|
Era, primero un carrusel, o un niño primero y un carrusel después. Nunca se sabrá.
La cosa es que el niño estaba enfermo de un mal de pie o de pierna que lo tenía impedido de caminar. Así pues, se pasaba el tiempo mirando por la ventana abierta dar vueltas al carrusel y oyendo su música alegre del otro lado de la calle.
Veía los corcelitos pasar corriendo, desbocados, las bocas rojas de grandes dientes blancos y las crines de madera sueltas al viento.
De modo tal que le fue tomando tanta simpatía al caballito, que no hubo tarde que no lo mirara ni noche que no soñara con él. Y, precisamente, una de esas noches en que estaba soñando, sintió un fuerte resoplido junto a la ventana, ¡brrrrr!, y despertó sorprendido por los ojos del caballito que lo miraban.
— Oye, ¿qué te parece si damos una vueltecita por el campo? —dijo, y el niño se sintió tan contento que le saltó el corazón de alegría.
— ¡Ahora mismo! —dijo
— Pues monta —respondió el caballito. Pero de repente el niño se contuvo:
— Es que la pierna... el pie... Mi tía dice que hay que esperar.
— Bueno —contestó el corcelito blanco—, si te alegra, ¿qué daño puede hacerte?
— ¿Tú crees? Tal vez puede que sea así.
— Entonces no perdamos más tiempo. Salta y monta, que viene el día.
Y así lo hizo el muchacho, más contento que nunca y
oyendo en la noche el galope del caballito que golpeaba
las calles de la ciudad.
Claro, que hay que ver lo que es el nacimiento del día cuando queda aún alguna estrella demorada en el cielo. Y luego, cuando la mañana se va desprendiendo de las nubes, con su pupila de colores bonitos. Estas cosas son más lindas de ver que de contar; y eso fue lo primero que asombró al muchachito, ya en pleno campo, al amanecer, cuando el caballito se detuvo resoplando [...]
|