PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
REGRESO A CubaLiteraria
   

 





La evolución de las ideas en Cuba constituye uno de los procesos más trascendentes en la explicación y fundamentación del desarrollo socioeconómico, político y cultural. La dinámica y riqueza de la cultura cubana generaron un pensamiento enraizado y amplio, gestor de proyectos transformadores de la sociedad, dando consistencia propia a la formación y profundización de las aspiraciones nacionales.

Con el fin de promover, ejecutar y coordinar con otras instituciones el conocimiento de las obras de nuestros más destacados hombres de pensamiento, la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz ha creado la Biblioteca de Clásicos Cubanos, cuyo primer resultado lo constituye la edición en tres tomos de Félix Varela. Obras. Esta colección incluye en su proyecto la publicación de: Clásicos de los orígenes del pensamiento emancipador y de las ciencias hasta 1868; Clásicos de la liberación y del cambio, desde 1869 hasta 1920, y Clásicos de la República, la reestructuración y la crisis, desde 1920 hasta 1959.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Félix Varela. Los orígenes de la ciencia y con-ciencia cubanas.La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1995.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La historia y el oficio del historiador (colectivo de autores franceses y cubanos). La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1996.

 

 


Obispo de Espada. Papeles.
Selección, ensayo introductorio y notas Eduardo Torres-Cuevas. La Habana, Imagen Contemporánea, Biblioteca de Clásicos Cubanos, 1999.

Si cultura es raíz, conocimiento profundo de la siembra civilizatoria de una comunidad humana, el pensamiento emanado de ella es germinación prolífera que se interactúa como creación y creador de ese ser nacional, fertilizándolo y haciendo surgir nuevas perspectivas en el desarrollo de las actividades colectivamente hegemonizadas.

Una larga y profunda tradición en el ejercicio de pensarnos, de someternos a crítica y, a la vez, de proponer búsquedas y trazar alternativas, permiten ofrecer a las generaciones actuales una base sólida, imprescindible, para pensarse "desde la interioridad de su permanencia" y desde la profundidad de lo continuo-discontinuo.

Urgencia, vocación y desvelo entraña la propuesta actual y actualizada de la Biblioteca de Clásicos Cubanos. No puede quedar en silencio la letra de dos siglos que nos independizaron. Tampoco, el espíritu que nos definió. Acaso, hoy ciertas ausencias lo reclaman. Pero él no puede anunciarse por sí solo. Ni las clasificaciones apresuradas de pensadores sin contextos y apenas algunos textos, ni el acomodo a las últimas ediciones que alcanzan ya más de medio siglo, nos lo devolverán. Lo cierto es que el riesgo de perderlo, ya a los finales del siglo XX o en los comienzos del XXI, siglo que fue y siglo que es, constituye una verdad irrevocable. Frente a la convicción de una pérdida tan grave, nos convoca la vocación de construir para nuestro tiempo lo que en un tiempo fue; aún más, lo que puede llegar a ser. Una labor sin sosiego y desvelo nos reúne en un compromiso común: la cultura nacional, porque un dolor común nos une: Cuba.

La Biblioteca Clásicos Cubanos de la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz debe sus primeros frutos a la edición de Félix Varela. Obras, en tres tomos. La Biblioteca incluye en su proyecto: Clásicos cubanos de los orígenes del pensamiento emancipador y de las ciencias, hasta 1868; Clásicos de la liberación y del cambio, desde 1868 a 1920, y Clásicos de la República, restructuración y crisis, de 1920 a 1959. Estos estudios serán asumidos, todos, desde una perspectiva del presente. Sólo así puede el pasado revelarnos su sentido

Y es que para interrogar críticamente, abre el camino de una sólida cultura histórica y teórica la Biblioteca de Clásicos Cubanos que a todos llegará: profesores de los diversos niveles de enseñanza, profesionales de la política y la cultura; investigadores, creadores de nuestra cultura del siglo XXI; estudiantes y público en general. Se trata de poner al alcance del cubano y de todo aquel que se acerque a nuestras raíces, otro intento de colección de autores cubanos.

 

 

"Partido Revolucionario Cubano. El proyecto inconcluso de Martí." Bohemia. La Habana, n.105, abr, 11, 1975, pp.49.

El 5 de enero de 1892 eran aprobadas por los representantes de varias agrupaciones políticas independentistas cubanas en la emigración las bases del Partido Revolucionario Cubano. El 10 de abril del mismo año eran proclamadas por toda la emigración cubana y puertorriqueña. Este hecho constituye la culminación de un largo proceso de la lucha y un salto cualitativo en el plano político revolucionario en América Latina. Su artífice: José Martí.

Existe en Martí un aparato conceptual que sin temor a equivocarnos podemos catalogarlo como uno de los más geniales de su tiempo.

Si para unos el problema vital era la guerra y para otros las formas de gobierno, tanto en la futura república como en la guerra, para Martí el problema consistía en "... preparar la paz, en medio de la guerra, sin debilitar la guerra..." o "...tal vez pueda contribuir a organizar la guerra de manera que lleve adentro sin trabas la República". Esta idea de Martí se puede resumir en una definición que él mismo da en 1892: "La guerra es un procedimiento político." Esta frase nos recuerda necesariamente la conclusión de Clausewitz en De la guerra, utilizada por Marx y Lenin: "La guerra no es más que la continuación de la política."

Parte de la obra de Martí tuvo que ser en secreto. El asalto a la revolución dejó inconclusa la magna obra de quien cayera cuando apenas comenzaba la primera fase del más gigantesco, profundo y serio intento revolucionario que recuerda la América. Proyecto que por su vigencia fue la base de la revolución del 30 y de la Generación del Centenario.

La esencia de todo ello está en la nunca suficientemente citada carta inconclusa a Manuel Mercado un día antes de caer en combate: "Ya puedo escribir [...]. Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuánto hice hasta hoy y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin."


 

 

José Antonio Saco. Acerca de la esclavitud y su historia (selección e introducción de Eduardo Torres-Cuevas y Arturo Sorhegui). La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1982.

[...] el pensamiento de Saco es, junto con el de Francisco de Arango y Parreño, el más coherente de todos los que se manifestaron durante el predominio de la esclavitud.

Permítasenos decir que el punto central de coherencia del pensamiento de Saco no es ni la esclavitud ni el anexionismo. Ellos son las alas de un cuerpo ideológico que tiene su columna vertebral en un concepto que Saco define en su polémica con los anexionistas pero que está implícito en todos sus trabajos anteriores y posteriores. Saco parte de la existencia objetiva de una nacionalidad cubana, que es su nacionalidad y a cuya defensa consagra todas sus fuerzas. Nadie antes que él estableció la diferencia entre una nacionalidad cubana y la española o la norteamericana, formulando así lo que todos sentían pero no podían explicar racionalmente. Si Saco es antianexionista lo es por defender esa nacionalidad contra la estadounidense; si es antitratista lo es porque la trata amenaza con aniquilar demográficamente lo que él entiende que es la nacionalidad cubana. Cuando aconseja superar la esclavitud es porque sabe que ésta no permite la plena manifestación de su nacionalidad. Al enfrentar al miope colonialismo español, lo hace porque se siente el representante no de un sector social o de una clase social de la colonia sino porque él se considera el representante genuino de todos los elementos, sectores y clases sociales de esa nacionalidad -considerando sólo a la población blanca-, o sea de los intereses conjuntos de la misma.

La oposición decidida a lo anglosajón y a la dominación norteamericana en Cuba es la de mayor peso en el pensamiento nacionalista de Saco porque la anexión para él es asimilación, lo que implica la destrucción de la nacionalidad cubana por la norteamericana. Es el fin no sólo del presente sino también la aniquilación de la posibilidad de que Cuba pueda llegar a ser, algún día, una nación independiente. Por eso contra lo que más se revuelve su cubanía, limitada si se quiere, pero cubanía al fin, es contra la anexión.

Veinte años después de su muerte (1879), cesaba la dominación española en Cuba y ochenta años después, el dominio neocolonial norteamericano. Es entonces cuando estos ideales del controvertido José Antonio Saco se realizan totalmente: una Cuba "cubana". Las limitaciones de su pensamiento fueron la resultante lógica del universo socio-ideológico en que había nacido, crecido y formado. No fue mármol inmaculado, tampoco acero indoblegable pero combatió, con la pluma, nunca con las armas, todo lo que le era combatible. Sus ideas no trascienden en muchos aspectos su época. Pero no se puede estudiar su época sin sus ideas. Saco merece, por lo menos el respeto y en muchos aspectos la admiración de las generaciones posteriores, porque él también puso su grano de arena en la fundación de nuestra patria y en la destrucción de lo que impedía su plena manifestación. Previó peligros y dio enérgicas respuestas a esos peligros. Ni aun después de muerto lo dejaron tranquilo. El alcalde autonomista de La Habana, vinculado a la burguesía cubana, González Llorente, negó la autorización para que en el entierro de sus restos, trasladados a La Habana, se hicieran discursos, porque temían que el hecho fuera una demostración del nacionalismo cubano frente a España. Fue el hombre más respetado de su tiempo. Temido, odiado, querido. Pero fue sobre todo, el ideólogo de más trascendencia en el mundo americano que produjo la sociedad esclavista y, al mismo tiempo, su crítico.

 

 


Félix Varela. Los orígenes de la ciencia y con-ciencia cubanas.La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1995.

En la conciencia de nuestro tiempo y en la necesidad del reencuentro con los orígenes éticos, políticos, sociales y científicos de nuestro pensamiento, en toda la dimensión de su contenido y espíritu, está su razón de ser.Toda la pureza de principios, dignidad en el hacer, capacidad creadora, personalidad propia y espiritualidad socialmente humanizada que proyecta el pensamiento de la emancipación cubana, tiene sus sustentaciones teóricas y prácticas en la figura liminar de Félix Varela. Hombre para todo tiempo histórico, fue hombre de su época y de su espacio específico. Creado dentro de su sociedad fue, a su vez, creador de las ideas para su transformación.

El sentido pedagógico que tuvo Varela para la enseñanza de la Filosofía, puede considerarse uno de los rasgos más importantes de su obra. Las cosas más significativas que escribió en estas materias tenían por objetivo enseñar primero a pensar. Por ello rompió con todos los esquemas tradicionales de la pedagogía escolástica; por ello inició un método de enseñanza activa que expulsaba de su aula la rígida dogmática de una clase preconcebida, rígidamente estructurada y absurdamente impartida. En esto estuvo su triunfo. De toda la isla acudieron presurosos los jóvenes inquietos, quienes oían hablar de las innovaciones que efectuaba Varela en el seminario. Este joven profesor, para asombro de muchos, no era ya un lector o simple comentador de un texto tomado como verdad absoluta e indiscutida, sino que tomaba de los más diversos autores, muy actualizado, los elementos que le parecían sostenibles por la razón y la experiencia, sin admitir ningún dogma en la esfera del conocimiento de la naturaleza física y social, y en general, de todas las formas del conocimiento humano. Los viejos doctores se escandalizaron, primero por el atrevimiento antiescolástico de dar clases en español y no en latín; segundo por la osadía de los conocimientos que impartía, y tercero por la forma en que los trasmitía.

Cuando el pensador logra un conocimiento de su realidad puede determinar cuáles son de aquellas ideas universales las que, surgidas de otra realidad, pueden servirle para el entendimiento de la suya. No se trata de trasladar a la realidad un aparato conceptual que no se desprendió de ella, sino de lograr, a partir de ella, un método que la pueda explicar. Es una combinación dialéctica de acciones y reacciones entre los elementos universales y los autóctonos, en los cuales estos últimos definen y determinan "no sólo los primeros pasos sino todos los que intentemos dar en el campo de la naturaleza." Esa relación dialéctica que se establece entre los elementos universales y autóctonos, es la que condiciona la creadora producción filosófica de Félix Varela.

 


La historia y el oficio del historiador
(colectivo de autores franceses y cubanos). La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1996.

La década del 80 de este siglo, que vaticinaba ser portadora del pensamiento con el cual abriría el siglo XXI, se caracterizó por una ofensiva contra las ciencias sociales; al menos, como habían sido concebidas por los grandes movimientos teóricos de los dos últimos siglos. No sólo se cuestionó la legitimidad de sus métodos, de su carácter, de su existencia misma, sino el tipo de conocimiento producido. Contra los análisis estructurales se lanzó el grito de defensa del sujeto, del individuo irreductible a toda sistematización; contra la racionalidad que buscaba explicar sistemas sociales, apareció la visión anticósmica del caos; contra la búsqueda de las leyes que una y otra vez se intentaban encontrar en ese orden social o universal, se legitimó el valor del desorden. La crisis resultó más profunda, porque no era en sí una crisis, ni de la historia en particular, ni de las ciencias sociales en general. Se trataba de un reordenamiento profundo de las sociedades contemporáneas, de la incapacidad para comprenderlas, y de todo el entramado social desarrollado en las últimas décadas. Era la propia sociedad moderna la que arrastraba consigo toda definición de sociedad. Los dramáticos acontecimientos de finales de los 80 y principios de los 90, parecían dar el golpe definitivo a los grandes intentos transformadores del siglo, e incluso, a las aspiraciones racionales de sociedades diferentes. La consecuencia lógica, el aparente cierre de una época, se constituyó en una antipropuesta. Fue el momento en que se dio por acabada, por terminada, toda la historia precedente, sus valores y sus paradigmas. Al aproximarse el fin del siglo XX también, y con demasiada prisa, surgieron las hipótesis del fin de la historia, del fin de la razón, del fin de los paradigmas, del fin de la modernidad.

La historia, en sus dos acepciones, como conocimiento de una materia y como materia de un conocimiento, no ha escapado al conjunto de problemas que enfrentan las ciencias sociales. Pero, a diferencia de otros tipos de conocimiento social, la historia goza de una larga tradición, no ya como disciplina en sí, sino, sobre todo, en la producción de un pensamiento teórico que analiza, critica y debate concepciones, métodos y teorías. La historia ha tenido un desarrollo orgánico que permite pensar, desde dentro de ella, las crisis y propuestas más generales. La teoría ha estado vinculada de manera directa a una práctica profesional, a la aplicación de determinadas técnicas, al ensamblaje de propuestas metodológicas que casi siempre son resultado de esa práctica que las renueva, las reajusta o las cambia. La crisis ha conmovido profundamente los estudios históricos; ha obligado a reflexionar; incluso, ha contribuido al abandono de los facilismos como consecuencia del contacto con las vivencias del tiempo; entre ellos, la tan socorrida historia lineal del progreso sistemático. Estamos, pues, en una de las encrucijadas creadoras más importantes de la historia de la historia, llena de angustias, incertidumbres e interrogantes, pero encrucijada, al fin, excepcional que sólo viven generaciones afortunadas. El oficio del historiador se hace cada vez más complejo, pero también más profundo.

 



"En busca de la cubanidad. (I)" Debates Americanos. La Habana, n.1, ene.-jun., 1995, pp. 217.

Junto a la misión de alcanzar un mayor desarrollo de la ciencia histórica sobre la base del conocimiento de los métodos, teorías y resultados de la historiografía universal, asumidos y decantados en función de nuestras necesidades reales y no inventada, se hace también imprescindible lograr nuestra definitiva emancipación intelectual. No resulta posible hacer cultura sin una verdadera cultura histórica y un verdadero conocimiento de los componentes nacionales; no es posible entender un proceso tan singular como el nuestro con simples citas de Hegel o de la escuela de Francfort, método que, por demás, no es otro que el de la vieja Escolástica, como antes se hizo con Marx. (p.4)

Necesitamos cada vez más conocer para aprender; conocer la producción universal para sentar las bases de nuestra producción nacional. Valdría la pena aquí reproducir aquel famoso lema del templo griego: "Conócete a ti mismo." Hay que reconocer que los tiempos han demostrado que resulta poco efectiva la sugerencia griega, porque lo más generalizado es que todo el mundo considere que, como "la razón está bien repartida", siempre se está seguro de poseer el conocimiento suficiente sobre la propia cultura. El conocimiento es en realidad la constatación del desconocimiento. Por cada paso que se da se abren nuevas perspectivas y nuevos problemas; por cada solución se abren nuevas interrogantes. Aunque pueda dársele el título de premoderna, la actitud de modestia en las ciencias, y aun más en las sociales, deviene la única verdaderamente sensata y honesta, no sólo por una posición ética, sino, también, como modo de ayudar al propio proceso cognoscitivo.

Resulta curioso que entre nosotros hayan surgido corrientes que preconizan el abandono de la historia y del tiempo, justamente, cuando en otras partes no sólo se solidifican estos estudios, sino que, además, sobre ellos se sostienen las viejas utopías.

El proceso de formación de la nación cubana no puede comenzarse a estudiar a partir de una definición conceptual ni de los elementos de superficie que presenta la historia. Se trata de todo lo contrario; es decir, de penetrar en las honduras del proceso real que, a través de los siglos, ha dado como resultante esa realidad cambiante e inacabada que constituye la cubanidad. Pero una nación adquiere sus perfiles propios sólo a partir del pueblo que la compone. Es, por ende, a través de la comprensión de las distintas etapas por las que atraviesa la formación del pueblo cubano que podemos entender este proceso.


Redacción Editorial: Martha Lesmes Diseño Web: Carlos Suárez Nuria Créditos...