|
A Rubén
Darío/ Cartas a Esteban
Borrero(1/2/3)
A
RUBÉN DARÍO (1)
Habana,
octubre 7 de 1893
Mi
inolvidable Rubén:
Si ha caído en tus manos, por casualidad, algún periódico
cubano de estos últimos tiempos, te habrás enterado
de que me encuentro muy enfermo, tan enfermo que, desde julio a
la fecha, he recibido dos veces los santos sacramentos.
Ahora estoy mejor, pero sin esperanzas de curación, porque
ningún médico conoce mi enfermedad. Todos aseguran
(me han visto los mejores de aquí, donde los hay muy buenos)
que es un mal oscuro y misterioso, desconocido por ellos... Te escribo
estos renglones para demostrarte que, aun al borde de la tumba,
a donde pronto me iré a dormir, te quiero y te admiro cada
día más. Yo he sabido de ti por Gómez Carrillo,
que me anunció tu llegada a París y tu marcha a Buenos
Aires. Dentro de poco, quizás antes de que me muera, podré
leer el libro que debes estar imprimiendo a estas horas. La
Habana Elegante me está editando uno, pero que no tiene
ningún valor. Yo te lo mandaré, o te lo mandarán.
1 Estos
fragmentos de una carta de Casal a Rubén Darío fueron
dados a conocer por éste en su artículo «Julián
del Casal», publicado por La Habana Elegante, el 17
de junio de 1894, e incluido en Páginas de arte, tomo IV
de las Obras completas de Darío que editaron Alberto
Ghiraldo y Andrés González-Blanco.

CARTAS A DON ESTEBAN
BORRERO ECHEVERRÍA
1 Enero, 1890
Señor Don Esteban Borrero:
Amable señor: Hace días que pienso escribirle dándole
las gra-
cias por sus oportunos y conceptuosos versos, pero no he realizado
mi pensamiento, unas veces porque me gustaba mucho no hacer nada
y otras porque tengo que hacer muchas cosas.
Le confieso mi pereza no porque esté orgulloso de ella, sino
para explicarle mi silencio. Además, como usted es un hombre
superior, espero que cuando nos veamos no incurra usted en la vulgaridad
de decirme que ahora que soy joven, debo trabajar.
Hace mucho tiempo que tenía vivísimos deseos de conocerlo,
pero como no voy a ninguna parte, nunca he encontrado opor-
tunidad.
Siento hacia usted grandes simpatías, porque en todo lo que
escribe encuentro siempre cierta ironía y cierta amargura
que me encanta. Los seres felices, o mejor dicho los satisfechos,
me repugnan. En cambio, los tristes, o sea los descontentos, me
inspiran amor.
Si quiere usted conocerme me encontrará todos los días,
en mi
casa, Aguiar 55, de una a cuatro de la tarde. No tengo familia y
podemos hablar a gusto. Pero si no puede venir pronto mándeme
a decir en qué sitio, a qué hora y en qué día
puedo encontrarle.
Le desea en el presente año el menor numero posible de desdichas
su apasionado admirador,
JULIÁN DEL CASAL

Habana, 10 de lebrero de 1890
Hace unos días que llegué del campo y no había
querido escribirle porque traje de allí muy malas impresiones.
Se necesita ser muy feliz, tener el espíritu muy lleno de
satisfacciones para no sentir el hastío más insoportable
a la vista de un cielo siempre azul, encima de un campo siempre
verde. La unión eterna de estos dos colores produce la impresión
más antiestética que se puede sentir. Nada le digo
de la monotonía de nuestros paisajes, incluso las montañas.
Lo único bello que presencié fue una puesta de sol,
pero ésas se ven en La Habana todas las tardes.
JULIÁN DEL CASAL

Agosto 1 de 1890
Sólo he encontrado en estos días una persona que
me ha sido simpática. ¿Quién se figura que
sea? Maceo, que es un hombre bello, de complexión robusta,
inteligencia clarísima y voluntad de hierro.
No sé si esa simpatía que siento por nuestro General
es efecto de la neurosis que padezco y que me hace admirar los seres
de condiciones y cualidades opuestas a las mías; pero lo
que le aseguro es que pocos hombres me han hecho tan grata impresión
como él. Ya se ha marchado y no sé si volverá.
Después de todo me alegro, porque las personas aparecen mejor
a nuestros ojos vistas de lejos.
JULIÁN DEL CASAL

|