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Julián del Casal
Carlos Pío Uhrbach
Rubén Darío

Fina García-Marruz
Cintio Vitier

Juana Borrero

 
 

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Por Julián del Casal
T

odas sus composiciones inéditas, ya las que duermen en el fondo de su memoria, como ramas de corales bajo las ondas marinas, ya las que oculta en sus estuches, como enjambre de luciérnagas vivas en vasos de cristal (porque esta niña, como verdadera artista, comprende la mezquindad de la gloria y repugna la ostentación de sus sentimientos), están humedecidas por ese relente de tristeza que se aspira en las estrofas que acabo de copiar. A través de esas composiciones, el alma de la niña parece un botón de rosa amortajado en un crespón, un ramo de violetas agonizante entre la nieve, un disco de estrella sumergido en un lago turbio. Las que irradian fulgores esplendorosos son aquellas en que revela su gran talento de artista, bosquejando un paisaje, como los de Sanz, verdaderamente ideal, o cincelando una estatua que, por el soplo de vida que las anima, parecen sustraídas del taller de un Rodin. (...)

Dentro de poco tiempo, toda vez que una artista de tan brillantes facultades no puede permanecer en la sombra, ya porque una mano poderosa la arrastre a la arena del combate, ya porque se lance ella misma a cumplir fatalmente su destino, su obra será sancionada por la muchedumbre y su nombre recibirá la marca candente de la celebridad. Entonces llegarán para ella los días de prueba, los días en que se cicatrizan las viejas heridas o se abren las que ningún bálsamo ha de cerrar, los días en que el alma se estrella de ilusiones o las esperanzas naufragan en el mar de las lágrimas, los días en que uno se siente más acompañado o tal vez más solo que nunca, los días en que fuerzas generosas nos encumbran a las nubes o manos enemigas nos empujan a los abismos de la desolación. Ay de ella si no sabe, al llegar esa época, encastillarse con su ideal, nutrir con su sangre sus ensueños, dar rienda suelta a su temperamento, agigantarse ante los ataques, desoír consejos ridículos, aplastar las babosas de la envidia y mostrar el más absoluto desprecio, al par que la más profunda indiferencia, por las opiniones de los burgueses de las letras!

Tomado del apéndice de Poesías, de Juana Borrero. (El texto apareció en La Habana Literaria, pp. 4-8, año II, n. 13, julio de 1892.)

Juana Borrero
   
Por Carlos Pío Uhrbach
Y

o quiero que sepan lo que valía, repito. Quiero gozarme en la enumeración de sus aptitudes excepcionales, porque el infinito de mi dolor no puede en mi corazón dilatarse con recuerdos punzadores. Su memoria es legado; queda en mi corazón indigno de albergarla, pero grande, sí, dos veces grande, por el infortunio y por encerrar su historia.

Después de muerto Casal, nadie en Cuba ha tenido un temperamento tan artístico, intuiciones tan precisas, ni inspiración tan delicada. Sus últimas rimas inéditas, son una demostración palpable del alcance adquirido por su estro desde la publicación de Rimas hasta ahora. Ella supo no dedicar su pluma más que a colorear asuntos elevados, a cincelar versos impecables, porque su divisa literaria era "el Arte por el Arte". ¡Su desdén por lo vulgar fue tan grande como su talento!...

Tomado del apéndice de Poesías, pp. 172. (El texto apareció en El Fígaro, año XII, n. 11, 15 de marzo de 1896.)

Juana Borrero
   
Por Rubén Darío
¡Y

o me imagino el dolor de ese artista enamorado, que no llegó al triunfo de la posesión y que no volverá a encontrar sobre la tierra a su Leonora, "nunca más!"

Y es de llorar con gran desolación por esas desaparecidas flores que se creerían imposibles entre la común vegetación femenina y que tan solamente se encuentran a modo de sorpresas que lo desconocido pone de cuando en cuando a la mirada del poeta. Esas almas femeninas tienen en sí una a manera de naturaleza angélica que en ocasiones se demuestra con manifestaciones visibles; son iguales en lo íntimo a los hombres elegidos del ensueño, y se elevan tanto más maravillosamente cuanto sus compañeras terrenales, inconscientes, uterinas, o instrumentos de las potencias ocultas del mal, son los principales enemigos de todo soñador. "Parece, dice Maeterlinck, que la mujer estuviese más que nosotros sujeta a los destinos". Y si ello es una verdad de la vida profunda, lo es más respecto a esas mujeres de excepción. Así el destino tuvo a esta pobre y armoniosa niña encadenada a una fibra incógnita y divinamente magnética, por la cual venían a ella los temblores supremos del misterio, para la cual era acortada con fatal avaricia por las manos de la muerte. (...)

Hay en ella sonetos admirables, a lo Casal, llenos de un sensualismo místico, extrañísimo, en el cual quizás encontraríamos la influencia del poeta de Nieve, tan celebrado por su maestro Verlaine, y por el poderoso Huysmans.

¡Pobre y adorable soñadora que ya no es más de este mundo! ¡Flores para la flor! ¡Bien resonarían para ella las palabras que lamentaron la muerte de la dulce Ofelia!

Yo saludo a la virgen que asciende a un balcón del Paraíso, en donde estará como la amada de Rossetti o la Rowena de Poe; mas es más hondo mi lamento si considero que ese ser especial ha desaparecido sin conocer el divino y terrible secreto del amor..."

Tomado del apéndice de Poesías, pp. 179. (El texto apareció en La Nación, de Buenos Aires, 23 de mayo de 1896.)

Juana Borrero
   
Por Fina García-Marruz
P

odemos concluir que el sentimiento avasallador que la ligó a Carlos Pío Uhrbach fue de muy distinto linaje al amor, mezclado de admiración infantil, a Casal, interrumpido antes de madurar y exaltado por las circunstancias de su muerte. Juana que, pese a las apariencias, no fue un temperamento "literario", lejos de "novelar" las pasiones que sintió en su vida vivifica aún los arquetipos más literarios con la propia sangre: Julieta, Lady Macbeth, Desdémona, Ivone, en los que a menudo ve la encarnación viviente de lo que su lenguaje apenas acertaba a expresar. La balada escrita por López Penha con el tema de Ivone la acercó tanto a su heroína que firmaba en sus cartas a su prometido con este nombre, derivado femenino de Ivanhoe, Juan. El nombre novelesco lleva en la entraña el propio nombre, Juana, al que, con mejor tino, se vuelve al cabo en las cartas últimas, subrayando incluso el hecho de que no sea un nombre exótico sino todo lo contrario, repitiendo hasta el delirio: –"soy tu Juana"– como si a vueltas de todos los fantaseos fuera él, el nombre, en su entrañable domesticidad, lo más íntimo del ser, o como si quisiera hacer sentir la diferencia entre el nombre con que la llaman los extraños y ese mismo nombre que sólo revela la unicidad de su alma ante aquél al que ha sido entregado.

(...) Sin leer las cartas jamás habríamos llegado a entender del todo no ya su poesía o su vida, ni siquiera su caso literario. Juana no es "la autora" de sus versos, sino la protagonista. Y no puede "pulirlos" porque esta misma palabra está indicando una bastedad primera que la inteligencia debe transfigurar –la famosa fórmula de "lo espontáneo sometido a lo consciente" de Juan Ramón–. El caso de Juana es distinto porque en ella el sentimiento espontáneo es mucho más artístico que su gusto literario, no siempre seguro. Ella se mostrará siempre extrañada de que sus más sentidas rimas provoquen una reacción de tipo literario, se asombra de que su prometido le envíe un juicio crítico a cambio del soneto que le dedica y no una frase tierna, que lejos de pedirle explicaciones por unos versos amorosos que le fueron dedicados y que ella le envía, los tome por suyos y sin más averiguaciones, en vez de provocar un acceso de celos, piense más bien en publicarlos en La Habana Elegante. Ya nos hemos referido a cómo uno siente incluso en lo "literario" de su lenguaje tocado algunas veces por el "clisé" romántico, el instrumento de un impulso de otra índole, a la que sin embargo este lenguaje sirve, mejor que cualquier otro medio, de anhelante, tristanesca, insaciable aproximación. A tal punto Juana siente que su pasión amorosa es el verdadero medio en que su poesía encuentra al fin expresión que no es extraño que ella pase a un segundo término en este intenso último año de su vida. En este año, marcado por su tormentoso noviazgo con Carlos Pío, la inexplicable oposición de su padre y la separación definitiva al fin, su poesía se hace casi inexistente, apenas se limita a servir de preámbulo a sus apasionadas cartas. Ella misma confiesa que no escribe nada ya. Su Última rima, escrita poco antes de morir, la dicta a unas de sus hermanas, incapaz ya de sostener la pluma o el papel entre las manos. Estos versos, que su prometido lleva cosidos a su ropa cuando lo hirieron en la guerra no pasaron por su pluma sino por su voz de moribunda y fueron en realidad los últimos que dejó. Miserable sería hacer de ellos una lectura de críticos literarios.

En su prólogo a Poesías, de Juana Borrero, pp. 49, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de Literatura y Linguística, La Habana, 1966.

En el centenario de Juana Borrero

   
Por Cintio Vitier
E

l futuro, poblado de exigencias, de ilusiones y proyectos, renacía en ella siempre. Su última carta, seis días antes de morir, está veteada de esperanzas, de delicadeza, de generosidad. Y así, tan lúcida como indomable, arribó al temido, ansiado, fascinante reino donde únicamente podía consumarse su amor, un día antes de cumplirse el año de haber conocido a Carlos Pío, el 9 de marzo de 1896. En los últimos meses de su vida, el estado a que fue llegando ya no puede decirse que perteneciera a la vigilia ni al sueño, sino más bien a esa vigilia onírica o sueño vigílico que produce la lucidez del insomnio invencible, y que nos recuerda las palabras de Novalis, tan caras a los surrealistas: "Llegará un día en que el hombre no cesará de velar y de dormir a la vez", pero no interpretadas en un sentido metafísico, sino literalmente, con la misma literalidad con que sus ojos, ya no en el sueño sino en la muerte, según testimonio de don Esteban, se quedaron inmensamente abiertos, y así hubo de enterrarla, muerta insomne, atraída por el mismo punto que fijó durante interminables segundos los ojos de Casal.

Los estudiosos de nuestras letras encontrarán en estas cartas una enorme cantera para conocer íntimamente lo que fue el primer modernismo entre nosotros: la vida, pasión y muerte de ese movimiento que parecía tan frívolo. Los estudiosos del alma humana, tendrán a su disposición un documento psicológico y espiritual de primera magnitud. A ellos y a todos los demás, al presentarles este hermoso cuento real de amor y de muerte, podemos decirles como el trovador de Tristán e Isolda al final de su relato: Este cuento es para todos los que aman, no para los otros. "¡Puedan ellas encontrar aquí consuelo contra la inconstancia, contra la injusticia, contra el despecho, contra la pena, contra todos los males del amor!". El absoluto que Casal situó en el arte y Martí en la patria, Juana lo vivió en el amor: el amor como arte, como patria y como único Dios. Respondía así al linaje de su nombre, sellado por el Apóstol San Juan, Apóstol del amor. Si pensamos que ese nombre fue también el de Cuba, y que el sentido amoroso, por encima de todo azar histórico, en él encerrado, es el mismo que Martí veía en nuestra isla, nos parece que en un plano profundo las contradicciones se disuelven, y que Carlos Pío, muriendo por Cuba, murió por Juana y que ella, muriendo en su delirio de amor absoluto, se daba a la patria enriqueciéndola con el misterio de su destino sobrecogedor. Y sin embargo nunca, ni en la muerte, pudieron unirse: los restos de él son polvo anónimo de nuestra tierra; los de ella permanecen en el exilio. Entre ambos se abre la soledad nocturna, la lejanía casta y salvaje de los pájaros del mar.

En su prólogo a Epistolario, t. I, pp. 30-31, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de Literatura y Lingüística, 1966.

 

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