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Regino
E. Boti es un ejemplo de apego, casi feroz, al solar nativo.
Aldeano convicto y confeso, Boti condena por igual a los absorbentes
capitalinos habaneros y a los regionalistas orientales que,
en Santiago de Cuba, giran en torno a Ducazcal y a El Cubano
Libre. Nada más elocuente, a este respecto, que su
correspondencia con José Manuel Poveda.
Sin embargo, su educación estética se produjo,
en buena parte, fuera de Cuba. Fue en Barcelona, como alumno
del Colegio de Vilar, entre 1895 y 1897, cuando comenzó
a desarrollarse el pintor cuyas obras contemplamos hoy. Ellas
reflejan su fidelidad a un realismo académico que se
adscribirá, en Cuba, a las líneas trazadas por
Sanz Carta, contrapuestas, como señala justamente Jorge
Rigol, al romanticismo de los Chartrand. Y aquí se
da también un algún distanciamiento de los paisajistas
santiagueros coetáneos de Boti (1878-1958): José
Joaquín Tejada (1867-1943) y los hermanos Hernández
Giro: Rodolfo (1881-1970) y Juan Emilio (1882-1953), acuarelistas
ambos, que con José Bofill Gayol (1852-1946) constituyen
un grupo bastante homogéneo de intérpretes suavemente
románticos y, alguna vez, tímidamente impresionistas,
del paisaje rural y urbano de Santiago de Cuba.
Boti se aferra a su entorno guantanamero: su casa, su patio
y su finca. El mar lo encuentra en Caimanera y en Baracoa.
A penas aparece paisaje urbano: viejos muros, alguna callejuela.
Todo visto con óptica realista y académica,
con alguna leve nota romántica y atisbos impresionistas,
más frecuentes en los apuntes al pastel. Pintura que
contrasta radicalmente con su paisajismo literario que, en
ciertos poemas de El Mar y la Montaña, se aproxima,
como señala Cintio Vitier, al cubismo:
Rayas
sombrías y luminosas.
Verticales: los postes. Horizontales: la playa
los raíles y los regatos. El día
preagoniza. El crepúsculo palia
con sus rosas, los grises
Una
nota hermana el verso y la pintura: la fidelidad al paisaje
cubano, guantanamero, al mar y la montaña. Aldeanismo
temático que asciende a expresión universal.
La significación literaria de Regino E. Boti es la
de maestro y renovador de modos expresivos, etapa insoslayable
de nuestra historia cultural. Y, aunque no alcanza la magnitud
e importancia fundadora de su producción literaria,
su pintura merece recordarse e inscribirse, con absoluto decoro,
en el desarrollo de la paisajística entre los acuarelistas
cubanos.
José Antonio Portuondo.
2 de enero de 1987.
(Presentación del Catálogo de la Exposición
en el Museo Nacional Palacio de Bellas Artes: Regino E. Boti,
1878 – 1958, Yo Hago Arte en Silencio, Acuarelas y Pasteles)

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