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PEQUEÑOS
POEMAS EN PROSA de Charles Baudelaire
Los beneficios de la luna/
El
extranjero/A
la una de la madrugada/El
puerto
Los
beneficios de la luna
La luna, que es el mismo capricho, miró por la ventana mientras
dormías en tu cuna, y se dijo: «Esta niña me
gusta.»
Y descendió suavemente por su escalera de nubes y pasó,
sin hacer ruido, a través de los vidrios. Después
se tendió encima de ti con la dulce ternura de una madre
y depuso sus colores en tu faz. Tus pupilas han permanecido verdes
y tus mejillas extraordinariamente pálidas. De tanto
contemplar a esa visitadora tus ojos se han ensanchado extrañamente;
y ella te ha apretado tan tiernamente la garganta que, desde
entonces, has conservado siempre el deseo de llorar.
Sin embargo, en la expansión de su alegría, la luna
llenaba todo el cuarto como una atmósfera fosfórica,
como un veneno luminoso; y toda su luz viviente, pensaba y decía:
«Tu sufrirás eternamente la influencia de mi beso.
Serás bella a mi manera. Te gustará lo que me gusta
y a quien le gusto: el agua, las nubes, el silencio y la noche;
la mar inmensa y verde; el agua informe y multiforme; el lugar en
que no estés; el amante que no conozcas; las flores monstruosas;
los perfumes que hacen delirar; los gatos que se desmayan sobre
los pianos y gimen y comen como las mujeres, con voz ronca y dulce.
»Y tú serás amada por mis amantes, cortejada
por mis cortesanos. Serás la reina de los hombres de
ojos verdes, cuya garganta he apretado también con mis caricias
nocturnas; de los que aman la mar, la mar inmensa, tumultuosa y
verde, el agua informe y multiforme, el lugar en que no están,
la mujer que no conocen, las flores siniestras que parecen incensarios
de una religión desconocida, los perfumes que perturban
la voluntad y los animales salvajes y voluptuosos que son los
emblemas de la locura.»
Y, por eso, maldita y querida niña mimada, estoy ahora acostado
a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la temible
Divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza, envenenadora
de todos los lunáticos.
La Discusión, 29 de abril de 1890.

El extranjero
-¿A quién amas más, hombre enigmático,
di, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
-No tengo ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano.
-¿A tus amigos? -Usa usted una palabra cuyo sentido desconocía
hasta hoy.
-¿A tu patria?
-Ignoro bajo qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-La amaría con gusto, si fuera diosa e inmortal.
•--¿Al oro?
-Lo odio tanto como usted odia a Dios.
-¿Y a quién amas, pues, extraordinario extranjero?
-Amo las nubes... las nubes que pasan... por allá abajo...
las maravillosas nubes.

A la una de la madrugada
¡Al fin, solo! No se oye más que el rodar de los coches
detenidos y derrengados. Durante algunas horas, poseeremos el silencio,
si no el reposo. Al fin la tiranía de la faz humana ha desaparecido
y no sufriré más que por mí mismo.
Al fin me será permitido sumergirme en un baño de
tinieblas. Demos primero una vuelta doble a la cerradura. Me parece
que la segunda aumentará mi soledad y fortificará
las barricadas que me separan actualmente del mundo.
¡Horrible vida! ¡Horrible ciudad! Recapitulemos lo hecho
en un día; haber visto muchos literatos, uno de los cuales
me ha preguntado si se podía ir a Rusia por tierra (tomaba
sin duda a la Rusia por una isla); haber disputado generosamente
contra el director de una revista, quien, a cada objeción,
respondía: -Éste es el periódico de las gentes
honradas, lo cual indica que los otros diarios están redactados
por canallas; haber saludado veinte personas, de las cuales
quince, me son desconocidas; haber distribuido apretones de manos
en la misma proporción y sin haber tomado la precaución
de comprar guantes; haber subido, por matar el tiempo, durante una
llovizna, a casa de una bailarina que me pidió un modelo
de traje de Venustria; haber hecho la corte a un director de teatro,
quien me decía echándome a la calle:
-Haríais bien en dirigiros a Z...; es el más pesado,
el más tonto y el más célebre de todos mis
autores; con él podríais obtener alguna cosa. Habladle
y luego nos veremos; haberme vanagloriado (¿por qué?)
de muchos actos sucios que no he cometido jamás y haber negado
cobardemente algunas fechorías que he cometido con alegría,
delito de fanfarronería y crimen de respeto humano; haber
negado a un amigo un favor fácil y haber dado una carta de
recomendación a un perfecto pillo: ¡Puf! ¿he
acabado ya?
Descontento de todos y de mí mismo, quisiera rescatarme y
enorgullecerme un poco en el silencio y la oscuridad de la noche.
Almas de los que he amado, almas de los que he cantado; fortificadme,
sostenedme, apartad de mí la mentira y los miasmas corruptores
del mundo; y vos, Señor, Dios mío, concédeme
la gracia de producir algunos buenos versos que me prueben a mí
mismo, que no soy el último de los hombres, que no soy inferior
a los que desprecio.
La Discusión, 2 de mayo de 1890.

El puerto
Un puerto es un asilo encantador para un alma fatigada de las luchas
de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura móvil
de las nubes, las coloraciones cambiantes de la mar y el relampagueo
de los faros, son un prisma maravillosamente propio para divertir
los ojos sin cansarlos jamás. Las formas salientes de los
navios, de aparejos complicados, a los cuales la marea imprime oscilaciones
armoniosas, sirven para mantener en el alma el gusto del ritmo y
de la belleza. Y después, sobre todo, hay una especie de
placer misterioso y aristocrático para el que no siente ya
ni curiosidad ni ambición, en contemplar, acostado en una
azotea o de codos en el muelle, todos esos movimientos de los que
parten y de los que vuelven, de los que tienen todavía la
fuerza de querer, el deseo, de viajar o enriquecerse.
La Discusión, 8 de mayo de 1890.

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