| |
Descubrimiento del aura tiñosa
Antonio Rodríguez Salvador
Me pregunto por qué solemos despreciar al aura tiñosa, si en definitiva es un pajarraco tan prieto, cabecipelado, y carroñero como el cóndor.
Sin embargo, cóndor se llama una moneda de oro puro, equivalente a diez pesos en Colombia y Chile. Y la Gran Cruz del Cóndor de los Andes es una condecoración que el gobierno boliviano otorga a hombres y mujeres ilustres. Y está el cóndor en apellidos de patriotas: José Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru); y en alevosas operaciones militares: lo mismo en la tristemente célebre Legión Cóndor nazi que bombardeó la aldea de Guernica, que en la no menos amarga Operación Cóndor, todavía en el dolor de muchos latinoamericanos. En fin, por qué despreciamos al aura tiñosa y, en cambio, magnificamos al cóndor.
Tanto, que el cóndor aparece en una ópera de Carlos Gomes, y en una escultura de Marina Núñez del Prado, y en un óleo de Alejandro Obregón, y en una novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal… Y, por supuesto, en películas: Sangre de cóndor, del boliviano Jorge Sanjinés; o Alsino y el cóndor, del chileno Miguel Littín, o aquella muy famosa, Los tres días del cóndor, un clásico de Sydney Pollack, con Robert Redford.
Mas, qué pensaría usted, lector, si de pronto le comunican que sus méritos serán premiados con la medalla del aura tiñosa; o si su jefe dice que va a pagarle el sueldo con algunas aura tiñosas; o si en el día de su cumpleaños los amigos le regalan un aura tiñosa de cerámica.
Para que los diversos lectores de las diversas geografías hispanohablantes puedan entenderme, diré que el aura tiñosa es un ave semejante al gallinazo, al zopilote, al zamuro, al urubú, al jote de cabeza roja: ¡la pobre, ni derecho a globalizar su nombre tiene!
Y por qué ocurre esta discriminación, si ya vimos que no es por su plumaje funerario, ni porque gusta usar como restaurante los sepulcros, ni por su cabeza calva y colorada. Alguno dirá: Es que se le ve como emisaria de Olofi; pero sucede que en varias culturas originarias de América también el cóndor es mensajero de la muerte.
Pero veamos, cuando al cóndor le aprieta el hambre, no es raro que ataque animales domésticos, algo que jamás haría el aura tiñosa. Es más, el aura tiñosa realiza una importante labor de saneamiento: se ocupa de limpiar de carroña las zonas pobladas; algo que no hace el cóndor: por ejemplo, ¿a quién le pudiera molestar una peste de animal muerto en la cima de una montaña?
En fin, lector, tan importante es el trabajo del aura tiñosa que, sin ella, probablemente los cubanos hubiéramos demorado siglos en tener ciudades. Parece exagerada esta afirmación, pero, si acudimos a las diversas relaciones de obispos —que dejaron constancia de cómo era la vida en la isla durante el siglo XVI— descubrimos que cuatro de las primeras villas fundadas por el adelantado Diego Velásquez debieron mudarse de sitio al ser invadidas por las hormigas.
En Cuba existe una clase de hormigas endémicas, conocidas como bibijaguas, cuyas poblaciones no se desarrollaban demasiado durante la época precolombina. La base alimentaria de los indígenas tainos era muy pobre y, en consecuencia, se generaban escasos desechos; pero junto con el colonizador español llegaron también el cerdo, el caballo, y el ganado vacuno, y así también crecieron los niveles de desperdicios. La comida abundante hacía crecer excesivamente las poblaciones de bibijaguas, las cuales no solo llegaron a invadir casas, sino hasta devorar bebés en sus cunas. En esa época no había auras tiñosas en la isla: los cronistas de indias no mencionan su avistamiento en ninguna de las grandes Antillas —se sabe que en Puerto Rico fueron introducidas tras la colonización—; solo relatan su presencia en el continente. Por otra parte, la cathartes aura, —ese es el nombre científico de la tiñosa— es un ave que vive exclusivamente en sabanas, y solo llegó a Cuba a finales del siglo XVI —se conservan dos fémures que datan de la primera mitad del siglo XVII; son estos los restos fósiles de aura más antiguos en la isla.
Aquí el lector podría preguntarse: ¿Y en una época tan temprana había deforestación en Cuba? Todos recordamos las descripciones bucólicas, estudiadas en clases de historia durante la enseñanza primaria: por estas tierras se podía caminar horas y hora sin ver los rayos del sol; desde Maisí a Guanacabibes, la isla era un único cerrado bosque.
Sin embargo, y a pesar de que varias fuentes opinan lo contrario, hay evidencias de que esta situación había cambiado sustancialmente a finales del siglo XVI. Se conserva una carta del gobernador de la isla, don Pedro de Valdés, dirigida al rey Felipe III, que brinda dos importantes pistas. La primera en el anuncio de que había prohibido talar árboles en cinco leguas a la redonda de La Habana —una legua equivale a cuatro kilómetros—; debido a lo deforestada que estaba esa zona. La segunda, en las medidas tomadas para combatir el comercio de rescate, pues, según afirmaba, unos cuarenta mil cueros de res eran vendidos de contrabando a los bucaneros ingleses, franceses y holandeses.
La lógica lleva a pensar que, si cuarenta mil cueros eran vendidos de contrabando, una cantidad mucho mayor debía ser tramitada por vías legales. Para que de la isla pudieran exportarse, digamos, cien o doscientos mil cueros anuales, tendría que haber un rebaño cercano al millón de cabezas, y esto solo se podía lograr mediante el uso de extensos pastizales.
De hecho, también se podría aportar otra pista. En el año 1639 el río Bayamo dejó de ser navegable, debido a que sufrió un gran derrubio. La causa del deslave fue la deforestación de sus riberas, y como consecuencia de ello, quedaron atrapados más de treinta galeones que debieron ser desguazados para aprovecharles las maderas.
Pero, ¿qué pinta la tiñosa en la fundación de las ciudades cubanas? Bueno, pues que sin ella este país hubiera sido un infierno de bibijaguas. Hubiéramos estado mudando villas de un lugar a otro hasta que se inventara el insecticida. Como si fuésemos tribus nómadas, La Habana hubiera pasado de cerca de Batabanó, lugar donde fue fundada, hasta la bahía donde hoy se asienta, y luego quizá la hubiesen trasladado a Matanzas, y de ahí quién sabe si ya estaría por Cienfuegos o Trinidad.
O sea, que si hoy no hablamos de una Habana itinerante, es gracias al aura tiñosa, un ave que se ocupó, durante siglos, de limpiar la carroña de nuestros pueblos. Porque no vaya a suponer, lector, que en el siglo XVII o XVII, la gente vertía la basura en contenedores metálicos que la empresa de servicios comunales colocaba en las aceras, ni tampoco que había barrenderos o camiones —o carretones— que cada día recogiese los desperdicios por una ruta planificada. Es más, ¿adónde usted cree que la gente botaba las tripas de pollo o de pescado; el mondongo de los puercos, un perro que se moría en la casa? Simplemente a la calle —o la Zanja Real que traía el agua desde la Chorrera.
En fin, volvamos a la pregunta: ¿Entonces por qué despreciamos al aura tiñosa y, por el contrario, magnificamos al cóndor si, en definitiva, ambos son igualmente buitres?
He estado buscando analogías para explicármelo, y quizá le pasa como al capitalismo: hay uno rico y otro pobre; uno celestial y otro demoníaco, y, en definitiva, ambos también son buitres.
Sin embargo, más que demonizada, la mayoría de las veces el aura tiñosa es simplemente ignorada; algo que también sucede con el capitalismo del sur: una vergüenza para la familia. Mucho más cuando el capitalismo del norte es propuesto como símbolo de poder y majestuosidad: un superhéroe manso, e incluso romántico como la balada de Simon y Garfunkel: El cóndor pasa.
En realidad, el capitalismo del norte usa como un símbolo un águila —no un cóndor—, mas creo que da lo mismo: el águila es también un pajarraco prieto, vive de la rapiña, y es pariente del buitre. Y no por eso dejan de dedicarle homenajes, películas, novelas; espacios y más espacios en la prensa, en Internet, en la televisión… Tanta es la apología mediática que, si no lo viésemos siempre posado sobre cadáveres, parecería santo. |
|