Título de la colección de las primeras composiciones de Heredia realizada por el mismo autor en 1819, cuando contaba 16 años de edad.
   
El milano y el palomo
El ruiseñor, el príncipe y su ayo
La presumida y la abeja
Los dos diamantes
El filósofo y el buho
El milano y el palomo
 

Un milano cierto día
Había cogido un palomo
Y le decía: —Si te como,
Tu maldad lo merecía.
Malvada bestia, sé bien
El odio que profesabas
A mi raza, y que deseabas
El verme muerto también.
Pero hay Dioses vengadores...
—Ojalá que los hubiera,—
Dijo el preso;—no sufriera
Yo en tus uñas mil dolores.
—¡Oh colmo de las maldades!,—
El milano aquí exclamó.—
¡Cómo! ¡Tu impiedad osó
Dudar que hay divinidades!
El perdón ya te iba a dar,
Pero tú eres un malvado,
Y por eso que has hablado
Te voy a sacrificar.

 
  El ruiseñor, el príncipe y su ayo Volver arriba
  Un príncipe paseaba
Con un ayo muy prudente
Por un bosque, y casualmente
Allí un ruiseñor cantaba.
El príncipe lo escuchaba,
Y su canto le agradó.
Luego cogerlo intentó
Para llevarlo a enjaular,
Mas no lo pudo lograr,
Porque el pájaro se huyó.

Dijo el príncipe indignado:
¿Por qué ese pájaro amable,
De un canto tan apreciable,
En el bosque está ocultado?
Respondió el ayo: —Mi amado,
Cuando lleguéis a reinar
Esto os deberá enseñar
Que el que es necio se presenta;
El de mérito se ausenta,
Y es preciso irlo a buscar.

 
  La presumida y la abeja Volver arriba
 

A tiempo que Cloe se estaba
En un espejo mirando,
Entró una abeja zumbando
Al cuarto en que ella se hallaba.
—Venid, criadas,—exclamó—
Echad ese monstruo alado.—
Entonces el monstruo osado
En sus labios se paró.
Cloe se desmaya al momento.
Furiosa su vieja criada
En la abeja desgraciada
Quiere hacer un escarmiento.
Cuando ya la iba a matar
Dijo la abeja: —Yo loca,
Creí que era rosa la boca
De Cloe, y la fui a chupar.—
Las palabras de la abeja
A Cloe volvieron en sí.
Compasiva dijo así
A la colérica vieja:

—Perdona su atrevimiento,
Por su confesión sincera.
Su picadura es ligera,
Desde que habla, no la siento.—

¡Qué cosas se hacen pasar
Con un poquito de incienso!
Esta abeja, según pienso,
Lo podrá certificar.

Heredia reprodujo esta fábula en sus Obras Poéticas, con el título
de Imitación de Florián, sin introducir en ella ninguna variante.

 
  Los dos diamantes Volver arriba
 

—De una tierra los dos hemos salido,—
Decía un diamante tosco y escabroso
A un compañero suyo que bruñido,
Mostraba ya su resplandor hermoso.—
Todavía—prosiguió—no he comprendido
Por qué a ti solo busca el poderoso.—
Es—dijo el otro—porque me ha pulido
Del lapidario el arte laborioso.—
Así lo que Natura ha producido
En el hombre de bueno y generoso,
O bien se pierde, o no se perfecciona,
Cuando en la juventud se le abandona.

Publicada por Enrique Larrondo en Las Antillas, La Habana, t. II,
No. 3, noviembre 1920, en el artículo Los Ensayos Poéticos de Heredia. P. 232.

 
  El filósofo y el búho
(Imitación de Florian)
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Por decir la verdad pura
Un filósofo echado de su asilo,
De ciudad en ciudad andaba errante.
Detestado de todos y proscripto.
Un día que sus desgracias lamentaba,
Un búho vio pasar, que perseguido
Iba de muchas aves que gritaban:
"Ese es un gran malvado, es un impío,
Su maldad es preciso castigarla,
Quitémosle las plumas, así vivo."
Esto decían y todos le picaban,
En vano el pobre pájaro afligido
Con muy buenas razones procuraba
De su pésimo intento disuadirlos.
Entonces nuestro sabio, que ya estaba
De aquel búho infeliz compadecido,
A la tropa enemiga puso en fuga
Y al pájaro nocturno dijo: "Amigo,
¿Por qué motivo destrozarte quiere
Esa bárbara tropa de enemigos?"
Nada les hice –el ave le responde–
El ver claro de noche es mi delito."

 
  Soneto Volver arriba
 

Terrible incertidumbre, angustia fiera,
Que siempre me tenéis atormentado,
Dejad ya descansar un desgraciado,
Que de vosotros compasión espera.

Decidme de una vez si es verdadera
La triste suerte de mi padre amado,
De que todos me dicen que encerrado
Está en fluctuante cárcel de madera.

Si acaso fuere falsa la noticia,
Se quitara de mi alma el cruel recelo
Que en ella tengo fijo a mi pesar.

Pero si fuere cierta, y no ficticia,
Quiero ver mi desgracia ya sin velo,
Para poderme de ella lamentar.

Créese que pueda haber sido escrita en 1810.

 
  Al concluirse una partida de campo Volver arriba
 

¡Oh, qué días tan gustosos he pasado
En este campo ameno y delicioso,
Del bullicio del mundo separado,
Y donde nada veo que no sea hermoso!
En pescar y en pasear me he recreado,
Y quedándome aquí fuera dichoso.
Pero mi suerte lo contrario ordena,
Y ya me hace ausentar con mucha pena.

Ya, señores, de ustedes me despido,
Y confieso sincera y francamente,
Que quisiera mejor no haber venido
Que haberme de volver tan prontamente.
Ocho días muy gustosos he tenido;
Quedarme aquí quisiera eternamente;
Pero no puedo. ¡Qué dolor profundo!
¡Ah! no hay gusto completo en este mundo.

Colección de las composiciones de José M. Heredia. Cuaderno Segundo, 1819.

 
  Las ruinas de Mayquetía Volver arriba
 

Pasajero, cualquiera que tú seas,
Que a Mayquetía veas,
No pongas tu atención, no tu cuidado
En este lugar triste y arruinado,
Ni en esos frontispicios,
Restos de sus caídos edificios,
Que antes fueron hermosos y habitados,
Y ahora ya derribados
Sirven de madriguera
Al sapo horrible, a la culebra fiera.

Créese de fines de 1815 o de principios de 1816
Reproducida por Enrique Larrondo en la revista Las Antillas, La Habana, t. II,
No. 3, noviembre de 1920, en artículo titulado Los Ensayos Poéticos de Heredia, en la p. 238

 
  La desconfianza Volver arriba
 

Mira, mi bien, cuan mustia y desecada
Del sol al resplandor está la rosa
Que en tu seno tan fresca y olorosa
Pusiera ayer mi mano enamorada.

Dentro de pocas horas será nada…
No se hallará en la tierra alguna cosa
Que a mudanza feliz o dolorosa
No se encuentre sujeta y obligada,

Sigue a las tempestades la bonanza:
Siguen al gozo el tedio y la tristeza…
Perdóname si tengo desconfianza

De que dure tu amor y tu terneza:
Cuando hay en todo el mundo tal mudanza,
iSólo en tu corazón habrá firmeza?

1818.
Ed. 1825.

 
 
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