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Selección de textos |
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Las confesiones de Rachel, su azarosa vida durante los rutilantes años de la belle époque cubana, las conversaciones en los cafés, en las calles, han hecho posible este libro que refleja la atmósfera de frustración de la vida republicana. Rachel fue un testigo sui generis. Ella representa su época. Es un poco la síntesis de todas las coristas que conoció el ya desaparecido teatro Alhambra, verdadero filtro del quehacer social y político del país. Otros personajes que aparecen en este libro, complementando el monólogo central, son generalmente hombres de teatro, escritores, libretistas y los inevitables de la tramoya. Canción de Rachel habla de ella, de su vida, tal y como ella me la contó y tal como luego yo se la conté a ella. (Nota preliminar) |
Cuando me siento en el parque no pienso más que en mi tierra. Y eso que quiero a Cuba como si hubiera nacido aquí. Pero a mi tierra no la puedo olvidar. Algunos me critican porque todavía hablo con acento gallego. Bueno, el acento no se pierde. Yo llegué aquí con dieciséis años. Ahora tengo ochenta y hablo igual. La lengua gallega es difícil de olvidar. Lo que pasa es que ya no hay con quien hablarla. Y al parque éste no vienen más que cubanos. A mí me gusta llegar por la mañana, cuando todavía el sol no da tan fuerte en el banco. Si vengo en la tarde, me siento debajo de aquel árbol, el más coposo de todos; es un laurel. Ya la gente sabe que yo tengo esos dos bancos y me los respetan. Por la mañana uno y por la tarde el otro. Hasta con lluvia he venido yo al parque. Los domingos es cuando se pone más movido. Llegan los niños en carriolas, los perros, los cochecitos, todo el barrio. Hay quien me pica con bromas pesadas. Pero yo, como si conmigo no fuera. Lo que quiero es tranquilidad y descanso, y aquí los tengo. A veces vienen los muchachos y me gritan: ¿Qué es lo que hay Manuel? Es que me ven pensativo, y creen que estoy en decadencia o que me voy a dormir. Pero nada de eso. Tengo los ojos bien abiertos y voy a vivir hasta que llegue mi hora. Entonces vuelven: ¿Qué dice Manuel? Y no digo nada. ¿Qué voy a decir ya? («La vuelta») |
Hoy me he levantado con la cintura abierta. Debe ser de palear nieve y de cargar las bolsas plásticas de basura para la acera. O a lo mejor de estar tanto rato agachado frente a la boila. Cuando hay un frío polar como el de este año, no la puedo perder de vista. Es posible también que sea de tanto abrir y cerrar las puertas o simplemente de los achaques de la vejez, aunque yo me niego a aceptar mis años. El día de la firma del Social Security en vez de alegría me dio tristeza. Salí de allí con todos los papeles listos en media hora. La muchacha me atendió muy bien, la verdad. Yo he tenido suerte con las mujeres puertorriqueñas. Pero me dijo: Tenga, mi viejo, todo está en regla. Se puede ir tranquilo. ¿Okay? Have a good day! Salí a la Sexta Avenida y me sentí muy solo, a pesar de mi mujer y mi hija. Entré a un café y me puse a cavilar. Cada hombre es un mundo. Nadie sabe de veras cómo sienten los demás. Una gota de agua no se parece a la otra, un hombre tampoco se parece al otro. En este país he aprendido muchas cosas, pero la más verdadera es que no hay casa en tierra ajena. Esa ha sido la mayor lección de mi vida. Y yo la he escarmentado en mi propia piel. («La emigración») |
La ventana se cierra de un golpe de viento. La noche quiere entrar por una hendidura. Acomodo la tabla de madera entre mis piernas. El ruido de un helicóptero pasa rasante. Se agolpan en mis oídos múltiples sonidos: el maullido de un gato, las tazas de loza de mi vecina Flor, la voz tronante de mi abuelo hablando por su enorme caracol. La memoria urde de nuevo con sus trampas. He perdido la facultad de poder rescatar de la maleza al negrito congo que mi madre veía en su infancia. No quiero recordar. Quiero sólo el presente. Un guiñol me manipula. Me rindo ante esas cuerdas que tiran de mi cabeza. Veo a mi padre entrar, con la dignidad de un caballero de las cruzadas y su barba blanca, en la casa de la calle Quinta a su regreso de Playa Girón. Unas voces discordantes anuncian por una emisora extranjera, instalada en un cayo silvestre, el comienzo del fin. El pueblo cubano proclama su libre albedrío con una conga callejera. Nada podrá asustarnos. Nada nos asustará. Lo extraordinario se vuelve cotidiano. La corneta china y el tambor batá apagan el estruendo de los cohetes de la Crisis de Octubre. |
Las tortugas crecen bajo el agua. Arriba no. Las jicoteas lo saben, y se preocupan porque ellas quisieran ser grandes como las tortugas. Las jicoteas se dejan coger chiquitas en las orillas de los ríos y lagunatos. Por eso no les crece el carapacho. Las tortugas le dicen a las jicoteas: Tortuga: Yo soy más hermosa que tú, jicotea. Jicotea: La más hermosa soy yo. Tortuga: Mi carapacho sirve para hacer una batea. Jicotea: Yel mío sirve para hacer una cuchara, que es más importante que una batea. Y diciendo esto, la Tortuga la pisa y la Jicotea se hunde y crece debajo del agua y sale hecha una batea gigante, riéndose de Tortuga que por hacerle mal, le hizo bien. Y se acabó. («Los carapachos de Tortuga y Jicotea») |
Es fácil ahora aplaudir a Merceditas. Es cómodo reconocerla y gustar de su arte. (...) Pero cincuenta años atrás otras eran las circunstancias sociales. Una joven, qué digo joven, una jovencita cantando rezos lucumíes o yorubás como decimos con toda propiedaden emisoras de radio y anfiteatros no era común, se requería mucho coraje y una voluntad a toda prueba. Su talento habló por sí mismo. Ella, desde su irrupción en el ilé ochá, fue una ráfaga que atravesó la Isla con su voz de akpuona principal. Si bien es cierto que el cubano es sobre todo bailador, sus facultades de canto no van a la zaga. Merceditas reunió ambos dones, los acopló armónicamente en un estilo personal, dentro de la gran pléyade de cantoras afro, y lo convirtió en un sello identificador de gracia y cubanía. Su voz pequeña pero muy bien timbrada se destacó entre las otras, más nasales, más agudas o sencillamente más estridentes. Esa dulzura y sobriedad inherentes al rezo y la invocación buscaban una como la de Merceditas. Por eso es que Don Fernando Ortiz la escoge entre muchas otras para ilustrar sus conferencias sobre las músicas de procedencia africana en Cuba. Existía en los años cuarenta un rico arsenal de voces, pero él, con un gusto esmerado, supo intuir que su pequeña Aché, como la llamó más tarde, era de antemano la elegida. («Merceditas Valdés: la pequeña Aché») |
El azúcar unió a Cuba. La cultura que se generó en su ámbito conforma hoy la cultura nacional. El batey, coto cerrado, célula fundamental, contribuyó a la fusión integradora de todos los valores originarios de nuestro país. Ahí se fundieron las corrientes básicas de nuestro ser, como antes se habían encontrado las de origen africano en el barco negrero, en el barracón, en los cabildos y, finalmente, en el solar donde se dan el brazo definitorio todas las manifestaciones que componen nuestro acervo espiritual y material. Las culturas africanas llegadas a Cuba en oleadas intermitentes se transformaron y crearon nuevas especies y categorías. Todo este proceso sincrético, que se inició en las costas africanas del Golfo de Guinea y de toda el África subsahariana, se desarrolló con mayor fuerza y complejidad en las tierras de América. Proceso de sincretismo que no cesa, pues se da de una forma dinámica y permanente. Junto a los distintos grupos étnicos que llegaron de África, vinieron sus expresiones culturales, tanto artísticas como religiosas. Y todo ese conglomerado humano estaba orientado hacia los campos donde se cultivaba, principalmente, la caña de azúcar. («La cultura que generó el mundo del azúcar») |
Rita Aurelia Montaner y Facenda, hija de Guanabacoa, de padre blanco, masón y de madre mulata, se sitúa en el mismo centro de la fiesta con sus gajos de yerbas y sus enaguas bordadas. Inicia la gran procesión submarina, vegetal; como una flecha, dibuja una larga línea de estrellas hasta tocar el corazón de la Isla. La canción sencilla, nacional, le ciñe la cabeza con una cinta de flores amarillas. Pajaritos traigo aquíiií, |
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