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Poética
De
los cimientos del ser
la noche en cada verso,
su luz de parpadear mundos
con el asombro y la humildad
de quien recibe una antigua moneda entrañable.
Censo
de luz que brama
desde las costas del ser, de las miserias,
de las risas empotradas en las cosas,
en los días de la relación de
cada quien.
¿Cantan
qué almas en cada verso,
qué designios, qué pactos?
Lejos,
cerca, en la agonía del testimonio.
Esperanzado en la resurrección.
Cristo,
el único
(Para aquel negador)
Allá abajo, en la última
piedra del alma
quedó temblando Cristo.
Arriba,
junto al caballo numeroso, entre
espesuras del alba de la razón,
a flor de vida, el fiero
estar, el sentimiento
hecho trama de embates y deseos
hacia la historia, épica
de palabras y sangres, actos
para ser grabados en los himnos,
signos negadores del invierno,
cantidades fuertes que sirven para pagar
la entrada en este reino hosco.
Fluyes, y pagas con el escalofrio de tu razón
cuando de ti quisiste hacer y ser. Del oro
que no se pudre, de este
oro seguro de tus actos
quedarán los quilates voceando en la
noche
para siempre - crees-
Pero en la última piedra
del alma, de aquella de la que te despediste
de modo brusco, dándole
como a un mendigo impertinente la espalda,
quedó sangrando Cristo, el único.
Al
hombre del siglo XIX
No
haya noticia de mí en tu sombra ni en
tu luz.
Alfarero de la soledad,
alfarero de lo bisiesto y de lo diario,
¿qué clamor de mi música
quedará en tus redes
de vida?
¿qué trama y urdimbre de mi sangre
alumbrarán
tu noche,
conversará
en mansedumbre con tu espíritu?
Alienado del paraíso de la historia,
de las grandes batallas de parir el futuro,
de los zapadores que desminan el alma.
Un
brillo, un adiós, una chispa por mejor
decir,
minimizan el fuego de la aventura,
mutilando el más allá del tumulto.
Por eso, huye de mis razones, de mis palabras.
Como si nunca hubiera existido, no preguntes
por mí,
que, a pesar de todo, tanto espero de ti.

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