o no sé nada.
Nada.
Nada.
Tengo, es verdad, mis manos,
mis ojos y mi boca
mi modo de mirar las golondrinas,
pero de aquel juego sagrado de los Dioses
solo me queda el sueño desvelado,
la fontana aterida en las mañanas
del invierno. El sol en el ocaso tras los montes.

Y eso es muy poco, poco, poco
para poder llegar a las estrellas
para decirle al corazón, detente
que un golpe nos conduce hacia el abismo.