Tu
eternidad
Tengo
y vuelvo a tener tu eternidad
cada mañana con tu nombre,
cada tarde con los velos que nos separan de
tì,
cada noche con tu misterio.
De
madrugada tengo tu eternidad
en el sueño que clama por tu rostro,
en este desasirme de mí,
para darle posada a tu palabra.
Y
en la muerte tendré tu eternidad.

El
fuego
Cuando
se entra al fuego de los días
con balbuceo de lo que ha de ser,
con asombro de ir descubriendo
edad tras edad la permanencia,
un hijo más en la tierra de todos,
sin borrar el primer encuentro,
con el rostro de todo y con la máscara
de todo.
Fuego
de crear el estar, de convencerlo
de lo que hay que decir, y ser cada día,
cada noche palabra de la noche,
filo y espanto en cada certidumbre.
Volver
al fuego que nunca se fue,
volver al fuego de la memoria,
en el acto postrero que traduce
toda una vida, todo un nacimiento.

Tocas tu identidad
Tocas tu identidad
en cada ráfaga,
pero no entiendes
la premiosa enunciación
de tus abismos.
¿Cuándo
no serás
el que ha de aguardar?
¿Cuándo
traerás a la casa
de ti mismo las albricias
de saber quién eres? ¿Por qué
estás
con los puños cerrados
amenazando la brizna de tu muerte?
Cualquiera
que sea tu rostro
eres criatura de alabanza.

Cada
rostro una edad
Cada rostro una edad, un tiempo,
muchas edades, muchos tiempos
de crear, de creer, de esperar;
muchedumbres en una sola cara que guarda
razón y sinrazón de siglos,
chorro de luz de siempre tras lo efímero,
alzada piedra de hombre y de mujer
oteando el qué, el cómo de la
vida.
Ignorante
de muchos de sus caminos,
pero los que sí sabe
le bastan al misterio de lo diario,
a la canción de ser el sortilegio.

Cada
luz
Cada luz es un rostro
en la alborada,
un ademán del fuego
a la fiebre del polvo ensimismado.
En
la tarde,
la enunciación del mañana del
hombre,
faz del sueño y del inmediato acontecer,
la ráfaga de un signo.
Y
en la noche,
hambre de la rencorosa soledad,
constelación de lo inasible,
silencio y discurso inmensurables.

Misterio
Alrededor
de la fogata, yo, tantos,
oyéndome relatar las historias que no
sé,
como un chisporroteo del alma.
Relator
de un misterioso acontecer
la lluvia de lo súbito,
enigma de los caminos que fueron,
de las verdades y rostros
como hojas de un otoño interior.
Yo, tantos, contando y escuchando.
El
tenso relato, las pausas de la sonrisa
y ensimismamiento
el aire de rectificar un dejo y un asombro,
las preguntas que hago a los que cuentan,
las respuestas sobredoradas de nostalgia.
Un
empellón del viento,
un largo aullar de quien no se atrve a acercarse,
de quien quiere derribarnos la madrugada
de charla y de sueño. Entonces, con los
otros,
con los tantos, una familia de estupor,
en torno de la hoguera, todos y yo,
ninguno.
.
Mar,
noche
Mar de palabras y noche de palabras.
Cada edad un rostro de palabras;
corazón de palabras en el radioso vivir,
las historias, la razón, la geografía
de uno mismo.
Sombra
de palabras para el viajero
y un sol de palabras y un viento de palabras;
toda la relación en sangre de palabras,
y el amor palabras, aleteo de palabras,
besos de palabras, sexos de palabras y un más
allá
de palabras.
El
pozo de palabras, los rostros de palabras;
en el país de palabras la patria de quién,
la fiebre
de quién.
Transcurre entre palabras el clamor de abandono
y una muerte de palabras clausura el tiempo.

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