
“(…)
es mi ánimo que la juventud vaya
sacudiendo de veras el yugo de la autoridad
literaria, pues sin este paso previo no
hay esperanza de establecer y aclimatar
una escuela verdaderamente filosófica
en nuestro suelo idolatrado.”
El siglo XIX europeo nació con la
aureola de la reacción, en todos
los niveles sociales. Las fuerzas sociales
que apenas veinte años antes habían
realizado en Francia la revolución
burguesa más radical de Europa, ya
hacia 1815 habían sido derrotadas
y en el seno de la propia clase burguesa
se habían reestructurado tanto su
ideología como sus prácticas.
No obstante, los ecos de la pasada revolución
se oyeron tardíamente en España
y no fue sino en 1812 cuando en ese país
se experimentan las primeras reacciones
contra la aristocracia monárquica.
España fue uno de los pocos países
donde las contradicciones entre liberales
y monárquicos llegaron al punto de
la guerra civil. Resulta entonces importante
conocer, cuál fue el papel jugado
por esas contradicciones en el mundo colonial
americano, la parte del globo terrestre
más extensa dominada por potencia
europea alguna en aquella época.
En la década de los años 30
del siglo XIX los liberales españoles
produjeron una serie de legislaciones que
afectaron las dinámicas políticas,
sociales, económicas y culturales
de lo único que le quedaba del vasto
imperio que llegaron a poseer: Cuba, Puerto
Rico y Filipinas.
A partir de 1832 se
produjo la supresión del régimen
de Facultades Omnímodas en la Península.
Pero, esta ley no se aplicó a las
Colonias. Las restricciones y personalismos
de los Capitanes Generales continuarían
sucediéndose en Cuba como el método
preferido de dominación de una monarquía
en crisis como la española.
Otro hecho fue, aún,
más devastador para los sectores
reformistas de la isla que confiaron alguna
vez en el espíritu “liberal”
de los liberales peninsulares. En 1837 se
les negó la participación
en la convocatoria a las Cortes Constituyentes
a los delegados de las colonias. El futuro
brillante de libertades políticas
se oscureció de forma inmediata para
los políticos cubanos que buscaban
aflojar el nudo económico que ahogaba
a la colonia del Caribe.
Entre 1838 y 1842 se
produce la secularización de los
bienes de las órdenes religiosas
en la isla, acontecimiento más importante
que los anteriores y que tendría
una revelación a largo plazo. Con
tal medida, se les retira a los conventos
su potestad de proveer instrucción,
y la enseñanza pasa a manos del Estado.
La situación en que se vio envuelto
este importante servicio fue caótica,
sin contar que la posibilidad de instruir
de los conventos y seminarios sólo
podía ser aplicada, a partir de ese
momento, a los jóvenes que escogieran
el sacerdocio como profesión. Los
centros educacionales más destacados
en lo relativo a la instrucción académica,
el Seminario de San Carlos y la Universidad
de La Habana, fueron despojados de ese privilegio
por las disposiciones liberales.
Todos estos esfuerzos
por parte del gobierno peninsular por hacerse
cargo de la educación pública
en Cuba tendían a un objetivo: arrebatarle
a los criollos la posibilidad de crear en
su juventud un espíritu de creación,
tanto filosófica, social como política.
Realmente, estaban en el camino correcto
pero habían llegado demasiado tarde
y sus esfuerzos no lograron otra cosa que
acelerar ese proceso.
Es en este contexto
en el que se enmarca la lucha de Luz y Caballero
por crear una filosofía, una moral
y una concepción patriótica
a partir de la enseñanza de los jóvenes.
Uno de sus más destacados discípulos
se expresó de la siguiente forma,
tratando de caracterizar la obra final de
Luz:
“(…) No
soñó nunca, seguramente, en
perturbar las conciencias preparándolas
para la acción inmediata y asoladora:
ansió, por el contrario, iluminarlas
en la verdad y serenarlas en la virtud,
pero al cabo, las perturbó, sin embargo:
regó por todas partes gérmenes
sublimes y fecundos de moralidad y de grandeza
viril que habrían de desenvolverse
en las almas y traer lógicamente
un desacuerdo profundo entre la realidad
y los principios y, luego, una aspiración
a la armonía, tanto más grande
cuanto más cierto y acentuado fuese
el contraste, y tanto más dolorosa
cuanto más difícil fuese restablecer
el natural y legítimo equilibrio.”
(Sanguily,
Manuel: José de la Luz
y Caballero: estudio crítico,
Consejo Nacional de CulturaLa Habana, 1962;
p. 25-26).

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