Monólogo
de la noche
Nadie
puede ser yo en la noche.
En la mañana, sí: lo fue
la Biblia, el estupor de cada cosa
lanzada a voleo por el alma.
Y lo fue el tiempo, y la pobreza.
Y
el volver sobre todo con todos
los nombres a toda risa desde todo
cuanto era de verdad todo.
Y todo era yo, y sin fin.

Biografía
Has
reñido como cien ancianos gruñones
a la vida.
Has desdeñado cuanto te afrecía.
Has alzado el puño para golpearla.
Has anunciado una violenta despedida.
Con
todo, en su hosquedad te sonreía.

Súplica
Que
no sean palabras sin palabra
cuanto enuncia mi lengua,
cuanto hace de mí
un extraño predicador
de noticias humildes y de raptos.
Que
no sean las manos
del prestidigitador
las que cambien de lugar cada palabra
para hacerme creer
que soy hijo de un estar misterioso.
Soplo,
piedad, silbo,
testimonio de hombre en sus dos aguas,
la máscara y el rostro de alguien
que apenas balbuceó la vida.

Discurso
de los duendes
En la casa del mundo,
el tiempo
contado por el duende
es una historia más lejana y entrañable.
Relatos al voleo
con el denominador común del sobresalto.
Desván de los misterios,
el recién venido que sopla en la candela,
y huye.
Escribe en las paredes
un soplo, una estación, tantas preguntas.
Hecho de qué y secretos.
Sobrevolar la sinrazón,
maldades del estruendo,
conformar el mapa de la feria.

Todo es, fue. Y el otro duende,
el inmortal, el que amista
la sangre presente con la altura.
Duende de saberse las noches del hombre,
de salpicar de gracia sus estancias.
Está en uno y no en el otro,
en uno entre millones,
ese que cabecea en la memoria,
el que entrega al poema tu escritura,
el que partiendo del pan hace crujir la vida,
para ése no hay reposo.

Nadie
que conoció tu rostro
tendrá a bien la nostalgia,
porque estás en la vida
como un duende de oro,
como afiebrada lámpara en la noche.
Baile de tantas sangres y una sola presencia,
el sueño del sur doblando en la mañana.
La tela impávida de contar al trasluz
el otro reino, la otra dimensión.
Cada vez un mito mayor de realidad.
Cada libro un abrir de puertas a lo desconocido.
El toro cabecea otra ley,
el murallón animal que embiste.
Quite del nardo y desquite del aún.

Crucigrama
de la eternidad y el tiempo.
Bivio de las recias preguntas.
Camino al sur la sangre.
Camino al norte la raposa ensimismada.
Al oeste las razones de hiel.
Al este el agua en chorro de embravecidas justicias.
Camino al sur cuántos caminos,
lámparas de recobrar la eternidad;
y al este y al oeste las mismas lámparas
con luces distintas.
Y al norte la esperanza de la luz.
La tierra al sur, al norte, al este y al oeste.
Eternidad y eternidad del aire.

Esta cópula de la eternidad y el tiempo,
esta encrucijada que es nudo resonante,
y aun la escritura de descifrar el adiós,
y el presente.
Toro
de qué ruedo ha de venir
para acumbrar la noche?
Qué alción será la flecha
de escapar narrando las nostalgias?
Agua de qué acequia traducirá
la reverberación?

Vienen
y van los rostros
y el tiempo permanece
como notario, como padre arrumbado,
zurciendo los rescoldos de la vida.
Este que fue nostalgia,
paredón de esperanza,
y el otro, remolino de lo violento
con la agrietada geometría de la risa.
Héroes en la penumbra del mundo,
hoy inmenso que puebla el ayer y restalla en
el mañana.
Tiempo y sobretiempo.
Amurco del toro enorme.
Duende.

Escritura
y rostro
I
La
escritura de sus días en el rostro
desvencijado de esperanza;
esta prosa en la frente la aventura
de la inocencia al conocimiento del fuego;
estos ojos de salmos
hogueras en la medianoche de Dios.
II
Escriba
de los rostros,
¿cuál verdad no será tu
razón,
cuál heredad no tiene tu nombre?
Las
brasas del asombrado fuego,
¿no chisporrotean por tí?
Todo
es hijo de tu piedad
y todo tiene tu marca.
III
Escribe en los rostros su heredad,
en cada marcha de los cuerpos en el aire,
en el aire que se vuelve encrucijada del yo,
y en todas partes.
Escribe
en cada rostro su rostro,
su manera de duración,
su ansiedad de poseer los mundos.
Y duerme en esos rostros en que escribe
sus férreas escrituras.

Rasgueo
El
viento hizo de mí una guitarrra,
una pradera en llamas,
una nevada de luz;
el hilo mágico de enhebrar
un más allá sin sombra,
el adiós al destino,
el aceptar mi nada.
El narrarlo todo
con el rasgueo de la sangre.

Otra
ceniza
Quieres
otro nombre junto al tuyo,
otro país que nadie borre, una familia
interminable;
una risa de todos
sin dolor de trasmundos.
Pero cuando anochece,
tu dudar de roto hijo del barro
deja en tu frente la ceniza
del desamparo.

Pretèrito
Eramos
tantos cada uno.
Sombra, penumbra y luz en cada gesto.
Dìas y días negando al solitario,
creyendo al hombre-pueblo, el de mucho crear.
Engendrando
razones,
másculos soplos de permanencia,
ímpetus con un siempre de esperanza.
Ríos
y noches cada quien,
y una palabra de conjurar el futuro.

El
número en la sombra
Y fui a ocupar mi número en la sombra.
Virgilio.
Escuchaste la canción de los otros,
con el fervor del niño que empieza a
tararear la vida.
Quisiste aprenderla para ser igual a ellos,
uno más en el anónimo coro del
deslumbramiento,
uno menos en la solitaria permanencia.
Pero
fue en vano, oh soñador de la unánime
identidad,
porque descubriste al cabo de tus revueltos
días,
que cada quien tiene su poderoso ser ineluctable
y su abismal número en la sombra.

Epitafio
Ahora, ¿qué piedra
puede más que yo;
qué agua es más transparente
que mis labios; qué dicha
más verídica que mi rostro,
ahora que digo: Perdón?

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