Libro que da inicio a la primera
renovación expresiva en la lírica nacional del
siglo XX, situándola en la hora estética de
la vanguardia continental, y de este modo, el autor se convierte
en el primer gran poeta cubano de esta centuria. Estilísticamente
lleva a los últimos brillos la veta modernista y prepara
los derroteros para la síntesis poética que
concretará en los próximos libros. Está
constituido por las siguientes partes: YOÍSMO, BLASONES,
RITMOS PANTEÍSTAS, ALMA Y PAISAJE, HIMNARIO ERÓTICO
Y LIRISMOS OTOÑALES.
Marginal Funerales
de Hernando de Soto
Poniente Los
robles caen
Aguaza
En
la magia del crepúsculo
Poniente Sobre
el mar
Ignición
crepuscular En
la bahía
MARGINAL
Tuvo el Emperador romano alguna
aberración senil consoladora,
sueños como cambiantes de la luna,
ansias como celajes de la aurora.
Tuvo el Emperador nefasto y grave
sed de púrpura viva y de matanza
bajo la exquisitez de su suave
instinto de venganza.
No desdeñó del crimen la aureola,
ni la embriaguez insana de la orgía:
la trágica poesía
le envolvió con la espuma de su ola.
En Tróyada, buscó la luz del
genio
con sus dáctilos, negros de neurosis;
y mostrase gallardo en el proscenio
bajo la apoteosis.
Tuvo por su cuadriga los espasmos
de un paladión mancebo,
y bullían en íntimos orgasmos
por sus venas, las iras de un efebo.
Tuvo el Emperador pravo una lente
tallada en una límpida esmeralda;
y, al través de su velo transparente,
vio del Circo esplendor chorros de gualda.
Y allí humeante la sangre del reciario
fue, al trasluz de las débiles facetas,
como en un cementerio solitario
misteriosa llovizna de violetas.
febrero 1906 
FUNERALES DE HERNANDO DE
SOTO
Bajo el lábaro umbrío de una
noche silente
que empenachan con luces las estrellas brillantes,
el Misisipí remeda un gran duelo inclemente
al arrastrar sus aguas mudas y agonizantes.
De los anchos bateles un navegar se siente;
brota indecisa hilera de hachones humeante,
y avanza por la linfa como un montón viviente
aquel sepelio extraño sin cruces ni cantantes.
Hace alto el cortejo. Se embisten las gabarras;
al coruscar las teas los rostros se iluminan
y fulgen las corazas que el séquito alto lleva.
Cien lanzas cabecean. Echa el cocle sus garras.
Y entre las olas turbias que a trechos se fulminan
el féretro se hunde y la oración se eleva.
9 agosto 1907 
LOS ROBLES CAEN
(Parábola de la Vida y de la Muerte)
Recorren la Horas con rítmico paso
su senda invisible
y trozan los robles proceros con hacha intangible.
Es su ronda constante y profícua: la obra no cesa.
Los robles más viejos no encaran su curso. La espesa
trabazón de las ramas se aclara a los golpes fugaces
y ruedan los troncos vetustos en haces…
Se atristan los bosques al tajo de luz providente;
inmaturo viandante desoye el crujir inminente,
no el que arrugas ostenta, pues éste no ignora
que una Hora es la vida y la Muerte otra Hora.
Que prosiga la rítmica ronda su lucha
intangible
y que aterren los robles al golpe invisible.
Es la obra fecunda del Caos. Es el alma del Evo
que por cada árbol seco desdobla un renuevo…
La selva se irisa. La sombra decrece;
Pero viene la savia impetuosa y la selva verdece.
Que caigan y emerjan los robles. Es ley impasible de vida.
Restañemos la sangre que arroja la herida
y a la vez es preciso llegar a la faz del otoño
con un himno en los labios para bien del surgente retoño.
Van las Horas con rítmico paso: su
ronda invisible
cercena los robles con hacha intangible.
29 marzo 1912 
AGUAZA
Para José Manuel Poveda.
Hiende el berilo una gaviota
con reverberación de plata,
y sobre el mar vibra la nota
de un foque gris que se desata.
La ventolera ruda azota,
el horizonte se dilata,
un penacho de humo brota
y la baliza es una oblata.
En la imbricada superficie
no hay color viril que oficie
ante el altar de Helios fulgente.
Que su cinábrica rodela
en el marino nácar riela
cinematográficamente…
12 diciembre 1911

EN LA BAHÍA
Prima noche: anchurosa se distiende
ante mí la dalmática del cielo,
y pone un tinte de ventura y duelo
en cada albino luminar que enciende.
Su incólume silencio al mar extiende
dominando en la ola y en el vuelo
con un grisáceo tremolar de velo
y una antífona lúgubre de duende…
Sobre la mansa superficie rueda
cual cintilante vibración de seda
un reguero de luces tornasoles.
Y es que del mar en el rugoso velo
Palpitando invertido está otro cielo
Cuajado de archipiélagos de soles.
25 julio 1911 
SOBRE EL MAR
Perla, ópalo y gris: la madrugada
_dijérase sibila triunfadora_
anuncia el rojo de la vieja aurora
con una urente brisa fatigada.
Traman feble batista opalizada
el mar y el cielo. La ilusión traidora
del horizonte la esfumó la hora
con la luz de su red eterizada.
Sobre la inmóvil linfa avanza el bote;
surge por barlovento rudo islote
que cual negra amenaza se distingue.
Y es en su torso la unidad del faro
_cíclope a quien devora el desamparo_
un rubí que se enciende y que se extingue.
25 julio 1911 
IGNICIÓN CREPUSCULAR
La tarde era una aurora; el sol poniente
incendio, entre las lindes del ocaso.
Rojas nubes amantes a su paso
le besaban con ósculo fulgente.
Hacían mar y cielo un ascua ingente;
y, fingiendo montículos de raso
purpurino, el oleaje en giro laso
tremía como el chorro de una fuente.
El éter, todo sangre, en el misterio
de sus llamas de luz, dejó un instante
brotar del horizonte inquieto grumo.
Mientras, cual un giboso megaterio,
paseaba ante el incendio centelleante
un barco errátil su melena de humo.
12 septiembre 1906 
PONIENTE
Ocres, bermellones, pardos y cenizas;
entre la hojarasca se enreda el ocaso;
el ramaje cuelga compungido y laso
hecho por los cirrus acromadas trizas.
Como el ojo horrendo de un borracho flota
la ignición sanguina que forja el poniente;
y en los grumos abre su albo lis tremente
un arco voltaico con lumbre remota.
Es espejo el río sobre el que se efunden
todas las tristezas santas de la tarde,
y donde las nieblas con la luz se funden
tras el alma occidua de expirante rayo…
Y en las broncas nubes se diría que arde
con trágicos iris la sombra de Guayo!
10 enero 1911 
EN LA MAGIA DEL CREPÚSCULO
Desde el balcón ruinoso de barandal
antiguo
que como boca horrible del muro se contrae,
miro con ojos tardos hacia el vergel contiguo
en donde el viento airado las pompas verdes rae.
En el confín borroso, un horizonte
ambiguo
de mar y de montaña, glaucos remedos trae,
cuando el crisol de ocaso vierte su chorro exiguo
de púrpura encendida que en el paisaje cae.
Mis sueños de conquistas morales y
preseas
me acusan de cobarde; me execran mis ideas;
la soledad me arrulla con su mordiente dejo.
Imagen de mi vida de solitario, un triste
y añoso cocotero llora, reza y asiste
al gran sepelio gualda con manto de oro viejo.
1o diciembre 1906 