Presentación
Biografía
Bibliografía
Obras
Fragmentos
Valoraciones
Galería
 

 

Gente de un nuevo pueblo
 

CON LOS MÉDICOS EN LA SIERRA DE LOS ÓRGANOS

Un arria de mulos se encarga de traer el instrumental y las medicinas.

El lugar último donde se nos acaba el terraplén, por el que hemos venido en un camión y una camioneta de la Cruz Roja, se llama Ana de las Marías. Uno de los muchachos humorísticamente comenta el nombre diciendo:

— Ésta debe haber sido una Ana, huérfana, que tuvo unas tías llamadas Marías, las cuales seguramente le hicieron la vida insoportable.

Los demás ríen y comienzan a descargar el camión.

Son quince o veinte muchachos de la Escuela de Medicina y están cursando el último año para terminar la carrera. Venimos con ellos desde La Habana. Ellos van a curar campesinos en un punto de la cordillera que se llama La Soledad.

Ahora llegamos de San Cristóbal vadeando el río del mismo nombre que todavía está correntón y revuelto de la última crecida. En Ana de las Marías hay una tienda del pueblo y un cartón escrito a lápiz que avisa de la llegada de los médicos y su presencia hoy en La Soledad. Abajo, por la pendiente abrupta suena rumorosamente el río y en la falda de enfrente de la cordillera, contra el verde fuerte de la vegetación, se forman nubes blancas y aisladas que no ganan el cielo todavía.

Los muchachos cargan con sus cajas y paquetes. En ellos viene el instrumental y las medicinas. Una recua de mulos bajará de la montaña a subir la carga en tanto nosotros iremos a pie, por las veredas cerradas de monte, con el fango y la piedra al tobillo, el «diente de perro» a los lados y el resbalón y la caída a la orden del día.

El cielo limpio y azul, se ve arriba encasillado en la vereda. El sol, que se mete como puede en el monte, enciende de luz las gotas de lluvias suspendidas en las hojas. Un olor a aguacero caído, a vegetación, a monte, hace fresca y deliciosa la mañana. Entre los árboles de vez en vez aparece un frutal; una rama con sus aguacates lustrosos de lluvia, una mata de guayaba sin mucho madurar, una solitaria mata de anón que tienen algunos frutos verdes y otra de mango que dio su cosecha y ahora ha dejado por el suelo las semillas que empiezan a abrirse, asomando el árbol diminuto y futuro, tierno y delicado de color y tacto. A uno y otro lado hay matas de café y mucha orquídea silvestre en los cafetos.

 

Presentación  Biografía  Bibliografía  Obras
Fragmentos  Valoraciones  Galería

Corrección editorial:
Ruth Leyen Fernández

Actualizado: 27/05/02

Página anterior Página arriba Página siguiente