Ya
no queda nada
sino un poco de verdad en el fondo del vaso.
Si la vuelco sobre estos días
¿qué tendré después?
Alzo el vaso
a
la altura de los ojos del ánima.
Mi última posesión el cristal,
y el recuerdo de la verdad que llenó
el vaso
hasta los bordes,
y
lo que ahora queda en el fondo del vaso
como una mancha en la que aún tiemblas.

En
la espuma del corazón, la noche
con sus estrellas místicas ofrece
también un testimonio. el lienzo
ávido de majestad
vuela
a tus ojos.
habla de la noche y del alba.
Escribe,
habla de la noche y del alba
como si fueses la única lengua.
Yo no te dejaré:
Junto a tu pozo espero desde hace siglos,
el cántaro de tu juventud hasta el pozo
para
darme a beber tu luz.

Un relincho, una bestia, el mar,
el pergamino espumoso del mundo,
la ciudad con sus hijos implacables
en la palma de tu mano. un obrero
al borde de su lámpara parte el pan (el
hierro
acaricia la rosa). El reloj, ¿es hora
de partir, de tirarse en la tierra
a olvidar el jadeo de las lágrimas?
La taza para llevar a la boca
El tesoro nocturno, el rostro
De nuestra intimidad. Un danzón
Desparrama sus estrellas en la casa.
Sí, también
Recogerán tus manos esta dicha,
Y el polvo de tu juventud
Llegará a los zapatos del viejo.

Tengo frío en los hombros del viejo,
En este niño que me trae su globo rojo,
su sonrisa y su fábula. Tus manos
para quitarme este frío, el vino
secreto que das a tus amigos,
como si ya hubiese traspasado la puerta,
con la oveja en los hombros
y la esperanza de verte sonreír.

Quién sabrá el peso de sus días
si no pone sus manos en el fuego,
si no clava su oración en tu noche.
La
jornada a uno mismo,
al desgarrón para olvidarse después,
para dejar
las puertas de la casa abiertas a todos
(¡al leñador que siempre quiso
tu retrato de luz!)
Bajo el último árbol,
con la faz llena de la bruma del tiempo,
en la mano desclavada del enemigo.

Qué extraño será olvidar
las mañanas,
la oración, el pájaro y el himno.
Qué
extraño no poder mirar las propias manos,
el árbol y sus páginas en cruz.
No poder regresar a uno mismo.
No hablarle a la muerte.

Es por la sombra que la piedra se hace ley,
que salta de lo vivo
su rostro, invulnerable
a pesar de la arena.
Su
meridiano es la hosquedad,
la hurañía que acude con sus armas
a raernos del verbo en que creímos.
