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| Por Julián del
Casal |
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odas sus composiciones inéditas, ya las que duermen en el
fondo de su memoria, como ramas de corales bajo las ondas marinas,
ya las que oculta en sus estuches, como enjambre de luciérnagas
vivas en vasos de cristal (porque esta niña, como verdadera
artista, comprende la mezquindad de la gloria y repugna la ostentación
de sus sentimientos), están humedecidas por ese relente de
tristeza que se aspira en las estrofas que acabo de copiar. A través
de esas composiciones, el alma de la niña parece un botón
de rosa amortajado en un crespón, un ramo de violetas agonizante
entre la nieve, un disco de estrella sumergido en un lago turbio.
Las que irradian fulgores esplendorosos son aquellas en que revela
su gran talento de artista, bosquejando un paisaje, como los de
Sanz, verdaderamente ideal, o cincelando una estatua que, por el
soplo de vida que las anima, parecen sustraídas del taller
de un Rodin. (...)
Dentro de poco tiempo, toda vez que una artista de tan brillantes
facultades no puede permanecer en la sombra, ya porque una mano
poderosa la arrastre a la arena del combate, ya porque se lance
ella misma a cumplir fatalmente su destino, su obra será
sancionada por la muchedumbre y su nombre recibirá la marca
candente de la celebridad. Entonces llegarán para ella los
días de prueba, los días en que se cicatrizan las
viejas heridas o se abren las que ningún bálsamo ha
de cerrar, los días en que el alma se estrella de ilusiones
o las esperanzas naufragan en el mar de las lágrimas, los
días en que uno se siente más acompañado o
tal vez más solo que nunca, los días en que fuerzas
generosas nos encumbran a las nubes o manos enemigas nos empujan
a los abismos de la desolación. Ay de ella si no sabe, al
llegar esa época, encastillarse con su ideal, nutrir con
su sangre sus ensueños, dar rienda suelta a su temperamento,
agigantarse ante los ataques, desoír consejos ridículos,
aplastar las babosas de la envidia y mostrar el más absoluto
desprecio, al par que la más profunda indiferencia, por las
opiniones de los burgueses de las letras!
Tomado del apéndice de Poesías,
de Juana Borrero. (El texto apareció en La Habana Literaria,
pp. 4-8, año II, n. 13, julio de 1892.)
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| Juana Borrero |
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| Por Carlos Pío
Uhrbach |
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o quiero que sepan lo que valía, repito. Quiero gozarme
en la enumeración de sus aptitudes excepcionales, porque
el infinito de mi dolor no puede en mi corazón dilatarse
con recuerdos punzadores. Su memoria es legado; queda en mi corazón
indigno de albergarla, pero grande, sí, dos veces grande,
por el infortunio y por encerrar su historia.
Después de muerto Casal, nadie en Cuba ha tenido un temperamento
tan artístico, intuiciones tan precisas, ni inspiración
tan delicada. Sus últimas rimas inéditas, son una
demostración palpable del alcance adquirido por su estro
desde la publicación de Rimas hasta ahora. Ella supo
no dedicar su pluma más que a colorear asuntos elevados,
a cincelar versos impecables, porque su divisa literaria era "el
Arte por el Arte". ¡Su desdén
por lo vulgar fue tan grande como su talento!...
Tomado del apéndice de Poesías,
pp. 172. (El texto apareció en El Fígaro, año
XII, n. 11, 15 de marzo de 1896.)
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| Juana Borrero |
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| Por Rubén Darío |
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o me imagino el dolor de ese artista enamorado, que no llegó
al triunfo de la posesión y que no volverá a encontrar
sobre la tierra a su Leonora, "nunca más!"
Y es de llorar con gran desolación por esas desaparecidas
flores que se creerían imposibles entre la común vegetación
femenina y que tan solamente se encuentran a modo de sorpresas que
lo desconocido pone de cuando en cuando a la mirada del poeta. Esas
almas femeninas tienen en sí una a manera de naturaleza angélica
que en ocasiones se demuestra con manifestaciones visibles; son
iguales en lo íntimo a los hombres elegidos del ensueño,
y se elevan tanto más maravillosamente cuanto sus compañeras
terrenales, inconscientes, uterinas, o instrumentos de las potencias
ocultas del mal, son los principales enemigos de todo soñador.
"Parece, dice Maeterlinck, que la mujer estuviese más
que nosotros sujeta a los destinos". Y si ello es una verdad
de la vida profunda, lo es más respecto a esas mujeres de
excepción. Así el destino tuvo a esta pobre y armoniosa
niña encadenada a una fibra incógnita y divinamente
magnética, por la cual venían a ella los temblores
supremos del misterio, para la cual era acortada con fatal avaricia
por las manos de la muerte. (...)
Hay en ella sonetos admirables, a lo Casal, llenos de un sensualismo
místico, extrañísimo, en el cual quizás
encontraríamos la influencia del poeta de Nieve,
tan celebrado por su maestro Verlaine, y por el poderoso Huysmans.
¡Pobre y adorable soñadora que ya no es más
de este mundo! ¡Flores para la flor! ¡Bien resonarían
para ella las palabras que lamentaron la muerte de la dulce Ofelia!
Yo saludo a la virgen que asciende a un balcón del Paraíso,
en donde estará como la amada de Rossetti o la Rowena de
Poe; mas es más hondo mi lamento si considero que ese ser
especial ha desaparecido sin conocer el divino y terrible secreto
del amor..."
Tomado del apéndice de Poesías,
pp. 179. (El texto apareció en La Nación, de
Buenos Aires, 23 de mayo de 1896.)
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| Juana Borrero |
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 |
| Por Fina García-Marruz |
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odemos concluir que el sentimiento avasallador que la ligó
a Carlos Pío Uhrbach fue de muy distinto linaje al amor,
mezclado de admiración infantil, a Casal, interrumpido antes
de madurar y exaltado por las circunstancias de su muerte. Juana
que, pese a las apariencias, no fue un temperamento "literario",
lejos de "novelar" las pasiones que sintió en su
vida vivifica aún los arquetipos más literarios con
la propia sangre: Julieta, Lady Macbeth, Desdémona, Ivone,
en los que a menudo ve la encarnación viviente de lo que
su lenguaje apenas acertaba a expresar. La balada escrita por López
Penha con el tema de Ivone la acercó tanto a su heroína
que firmaba en sus cartas a su prometido con este nombre, derivado
femenino de Ivanhoe, Juan. El nombre novelesco lleva en la entraña
el propio nombre, Juana, al que, con mejor tino, se vuelve al cabo
en las cartas últimas, subrayando incluso el hecho de que
no sea un nombre exótico sino todo lo contrario, repitiendo
hasta el delirio: "soy tu Juana" como si a
vueltas de todos los fantaseos fuera él, el nombre, en su
entrañable domesticidad, lo más íntimo del
ser, o como si quisiera hacer sentir la diferencia entre el nombre
con que la llaman los extraños y ese mismo nombre que sólo
revela la unicidad de su alma ante aquél al que ha sido entregado.
(...) Sin leer las cartas jamás habríamos llegado
a entender del todo no ya su poesía o su vida, ni siquiera
su caso literario. Juana no es "la autora" de sus versos,
sino la protagonista. Y no puede "pulirlos" porque esta
misma palabra está indicando una bastedad primera que la
inteligencia debe transfigurar la famosa fórmula de
"lo espontáneo sometido a lo consciente" de Juan
Ramón. El caso de Juana es distinto porque en ella
el sentimiento espontáneo es mucho más artístico
que su gusto literario, no siempre seguro. Ella se mostrará
siempre extrañada de que sus más sentidas rimas provoquen
una reacción de tipo literario, se asombra de que su prometido
le envíe un juicio crítico a cambio del soneto que
le dedica y no una frase tierna, que lejos de pedirle explicaciones
por unos versos amorosos que le fueron dedicados y que ella le envía,
los tome por suyos y sin más averiguaciones, en vez de provocar
un acceso de celos, piense más bien en publicarlos en La
Habana Elegante. Ya nos hemos referido a cómo uno siente
incluso en lo "literario" de su lenguaje tocado algunas
veces por el "clisé" romántico, el instrumento
de un impulso de otra índole, a la que sin embargo este lenguaje
sirve, mejor que cualquier otro medio, de anhelante, tristanesca,
insaciable aproximación. A tal punto Juana siente que su
pasión amorosa es el verdadero medio en que su poesía
encuentra al fin expresión que no es extraño que ella
pase a un segundo término en este intenso último año
de su vida. En este año, marcado por su tormentoso noviazgo
con Carlos Pío, la inexplicable oposición de su padre
y la separación definitiva al fin, su poesía se hace
casi inexistente, apenas se limita a servir de preámbulo
a sus apasionadas cartas. Ella misma confiesa que no escribe nada
ya. Su Última rima, escrita poco antes de morir,
la dicta a unas de sus hermanas, incapaz ya de sostener la pluma
o el papel entre las manos. Estos versos, que su prometido lleva
cosidos a su ropa cuando lo hirieron en la guerra no pasaron por
su pluma sino por su voz de moribunda y fueron en realidad los últimos
que dejó. Miserable sería hacer de ellos una lectura
de críticos literarios.
En su prólogo a Poesías, de
Juana Borrero, pp. 49, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de
Literatura y Linguística, La Habana, 1966.
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En el centenario de Juana Borrero
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 |
| Por Cintio Vitier |
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l futuro, poblado de exigencias, de ilusiones y proyectos, renacía
en ella siempre. Su última carta, seis días antes
de morir, está veteada de esperanzas, de delicadeza, de generosidad.
Y así, tan lúcida como indomable, arribó al
temido, ansiado, fascinante reino donde únicamente podía
consumarse su amor, un día antes de cumplirse el año
de haber conocido a Carlos Pío, el 9 de marzo de 1896. En
los últimos meses de su vida, el estado a que fue llegando
ya no puede decirse que perteneciera a la vigilia ni al sueño,
sino más bien a esa vigilia onírica o sueño
vigílico que produce la lucidez del insomnio invencible,
y que nos recuerda las palabras de Novalis, tan caras a los surrealistas:
"Llegará un día en que el hombre no cesará
de velar y de dormir a la vez", pero no interpretadas en un
sentido metafísico, sino literalmente, con la misma literalidad
con que sus ojos, ya no en el sueño sino en la muerte, según
testimonio de don Esteban, se quedaron inmensamente abiertos, y
así hubo de enterrarla, muerta insomne, atraída por
el mismo punto que fijó durante interminables segundos los
ojos de Casal.
Los estudiosos de nuestras letras encontrarán en estas cartas
una enorme cantera para conocer íntimamente lo que fue el
primer modernismo entre nosotros: la vida, pasión y muerte
de ese movimiento que parecía tan frívolo. Los estudiosos
del alma humana, tendrán a su disposición un documento
psicológico y espiritual de primera magnitud. A ellos y a
todos los demás, al presentarles este hermoso cuento real
de amor y de muerte, podemos decirles como el trovador de Tristán
e Isolda al final de su relato: Este cuento es para todos
los que aman, no para los otros. "¡Puedan
ellas encontrar aquí consuelo contra la inconstancia, contra
la injusticia, contra el despecho, contra la pena, contra todos
los males del amor!". El absoluto que Casal situó en
el arte y Martí en la patria, Juana lo vivió en el
amor: el amor como arte, como patria y como único Dios. Respondía
así al linaje de su nombre, sellado por el Apóstol
San Juan, Apóstol del amor. Si pensamos que ese nombre fue
también el de Cuba, y que el sentido amoroso, por encima
de todo azar histórico, en él encerrado, es el mismo
que Martí veía en nuestra isla, nos parece que en
un plano profundo las contradicciones se disuelven, y que Carlos
Pío, muriendo por Cuba, murió por Juana y que ella,
muriendo en su delirio de amor absoluto, se daba a la patria enriqueciéndola
con el misterio de su destino sobrecogedor. Y sin embargo nunca,
ni en la muerte, pudieron unirse: los restos de él son polvo
anónimo de nuestra tierra; los de ella permanecen en el exilio.
Entre ambos se abre la soledad nocturna, la lejanía casta
y salvaje de los pájaros del mar.
En su prólogo a Epistolario, t.
I, pp. 30-31, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de Literatura
y Lingüística, 1966.
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