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Abrir y cerrar los ojos
 

¿Sería acaso la virgen de la Caridad, aquella medallita en el pecho, lo que me obligó a darle el botellazo?

Al principio, en los primeros días de cárcel, con todo el tiempo que tenía para seguir navegando, llegue a pensar que sí, que fue sobre todo porque se me atravesó la virgen con los tres guardianes cuando yo intentaba echar mi barco a la mar.

Y no porque yo tenga o no tenga sentimientos religiosos, no. Para mí las santas y los santos son gente aparte, quienes viven acomodados en el cielo y a otra cosa, no me interesan. Pero es el caso que pensando y analizando he llegado a la conclusión de que el botellazo se lo di porque algo incontrolablemente místico le queda a uno confundido entre el manojo de sentimientos del que ha sido cocinado desde niño, aunque sea en baño de María, en una cultura de trasfondo cristiano.

Y como la virgen de la medallita me estaba impidiendo irme a la mar, se me disparó el botellazo que a fin de cuentas es lo único cierto y objetivo que sucedió sin más especulaciones.

Pero bien, el caso es que me echaron seis meses justos y que, aparte del escándolo y la mentira de que yo estaba borracho y la cogí con él, por encima de todo eso, me resultaron encantadores los seis meses que me pasé detrás de la reja, o me estoy pasando. Y no digo este último, el sexto, porque no sé... no sé qué me voy a hacer ahora [...]

 

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Corrección editorial:
Ruth Leyen Fernández

Actualizado: 27/05/02

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