Versos

Ahora soy: solo hoy tenemos y creamos
Nada nos es ajeno
Nuestra la tierra
Nuestros el mar y el cielo
Nuestras la magia y la quimera.


Epitafio para una dama de Pretoria

Sobre una idea del poeta Counniee Cullen

Siempre pensó que aún resurrecta
Dormiría la mañana
Hasta que tres ángeles negros
Le hicieran bien la cama
Y , sobre todo , el desayuno.

(Tomado de Baladas para un sueño,
colección Ciclos, Ediciones Unión, 1989)


Réquiem para la mano izquierda

Para Marta Valdés

Sobre un mapa se pueden trazar todas las líneas
Horizontales, rectas, diagonales
Desde el meridiano de Greenwich hasta el golfo de México
Que más o menos
Pertenece a nuestra idiosincrasia

También hay mapas grandes, grandes, grandes
En la imaginación
E infinitos globos terráqueos
Marta

Pero hoy sospecho que sobre un mapa pequeñísimo
Mínimo
Dibujado en papel de libreta escolar
Puede caber toda la historia
Toda.

(Tomado de Richard trajo su flauta y otros
argumentos
, Cuadernos UNEAC, 1967)

Elogio de la Danza

A Leo Brouwer

El viento sopla
Como un niño
Y los aires jadean
En la selva, en el mar.

Entras y sales
Con el viento,
Soplas la llama fría:
Velos de luna soplas tú
Y las flores y el musgo
Van latiendo en el viento.

Y el cuerpo
Al filo del agua
Al filo del viento
En el eterno signo de la danza.

(Tomado de Elogio y Paisaje,
La rueda dentada
, Ediciones Unión,1996)

El Tambor

Mi cuerpo convoca la llama

Mi cuerpo convoca los humos

Mi cuerpo en el desastre
Como un pájaro blando

Mi cuerpo como islas.

Mi cuerpo junto a las catedrales.

Mi cuerpo en el coral

Aires los de mi bruma

Fuego sobre mis aguas.

Aguas irreversibles
En los azules de la tierra

Mi cuerpo en plenilunio

Mi cuerpo como las codornices

Mi cuerpo en una pluma

Mi cuerpo al sacrificio

Mi cuerpo en la penumbra

Mi cuerpo en claridad

Mi cuerpo ingrávido en la luz
Vuestra, libre, en el arco.

(Tomado de Elogio y Paisaje ,
La rueda dentada
, Ediciones Unión, 1996)


Poema leído por Nancy

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Nicolás Guillén

Nancy

Entre los dibujos inéditos de Walt Disney, a su muerte, encontraron a Nancy. Era el mismo nervioso antílope que ahora vemos, pero aún no había echado a correr, fina gacela detenida entre el cartón y el lápiz. Los ojos grandes, grandísimos y como asombrados en su inocencia; los senos breves y culpables.

Pienso que su poesía es negra como su piel, cuando la tomamos en su esencia íntima y sonámbula. Es también cubana (por eso mismo) con la raíz enterrada muy hondo hasta salir por el otro lado del planeta, donde se la puede ver sólo el instante en que la tierra se detiene para que la retraten los cosmonautas.


Incluido en el poemario La rueda dentada,
La Habana, ed. Unión, col. Contemporáneos, 1972.
Este poema fue escrito especialmente
para el espectáculo Richard trajo su flauta que
bajo la dirección de Luis Brunet estrenara el grupo Teatro-Estudio
en la Sala Hubert de Blanck en 1970.

Roberto Fernández Retamar

Sólo tú Nancy Morejón

A Marta Valdés

Sólo tú vestida de campana y cocuyos deslumbrabas así a
mis niñas
Convencidas de que habíamos recibido la visita multicolor
De una pájara de cristal de fósforo de aire
Sólo tú escuchaste algunas notas dibujadas por la flauta de
Richard
Sólo tú podías devolverme a Rosa mi abuela jamaiquina
Levada en alas del pasaje Alfonso a la calle Peñalver
Sólo tú me regalaste la claridad romántica en la frescura de
la patria
Sólo tú hiciste cruzar la más bella cotorra ante nosotros
Sólo tú eras capaz de escribir el epitafio de la
inconsolable Ana Mendieta
Con la atroz infancia como un túnel sin fin en la memoria
Y el ávido sexo de pequeña golondrina añorando su tierra
Sólo tú viste ciertos paisajes célebres
Del Caribe de México de los Estados Unidos de África del
Sur
Sólo para que tú los trasladases a tu lengua de ojos
entrecerrados
Se inventaron en lugares distantes los enigmas del francés
y el inglés
Y hermanos como Édouard Glissant y Kamau Brathwaite los
aclimataron en nuestras islas
Sólo tú mujer negra hecha de amor y de dolor de risa y de
tristeza
Sólo tú hija grande
Sólo tú Nancy Morejón
Eres hoy esta muchacha de sorprendente tiempo que ilumina
Con la poesía de Felipe el padre mientras contempla un
barco en la tarde
De Angélica la madre princesa del señorío absoluto
En la casa pobre y lujosa a la cual se asoma lo más puro del
cielo estrellado.

Miguel Barnet

Madrigal para Nancy Morejón

Ahora escapa por esa puerta.
Apenas se deja ver
iluminada como va de topacio.
No habla casi, pero de su carne lisa,
nocturna, emerge una canción
con cientos de miles de años.
Madre de Agua la conduce en su barco de espumas
a un hueco invisible del mar.
Inusitada, fija,
ella regresa siempre
como una jabalina.

César López

Ceremonia XLIII

De niña, ante el espejo
con la abierta evidencia de su piel y sus pelos
no entendió la belleza de lo oscuro, su secreto atractivo y encanto manifiesto;
tal vez de adolescente, ante las agresiones y el desprecio,
divagando extraviada, pensara en Goya, en las sensuales majas
y aunque parezca extraño -entre los monstruos, negros, las alucinaciones y los torpes,
reiterados monarcas ya decrépitos-
quizá se diera cuenta del erótico escándalo de la que va vestida.
Y entonces decidió, para evitar la burla y el equívoco, suprimir aquel nombre y
darse al desvarío. Hoy ese nombre fabuloso lo saben unos pocos, aunque su plenitud, mestiza,
con ciertos contratiempos previsibles, se mezcla a la poesía.
Lástima que ni siquiera ahora se atreva a que la llamen Cayetana.

Lina de Feria

Libro de los equívocos

I V

ven trepadora
a la muralla insólita
y entre las flores amarillas
pon su nombre
nacido
de una dulzura y forma desconocidas
atribuyéndole
ya no la ciudad del amor
ni la flauta de Richard
ni la piedra pulida
sino el diálogo con la cigarra
con el golpe de zamba
allá en la mesa
junto a Rembert y Alina
mientras Cecilia nos observa
en el atrio de la loma del Ángel
y alguien se fuma un cigarro
apresurado
pero si tú supieras
nada soñoliento
porque era el tiempo de la pupila insomne
gobernando las calles de La Habana.

Véase Lina de Feria: El libro de los equívocos,
Premio de Poesía "Raúl Hernández Novás",
La Habana, ed. Unión, 2001, p. 14.