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De qué modo, viejo, los años lo fueron disfigurando a usted. Si hasta parecía haberse reducido su estatura, y eran sus manos temblorosas ahora, incapaces de encontrar el rumbo de su tabaco escapado de los dedos.
Pero sobre todo lo otro: entrar uno por la puerta y usted quedarse mirándonos sin reconocernos hasta partirnos el alma con la pregunta airada:
—¡Eh! ¿Quién tú eres? ¿Quién te manda a pasar en casa ajena?
Y entonces tener que decirle lo mismo: «Fulano, viejo.»
Su hijo; Yeyo, como nos decía usted cuando todavía no
rebasábamos la altura de la mesa; Aurelio después, ahora,
con sus nietas de la mano haciendo su propio lugar de
padre en el tiempo correspondido, amparándolas de este
mundo duro que a usted mismo le cubrió del nacimiento
a la muerte.
Solo el amor y la angustia encuentran. Y un día encontramos
cómo. Avivarle la memoria más antigua, aquella que extrañablemente
solía encenderle a chispazos los recuerdos. Y entonces
oirle las cosas de Calimete y de Paso Real de San Diego,
donde ...«si tú vas ahora mismo y registras encuentras
casquillos de tercerola todavía, porque con el General
en Occidente se dormía a caballo y se peleaba todos
los días».
Sin embargo, todo eso de repente fallaba; como si se le apagara el pensamiento, y uno ahí, soplando los rescoldos de su memoria donde sólo topábamos ahora con dos ojos neblinosos sin mirar a ninguna parte [...]
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