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CON LOS MÉDICOS EN LA SIERRA DE LOS ÓRGANOS
Un arria de mulos se encarga de traer el instrumental y las medicinas.
El lugar último donde se nos acaba el terraplén, por el que hemos venido en un camión y una camioneta de la Cruz Roja, se llama Ana de las Marías. Uno de los muchachos humorísticamente comenta el nombre diciendo:
— Ésta debe haber sido una Ana, huérfana, que tuvo unas tías llamadas Marías, las cuales seguramente le hicieron la vida insoportable.
Los demás ríen y comienzan a descargar el camión.
Son quince o veinte muchachos de la Escuela de Medicina y están cursando el último año para terminar la carrera. Venimos con ellos desde La Habana. Ellos van a curar campesinos en un punto de la cordillera que se llama La Soledad.
Ahora llegamos de San Cristóbal vadeando el río del mismo nombre que todavía está correntón y revuelto de la última crecida. En Ana de las Marías hay una tienda del pueblo y un cartón escrito a lápiz que avisa de la llegada de los médicos y su presencia hoy en La Soledad. Abajo, por la pendiente abrupta suena rumorosamente el río y en la falda de enfrente de la cordillera, contra el verde fuerte de la vegetación, se forman nubes blancas y aisladas que no ganan el cielo todavía.
Los muchachos cargan con sus cajas y paquetes. En ellos viene el instrumental y las medicinas. Una recua de mulos bajará de la montaña a subir la carga en tanto nosotros iremos a pie, por las veredas cerradas de monte, con el fango y la piedra al tobillo, el «diente de perro» a los lados y el resbalón y la caída a la orden del día.
El cielo limpio y azul, se ve arriba encasillado en la vereda. El sol, que se mete como puede en el monte, enciende de luz las gotas de lluvias suspendidas en las hojas. Un olor a aguacero caído, a vegetación, a monte, hace fresca y deliciosa la mañana. Entre los árboles de vez en vez aparece un frutal; una rama con sus aguacates lustrosos de lluvia, una mata de guayaba sin mucho madurar, una solitaria mata de anón que tienen algunos frutos verdes y otra de mango que dio su cosecha y ahora ha dejado por el suelo las semillas que empiezan a abrirse, asomando el árbol diminuto y futuro, tierno y delicado de color y tacto. A uno y otro lado hay matas de café y mucha orquídea silvestre en los cafetos.
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