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El
mejor perfume/El Velo/La
felicidad y el arte/Los funerales de una
cortesana
EL
MEJOR PERFUME
Ayer, en la alcoba azul, rameada de flores, la hermosa Blanca, reclinada
perezosamente entre cojines de seda negra, bordados de ramos de
oro, le preguntaba a su amante, con acento acariciador y los ojos
medio cerrados:
-¿No te agrada el perfume de esas gardenias que agonizan
en el vaso japonés?
-No -respondió él, alzando desdeñosamente los
hombros.
-¿Te gusta más el de mi abanico de sándalo
tras cuyo varillaje te he dicho, en las fiestas mundanas, tantas
frases apasionadas?
-Tampoco -replicó él, cada vez más desdeñoso.
-¿Es que prefieres el de las pastillas turcas que arden en
el pebetero de bronce, esmaltado de piedras preciosas?
-Mucho menos.
-¿Por qué?
-Porque el mejor perfume es el que brota de la rosa encarnada de
tu boca, cuando me acerco a pedirte, con los ojos encendidos y los
labios ardorosos, un beso ardiente de amor,
de esos que nunca se acaban de esos que nunca se olvidan.
La Habana Elegante, 31 de marzo de 1889.

EL VELO
Frente a un lecho de sándalo, cuyas cortinas blancas, ornadas
de cintas azules ondeaban al soplo de la brisa, como banderas vencedoras;
un poeta, que llevaba siempre los ensueños más hermosos
en la mente y las canciones más dulces en los labios, tenía
prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, largo velo
de gasa pálida guarnecido de encajes.
Un día, al entrar en su habitación, le pregunté:
-¿De quién es ese velo?
-Es de la mujer, de la única mujer que he amado en el mundo.
Tras corto silencio, clavando en mí sus ojos, donde temblaban
gruesas lágrimas, como gotas de rocío en botones entreabiertos,
exclamó:
-Hace tiempo que la conocí al salir de la iglesia, cuya torre
se divisa a lo lejos -añadió dirigiéndose al
balcón-, detrás del ramaje de aquellos laureles.
»Como yo estaba en la miseria, sus padres se negaron a casarla
conmigo. Pero ella, vacía la mente de preocupaciones vulgares,
rebosante el corazón de ternuras amorosas, se alejó,
en noche tormentosa, al fulgor de los relámpagos y al
ruido de los truenos, del hogar paterno.
»Largo tiempo anduvimos errantes por los campos, entre las
aguas que corren, las abejas que zumban y las flores que embalsaman
el ambiente. Aunque éramos pobres, siempre estábamos
contentos. Teníamos perennemente el amor en nuestras
almas y el beso en nuestros labios. «Pero las dichas
del hombre, como las flores, sólo duran el espacio de
una alborada.
«Una mañana al abrir los ojos, la encontré muerta.
Su cabeza, coronada de rosas amarillas, descansaba sobre ancha piedra
del camino; sus brazos, abiertos en cruz, parecían guardar
la ansiada caricia; sus ojos, entornados tristemente, semejaban
flores marchitas; sus pies, al sentir el frío de la muerte,
se habían ocultado entre las hojas secas.
»Yo, desde aquel instante, tengo siempre ante mis ojos, ante
mis ojos que la lloran, el velo que cubría su rostro, su
pálido rostro de madonna, el día en que la vi al salir
del templo, por primera vez.
Y' alejándose del balcón, cuyos blancos hierros estaban
tapizados de verde enredadera, estrellada de flores moradas, me
dijo el poeta, con triste voz, con voz más triste que la
del viento al pasar por entre las ramas de los pinos solitarios,
estas palabras:
-Cuando yo muera, amigo mío, haced que me sirva de mortaja
e¡ largo velo de gasa pálida, guarnecido de encajes,
que perteneció a la mujer, a la única mujer que
he amado en este mundo.
La Habana Elegante, 30 de octubre de 1887.

LA FELICIDAD Y EL ARTE
Que no importa vivir como un mendigo Por morir como Píndaro
v Hornero
Zorrilla
.
El sol brillaba en el azul del firmamento. La yerba espesa, salpicaba
de gotas de rocío -semejante a inmensa alfombra de terciopelo
verde, donde las hadas nocturnas parecían haber dejado los
innumerables diamantes que adornaban sus cabelleras- recibía
la ceniza dorada del disco solar; las aguas del río, corriendo
entre nenúfares que flotaban enlazados, formando archipiélagos,
mostraban otro cielo en sus profundidades transparentes; los mangos
maduros, como corazones de oro, brillaban entre el ramaje que
se inclinaba a la tierra, agobiado por el peso de los frutos; los
pájaros, desde el borde de los nidos, abrían sus alas
largo tiempo cerradas, mezclando su voz a la de la selva que agitaba
sus matorrales de flores silvestres y a la del viento que vagaba
locamente por los campos olorosos.
Tendido al pie de un granado, cuyos abiertos frutos, parecidos a
verdes cofres llenos de rubíes, colgaban de las ramas; vi
llegar a la mujer más hermosa de la tierra, que comenzó
a hablarme de este modo:
-¡Oh, joven!, tiempo es ya de que pienses en el porvenir.
Dos sendas hallarás para llegar al fin de tu vida; la primera
está cue flores y la segunda de abrojos. Si me amas, te llevaré
por la primera y serás feliz. Tendrás castillos de
mármol, a orillas de los lagos, para pasar los días
de tu existencia; mantos de púrpura, tachonados de estrellas
de oro, para cubrir tus espaldas; coronas de ricos metales, esmaltadas
de piedras preciosas, para ornar tu frente; navecillas de nácar,
con velas de seda, para cruzar los mares; vírgenes circasianas,
impregnadas de perfumes, para colmarte de placeres; histriones
numerosos sacados de las mejores cortes, para ahuyentar el
hastío de tu alma. ¿Quieres seguirme? Piensa en que
todo lo puedo, porque me llamo la Felicidad.
Yo, sin vacilar un instante, volví la espalda a la Felicidad.
Pasado algún tiempo, veía caer el agua de espumoso
torrente, irisada por los rayos del sol, y encontré un peregrino
que comenzó a hablarme de esta manera:
-¡Oh, joven!, desde que naciste he seguido tus pasos. Aunque
me creen pobre, poseo inmensos tesoros. Tengo un templo indestructible,
alejado de la tierra, donde sólo penetran mis elegidos. Si
tienes fuerzas, llegarás a él. Pero antes de emprender
la marcha, recuerda los que han perecido en la jornada.
»Piensa en que, para llegar al templo, hay que cruzar por
larga senda de abrojos. ¿Has oído hablar de ella?
Nada es tan espantoso. Un cielo plomizo, despoblado de astros, aparece
en la altura; el suelo, alfombrado de polvo y lodo, se hunde bajo
los pies; los árboles, desnudos de hojas, ostentan punzantes
espinas; el agua de los arroyos, manchada de sangre, permanece estancada;
las flores, salpicadas de oscuros matices, exhalan perfumes venenosos;
las víboras, ocultas entre las zarzas, se enroscan al caminante;
las fieras, hambrientas de carne humana, muestran sus blancos dientes
puntiagudos en la oscuridad; los insectos, esparcidos en el aire,
inoculan la muerte al pasajero; el mar, que brama a lo lejos, ahoga
los gemidos del alma humana. Si tienes hambre, tendrás que
devorar tu propio cuerpo; si tienes sed, tendrás que beber
tus lágrimas. El mundo, tirano inmortal, te cubrirá
de baldón; la soledad, sudario de los vivos, te rodeará
por todas partes; la miseria, única compañera de tu
vida, te seguirá hasta el último instante. «Cuando
tu cuerpo, lleno de heridas, caiga sangrando sobre las piedras del
camino; cuando tus labios, descoloridos por la fiebre, exhalen el
último suspiro de tu pecho; cuando tus ojos, vueltos hacia
lo infinito, se cierren para siempre; ceñiré a tu
frente el lauro de la inmortalidad, grabaré tu nombre en
las páginas de la historia y te abriré las puertas
de mi templo. ¿Quieres seguirme? Soy el Arte.
Yo, sin vacilar un instante, comencé a andar por la senda
de abrojos que guía al templo del Arte.
La Habana Elegante, 14 de noviembre de 1886.

LOS FUNERALES DE UNA CORTESANA
Tras la cortina de terciopelo carmesí, guarnecida de flecos
de oro, que ornaba el marco de un balcón de la regia estancia,
se hallaban juntos, en fría tarde invernal, arrullados por
las ráfagas heladas del viento y por las gotas de lluvia
que golpeaba los cristales empañados de las ventanas,
un monarca de eterna recordación y la última de sus
favoritas.
Él se llamaba Luis XV y ella la condesa de Dubarry.
La favorita, envuelta en lujoso abrigo de pieles, apoyaba el brazo
en mullido cojín de seda azul, bordado de flores plateadas;
el príncipe vestido de gala, se había tendido
sobre ancho diván de damasco, prodigando a la bella
pecadora todas las ternuras y todos los anhelos de su alma enamorada.
Al cabo de algún tiempo, se incorporó al monarca -arreglándose
la empolvada cabellera, cuyos rizos habían deshecho los dedos
ebúrneos de la Dubarry-• y se detuvo en el umbral del
balcón.
Un espectáculo triste se presentó ante sus ojos.
A lo lejos, entre los árboles del camino, desnudos de hojas
y vestidos de escarcha, se veían pasar, al reflejo moribundo
de la tarde, cuatro humildes capuchinos que llevaban pobre ataúd
de madera, cubierto de paño negro y tachonado de estrellas.
Dentro del ataúd iba el cadáver de Madame de Pompadour.
Ella, que había sabido elevarse desde el hogar de humilde
carnicero hasta las gradas del trono; que era la diosa del
bosque de Senart, donde se presentaba con un halcón en la
mano, semejante a las antiguas castellanas; que para cambiar el
orden de las cosas no tenía más que pronunciar una
sola frase de amor; que había sido la Madona de los grandes
hombres de su época, como María lo es de los cristianos;
que sabía ejercer las funciones de la diplomacia tan bien
como las de la galantería; que merece el nombre de Hada de
la Frivolidad por haber creado un mundo de preciosidades artísticas,
bajó al sepulcro, en el más bello período de
su existencia, revestida del burdo traje de la tercera Orden de
San Francisco, con el grueso rosario a la cintura y la cruz de madera
entre las manos, siendo enterrada, por orden suya, en pobre fosa
del convento de capuchinos de la plaza de Vendóme.
Cuentan que el rey, al retirarse del balcón, exclamó
fríamente, besando las mejillas coloreadas de la Dubarry
que se había reclinado en sus hombros:
-¡Pobre Pompadour! ¡Qué frío va a sentir
esta noche en su sepulcro!
La Habana Elegante, 20 de noviembre de 1887

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