19 Feria Internacional del Libro Cuba 2010

País invitado de honor

Rusia

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La literatura rusa y sus lectores cubanos. (Víctor Fowler Calzada)

La literatura rusa: uno de los más ricos legados culturales del mundo. (Félix Bolaños)

La literatura rusa y sus lectores cubanos

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Ignoro si habrá estadísticas al efecto, pero cualquier memoria escrita, fotográfica o fílmica alcanza para captar la escena en la que un lector cubano lleva bajo el brazo o abre un libro de un autor ruso. ¿Qué medidores usar para una literatura que llegó a ser, durante casi cuatro décadas, próxima como si hubiese sido la nuestra? En cualquiera de los géneros literarios, en el vasto tejido que va desde los clásicos del siglo XIX hasta los autores que se iniciaban en los ochenta del siglo pasado, de estos autores provenientes de una de las literaturas más poderosas del mundo. Traductores cubanos y del país soviético alimentaron a nuestras editoriales que, junto con las revistas y libros que de allá nos llegaban, consiguieron el milagro de crear en Cuba lectores para una literatura de la cual, antes de 1959, muy poco se conocía en el país más allá de los grandes autores del siglo XIX y esta como patrimonio de las élites letradas. El milagro al que me refiero es el del acercamiento masivo de estos nuevos lectores a la literatura, la lengua y, en general, la cultura rusa de todos los tiempos.

Tan poderoso, modelador y universal fue el proceso de descubrimiento y penetración en la literatura rusa que hoy resulta difícil extraer un nombre que lo simbolice; desde creadores de mundos de alta complejidad espiritual y compositiva (como Tòlstoi, Chejov, Dostoievski, Bulgákov o Sholojov), hasta escritores de literatura de tema bélico (como Polevoi, Chakovski, Bykov), de literatura infantil (Olesha), policial (Semiónov) o de la ciencia-ficción (B. y A. Strugatski). Al hablar de pedagogía se pensaba en Makarenko, en Stanislavski a propósito del teatro y en Bajtin cuando se trataba de estética. En sus aspectos más dolorosos y polémicos, el deseo de conocer a ese otro que considerábamos como nuestro nos impulsaba y buscábamos las obras de Pasternak, Ajmátova, Tsvieteiva. Solzhenitsin y muchos escritores más.

Lo que intento decir es que nuestra relación con la literatura rusa y con lo que esta nos transmitía del espíritu de su pueblo, fue un ejemplo sorprendente del proceso de contacto y diálogo entre culturas; proceso que tendía raíces hacia los más diversos ámbitos, pues no pocas veces conocíamos de este o aquel escritor gracias a las adaptaciones cinematográficas de sus obras, las muñecas matrioska terminaron siendo un popular adorno en el ambiente doméstico cubano, beber té negro una costumbre integrada a las nuestras y los éxitos de la cosmonaútica soviética los conocía cualquier escolar. Pese a cualquier contradicción, aprendimos a querer una cultura y un pueblo que apenas unas décadas antes nos habían sido ajenos y distantes.

Las dimensiones de tal interacción abarcan tanto lo hasta aquí dicho como a los centenares de miles de cubanos que, en las más diversas profesiones, estudiaron en territorio ruso o los muchos miles que aquí estudiaron la lengua. Si sopesamos todo junto, podemos sentir que se trata de un capital enorme, de miles de lectores ansiosos por reconectar con una cultura que continúa viva en el interior de la cultura cubana de hoy. Ninguna ocasión mejor que una feria del libro, como esta venidera que estará dedicada a la literatura rusa, para continuar el diálogo y hacerlo aún más significativo.

Víctor Fowler Calzada

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La literatura rusa: uno de los más ricos legados culturales del mundo

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Rusia se presenta ante nosotros como un territorio inacabable, europeo y asiático, lleno de misterios y sorpresas. El medio geográfico es impresionante, todo tiene proporciones gigantescas: Ríos que discurren a través de miles de kilómetros, grandes lagos como mares, hermosísimos bosque boreales poblados de coníferas, agrestes estepas que han conseguido derrotar con su dureza a ejércitos que se tenían por invencibles y llanuras inmensas, como Siberia.

El país más extenso del mundo ocupa once zonas horarias y está habitado por incontables grupos étnicos. De entre ellos fueron los eslavos del sur, de las tierras del Don y de la estepa, y los rusos del norte quienes, después de siglos de desconocimiento, pusieron los cimientos del Estado Ruso al crear un espíritu nacional promotor de una política de expansión y conquista, que culminó con la formación del gran imperio de los Zares a partir de los siglos XVII y XVIII.

Pero Rusia, a pesar de haber vivido durante los últimos siglos bajo estructuras políticas unificadas, sigue siendo un mundo heterogéneo, multiplicado en lenguas (se hablan unos cien idiomas), religiones, y modos de ser distintos. Cuando los Zares se hacían coronar “Emperadores de todas las Rusias” estaban en lo cierto. Nunca se podrá hablar de una sola Rusia… sería desconocer por completo su realidad geográfica, histórica y social.

Habitada por más de 148 millones de personas, es en la actualidad un pueblo laborioso y amistoso, que logró la gran proeza de convertir a una de las naciones más pobres de Europa, en el momento de la Gran Revolución de Octubre, en una potencia que hoy ocupa el séptimo puesto por su producto interno bruto, formando parte de las economías más poderosas y desarrolladas.

Uno de los legados culturales más ricos del mundo es el corpus literario ruso, que fue el resultado de un lento y arduo proceso de unificación lingüística y política. Empezó siendo una literatura oral sin cultivo escrito hasta la introducción del Cristianismo en 989 y, con él, de un alfabeto adecuado para acogerla. Los creadores de dicho alfabeto fueron los misioneros bizantinos Cirilo y Metodio; ellos tomaron distintas grafías del alfabeto latino, el griego y el hebreo, e ingeniaron otras. La literatura rusa tal como la conocemos actualmente se escribe y lee en alfabeto cirílico.

La tradición oral popular más antigua es la de los skomoroji, una especie de bardos itinerantes llegados desde el Imperio Bizantino y los países eslavos, que se expresaban a través de las bylinas (cantos o canciones) que unían tradiciones populares paganas y eclesiásticas en forma de prosa rítmica.

Todavía sobreviven unas pocas obras de su antigua literatura, así como gran número de manuscritos deteriorados por los efectos de múltiples invasiones y guerras. Estas obras, de elaboración manuscrita, eran generalmente anónimas, y sus temas recurrentes eran la glorificación de la belleza y del poder, la denuncia de la autocracia de los príncipes y la defensa de los principios morales.

El verso aparece en pleno siglo XVII con Simeón Pólotski (1629-1680) por influjo de la literatura polaca. Cuando en el siglo XVIII Rusia se occidentaliza y seculariza bajo el cetro de hierro de Pedro I, es que puede decirse que la literatura profana o laica comienza verdaderamente. El Zar en persona revisó y reformó el alfabeto, eliminando letras en desuso y simplificando el sistema ortográfico, haciendo la lectura más accesible.

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El científico Mijaíl Lomonosov (1711-1765) es quien funda la literatura rusa moderna, al asentar las normas que habían de regir el buen gusto del lenguaje literario, estableciendo tres estilos: el noble, de vocabulario eslavón para el poema épico, la tragedia y la oda; el medio para la sátira y los dramas, y el vulgar (con vocabulario popular) para la comedia y la canción. Lomonosov escribió odas sacras, panegíricos y una Epístola sobre la utilidad del vidrio (1752).

Una más señalada manifestación poética en la literatura rusa del siglo XVIII es la obra "revolucionaria" de Aleksandr Radíshchev (1749-1802), autor de Viaje de San Petesburgo a Moscú (1790). Libro en que simpatiza con los campesinos, describiendo su vida miserable y denunciando el trato inhumano con que las autoridades y los hacendados los trataban; utilizó la compasión como un medio de revolución y transformación social. En este siglo aparecieron las primeras revistas literarias, publicadas por Nikolái Novikóv.

El siglo XIX es conocido tradicionalmente como “El Siglo de Oro” de la literatura rusa. Tanto la poesía como la prosa llegaron a su apogeo. A principios de siglo la corriente principal era el romanticismo, aunque más tarde sería el realismo literario el que alcanzaría mayor importancia.

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Alexander Pushkin se alza sobre todos los otros poetas rusos. Poseía un genio universal, reformó el lenguaje literario rompiendo con la tradición del siglo XVIII; escribió consumados poemas líricos y épicos (Poltava, El jinete de bronce, Eugenio Oneguin); potentes obras dramáticas en versos (Borís Godunov, Pequeñas tragedias); prosa brillante (Cuentos del difunto Iván Petróvich Belkin, La dama de picas, La hija del capitán, Dubrovski); cuentos en verso (Ruslán y Liudmila, Cuento del zar Saltán, Cuento de la princesa muerta y los siete caballeros). Pushkin se convirtió en la figura central de la poesía rusa del siglo XIX, eclipsando a otros poetas, talentos que en otras circunstancias podrían haber sido el honor de cualquier literatura nacional.

Después de la trágica muerte de Pushkin la antorcha de la poesía pasó a mano de Mijaíl Lérmontov. En sus primeros poemas imitó a Pushkin y a Byron, pero su estilo poético se afianzó enseguida, percibiéndose claramente en el cambio de temas como, por ejemplo, en el poema La vela, en el que habla de un bienestar que solo se consigue luchando. En otros refleja con vehemencia el pensamiento y los sentimientos de los jóvenes estudiantes que se rebelan y muestran su indignación ante la situación del siervo, el rechazo del despotismo zarista y la apasionada aspiración por la libertad. Sus obras más destacadas son sus versos líricos, Valerik, Borodinó, El demonio y El novicio; el drama El baile de máscaras, y la novela Un héroe de nuestro tiempo.

A las grandes novelas de estos autores se une, también en la primera mitad del XIX, un genio más de la literatura rusa: Nicolás Gógol. Sus obras más reconocidas son Las veladas de Dikanka, Tarás Bulba, Las almas muertas, y la comedia El inspector.

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Si la primera mitad del siglo XIX fue la edad de oro de la poesía, la segunda sería la de la prosa. Los gigantes de la época son León Tolstói, Fiódor Dostoievski, Iván Turgéniev y Antón Chejov, que dejaron textos cimeros como La guerra y la paz, Crimen y castigo, Primer amor, El jardín de los cerezos, Ana Karenina, Los hermanos Karamásov, entre otros, que hoy forman parte del patrimonio de la humanidad.

La Edad de Plata comenzó en la última década del siglo XIX y concluyó en los años veinte. El marbete "Edad de Plata" marca en realidad un nuevo rumbo en la literatura rusa. Tras el positivismo y el realismo, rayando en el naturalismo de los escritores revolucionarios de los ochenta, los poetas y escritores de esta denominación vivieron en la era del art nouveau, el modernismo y el simbolismo. Pero en Rusia esas líneas culturales europeas se transformaron y amoldaron en formas e ideas absolutamente nuevas. Durante esta etapa la cultura rusa llega a la cima del refinamiento, destacando un renacimiento espiritual sin precedentes. Los escritores más destacados de esta época, junto a Tolstói, Gorki y Chejov, son Alexander Blok, Vladimir Maiakovski, Boris Pasternak, Anna Ajmátova y Sergéi Bulgákov, autor de esa espléndida obra que es El maestro y Margarita.

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Tras la Revolución de Octubre, quienes optaron por quedarse en Rusia para compartir el destino del país y sus compatriotas, llegaron a la cúspide de su libertad creativa. La corriente literaria principal del período fue el realismo (que se diferencia del realismo clásico del siglo XIX en que estos escritores despreciaron la vida privada sosegada: un hombre es parte integrante de la vida social y es un hombre cambiando el mundo activamente. Los principales representantes de la corriente son Mijaíl Shólojov, Konstantín Fedin, Leónidas Leonov y Dimitri Furmánov, que producirían obras como Chapaiev, Las ciudades y los años, Campos Roturados, El Don apacible, y Hacia el océano, entre otras.

En 1941 comenzó la Gran Guerra Patria. Aparecieron nuevos talentos, como por ejemplo Konstantín Símonov, Borís Polevói, Yuri Bóndarev, Grigori Baklanov y Vera Panova, que escribieron sobre la tragedia de la guerra y sobre las hazañas y esfuerzos de los soldados soviéticos en su lucha a muerte contra el fascismo; Vera Inber y Olga Bergolts, que sobrevivieron al sitio de Leningrado y describieron esos días heroicos y trágicos; Pável Antokolski, Aleksandr Tvardovski, Mijaíl Isakovski, Andréi Platónov, Borís Pasternak, Mijaíl Shólojov, Anna Ajmátova e Iliá Erenburg, que emprendieron la defensa de Rusia, contra la inhumanidad del fascismo. Muchos escritores perecieron en los frentes de la guerra o murieron de hambre y frío.

Surgió una nueva tendencia hacia la representación de la Gran Guerra Patria: la “prosa lírica del frente”, o “prosa de soldados”, aportando a la literatura rusa el hombre corriente como personaje literario, héroes modestos y de carácter contradictorio; la glorificación de los valores humanos y de las gentes sencillas; estudios sobre los entresijos del decaimiento moral de un hombre por las condiciones inhumanas de la guerra, y los intentos por descubrir qué hizo que la gente continuase siendo humana, en medio de la carnicería sangrienta que significó esta conflagración. Numerosas fueron las obras que se escribieron, entre las que sobresalen Días y noches; Un hombre de verdad; Invasión; El destino de un hombre; Los vivos y los muertos; Vasili Tiorkin; El hijo del regimiento; La guardia joven, y La gente rusa.

La XIX Feria Internacional del Libro, Cuba 2010, es una esperada ocasión para los lectores cubanos, de reencontrarse con los autores clásicos y acceder a lo más reciente de esta siempre atractiva y excelente literatura, una de las más influyentes y desarrolladas del mundo.

Escritores rusos que han obtenido el Premio Nóbel

  • Fridor Gladkov (1925)
  • Iván Bunin (1933)
  • Boris Pasternak (1958)
  • Mijaíl Shólojov (1965)
  • Alexander Solzhenitsyn (1970)
  • Joseph Brodsky (1987)

Félix Bolaños

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