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ESTOS BARRIOS O EL ARTE DE ESCRIBIR
Dones
preciosos no se hacen más que cada mucho tiempo y son de agradecer
aun hechos a deshora. Veinte años transcurridos significan
que el tiempo ha transformado su rostro y nuestra sensibilidad
para la poesía. Veinte años desde su primer libro, en este
cuaderno, la poesía de Octavio Smith ha conservado arreciándolas
sus cualidades y se ha desplazado a ciertos trechos hacia
zonas de sensibilidad más recientes: ha andado, ha crecido.
Preciosa poesía,
ésta, mimadamente pulcra, ademán clásico posible por su índole
contemplativa, de ávida descripción y adjetivación suntuosa,
del atento a las minuciosas fiebres del espacio, las sutiles
visitas que nadie ve, escorzos de la realidad, preguntas al
exterior misterioso de las cosas, de quien «discierne
ardientes vecindades», del que tiene «preciadas
maneras de llevarnos a silencio» cuando «hospeda
con sencillez lo indiscernido, los presagios» -para
usar las palabras del poeta; y, para ilustración de su actitud,
escogemos como expresión mejor estos versos entre los muchos
capaces de definirse a sí misma con que cuenta esta poesía:
Yo
soy no más aquel que hospeda.
Qué fuente es esta que me escoge
y en mí remonta silenciosa.
Yo simplemente he alzado el rostro.
Lo
que determina a esta poesía su apacible expresión, sin una
voz más alta que otra, amiga del reposo en la penumbra, ligeramente
hermética por la preocupación de definirnos sus visiones,
escasas veces con la alteración de quien «ama despacio»:
Oh
vida para hundir
el rostro como en el heno fresco!
Pero
la enamorada comprobación del barrio, la alegría del que glorifica,
permiten la salida a tiempo y lugar fabulosos, a la persona
prestigiada por el sueño, a utopía de ritual que imaginamos
céltico, a toda suerte de lejanía de la que, según Vitier,
se siente desgarrado:
El
no está ahora en su sillón, él toca
la fría ara de piedra en el calvero
del bosque.
Llegar
a su barrio de todos los días es hacerlo asumiendo las trazas
del joven Colonna retornando a la ciudad del Sur, del cuatrocientos.
Poesía trabajada despaciosamente, por largo tiempo, ávida
de cuajar la perfecta expresión, la justa imagen, deseosa
de permanecer como diamante verbal, pues
lo que ha sumido su figura ya no se mueve; lo que en todo
tiempo será hermoso, que se podrá rumiar como breviario.
Lo
que podemos ver en las variantes que ha acogido como definitivas,
comparadas con las que cito de memoria (de poemas publicados
hace ya tiempo en Orígenes) -indiscreción para erudito,
curiosidad de amante por los avatares de lo que ama. Y nos
sería difícil a nosotros escoger a nuestra vez entre ellas,
por ejemplo:
como
el árbol nocturno y los festejadores
silenciosos del vino, ¿ya eres rondada?
que son ahora:
festejadores
deslumbrados, furtivos del calvero
del bosque;
y
como otro ejemplo:
el fabular del viento por
la cabellera de los fresnos y
la floresta que hospeda en negros pífanos
que
antes eran:
la
cabellera de los álamos y
el ceño eficaz del transeúnte.
Estemos
atentos al poema (o sección) VII del libro, cuyos fragmentos
cruzados de realidad, realmente conversacionales -aquéllos
en que constatamos un acercamiento a cierta reciente sensibilidad
o manera de poesía hoy en uso-, oponen sus llamadas a la prosa
cotidiana (pese a su sigilosa mirada y sin perder la fineza
señorial del idioma y señorío del oficio, notas que distinguen
esta poesía y que serán escándalo a la airada chabacanería)
a una interpretación de la noche cubana en uno de nuestros
parques, que mágicamente se convierte en un sueño de noche
de verano (es significativo que no en una noche de Walpurgis,
no demoníaca sino leve, sonriente, amable) y el joven enamorado
que no es Oberón habla a su amor como a Titania, y la noche
y el parque se personifican; el poeta oye en la orquestación
del bosque nocturno otros instrumentos que aquéllos que oyó
Martí en el maravilloso pasaje
de sus Diarios: violas, flautines traviesos, atabalillos,
trompas amables, frescas incursiones del triángulo; sorprendente
sonido éste como despertar que deja «todo apagado y
dulce como feria a nuestra espalda». Pero
los seres que no vemos, de quienes no se sabe, halan hacia
la realidad, muestras de la humanidad resumida que es un parque,
los conocemos por sus voces:
la
avidez ¿o gestión comercial de los humildes?:
-Mejor compramos la heladera-;
los sucesos trágicos que el tiempo no esconde:
-Nuestro niño sería ahora como ése...-;
juego de niños:
-Te toca a ti salir ahora a buscarnos-;
y tantas otras actitudes (la indiferencia, que es una
determinación):
-Pues yo nunca leo los editoriales-.
Y
antes, en el prologuillo, nos habla de los monumentos municipales
apresuradamente remozados por concejales expeditivos sólo
para esas improductivas gestiones; pero «la estatua
no pierde el aire / de señor jubilado» -el anciano apacible
y pulcro, testigo recurrente de esta poesía (próxima a las
costumbres, el habitat espiritual del hombre, la lluvia, el
tiempo familiar detenido en el retrato, los interiores sombrosos,
temas que la emparentan con la poesía de Eliseo Diego) en
el que reconocemos la tarde satisfecha, el confortable domingo
en que
se
torna estilo
la intensidad del culto
que llena el ocio confinado.
Y
si en otros poemas sentimos la extrañeza de las referencias
cultas, de palabras e imágenes intrusas en nuestro medio,
aquí constatamos voces acostumbradas por nuestros oídos.
(De
De crítica invención,
1999.)
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