sido precisamente la publicación,
sino la promoción. Casi pudiera
decirse que empezando desde cero con
una nueva generación, se han
fundado talleres y movimientos como
Espiral, Quasar Dragón y Grupo
Gestor Nexus.

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