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Hacía tres años ya que Bruno había llegado por primera vez a la finca de Don Cristóbal. Lo recordaba como si fuera ayer mismo; el dueño estaba sentado en el portal, porque era la hora del medio día en que el sol del verano cae aplanando los campos y abrumando de calor los caminos.
Bruno venía sudoroso y ardido de sol. Había estado andando desde el amanecer y los mechones sudados de su pelo se asomaban debajo del sombrero raído. Venía visitando las fincas y haciendo la misma petición a todos los dueños de tierra. Así, anduvo hasta acercarse al portal y amparándose del sol bajo el filo de sombra que proyectaba el alero, se dirigió al hombre:
— Señor, quisiera hablar con usted dos palabras.
Don Cristóbal frunció el ceño y lo miró despaciosamente de arriba abajo:
— ¿Cómo te llamas? —dijo—. ¿De parte de quién vienes?
— No vengo de parte de nadie y me llamo Bruno. Sólo
la necesidad me trae.
El dueño advirtió el tono sereno con que hablaba. Sacó un tabaco de la guayabera y lo prendió dándose todo su tiempo. Luego habló sin mirarlo:
— Tu dirás.
Y Bruno dijo:
— Los tiempos son malos para los pobres. Yo, por no tener, me falta hasta el rancho donde vivir —hizo una pausa y mirando al suelo vio a sus pies una cordillera de bibijaguas cargando pedacitos de hojas verdes—: si uno tuviera la suerte de estos bichos, con hacer un agujero en la tierra tendría casa propia.
El dueño se movió incómodo y repuso:
Bueno, no soy yo quien te hizo hombre o bibijagua.
El caminante no pareció oirlo y continuó hablando en tanto miraba el tráfico de los insectos:
— En el camino real ya la rural no deja hacer un rancho. Tiene que ser en tierra de uno —y decididamente levantó la cabeza—, pero si usted me lo permite en cuatro días hago el mío donde menos estorbe.
— En tierra mía —murmuró el hombre sin mirarlo.
— Sí —dijo Bruno y esperó [...]
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