[La
Obra Narrativa de Lino Novás Calvo] [Opina
Lino sobre algunos géneros literarios] [Fragmento
de Pedro Blanco el Negrero] [Cuento
Long Island] [Lino
Novás Calvo periodista] Lino
Novás Calvo traductor] [Valoraciones
de la crítica sobre su obra]
Yo no era marinero, ni quería serlo. Había
muchas cosas que yo no había querido ser, pero que
había tenido que ser, y luego pagar por eso. Yo no
había querido ir en aquella expedición, por
lo menos. Estaba huyendo de expediciones así. Pero
hay también muchas cosas de las que uno huye, y es
sólo para caer en ellas, como en un hoyo. Así
que yo volví a caer con Cacho, en aquel barco, «La
Aguja», y así fue la cosa.
Primero
fue lo de Martín, luego lo de su segundo Lajos, y
luego lo de todos nosotros, incluso las francesas. Éstas
eran también casi «nosotros». Eran también
ahora contrabandeadas, como algunos de nosotros lo habíamos
sido, antes de meternos nosotros mismos a contrabandear;
primero ron, luego hombres, y luego estas mismas francesas,
mandadas a sacar de sus guaridas por Machado 'haciendo limpieza',
y también esperando poder meterse en el norte, como
tanta otra gente, como nosotros mismos, en otro tiempo.
Ya no. Ya no más. Teníamos bastante del norte.
Por
eso. Yo conocía a Martín y a Lajos. A Cacho
solamente me lo imaginaba. Cacho no había ido nunca
a bordo en ninguno de los tres viajes, dos con ron y uno
con hombres. Uno con ron llegado, otro con ron y escapados,
y otro con hombres muertos. Por eso escapaba yo tal vez:
por aquellos hombres, lanzados de noche, primero a los dos
botes, aturdidos, por los black-jacks, y luego los botes
minados. Ni aun sé cómo fue aquello. Yo no
iba allí para hacer eso, sino para aceitar el motor,
y vigilarlo, y abrirle la candela cuando hiciera falta,
si no había viento, si había que salir tumbando,
o si nos echaban los galgos atrás, los guardacostas.
Para eso estaba. Yo era entonces chofer de los muelles,
un chofer de mala muerte, con una carraca de Ford debajo
de mí, y por eso entré en conchucho con ellos,
y luego descubrí que Martín era hombre fuerte
en el negocio.
Ahora
fue Lajos, sin embargo, quien me echó mano, y me
puso a cargo del motor de «La Aguja», cuando
la sacaron de entre los veleros arrumbados, la entablillaron,
le recortaron los dos palos y le pusieron unas velas bajas,
anchas, que no tienen definición en ningún
De Quilla a Parilla, que ya no se usan. La gente del puerto
se puso a mirarla. Cacho había inventado que era
un yate de recreo; él mismo se vistió de sportman,
y ejecutó simulacros, pescando y llevando americanos
a bordo con ron y mujeres, y música, sin que se supiera
su rumbo. Luego estuvo ausente varios meses, y un día
regresó con un palo tronchado, el trapo roto y el
costado algo flojo. Fue entonces cuando yo vi a Martín,
en el hotel del muelle, y le miré a los ojos y vi
aquella expresión, que con el tiempo aprende uno
a distinguir: la expresión de haber visto sangre.
Tal vez de haberla hecho. Más tarde me dijo cómo
se encontró «La Aguja» encallada en una
Bahama, cuando él traía en su «Furiosa»
cuatro náufragos de la misma, que no habían
muerto en la voladura.
Pero
ésa es otra historia. Lajos me encontró ahora
por allí, medio abollado, durmiendo en el pescante,
y me llevó a «La Aguja», a cargo de aquel
motorcito, poco mayor que dos puños juntos, pero
dinamita jalando. Yo no sabía aún adónde
iría «La Aguja», y no importaba mucho,
realmente. A Martín mismo parecían acosarlo
ahora algunos fantasmas. Cacho no le había dicho
aún qué clase de mercancía iría
a bordo; él pensó que serían emigrantes,
pues el ron lo tenían ya otras potencias.
-Serán
hombres, pero yo los pondré en la otra orilla- le
dijo a Lajos- busca un hombre para el motor; quiero que
jale cuando se le mande.
Jalaría.
Lajos lo puso en mis manos, y yo lo desmonté, y me
fui al rastro y a poco volví con otro que jalaría.
A bordo había otros tres hombres, que formaban como
una guardia cerrada, de modo que yo era realmente algo aparte,
que pertenecía al motor y nada más. El motor
tenía en el centro su cabina, con salida y entrada
propia. Lajos había dividido «La Aguja»
en dos compartimientos: uno delante y otro detrás
de mí, con tarimas forradas de colchonetas, y salida
a cubierta también independiente. Los dos eran como
bolsas, o botellas, con estrechos cuellos de escalera hasta
cubierta. Ésta era lisa, sin más relieve que
los palos y las velas, y un metro de caseta saliente para
el gobernalle. Así podía deslizarse más
fácilmente, sin ser vista, como con líneas
aerodinámicas. Estaba pintada de azul oscuro, y las
mismas velas eran de un color acero. Por eso la gente del
puerto la miró, sin pensar nada más que era
un yate, con yanquis a bordo y esas cosas. Y cuando luego
vieron en él a mujeres rubias, dos o tres en cubierta,
siguieron pensando en lo mismo.
Las
mujeres, pues. Durante tres o cuatro días después
de terminados los arreglos, «La Aguja» estuvo
al ancla, a la vista de todos, y todo en orden. Cacho vino
a bordo, un hombre ancho, redondo y de enormes brazos a
lo Popeye, con gorra blanca y camiseta de franjas. Yo lo
vi por primera vez allí, una tarde, pero él
ni siquiera bajó a ver el motor, ni habló
con ninguno de nosotros. Yo subí a cubierta y lo
vi allí, con Martín detrás, delgado
y nervudo, también con su gorra blanca, pero camiseta
y pantalón azul, parados a proa. Después vi
venir a algunas mujeres, bailando sobre sus zancos de tacones,
unas gordas y fofas, otras delgadas y blancas y como de
papel crepé, pero eso no importaba. Muchas mujeres
subían a los barcos anclados, y aun se quedaban en
ellos por la noche, con música y esas cosas. Yo no
estaba allí para espiarlas, ni ponerme a pensar a
qué iban, ni si se bajaban luego o se quedaban. Éstas
se quedaban, sin embargo. Yo vi como todos los días,
durante dos o tres, se quedaban algunas mujeres abajo, y
como uno de los marineros, el Grillo Navas, les traía
comida en latas y cajas estampadas. Yo salía a veces
y me encontraba dos o tres en cubierta, pero a la boca de
las botellas había siempre uno de aquellos hombres
hoscos y calados traídos por Lajos -o quizás
por el propio Cacho- que pensaban que yo era simplemente
un mecánico de tierra, que no sabía nada de
aquello. Después fue diferente. «La Aguja»
partió una tarde, con las velas tendidas, y cuando
hubimos alcanzado altura suficiente por la línea
de las Tortugas Secas yo era también uno de ellos,
y todos podíamos sentirnos juntos, en cubierta, y
en el mismo bote. La técnica de Martín, me
figuro. Él no escogía nunca sus hombres; los
enrolaba, simplemente, y luego los enfrentaba con el hecho
de hallarse todos en el mismo bote, y adelante. Todos respondían,
y se sentían unidos, y quizá más tranquilos
que si ellos mismos se hubieran prestado. Martín
era un general; ahora, nuestro general.
Pero
antes fue el embarque. Era a la tarde, y todas las mujeres
habían entrado ya bajo cubierta, de dos en dos, de
tres en tres, con sus perros y sus valijas y sus carteras
y sus sombreros y sus tacones: todas allí, en aquellas
dos botellas cuadradas, con sus tarimas mullidas, oliendo,
como nidos de ardillas. Yo vine a cubierta, a ver tender
las velas, y asomé a las dos bocas de los compartimentos
y el olor me echó para atrás. Fue cuando pregunté,
quizás un poco espantado. Era un olor distinto, que
no hay en las tiendas de perfumes, ni en las boticas, ni
en las clínicas, ni en las morgues, pero que quizá
tuviese algo de todo eso. Yo giré en redondo, en
busca de Lajos. Éste estaba con Martín, a
popa, con la caseta del gobernalle entre ellos, mirando
a Cacho, que quedaba de pie, en la punta del muelle. Corrí
hacia ellos, con los ojos muy abiertos, antes de que saliéramos
del Morro, preguntando. No sé qué. Pregunté
muchas cosas, todas sobre lo mismo, y en tono de alarma.
Los dos movieron la cabeza, mirándome a la vez, sin
sorpresa, y no contestaron por un rato. Dos o tres muchachos
blancos y negros habían comenzado a nadar en torno
a «La Aguja», siguiéndole, y gritando
a Martín y a Lajos: «Míste, míste;
me e nickel; me a dime, míste; me a cent».
Martín me había puesto la pipa en la boca
y miraba a lo lejos; no había bastante luz para ver
el color más bien verdoso de su cara, y los muchachos
lo veían desde abajo como a un yanqui pescador y
turista. Durante todo el día anterior la mar estuvo
picada y el viento vivo, con rachas nerviosas y aceradas,
pero desde el día de hoy todo se había tornado
calmo. Demasiado calmo, tal vez.
-¿Se
puede creer que llevemos un gallinero a bordo?
A
mi pregunta los dos oficiales se miraron y volvieron de
media espalda uno a otro, mirando al mar, pero no rieron.
Martín dijo:
-Anda,
puedes bajar a ver. No hay nada prohibido a bordo.
Bajé.
En ese momento acababa de montar a cubierta una mujer alta,
huesuda, con una mota ridícula de pelo rojo en lo
alto de la cabeza. Pasó a mi lado con aire casi altivo,
caminando a paso menudo, en dirección a Martín.
Pasó por alto a Lajos, y se detuvo junto al otro.
Martín escuchó lo que le tenía que
decir sin mover un dedo ni un músculo. Yo esperé
a la boca del compartimento de popa, y madame Dupin -luego
supe que se llamaba así- volvió a pasar rozándome,
como una pasajera de primera al lado de un marinero. Yo
asomé a la escalera de popa y miré abajo:
a las mujeres allí, todavía vivas, tiradas
sobre las tarimas, fumando. Algunas miraban por las claraboyas
hacia el mar. El mar seguía tranquilo, y ahora casi
invisible, sin luna, y nosotros íbamos sobre él,
apagados, y también tranquilos, salvo la agitación
misma de las mujeres -allí tiradas, en sus ropas
escasas y leves, las piernas cruzadas, fumando y hablando
en aquel idioma gangoso que yo conocía, y que conocería
entre mil sin entender una papa. Ellas ni siquiera notaron
que yo estaba allí, mirándolas. Algunas alzaron
los ojos, simplemente, y siguieron hablando sin cesar, entre
sí. Después yo salté a cubierta y bajé
al compartimento de proa y desde la escalera me parecía
que era el mismo cuadro, las mismas mujeres -algunas demasiado
viejas, algunas demasiado jóvenes, que luego, de
cerca, resultaban ser demasiado viejas para aquella impresión.
Lajos había mandado poner lámparas de petróleo
en cada compartimento, y a esta luz parecían aún
más fantásticas.
La
palabra que hay que decir: fantásticas. Ni yo, ni
los otros tres marineros -ahora menos hoscos, andando por
cubierta, atendiendo sólo a las velas- las habíamos
visto acumularse abajo. Solamente tres o cuatro que llegaran
en los dos últimos días, y que se quedaron
abajo acomodando las cosas -las cajas, las valijas, la comida
sintética-, y que supimos se habían ido. Lajos
mandó cerrar aquel cuello de garrafón -o de
botella de ginebra cuadrada- que llamó escotillas,
y las dos últimas noches nos las pasamos por ahí,
en tierra, y ya comenzamos a hacernos amigos, aunque ellos
veían que yo no era realmente hombre de mar. «Ninguno
sabíamos lo que cargaban», dijo Bartos, cuando
yo subí de nuevo a cubierta, y les dije que bajaran
a ver. Bartos era el primer marinero, y los tres eran un
canario, un gallego y un mallorquín. Los tres bajaron
entonces a ver -creyendo hasta entonces que lo que iba abajo
eran simples emigrantes que acaso los oficiales mandaran
botar al agua si es que no podíamos llevarlos a la
costa-, pues no habían visto siquiera a madame Dupin
cuando subió a hablar con Martín y éste
mandó a Lajos que les entregara no sé qué
pastillas que él mismo guardaba en su garita a popa.
Nunca supe qué pastillas eran aquéllas, que
luego les dio a intervalos, y que madame Dupin le tenía
que pedir, y hasta rogar a veces, que le diera.
Entonces
vimos los dos cuadros -yo, primero, luego los otros tres.
El aire comenzaba a avivarse, y ellos dejaron las velas,
y todo, y se agolparon a mirar hacia abajo: aquellas mujeres
medio desnudas, tiradas sobre las tarimas, fumando, y hablando
en aquel idioma que todo marinero conoce bien, porque lo
ha oído en todas las salas de todos los puertos de
todos los países, y que por eso cada vez que lo oye
le despierta estremecimientos de terror y repulsión
y a la vez de fascinación y erecciones frías
y muertas, quizás como de ahorcados, y los atrae
y envuelve fatalmente. Bartos fue de uno al otro compartimento
y en el de popa bajó hasta las mujeres mismas y comenzó
a tocarlas con la mano, y ellas no se movieron. Siguieron
hablando y fumando, todavía sin darse cuenta de que
habíamos salido del puerto, pero comenzando ya a
abrir los ojos y a llevarse las manos a la boca con pañuelos
empapados de colonia y tubos de sales inglesas. Bartos dijo
luego que las había tocado porque no lo creía.
No creía que fueran realmente mujeres de carne -siquiera
fuera aquella carne blanca y pasmada-, ni que nadie pudiera
llevar esta mercancía de contrabando, ni que ellas
se arriesgaran. Y menos que Cacho, tan redondo y pesado,
tan firme y denso, pudiera tener un viaje así en
la cabeza.
Pero
acaso no fuese Cacho realmente, ni Martín, ni siquiera
Lajos -Lajos, el tipo frío e imaginativo, el santo
de palo, siempre en claro con la justicia, que era quien
más podía ser. Bartos y yo supimos luego que
madame Dupin habitaba en aquel mismo hotel del puerto, donde
vivía Cacho como propietario pobre de barcos viejos,
que por algún tiempo le había andado atrás.
El muchacho de los inodoros nos dijo cómo la mujer
había comenzado a traer sus pupilas a este hotel,
cuando Machado se las sacó de sus guaridas, haciéndolas
pasar por turistas. Primero fue ella misma, y luego, gota
a gota, todas las otras -muchas más de las que ahora
llevábamos a bordo, desde luego, pues sólo
se enrolaron las más valientes- hasta que coparon
todo el piso de arriba, pero vistiendo muy recatadamente,
y comiendo aparte unas de otras, a distintas horas, y sin
fumar ni recibir hombres, y hasta poniéndose bravas
cuando un hombre -tal vez uno de aquellos viejos solteros
chupados que andan por los hoteles- les decía algo.
Quizás esto fuese lo que le dio la idea a madame
Dupin, su jefa: el verlas allí, tantas juntas, sin
querer volver atrás, y sin poder quedarse en lo que
eran: y sin poder ser otra cosa, realmente. Eso, y el conocer
después a Cacho, y quizá por alguno de sus
amigos, protectores de las pupilas, que Cacho tenía
barcos y que en ellos llevaba y traía, a veces, cosas
prohibidas, incluso, tal vez, de aquellas mismas pastillas
que Martín le daba ahora a bordo. Martín mismo
admitió, a bordo, que había sido ella. «Esa
maldita vieja; ahora se le va a refrescar la cabeza»,
exclamó más tarde, cuando soplaba de firme.
Sí,
fue madame Dupin quien vio el cuadro, y el viaje, en su
imaginación, y se lo pintó a Cacho. Éste,
dijo Martín, había ido a consultar con él,
una noche -Martín estaba entonces en Casablanca,
en una especie de cuqueo amoroso-, asombrado, y tal vez
aturdido, pero de todos modos interesado. La idea había
prendido en su cabeza, menos dura tal vez por dentro que
por fuera. Martín la rechazó al principio.
Ni mujeres, ni hombres; él no llevaría más
gente. Tenía bastante. Había visto bastante.
Un día u otro, dijo, terminaría como el viejo
Izaguirre. Pero luego vino el frío Lajos y las cosas
cambiaron. Puede, incluso, que hayan venido otras cosas,
de esas que se presentan un buen día, saliendo del
pasado, y le mandan a uno seguir. «¡Palante!»,
dicen esas cosas, como policías.
El
caso es que fue, y que ahora teníamos a bordo hasta
treinta y tres «piezas», como años de
Cristo, y que no valdría volver para atrás.
Todos sabíamos que no habría vuelta con ellas.
Lo que quiera que pasara, habría que dejarlas allá,
o quedarnos también, en alguna parte. Era como todos
los delitos o hazañas grandes, que hay que hacer
o caer con ellas. Habría que llegar, o no pensar
siquiera en volver, porque antes que nosotros llegarían
los cables. De modo que, ¡en ruta!
Martín
ordenó primero vía recta al norte. Ésta
sería, por lo visto, una ruta distinta a todas las
anteriores. No sería al nordeste, y luego al noroeste,
como otras veces. No sería por babor, hacia San Agustín,
por ejemplo, sino por el lado opuesto. Los barcos como el
nuestro no solían ir por allí, en esta fecha,
pero había que arriesgarse. Había que ir por
donde nadie pensara que pudiéramos ir ahora. Yo creo
que Martín se lanzó, como una corriente turbulenta.
Ni siquiera quiso consultar al observatorio. Él sabía
que el hecho podía ocurrir, pero no quería
preverlo. Era como coger a unos hombres, y ponerlos a bordo,
sin decirles para qué, y sin que esos hombres se
lo preguntaran, realmente, y enfrentarlos con el hecho.
Luego se vería. «La Aguja» era baja,
chata -nada semejante a una aguja-, y sus palos cortos.
Martín sabía que podríamos capear,
deslizarnos, sin velas, y que teníamos un motor,
y que yo estaba allí, junto a él, velándolo,
aceitándolo, oyéndolo a veces funcionar sin
un fallo. Así que adelante.
Las
velas empezaron a llevarnos bien, con un aire inconstante,
pero todavía sin tirones de peligro. La luna se levantó
poco después, cubriendo el agua como de una capa
de aceite plateado. El cielo pareció entonces barrido
de estrellas; como éstas, siendo líquidos,
o de fósforo blando, hubieran sido barridas por la
luna, y dejaran tras sí una capa difusa, y también
de plata -o de aceite bajo la luna-, como el mar mismo.
«La Aguja» parecía ir por sí misma,
como un barco de papel, en un escenario de tramoya. Los
marineros no tenían más que estar allí,
y Lajos y Martín turnarse al timón y esperar.
A medianoche no habíamos visto nada. Martín
había seguido, creo, una ruta paralela, pero bastante
distanciada, de la de otros barcos, y éramos bastante
bajos para que, apagados, no nos vieran de lejos. El aire,
sin embargo, comenzó a calentarse extrañamente
después de medianoche, y en el oeste aparecieron
algunos cúmulos blancos de algodón. Yo bajé
entonces a ver las mujeres, nuevamente, y las vi a todas
en pantalones de seda, con chaqueticas cortas, también
de seda, que sólo les cubrían una parte del
busto. Habían abierto las claraboyas, y se abanicaban
furiosamente. Martín estaba entonces al timón
y mandó a Lajos abajo a ver cómo estaban.
Luego fue él mismo, y al subir comenzó a mirar
al horizonte, algo extrañado, y de nuevo bajó
a los compartimentos. Era como un sobaco. Era como si cada
compartimento fuera un sobaco, y las mujeres fueran, ellas
mismas, termómetros. Fue esto lo que primero inquietó
a Martín. El calor parecía haberse comenzado
a formar a flor de agua, o tal vez dentro del agua misma,
entrando primero por las claraboyas y trepando luego, tubos
arriba, a cubierta. Martín miró al cielo y
frunció el ceño, pero no dijo nada. El calor
fue en aumento, según se iban formando cúmulos
en el cielo, pero todo podía pasar. Podía
ser otra cosa. Al principio ni él mismo debió
de estar seguro. Hacia el amanecer, comenzaron a cruzar
unas rachas más nerviosas y frías, y el agua
había empezado a moverse de un modo extraño
-no en olas, barridas sobre la superficie, sino en un temblor
hondo, como si toda el agua empezara a conmoverse, como
una tierra volcánica. Este temblor no movía
todavía mucho la barca, y de sobremañana nos
pasó un barco lleno de luces y música. Algunas
de nuestras «piezas» subieron entonces a cubierta,
dejadas por Martín, y desde el otro nos saludaron
con pañuelos. Algunos nos pidieron que los lleváramos
con nosotros, y otros nos tiraron botellas de whisky. Una
mujer se había puesto a horcajadas sobre la borda,
en pijama; se la quitó y se tiró al agua,
y avanzó braceando hacia nosotros. Temimos que llegara.
Martín mandó maniobrar rápidamente,
huyendo a la mujer, y ella braceando y deslizándose
como un pez detrás de nosotros, hasta que su barco
paró y uno de sus botes vino a buscarla y la devolvió
a bordo.
Quizás
fuese éste el primer síntoma. Al barco grande
debió de parecerle extraño que nosotros huyéramos,
en vez de recoger a la mujer, y acaso lo haya comunicado
al norte. Martín se lo temió. Cuando todo
hubo pasado, se quedó mirando, siguiendo con la vista
al otro barco, y exclamó: «Nos ha visto un
tuerto».
Todos
entendimos, desde luego. Las mujeres volvieron abajo, y
madame Dupin vino a esperar el día en pantalón,
y camisa, y gorra. Lucía como un hombre, realmente,
allá en proa, y la marea no parecía afectarle.
Ahora todo iba bien. Sólo aquellas nubes habían
comenzado a extenderse y el temblor del mar a ir en aumento.
Martín saltó de pronto, como un gato, de la
posición en que estaba a proa junto a la madama,
y vino a donde estaba Lajos. Nosotros sentimos también
el desasosiego, no por las señales, sino por Martín
mismo, primera señal. El cielo decía todavía
muy poco. Martín me llamó y me ordenó
que pusiera el motor a todo lo que diera. Estaba consultando
la carta, y las agujas, y su voz tenía algo apremiante
—aunque no alarmante— en el tono. El motor estalló
como una tremenda carcajada, y la hélice empezó
a dar vueltas furiosamente. El viento había virado
y, desde donde estábamos, Martín puso el timón
recto hacia el norte. Todo estaba calculado
—menos, desde luego, las rachas del ciclón.
Pero nada indicaba todavía que pudiera haber esas
rachas. No las habría, seguramente, si conseguíamos
adelantar, en aquella ruta, sin tropiezo. «Ojalá
no nos haya visto el tuerto», dijo ahora Martín,
pensando, sin duda, en el capitán del otro barco.
Yo
había vuelto a subir a cubierta y estaba junto a
él. El motor funcionaba solo, no a todo lo que daba,
como me habían mandado. No quería exponerlo
a tanto. Daba, sin embargo, bastante —quizá
hasta nueve o diez millas, pero no más. La mar parecía
irse hinchando y «La Aguja» comenzó a
cabecear. Madame Dupin se inclinó sobre la borda,
con un ¡guaah! estirado; ella misma se tiró
hacia el agua, al tiempo que pasaba Lajos, y la cogió
por la camisa, por detrás, y la tiró sobre
la jarcia. La mujer quedó allí, siguiéndolo
con la vista, la boca entreabierta. Nadie le hizo caso.
De algún modo, la idea de Martín se nos había
comunicado a todos, y por de pronto las «piezas»
desaparecieron de nuestro pensamiento. Quizá la idea
fuera huir, sobre todo, al aviso posible del otro capitán,
y luego a lo que se estaba formando en el aire. Nadie sabía
qué sería; podía no ser nada, podía
ser mucho. Podía ser rachas, o una sola gran racha.
¡Nadie sabía!
Nadie
supo, por de pronto. Por ahora era todavía el ojo
del tuerto. Martín esperaba que el motor nos llevara
más allá de las Tortugas Secas antes de que
terminara la noche siguiente, y entonces estaríamos
a salvo. Entonces nos lanzaríamos -yo esperaba sacarle
todo lo que daba al motor en esa ocasión, pero no
antes- como una lanzadera hacia tierra. No nos importaba
cómo llegaran; nos importaba que llegaran con alguna
vida. El aire viró hacia el anochecer y nos dio de
popa, y los marineros atendieron todos a las velas, que
ayudaban al motor. Fue entonces cuando yo tuve tiempo de
bajar de nuevo y ver lo que pasaba. La mar se había
levantado más de lo que nosotros mismos sentíamos.
Las nubes estaban bajas, y se movían, a trechos,
con excesiva velocidad. Hacia el poniente, las rachas nos
trajeron algunas gotas frías y duras. Yo pasé
junto a madame Dupin, pero ésta estaba todavía
de bruces sobre la jarcia, moviendo los hombros de un modo
extraño, y emitiendo aquellos sonidos y ¡guaaahs!
de bombeo. Otras dos o tres habían subido también
-como estaban, con sus pantalones de seda, y aquella prenda
breve que les cubría el brazo entero, pero solamente
parte del busto- y bajado de nuevo. Yo asomé al compartimento
de popa, pero tuve que retroceder. El mismo olor dominaba
todavía el sitio, pero ya mezclado y más intenso.
Algunas levantaron sus ojos rasgados y suplicantes hacia
mí; otras me hicieron señales, con las manos,
indicando hacia el suelo. Yo miré al suelo, y volví
a subir, y bajé al compartimento de popa, y las de
allí estaban lo mismo, tiradas, quejándose,
haciendo aquellos ¡guaaahs! abyectos, y aquellos movimientos
de gusanos, y me hicieron las mismas señales: apuntando
hacia el suelo. Yo entendí, desde luego. Otro de
los marineros bajó ahora conmigo, pero fue a mí
a quien indicaron hacia el suelo, y lo entendí perfectamente.
Nada
más, por de pronto. En cuanto fue noche, el agua
con que venía cargado el aire entró por las
escotillas y debió de ayudarlos un poco. Yo no volví
a bajar allí a verlas llamarme y señalarme
hacia el suelo. No quería darle siquiera el chance.
Yo tenía ahora mi motor, y «La Aguja»
se iba portando bien -el mismo viento se portaba bien, empujándonos,
ayudándonos a llegar. Durante la tarde la carrera
había ido en aumento, y en lo que iba de noche llegábamos
a las doce millas. Martín había hecho ahora
nuevos planes. La noche no sería bastante para llegar,
pero en el término del día podíamos
acercarnos a la costa. Quizás esto despistara si
es que el tuerto había dado algún aviso. En
todo el resto del viaje no habíamos visto a más
nadie. Ahora, si nos buscaban, sería de noche o por
rutas inusitadas, y Martín mandó buscar aguas
frecuentadas. El temporal parecía salvado. Había
arreciado demasiado gradualmente para que hubiera que temerle.
Pero
tal vez el tuerto estaba allí mirándonos en
idea. Yo me lo había imaginado uno de aquellos capitanes
viejos con un solo anteojo largo a bordo de un pirata transformado
en cazador de piratas. El sol se hizo notar a través
de nubes cada vez más densas, y ráfagas cada
vez más fieras, pero todavía sueltas, sin
vértebras de ciclón. Martín mandó
a cubierta tres o cuatro de las mujeres menos mareadas,
con sus pantalones y gorras blancas, pero con blusas enteras.
Él mismo se encargó ahora del motor, para
coordinarlo con las velas, y me mandó a mí
a sacar las mujeres. Madame Dupin estaba aún arriba,
empapada, sobre los cabos viejos, y de las de abajo ninguna
había subido a pedir nada. Lo habían hecho
antes, cuando todavía el mar estaba calmo, pero ahora
todas se habían vuelto mansas, y cuando yo bajé
ninguna me indicó ya hacia el suelo. Sólo
tres o cuatro estaban incorporadas, agarradas a unas tiraderas
que Cacho había mandado fijar para sujetarse en caso
de bandazos, y me miraron con aquella expresión vacía,
de estómago vacío y nauseado, pero ya sin
mando ni odio ni irritación. Todo esto se les había
vaciado también, me figuro. Sólo dos de sus
perritos -aquellos gusanos negros, blancos y amarillos que
llevaban, uno por cada tres o cuatro-, me empezaron a ladrar.
Yo veía su ladrido, desde luego. No se podía
oír allí, con el agua tronando por fuera.
Los animales estaban en el suelo, con las lanas enfangadas
de aquel fango que todos llevamos dentro y que el mar purga
al principio
-sólo al principio-y que luego admite lo mismo que
la tierra y que su propio fango. Algunos estaban calados
hasta la mitad del lomo. Eran aquellos gusanos largos, de
patas cortas, que parecen arrastrarse en aquel movimiento
de segmentos de los gusanos. Las demás mujeres -las
que no se agarraban a las tiraderas- estaban derribadas,
unas sobre otras, haciendo arqueadas, ya débiles,
ya sin más que meros pujos de cuerpo, semejantes
a los mismos del gusano para moverse. Las incorporadas me
miraron, dos en popa y tres en proa, y luego me siguieron
escaleras arriba, agarradas unas a otras, la primera agarrada
a mí hasta cubierta. Arriba, Martín me hizo
cargo de ellas, y las distribuyó por los palos, de
pie -tendrían que estar de pie-para que alguien pudiera
verlas, de lejos, en ruta franca, y seguir -los que las
vieran- tal vez en demanda de los que fueran por rutas torcidas.
Esta
era la idea -buena idea, sin duda. Martín había
salido bien otras veces con esa idea -con atreverse a ella.
Las mujeres se agarraron aquí a otros cabos, que
Lajos les puso atados a los mástiles, y aguantaron.
Las cinco eran jóvenes, pero con aquella máscara
de viejas que tenían, como indicando lo que serían
dentro de diez años, pero sin serlo todavía.
«La Aguja» brincaba ahora bastante, pero el
viento nos favorecía, y los bandazos y cabeceos eran
rápidos. Las cinco se sostuvieron bastante bien,
pero no había aún nadie para verlas.
Luego
hubo. De pronto apareció, como una ola más,
gris y bajo el maleficio del tuerto. Habíamos andado
toda la mañana hacia el nordeste, con rachas en aquel
sentido; a mediodía el viento cambió de nuevo,
y ahora era yo solo, con mi motor, el que empujaba la barca.
Martín mandó bajar las velas, para no tener
que bolinear, ni perder tiempo, y ahora, sí, lo abrí
cuanto daba. El motor se portaba bien, al principio. Como
esos relojes baratos, que funcionan perfectamente durante
un mes, o acaso un año, pero que de pronto, sin motivo
alguno, comienzan a fallar, a pararse como las mulas, y
ya no tienen remedio, y uno sabe que cuando eso ocurre no
queda más que botarlos. Así el motor, pero
antes...
Primero
fue la lancha gris, apareciendo de entre las olas. No había
equivocación. Martín había visto demasiado
de esas lanchas grises, con cañoncitos horizontales,
como telescopios, a lo largo de las bandas y a los extremos,
para que no la conociera de lejos. Venía hacia nosotros,
callada, larga, como un cocodrilo, agachada y veloz, en
línea recta. No importa si había visto o no
las mujeres. Quizás fuera eso mismo lo que primero
le había dado la pista. El tuerto podía haber
hablado de mujeres, y haber una confusión fatal.
Esas lanchas sabían que algunos yates llevaban mujeres
-porque eran yates de verdad- y al mismo tiempo ron. Las
mujeres iban en ellos, sin saber siquiera que había
ron debajo, sólo por gusto y pesca. Ahora, la lancha
debió pensar que estas mujeres iban también
allí de máscara, que abajo lo que llevábamos
era otra cosa. Martín lo previó así,
y eso fue, tal vez, lo que nos salvó. Eso, lo que
le hizo virar a tiempo, y emprender la fuga, buscando la
dirección del viento, ahora hacia México,
y largar las velas aumentadas. Las cinco mujeres fueron
lanzadas abajo. Él mismo las desprendió de
los cabos, y las empujó abajo, junto a las otras.
Entonces levantó a madame Dupin, y la tiró
también tras ellas, y cerró. Por muchas horas
no supimos más de ellas; no importaban. Acaso ninguno
pensase siquiera que estuviesen allí, como personas,
sino como simple delito. Ellas eran el delito, y nosotros
los que huíamos con el delito dentro.
La
lancha estaba todavía lejos. Martín la había
percibido con los prismáticos. Con su velocidad,
sólo podría ganarnos tres o cuatro millas
por hora, y estábamos ya a mitad de la tarde. Con
el viento, y el motor, y el no imponerles nada -el seguir
solamente su impulso- nos daba fuerza y ventaja sobre el
mar. Nadie sabía realmente adónde íbamos
ahora, ni importaba. Sabíamos que estábamos
en el golfo, y que éste era ancho y turbulento, pero
no importaba. Ni importaba tampoco que el motor gastara
todo el aceite pesado, ni aun que se rompiera el motor.
Martín llevaba otras velas, de repuesto, y los palos
eran cortos y gruesos. Ahora estábamos a correr,
y nada más; correr adonde fuera, pero ganar horas
y buscar la noche. Íbamos huyendo al día y
al tiempo y a los yankis.
La
noche vino peor, pero ya no veíamos lanchas -el ojo
del tuerto- ni nada. Podía estar allí, sobre
nuestra estela; nos figurábamos que estaba, que venía,
cada vez más cerca, apuntándonos; yo creí
incluso oír disparos, esos disparos sordos y breves
de cañoncitos de mar, pero también podían
ser las olas o las rachas. Una serie de éstas, disparadas
sin sentido, pero intencionalmente, hacia nosotros -así
se nos figuraba- nos acometieron de proa, de popa y de ambos
costados. Durante varios grupos de minutos la barca danzó
en todas las direcciones posibles, hundiendo la cabeza,
volviendo a sacarla en una furia loca. La noche había
venido de golpe; uno sabía que el mar era ancho por
aquí, y que se podía correr por él
sin miedo. Pero había que correr. La noche se llenó
de ramalazos, cada vez más furibundos. A veces venía
uno, frenético, como salido del vientre de alguna
ola, nos levantaba de popa y allá íbamos,
bauprés hacia abajo, en una zambullida suicida. Yo
estaba ahora, pegado a mi motor, en la cabina, y viendo,
a aquella luz que siempre queda, y que no sabe uno de dónde
viene, aun en medio de la tormenta de la noche, antes de
salir la luna, por el cristal grueso, a los cuatro hombres
sobre cubierta, agarrados a los cabos. Las olas pasaban
entre ellos, por sobre ellos, en una sucesión aterradora,
pero cuando todo pudiera parecer perdido, «La Aguja»
taladraba de nuevo la superficie y nos sacaba a flote. Un
golpe de mar nos llevó la corredera; otra barrió
cuanto había en cubierto por asegurar, pero la barca
seguía intacta, y sus palos bajos enhiestos. Luego,
hacia la madrugada, las furias cesaron de pronto, y nosotros
pudimos ver, con la luz del cielo, cómo el ventorral
se alejaba, en forma de niebla, cruzada de relámpagos,
hacia el oeste. No quedaban sino algunos soplos vivos, pero
sin mucho nervio, y estos mismos soplos cesaron de pronto,
y el mar apareció llano, y de un azul profundo, y
con una calma aterradora. Martín mandó parar
el motor y dejar las velas al pairo, mientras tomaba una
nueva decisión. Quedaba aún algún aceite
que quemar, pero no lo bastante, y había que ahorrarlo.
«La Aguja» estaba intacta, sin embargo, salvo
por una vela rota y algunos cabos tronchados. ¡Y las
mujeres!
De
éstas no nos ocupamos, por de pronto. Por unos tres
o cuatro minutos escudriñó el mar, pero no
había nada. Nadie sabía dónde podía
haberse quedado la lancha, ni si volvería a aparecer.
Martín decidió que había que arriesgarse.
«El mismo peligro está detrás que delante»,
dijo, y mandó recoger, en las velas, el aire que
hubiere. «Volveremos por donde no nos esperan»,
añadió.
Entonces
yo quedé suelto. Cubrí el motor, lo dejé
bien abrigadito, para otra ocasión, y subí
a cubierta, pero sin pensar todavía en las mujeres.
Luego Martín mandó sacarlas arriba, y ver
lo que había pasado. «La Aguja» navegaba
ahora dulcemente, a reganar el espacio perdido, pero con
una lentitud desesperante. Los tres marineros fueron sacando
las «piezas» a cubierta. El primero que se apareció
traía una a hombros -ella con los brazos colgados
y las piernas abiertas y también colgadas-, y otra
bajo el brazo. Era un hombre fuerte, y las barbas le habían
crecido de noche. Lajos había mandado tender una
lona a lo largo del costado de babor. Otro de los marineros
apareció con una carga similar, pero de modo distinto.
Traía dos mujeres bajo los dos brazos, cogidas por
debajo de la cintura, colgadas como trapos. Los dos las
arrojaron sobre la lona y volvieron a hundirse. Las nubes
eran altas, y tan tenues, que el cielo se veía a
través de ellas. La barca navegaba apenas sin cortar
el agua, como resbalando sobre ella. Las cuatro mujeres
se quedaron allí, arqueándose débilmente,
de bruces, sin quejarse. Luego vinieron otras; los marineros
las dejaban caer, sobre las primeras, o al lado de ellas,
y daban la vuelta. Algunas se quejaban, y otras se quedaban
allí, derribadas, rígidas o encogidas. Nosotros
estábamos de pie, delante de ellas, viéndolas.
Vimos que madame Dupin estaba ahora con los puños
cerrados contra el vientre hundido, sobre una de sus caderas,
y con la boca abierta y los ojos cerrados hacia el cielo,
jadeando. Martín mandó preparar las mangueras,
y cuando todas estuvieron arriba, los marineros abrieron
el chorro sobre ellas. Algunas se reanimaron, pero sin levantarse,
y otras seguían tiradas, estremeciéndose un
poco por el agua -o, en algunos casos, sin estremecerse
siquiera. Entonces Martín ordenó a los marineros
que las desnudaran, y cuando todas estuvieron así,
al sol, volvieron a abrir los chorros sobre ellas -sobre
aquellos cuerpos flácidos, blancos, demasiado gordos
o demasiado flacos, con sus motas de pelo negro o rubio
azafranado o simplemente castaño, pero siempre ralo
y como sobado y sucio. Los marineros tiraron entonces de
la lona, y las dejaron sobre las tablas, todas desnudas,
bañadas, recobrándose lentamente, abriendo
los ojos de amnésicas hacia nosotros. Dos de los
marineros bajaron entonces, con sus mangueras, bajo el puente,
y cuando volvieron a reaparecer, casi todas las mujeres
estaban ya de pie. Sólo dos o tres quedaban recostadas,
contra la borda, y en el centro, sobre un pedazo de lona,
había una tendida. Era una muchachita joven, quizás
la más joven de todas, e increíblemente reducida.
Tenía una carita alargada, como una hoja de pomarrosa,
y el cuerpo de una adolescente. Luego, cuando se la miraba
de cerca -ahora, en imaginación, en recuerdo, yo
la miraba de cerca-, se le veían rasgos de mujer.
Las otras se apretaron en torno a ella, todavía desnudas,
en cuclillas, de pie, mirándola y hablando sobre
ella, en aquel idioma que yo no había oído
sino en ciertos lugares y que ahora me sonaba grotesco y
fantástico sobre la muerta. Ninguna la había
visto así, hasta que el chorro las lavó a
todas, y el líquido que les dio Lajos las reanimó
un poco. Paulette. Todas las otras se inclinaron sobre ella,
hablando aquel idioma, y llamándola Polé en
aquel idioma, y lloriqueando. Lajos les había pasado
la botella del líquido, y todas habían tomado
un trago, y parecían animadas, con fuerzas para sostenerse
en torno a la niña prostituta muerta, pero sus mismos
rostros estaban como los de la muerta, y los cuerpos, todavía
desnudos, pero ya secos al sol, no hechos para estar al
sol, con acumulaciones y desacumulaciones de grasa desproporcionadas,
eran también como el de la muerte, salvo que todos
más grandes, más acabados.
Durante
toda la mañana navegamos así, con aire un
poco más firme a mediodía. Martín dejó
que las mujeres lloraran a la niña hasta esa hora,
y entonces la envolvió en su bata, y las mujeres
-ya no desnudas, sino con sus pijamas ya secos- se volvieron
de espalda, para no verla lanzar, entre dos marineros, por
los pies y la cabeza, al mar. Entonces sintieron el golpe
breve contra el agua, y se encogieron un poco, y se quedaron
así, gimoteando, todas gimoteando, a la vez, y del
mismo modo, como en un coro de teatro, o en un cuadro de
plañideras antiguas. Y ése fue el fin de una
parte. Fue como si el tiempo hubiera calmado adrede, para
que pudiéramos sacar a Paulette, a quien ninguna
había sentido morir, y bañar a las otras,
y darles más pastillas. El tiempo en seguida volvió
a encresparse. A media tarde volvieron a levantarse algunas
rachas. Ninguna de las corrientes que habíamos buscado
aparecía, y en cambio nos soplaban fuerzas que nunca
habíamos conocido y que no parecían tener
misión alguna en estas aguas. Era como si todas las
fuerzas normales de aire hubieran sido destrozadas, y sus
fragmentos sueltos, irritados, giraran, en una desesperada
agonía, en caprichosos movimientos. La idea de ciclón
desapareció de nuestra mente. Las mujeres dejaron
de lloriquear todas al mismo tiempo, y con la misma prontitud
dieron en corretear por cubierta, chillando de alegría,
exponiendo al sol sus perros. Las velas, casi flameando,
nos llevaban ahora a menos de tres millas por hora, también
hacia el norte. La temperatura había subido rápidamente,
pasando de un frío irritado a un bochorno sofocante,
aliviado a veces por soplos más frescos, que animaron
a las mujeres. Luego, casi de repente, nos sobrecogió
a todos la misma expectación anhelante. Esta calma
súbita auguraba alteraciones violentas. Martín
levantó los ojos al cielo y siguió, con ellos,
los nuevos jirones de nubes blancas disparadas hacia el
este. Pedazos de estas nubes se formaban como ampollas,
se agrandaban hasta ser grandes cúmulos y se disolvían
de un soplo. Sin embargo, ninguna de aquellas corrientes,
que navegaban por los altos cielos, bajaba hasta nosotros,
y las mujeres se creían salvadas. Madame Dupin fue
hasta Martín y le preguntó cuándo llegábamos.
Martín le dijo que paciencia. Los marineros comenzaron
a moverse por cubierta, con una hosquedad de animales rabiosos,
que las mujeres no comprendían. «Ya llegaremos
—le dijo Martín—, se llega siempre a
alguna parte».
El
sol se puso sobre un horizonte blanco contra un cielo casi
tan blanco y caldeado como él mismo. No quedaba un
soplo de viento sobre el agua, y las voces de los hombres
sonaban como bajo un techo con acústica, tal vez
aquel mismo techo blanco, liso y callado que nos cubría,
como una taza blanca vuelta boca abajo sobre una mosca atrapada.
Martín dio la vuelta a la cubierta, parándose
a cada paso, y mirando fijamente al horizonte. Fue entonces
cuando los hombres nos sentimos más dependientes
unos de otros. Hasta entonces puede que nosotros fuéramos
para Martín sólo los brazos que hacíamos
andar el barco; nuestra personalidad estaba fundida en una
sola potencia, humilde, oscura, uniforme, leal. Pero la
señal ominosa, y ya evidente para nosotros, cayó
sobre el barco como una luz de magnesio. «La Aguja»
era, en verdad, una mosca atrapada, previamente empapada
en agua caliente. El último soplo de brisa la había
dejado atravesada, proa al nordeste, inmóvil, como
varada en un mar de lana. Nada rizaba el agua, nada hacía
palpitar una ola, nada daba a entender que la barca no estuviera
firmemente sujeta en una materia sólida y consistente.
Las velas se habían quedado allí, sostenidas
por los cabos, pero sin vida propia, como senos flácidos
—como los propios senos de madame Dupin. «¿Qué
le pasa a este barco?»
La
mujer se había despegado de un grupo a proa. Yo estaba
entonces frente a ese grupo, que se había formado
en torno a un perro enfermo. Luego, una hora después,
cuando el perro se dio por muerto —yo creo que lo
estaba desde horas antes—, se volvieron a arremolinar,
como habían hecho en torno a Paulette, y emitieron
los mismos lloros. Pero esta vez fueron ellas las que le
hicieron el entierro, y se volvieron de espalda. La dueña,
una muchachita poco mayor que la muerta, no quería
desprenderse de él, se agarraba desesperadamente
al animal muerto, y cuando se lo arrancaron de los brazos,
se lanzó a correr por cubierta, levantando los brazos,
chillando y amenazando con suicidarse, con tirarse detrás
de su animal. Lo siguió con los ojos durante largo
tiempo, a popa, viéndolo flotar allá lejos,
sin hundirse y sin acabar de alejarse.
De
golpe, «La Aguja» se puso en movimiento. Fue
algo como un salto de sorpresa. Las velas se hincharon de
golpe, la barca giró en redondo, y cuando alzamos
los ojos al cielo, éste estaba cubierto de nubes
negras. Martín mandó bajar a las mujeres y
las encerró nuevamente en sus compartimentos. En
seguida cayó la noche, y hasta de sobremañana
corrimos en el mismo rumbo, con viento inconstante pero
favorable. Entonces comenzó a arreciar, virando violentamente
de nordeste a suroeste y haciendo describir a «La
Aguja» un violento círculo en aquella dirección.
Alguna gran furia había sido despertada de pronto.
Nosotros ignorábamos dónde esa furia tendría
su centro, pero estábamos seguros de que las puntas
de sus alas nos habían alcanzado, y que ahora no
valdría querer escaparles. Martín ni siquiera
mandó prender el motor: «Trataremos de bordearlo»,
dijo simplemente. Su intención era ésa: bordearlo,
al tacto, tanteando el aire, sin poder huirle, pero tratando
en lo posible de impedir que nos envolviera, que nos engullera.
Ahora hacíamos camino en zigzags violentos. Habíamos
acortado trapo, bajado las velas a mitad de los mástiles.
Las olas se levantaban como lomos y ancas salvajes, y hacia
media tarde el viento era ya tan fuerte que retiramos todas
las velas.
En
tanto, las mujeres abajo. Otra vez abajo, solas, embotelladas,
sin que nadie pudiera hacer nada —salvo, tal vez,
todo lo posible por llevarlas de nuevo a tierra: a alguna
tierra. Quizás Martín pensara ya solamente
en esto: alguna tierra. Parecía que dos fuerzas se
habían combinado contra nosotros, que el tuerto y
el ciclón estuvieran de acuerdo. Martín sabía
que, dado el aviso, sería difícil filtrarse
a la vigilancia, pero acaso la existencia misma del ciclón
nos hiciera favor. Puede que allá nos dieran por
perdidos, por lanzados al vórtice. Todos estábamos
ahora en la maniobra y el aguante. Cerramos bien todas las
entradas, nos desprendimos de las blusas, y así permanecimos,
agarrados a los cabos, agarrados al timón, gritándonos
en aquella tremenda claridad —sin duda de luna remota—
que en medio de las furias nos envolvía y hacía
irreales. Una claridad de noche que lo atravesaba todo,
y que parecía resultar del choque mismo de las olas
y los vientos. Abajo, nadie sabía lo que pasaba;
y a nadie le importaba, realmente. La agitación nos
había hecho olvidarnos hasta de lo que era motivo
mismo de nuestra expedición o nuestra locura.
El
amanecer no nos trajo mejores noticias. Al contrario; entonces
nos dimos cuenta de que corríamos, directamente,
hacia el centro de alguna terrible perturbación,
lo que quiera que ésa fuese. El viento nos arrebataba
en varias direcciones, manteniéndonos en una danza
desesperada, en una fantástica zarabanda, en la que
no había costado, ni delantera, ni trasera. Nada
más que un mar hinchado de furia, y unos demonios
invisibles, disparados y sueltos, entre aquellas montañas
vivas de agua.
Luego,
hacia mediodía, sin que supiéramos por qué,
nos encontramos en una zona ignorada, donde se hizo una
calma relativa. El viento seguía fuerte, pero pudimos
ya poner una vela y dirigir el rumbo. Yo ignoré entonces
hacia dónde; luego supe que Martín se había
vuelto a empeñar en sacar las mujeres a tierra del
norte, y que hacia allá había vuelto a poner
la proa. Quizás fuese ahora él el único
que pensaba en ellas, siquiera remotamente. Entonces, como
un recordatorio, por una de las escotillas, abierta por
un marinero, surgió, descarnada, extraviada, desgreñada,
la figura larga de madame Dupin, que levantó los
brazos al cielo y se dirigió hacia mí —¿por
qué hacia mí?— con los puños
cerrados y amenazadores. La noticia que nos traía
era otra muerta: una llamada Georgette, también niña,
casi tan niña como la otra. Nadie sabía a
qué hora; acababa de descubrirlo, y nosotros, especialmente
yo, teníamos la culpa. «¿Pueden decirme
acaso cuándo llegaremos?», preguntó
madame Dupin.
Nadie
contestó. Los marineros sacaron a la muerta, y esta
vez no había allí más mujeres que madame
Dupin para llorarla y volverse de espaldas. Sus compañeras
le habían puesto al lado un perrito también
muerto; tal vez su propio perro.
Pero
todo esto pasó sin que apenas lo hubiéramos
notado. En seguida volvieron a levantarse vientos duros
que torcieron nuestro rumbo y sentido. Madame Dupin fue
enviada abajo y cerramos la escotilla tras ella. Si algo
más ocurría podía avisarnos por medio
de un cabo que dispusimos al efecto. No sabíamos
cuánto tiempo llevábamos ya navegando, ni
dónde estábamos; a qué distancia de
qué, derivando por entre enormes tumores de agua,
de una virulencia inaudita. Había venido un día,
y vuelto a caer otra noche, y otra vez comenzaba a intensificarse
aquella oscuridad violenta. No había tránsitos
claros en los colores. Los seis hombres estábamos
solos en cubierta, peleando desesperadamente con el barco,
más bien que con los elementos. Pero «La Aguja»
salía adelante a pesar nuestro. Yo creo ahora que
salió de todo aquello a pesar nuestro, guiada tal
vez por algún soplo amigo, que se ocultaba entre
aquellas pasiones desatadas. No teníamos tiempo —ni
tenía utilidad— para comprobar situaciones
ni evitar escollos, aun cuando los hubiera. Pero todos sabíamos
que, en el inmenso golfo, no los había.
Por
eso, cuando los vimos por primera vez, nos espantamos. Nos
preguntamos si en verdad habríamos estado en el golfo,
de dónde podían haber salido aquellas cabezas.
Ocurría esto con el abrir de un nuevo día.
Durante toda la noche, las ráfagas nos habían
estado dando tirones gigantescos, pero ya antes del alba,
aquellas furias nos habían lanzado fuera de sus filas,
a una zona marginal, y habían seguido adelante. Martín
confesó luego que ni él mismo tenía
idea de dónde estábamos. Sabía que
habíamos sido lanzados, más y más,
hacia el sur, pero podía ser al este o al oeste.
Sabía, sin embargo, que era al sur, y que ya sería
tarde. Tarde para «La Aguja», para las mujeres,
para nosotros mismos. Esta vez no había ya velas,
ni cabos, ni tal vez brazos para guiarlas. Uno de los marineros
se había dejado caer en cubierta, con los brazos
rotos, y gemía con un quejido seco, hondo, cortado
y penetrante. Otro se sentó junto a él, de
espaldas a él, sujetándose las rodillas con
sus propios brazos. La barca había sido abandonada
en un remolino, y derivaba ahora de costado, balanceándose,
hacia los cabezos. Martín miró en aquella
dirección con sus prismáticos, y luego se
encaró con Lajos. Los dos se miraron un instante
en silencio. Luego, sin más consulta, Lajos me mandó
poner el motor en marcha, pero la hélice estaba rota,
y el motor no valía de nada. «No importa —dijo
Martín—, estamos cerca».
Nadie
sabía dónde —quizá ni él
mismo. Madame Dupin había estado tirando del cabo
durante horas y sonando la esquila, pero ninguno la había
oído. Al menos, no había respondido. Cuando
las mujeres subieron a cubierta, de nuevo el sol iba sobre
el poniente, y las nubes habían comenzado a agrietarse.
Madame Dupin miró hacia el sur y vio la línea
de tierra, pero no la comparó con el sol. Quizás
no supiera compararla. Los dos marineros sanos habían
vuelto a sacar las mujeres, otra vez desfallecidas, pero
sin náuseas. Martín ordenó nuevamente
el baño de manguera. La temperatura había
vuelto a subir, y después del chorro todas resurgieron
más vivas. Esta vez no había ninguna Paulette
ni Georgette muertas. Pero dos o tres estaban aún
en el suelo. Las otras las ayudaron a ponerse las ropas.
«La Aguja» navegaba ahora, con un pedazo de
lona por vela, por entre aquellos cabezos, hacia la costa
baja. Madame Dupin miró aquella costa y preguntó
dónde estábamos.
Martín
sabía, en efecto, dónde estábamos.
No mintió. Se lo dijo, simplemente, quizá
sin engaño. Sin intención de engaño.
Martín dijo: «Long Island». El nombre
debió de decirle algo a madame Dupin —no, desde
luego, lo que era, sino algo distinto, algo alentador, algo
triunfante. Sus ojos se encendieron de alegría; su
cuerpo comenzó a accionar de un modo extraño.
Martín la observó, y abrió el mapa
sobre la caseta del timonel. De pronto, lo cerró,
herido por un pensamiento. Quizás él mismo
se hubiese olvidado hasta entonces de que había,
por lo menos, dos Long Island posibles. Que había
una hacia el sur y otra hacia el norte. Madame Dupin observó
la línea boscosa y baja de costa y volvió
a preguntar: «¿Usted no nos engaña,
verdad que no?»
Martín
no las engañaba. Simplemente comprendió que
ellas se engañaban y las dejó. Era Long Island,
desde luego. Era una Long Island del Caribe, una Long Island
de nombre, así como de forma. Martín la conocía
bien. Todos la conocíamos bien. Madame Dupin pensó,
sin duda, en otra Long Island, pero eso era cosa suya. Ella
quería que fuera su Long Island, y nadie tenía
por qué frustrarla. Las muchachas estaban todas vestidas,
con sus valijas y sus perros. Todas allí, sobre la
borda, mirando a tierra, y esperando la noche. Martín
trazó rápidamente un plano y se lo entregó
a madame Dupin. «Siga ese camino —le dijo—;
sigan, espaciadas, hasta lo alto de la loma, y luego bajen,
también espaciadas, hasta las casas del otro lado.
Ahí está el embarcadero».
Y
ahí fue el fin. Martín lo vio todo en un momento,
y en un momento lo arregló. Uno de nuestros botes
fue de noche, a tierra, con Lajos, y éste regresó
con un muchacho negro. Tendría unos doce años,
descalzo y con una increíble mata de pelo en la cabeza.
Madame Dupin le preguntó si aquélla era realmente
Long Island y el muchacho contestó: «Yessam,
yessam», y eso bastaba. Quizás la propia madame
no quisiera oír más. Eso la aseguró
del todo, y nosotros callamos. ¿Por qué habíamos
de hablar? Ella misma lo había dicho. «Yessam,
Long Island, Yessam», dijo el muchacho.
Nada
más. Nosotros esperamos a que las pasajeras estuvieran
en marcha, camino arriba, y regresamos con los botes. «La
Aguja» había vuelto ya la proa a la isla, y
Martín mismo tendió la vela. No había
luna esta noche; no había más luz que la de
las estrellas. A esa luz habíamos visto cómo
las mujeres se adentraban por el camino blanco, hacia su
ilusión blanca.