A Elpino
A…, en el baile
A mi caballo
En mi cumpleaños
Adiós
A mi amante
Dedicatoria
A Elpino
 

¡Feliz, Elpino, el que jamás conoce
Otro cielo ni sol que el de su patria!
¡Ay, si ventura tal contar pudiera...!

Tú, empero, partes, y a la dulce patria
Tornas... ¡Dado me fuera
Tus pisadas seguir! ¡Oh! ¡cuán gozoso
Tu triste amigo oyera
El ronco son con que la herida playa
Al terrible azotar del Océano
Responde largamente! Sí; la vista
De sus ondas fierísimas, hirviendo
Bajo huracán feroz, en mi alma vierte
Sublime inspiración y fuerza y vida.
Yo contigo, sus iras no temiendo,
Al vórtice rugiente me lanzara.

¡Oh! ¡cómo palpitante saludara
Las dulces costas de la patria mía,
Al ver pintada su distante sombra
En el tranquilo mar del mediodía!
¡Al fin llegado al anchuroso puerto,
Volando a mi querida,
Al agitado pecho la estrechara,
Y a su boca feliz mi boca unida,
Las pasadas angustias olvidara!

Mas, ¿a dónde me arrastra mi delirio?
Partes, Elpino, partes, y tu ausencia
De mi alma triste acrecerá el martirio.
¿Con quién ¡ay Dios! ahora
Hablaré de mi patria y mis amores,
Y aliviaré, gimiendo, mis dolores?
El bárbaro destino
Del Texcoco en las márgenes ingratas
Me encadena tal vez hasta la muerte.
Hermoso cielo de mi hermosa patria,
¿No tornaré yo a verte?

Adiós, amigo: venturoso presto
A mi amante verás... Elpino, díla
Que el mísero Fileno
La amará hasta morir... Díla cual gimo

Lejos de su beldad, y cuantas veces
Regó mi llanto sus memorias caras.
Cuéntala de mi frente, ya marchita,
La palidez mortal...

¡Adiós, Elpino,
Adiós, y sé feliz! Vuelve a la patria,
Y cuando tu familia y tus amigos
Caricias te prodiguen, no perturbe
Tu cumplida ventura
De Fileno doliente la memoria.
Mas luego no me olvides, y piadoso
Cuando recuerdes la tristeza mía,
Un suspiro de amor de allá me envía.

1819.
Ed. 1832.

 
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¡Quién hay, mujer divina,
Que al mágico poder de tus encantos
Pueda ya resistir? El alma mía
Se abrasó a tu mirar: entre la pompa
Te contemplé del estruendoso baile,
Altiva y majestosa descollando
Entre tanta hermosura,
Cual palma gallardísima y erguida
De la enlazada selva en la espesura.
De tu rosada boca la sonrisa
Más grata es ¡ay! que en el ardiente julio
De balsámica brisa el fresco vuelo,
Y tus ojos divinos resplandecen
Como el astro de Venus en el cielo.

Mas ágil y serena,
Al compás de la música sonante
Partes veloz, y mi agitado pecho
Palpita de placer. Cual azucena
Que al soplo regalado
Del aura matinal mueve su frente
Que coronó de perlas el rocío,
Así, de gracias y de gloria llena,
Giras ufana, y la expresión escuchas
De admiración y amor, y los suspiros
Que vagan junto a tí; pues electriza
A todos y enamora
Tu beldad, tu abandono, tu sonrisa,
Y tu actitud modesta, abrasadora.

¡Ay! todos se conmueven:
Sus compañeras tristes, eclipsadas,
Se agitan despechadas,
Y ni a mirarla pálidas se atreven.
Ellos arden de amor, y ellas de envidia.

¿Y engaños y perfidia
Se abrigarán en el nevado seno
Que hora palpita blandamente, lleno
De celeste candor...? ¡Afortunado
El mortal a quien ames encendida,
A quien halagues tierna y amorosa
Con tu mirar sereno y blanda risa ..!

Divina joven, ¿me amarás? ¿quién supo
Amar ¡ay! como yo? Tus ojos bellos
Afable pon en mí; seré dichoso.
En tus labios de rosa el dulce beso
Ansioso cogeré: sobre tu seno
Reclinaré mi lánguida cabeza,
Y expiraré de amor... !

¡Mísero! en vano
Hablo de amor, en ilusión perdido.
¡Ángel de paz! de ti correspondido
Nunca ¡infeliz! seré. Mi hado tirano
A estériles afectos me condena.
¡Ay! el pecho se oprime; consternado
Me agito, gimo triste,
Y me siento morir... ¡Dios que me miras,
Muévate a compasión mi suerte amarga,
Y alivia ya la insoportable carga
Del corazón ardiente que me diste!

Tú eres más bella que la blanca luna
Cuando en noche fogosa del estío,
Precedida por brisas y frescura,
En oriente aparece,
Y sube al yermo cielo, y silenciosa
En medio de los astros resplandece.

Su indigno compañero
La lleva entre sus brazos insensible,
Y yerto, inanimado,
Gira en torno de sí los vagos ojos,
Y sus gracias no ve...
—No más profanes.
Insensible mortal, ese tesoro
Que no sabes preciar: ¡huye! mis brazos
Estrecharán al inflamado seno
Ese ángel celestial...! —¡Oh! si pudiera
Hacerme amar de ti, como te adoro,
¡Cuál fuera yo feliz! ¡Cómo viviera
Del mundo en un rincón, desconocido,
Contigo y la virtud...!

Mas no, infelice:
Yo de angustia y dolores la llenara;
Y en su inocente pecho derramara
La agitación penosa
Que turba y atormenta
Mi juventud ardiente y borrascosa.

¡No, mujer adorada!
Vive feliz sin mí... Yo generoso
Gemiré y callaré: seré dichoso
Si eres dichosa tú... Benigno el Cielo,
Oiga mis votos férvidos y puros,
Y en tu pecho conserve
De inocencia la calma,
La deliciosa paz, la paz del alma,
Que severo y terrible me ha negado,
Cuando me ha condenado
A gemir, y apurar sin esperanza
Un doloroso cáliz de amargura,
Y a que nunca me halaguen
Sueños de amor y plácida ventura.

Diciembre 1821.
Ed. 1832.

Ed. 1825. 94 versos. En esta ed. Heredia agregó, como subtitulo, Fragmento; pero nada añadió a la composición al reproducirla en 1832.

 
  A mi caballo Volver arriba
 

Amigo de mis horas de tristeza,
Ven, alivíame, ven. Por las llanuras
Desalado arrebátame, y perdido
En la velocidad de tu carrera,
Olvide yo mi desventura fiera.

Huyeron de mi amor las ilusiones
Para nunca volver, de paz y dicha,
Llevando tras de sí las esperanzas.
Corrióse el velo: desengaño impío
El fin señala del delirio mío.

¡Oh! ¡cuánto me fatigan los recuerdo!
Del pasado placer! ¡Cuánto es horrible
El desierto de una alma desolada,
Sin flores de esperanza ni frescura!
Ya ¿qué la resta? Tedio y amargura.

Este viento del sur ¡ay! me devora...
iSi pudiera dormir...! En dulce olvide
En pasajera muerte sepultado,
Mi ardor calenturiento se templara,
Y mi alma triste su vigor cobrara.

¡Caballo! ¡Fiel amigo! Yo te imploro.
Volemos, ¡ay! Quebrante la fatiga
Mi cuerpo débil: y quizá benigno
Sobre la árida frente de tu dueño
Sus desmayadas alas tienda el sueño.

Débate yo tan dulce refrigerio...
Mas otra vez avergonzar me hiciste
De mi insana crueldad, y mi delirio,
Al contemplar mis pies ensangrentados,
Y tus ijares ¡ay! despedazados.

Perdona mi furor: el llanto mira
Que se agolpa a mis párpados... Amigo,
Cuando mis gritos resonar escuches,
No aguardes, no, la devorante espuela:
La crin sacude, alza la frente, y vuela.

1821.
Ed. 1832.
Ed. 1825. El mismo número de versos, y muy ligeras variantes.

Esta poesía fue traducida al inglés por James Kennedy, quien la publicó en el folleto Selections from fhe, poems of Don José María Heredia, with translations into english verse, La Habana, 1844, y en el libro Modern poets and poetry of Spain, Londres, 1852. En ambas obras apareció también la traducción, por el mismo Kennedy del soneto "A mi esposa", que Heredia escribió como dedicatoria del primer tomo de la ed. de 1832.

 
  En mi cumpleaños Volver arriba
 

Gustavi .. paulvium mellis, et ecce morior.
1. REG3 XIV. 43.

Volaron ¡ay! del tiempo arrebatados
Ya diez y nueve abriles desde el día
Que me viera nacer, y en pos volaron
Mi niñez, la delicia y el tormento
De un amor infeliz...

Con mi inocencia
Fui venturoso hasta el fatal momento
En que mis labios trémulos probaron
El beso del amor... ¡beso de muerte!
¡Origen de mi mal y llanto eterno!
Mi corazón entonces inflamaron
Del amor los furores y delicias,
Y el terrible huracán de las pasiones
Mudó en infierno mi inocente pecho,
Antes morada de la paz y el gozo.
Aquí empezó la bárbara cadena
De zozobra, inquietudes, amargura,
Y dolor inmortal a que la suerte
Me ató después con inclemente mano.
Cinco años ha que entre tormentos vivo,
Cinco años ha que por doquier la arrastro,
Sin que me haya lucido un solo día
De ventura y de paz. Breves instantes
De pérfido placer no han compensado
El tedio y amargura que rebosa
Mi triste corazón, a la manera
Que la luz pasajera
Del relámpago raudo no disipa
El horror de la noche tempestuosa.

El insano dolor nubló mi frente,
Do el sereno candor lucir se vía
Y a mis amigos plácido reía,
Marchitando mi faz, en que inocente
Brillaba la expresión que Amor inspira
Al rostro juvenil... ¡Cuan venturoso
Fui yo entonces ¡oh Dios! Pero la suerte
Bárbara me alejó de mi adorada.
¡Despedida fatal! ¡Oh postrer beso!
¡Oh beso del amor! Su faz divina
Miré por el dolor desfigurada.
Díjome: ¡adiós!: sus ayes
Sonaron por el viento,
Y: ¡adiós!, la dije en furibundo acento.

En Anáhuac mi fúnebre destino
Guardábame otro golpe más severo.
Mi padre, ¡oh Dios! mi padre, el más virtuoso
De los mortales... ¡Ay! la tumba helada
En su abismo le hundió. ¡Triste recuerdo!
Yo ví su frente pálida, nublada
Por la muerte fatal... ¡Oh, cuan furioso
Maldije mi existencia,
Y osé acusar de Dios la Providencia!

De mi adorada en los amantes brazos
Buscando a mi dolor dulce consuelo,
Quise alejarme del funesto cielo
Donde perdí a mi padre. Moribundo
Del Anáhuac volé por las llanuras,
Y el mar atravesé. Tras él pensaba
Haber dejado el dardo venenoso
Que mi doliente pecho desgarraba;
Mas de mi patria saludé las costas,
Y su arena pisé, y en aquel punto
Le sentí más furioso y ensañado
Entre mi corazón. Hallé perfidia,
Y maldad y dolor...

Desesperado,
De fatal desengaño en los furores,
Ansié la muerte, detesté la vida:
¿Qué es ¡ay! la vida sin virtud ni amores?
Solo, insociable, lúgubre y sombrío,
Como el pájaro triste de la noche,
Por doce lunas el delirio mío
Gimiendo fomenté. Dulce esperanza
Vislumbróme después: nuevos amores,
Nueva inquietud y afán se me siguieron.
Otra hermosura me halagó engañosa,
Y otra perfidia vil... ¿ Querrá la suerte
Que haya de ser mi pecho candoroso
Víctima de doblez hasta la muerte?

¡Mísero yo! ¿y he de vivir por siempre
Ardiendo en mil deseos insensatos,
O en tedio insoportable sumergido?
Un lustro ha que encendido
Busco ventura y paz, y siempre en vano.
Ni en el augusto horror del bosque umbrío,
Ni entre las fiestas y pomposos bailes
Que a loca juventud llenan de gozo,
Ni en el silencio de la calma noche,
Al esplendor de la callada luna,
Ni entre el mugir tremendo y estruendoso
De las ondas del mar hallarlas pude.
En las fértiles vegas de mi patria
Ansioso me espacié; salvé el Océano,
Trepé los montes que de fuego llenos
Brillan de nieve eterna coronados,
Sin que sintiese lleno este vacío
Dentro del corazón. Amor tan sólo
Me lo puede llenar: él solo puede
Curar los males que me causa impío.

Siempre los corazones más ardientes
Melancólicos son: en largo ensueño
Consigo arrastran el delirio vano
E impotencia cruel de ser dichosos.
El sol terrible de mi ardiente patria
Ha derramado en mi «alma borrascosa
Su fuego abrasador: así me agito
En inquietud amarga y dolorosa.
En vano, ardiendo, con aguda espuela
El generoso volador caballo
Por llanuras anchísimas lanzaba,
Y su extensión inmensa devoraba,
Por librarme de mí: tan sólo al lado
De una mujer amada y que me amase
Disfruté alguna paz. —Lola divina,
El celeste candor de tu alma pura
Con tu tierna piedad templó mis penas,
Me hizo grato el dolor... ¡Ah! vive y goza,
Sé de Cuba la gloria y la delicia;
Pero a mí, ¡qué me resta, desdichado,
Sino sólo morir...?

Doquier que miro
El fortunado amor de dos amantes,
Sus dulces juegos e inocente risa,
La vista aparto, y en feroz envidia
Arde mi corazón. En otro tiempo
Anhelaba lograr infatigable
De Minerva la espléndida corona.
Ya no la precio: amor, amor tan sólo
Suspiro sin cesar, y congojado
Mi corazón se oprime... ¡Cruel estado
De un corazón ardiente sin amores!
¡Ay! ni mi lira fiel, que en otros días
Mitigaba el rigor de mis dolores,
Me puede consolar. En otro tiempo
Yo con ágiles dedos la pulsaba,
Y dulzura y placer en mí sentía,
Y dulzura y placer ella sonaba.
En pesares y tedio sumergido,
Hoy la recorro en vano,
Y sólo vuelve a mi anhelar insano
"Voz de dolor y canto de gemido".

31 diciembre 1822.
Ed. 1832.

 
  Adiós Volver arriba
 

Belleza de dolor, en quien pensaba
Fijar mi corazón, y hallar ventura,
Adiós te digo, ¡adiós! Cuando miraba
Respirar en tu frente calma y pura
El ingenio candor, y en tu sonrisa
Y en tus ojos afables
Brillar la inteligencia y la ternura,
Necio me aluciné. Mi fantasía,
A la imagen de amor siempre inflamable,
En tu bello semblante me ofrecía
Facciones que idolatro; y embebido
En esperanza dulce y engañosa,
Pensaba en ti cobrar mi bien perdido.

Mas ¡ay! veloz despareció cual niebla
Mi halagüeña ilusión. En vano ansiaba
En tu pecho encontrar la fuente pura
Del delicado amor, del sentimiento.
Tan sólo caprichosa en él domina
Triste frivolidad, que me arrastrara
De tormento en tormento,
A un abismo de mal, llanto y ruina.
¡Qué suplicio mayor que amar de veras,
Y mirar profanado, envilecido,
El objeto que se ama, y que pudiera
Ser amor de la tierra, si estuviera
De pudor y modestia revestido!

¡Pérfida semejanza...! Si tu pecho,
Como tu faz imita la que adoro,
De prendas y virtud igual tesoro
En tu seno guardara,
¡Cuál fuera yo feliz! ¡Cómo te amara
Con efusión inmensa de ternura,
Y a labrar tu ventura
Mi juventud ardiente consagrara...!

Caminas presurosa
Por la senda funesta del capricho,
A irreparable mal y abismo fiero
De ignominia y dolor... ¡Mísero! en vano
En mi piedad ansiosa
He querido tenderte amiga mano.
La esquivaste orgullosa... ¡Adiós! yo espero
Que al fin vendrás a conocer con llanto
Si era fino mi afecto, si fue pura
Y noble mi piedad. Ya te desamo,
Que es imposible amar a quien no estima,
Y sólo en compasión por ti me inflamo.

¡No te maldigo, no! ¡Pueda lucirte
Sereno el porvenir, y de mi labio
El vaticinio fúnebre desmienta!
A mi pecho agitado
Será continuo torcedor la vista
De tu infausta beldad, y desolado
Tu suerte lloraré. Si acaso un día
Sufres del infortunio los rigores,
Y a conocerme aprendes, en mi pecho
Encontrarás, no amor, pero indulgencia,
Y el afecto piadoso de un amigo.
¡Belleza de dolor! Adiós te digo.

1826
Ed, 1832

 
  A mi amante Volver arriba
 

Es media noche: vaporosa calma
Y silencio profundo
El sueño vierte al fatigado mundo,
Y yo velo por ti, mi dulce amante.
¡ En qué delicia el alma
Enajena tu plácida memoria!
Único bien y gloria

Del corazón más fino y más constante,
¡Cuál te idolatro! De mi ansioso pecho
La agitación lanzaste y el martirio,
Y en mi tierno delirio
Lleno de ti contemplo el universo.
Con tu amor inefable se embellece
De la vida el desierto,
Que desolado y yerto
A mi tímida vista parecía,
Y cubierto de espinas y dolores.
Ante mis pasos, adorada mía,
Riégalo tú con inocentes flores.

¡Y tú me amas! ¡Oh Dios! ¡Cuánta dulzura
Siento al pensarlo! De esperanza lleno,
Miro lucir el sol puro y sereno,
Y se anega mi ser en su ventura.
Con orgullo y placer alzo la frente
Antes nublada y triste, donde ahora
Serenidad respira y alegría.
Adorada señora
De mi destino y de la vida mía,
Cuando yo tu hermosura
En un silencio religioso admiro,
El aire que tú alientas y respiro
Es delicia y ventura.

Si pueden envidiar los inmortales
De los hombres la suerte,
Me envidiarán al verte
Fijar en mí tus ojos celestiales
Animados de amor, y con los míos
Confundir su ternura.
O al escuchar cuando tu boca pura
Y tímida confiesa
El inocente amor que yo te inspiro:
Por mí exhalaste tu primer suspiro,
Y a mí me diste tu primer promesa.

¡Oh! ¡luzca el bello día
Que de mi amor corone la esperanza,
Y ponga el colmo a la ventura mía!
¡Cómo, de gozo lleno,
Inseparable gozaré tu lado,
Respiraré tu aliento regalado,
Y posaré mi faz sobre tu seno!
Ahora duermes tal vez, y el sueño agita
Sus tibias alas en tu calma frente,
Mientras que blandamente
Sólo por mí tu corazón palpita.
Duerme, objeto divino
Del afecto más fino,
Del amor más constante;
Descansa, dulce dueño,
Y entre las ilusiones de tu sueño
Levántese la imagen de tu amante.

Abril 1827
Ed. 1832

 
  Dedicatoria Volver arriba
 

A mi esposa.

Cuando en mis venas férvidas ardía
La fiera juventud, en mis canciones
El tormentoso afán de mis pasiones
Con dolorosas lágrimas vertía.

Hoy a ti las dedico, esposa mía,
Cuando el amor, más libre de ilusiones,
Inflama nuestros puros corazones,
Y sereno y de paz me luce el día.

Así, perdido en turbulentos mares,
Mísero navegante al ciclo implora
Cuando le aqueja la tormenta grave;

Y del naufragio libre, en los altares
Consagra fiel a la deidad que adora
Las húmedas reliquias de su nave.

 
 
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