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Capítulo
V. Pedazos de cartas rotas0000
(fragmentos)0000
Bárbara ha recogido los pedazos de algunas
cartas rotas y los va clavando con alfileres sobre
el peluche azul que cubre la mesa. Cortado el vuelo,
quedan allí sujetos al tedio de la horas, como
si fueran mariposas muertas.
Hay mariposas desteñidas, y otras repiten el
color de sus hermanas; pero todas dejan adivinar la
selva obscura que un día traspasaron con sus
alas, aquellas alas de papel tan leves, cargadas,
sin embargo, de tempestad...
Bárbara las clava al azar, y al azar va leyendo
su historia torva y monótona, con párrafos
cambiados y lagunas que nadie podría llenar
ya nunca, por donde el corazón salta de prisa
con miedo de caer o de perderse...
¿Qué dicen los pedazos de estas cartas?
Nada, sino el amor de alguien que amó. Allí
está todo su amor temblando apenas en unas
hojas de papel rasgado.
Y Bárbara lee en esta clara tarde de septiembre,
asiste silenciosa a este lento desangrar del alma,
mientras las mariposas vivas vuelan fuera.
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Yo
te escondería como el que lo ha cometido esconde
un crimen; yo recogería toda huella tuya, todo
hilo perdido capaz de conducir a ti; yo pondría
en rezumarte al fondo de mi alma la misma fuerza,
el mismo afán con que se ahonda un remordimiento.
(...)Sólo tú eres precisa, indispensable,
imperiosa, y fuera de ti no deseo, no comprendo, no
entiendo ni sé nada...
Por eso verás si tengo que andar sobresaltado,
si es locura imaginar abismos sin fondo, muros que
lleguen al cielo para guardarte.
Y así te guardaré, amada mía;
pues que no lo hay, seré yo el muro, yo seré
el arca segura...
Y ¡qué dulce cosa es guardarte, tenerte
como un perfume raro, como una planta exquisita, como
una joya sagrada!
¿A dónde iré a esconderme con
mi tesoro?...¿Cómo podré hacer
inadvertida mi felicidad; cómo disimular ante
los hombres, ante las estrellas, ante la miserable
y rencorosa tristeza del mundo, esta turbación,
este júbilo que me salta, que se me escapa
delatando la inaudita, la inmerecida, la deslumbradora
riqueza?...
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(Aparecido
en el periódico El País a próposito
de la visita000
a Cuba de la Infanta Da. Eulalia de Borbón)000
(fragmentos)000
La
gran toilette de la Infanta
A principios del año 1893 se anunció
en La Habana la llegada de la Infanta Eulalia, tía
del Rey niño en cuyas manos la Isla se agitaba
como un hermoso pájaro ya próximo a
emprender el vuelo.
La Infanta era joven y rubia; era también -nota
curiosa- inteligente y llena por sí misma de
una muy viva personalidad.
Sin duda la adornaba ese gran don de simpatía
que ha caracterizado a algunos de los Borbones españoles
según vox populi que yo sólo
repito, porque únicamente en los libros de
Historia los he tratado... Pero eso sí, bastante
en esos libros.
Enviaba España a su Infanta en momentos difíciles;
en ruta erizada de escollos que sólo una mujer
encantadora, con gracia y sumo tacto podía
sortear. Diremos en su honor que si bien ella no evitó
ni podía evitar el curso histórico de
los acontecimientos, no debe negarse que se captó
durante el breve tiempo que estuvo entre nosotros,
las simpatías populares, aun a sabiendas de
que prodigadas a su real persona, las tomaría
para sí, la casa reinante de donde procedía.
No sé qué hubiera sucedido si en vez
de enviar a la Infanta con pretexto de una exposición
norteamericana, esto es, en trance de visitante de
paso -en viaje de buena voluntad como diríamos
ahora-, la hubiesen remitido con toda la documentación
requerida para el cargo de Capitán General.
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De
acuerdo, pues, con la misión de un buen cronista
voy a ofrecerles datos muy interesantes en relación
con el acontecimiento que esperaban nuestros abuelos
entre curiosos y reacios, con ese abierto corazón
cubano más fácil de ganar que de perder.
Y, como las toilettes de las señoras
han ocupado siempre sitio de preferencia en la crónica
social, nada mejor que empezar por las de la propia
Alteza Real, por el regio equipo que en grandes cofres
signados con la flor de lis, venía ya navegando
a nuestras playas.
Aquí reproducimos para solaz de nuestras lectoras
-no me atrevo a esperar tanto solaz en los lectores-
la interesante reseña que nos da La Habana
Elegante de esos vestidos primorosos y de la
guarnición -joyas, sombrillas, abanicos- que
habría de acompañar a cada uno, y cada
uno con su descripción y procedencia.
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Tenerife, la isla bifronte0000
(fragmentos)0000
Tenerife quiere decir la isla de nieve, y se le dio
este nombre a la mayor de las Afortunadas porque era
la única donde la nieve se encontraba. Naturalmente,
sólo en el pico del Teide; pero allí
los hielos eran y siguen siendo de una límpida
y permanente blancura.
Otros nombres tuvo también y otras etiologías
de los nombres, entre ellos el de Nivaria, que por
igual insiste en referirse a aquella poca nieve suya,
la cual, al parecer, impresionaba sobremanera a los
antiguos moradores de la isla florida.
Nieve y flores la visten todo el año, y así
ella funde en su regazo inviernos y veranos, haciendo
de ellos una sola estación de finos aires y
delgada luz.
Su historia es para cantarla en metro heroico, y aunque
algunos lo han intentado, la verdad es que no tuvieron
aliento bastante para lograrlo. De manera que si hay
poetas sin poesía, esta es una poesía
sin poeta.
Fue la isla de Tenerife la última en rendirse
al conquistador. Casi un siglo había transcurrido
desde que aquel hollara victorioso tierras del Archipiélago,
y ya al final sólo ella resistía indómita,
rodeada de lanzas españolas.
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Pero
si el hombre de las Islas es siempre un español
de las Españas, el paisaje de las Islas sigue
siendo un paisaje anárquico, diferente a todos
los paisajes del mundo.
Este de Tenerife me impresiona extrañamente;
mucho he viajado ya en mi vida y, sin embargo, no
encuentro en mi memoria un poco de tierra para compararlo.
El cielo es azul como el de Cuba, pero de Cuba ya
no hay más que el cielo, aunque muchas gentes
crean, no sé por qué razón -tal
vez por su hermandada condición de islas-,
que ambos países guardan semejanza.
El mar no es el mar manso del Mediterráneo,
ni los otros que amarran los europeos a sus puertos;
más bien recuerda nuestro golfo de Méjico
cuando empiezan a soplar los Nortes, pero más
verde, más metálico... Es un mar verdiazul
anillado de espuma. La luz del sol, aun en verano,
suele atenuarse por unos como largos velos de neblina
que flotan rotos en el aire.
No baja la temperatura del grado diez, ni sube del
veintiséis o veintiocho, generalmente, no obstante,
y aunque ellos nieguen este aserto, en apretando agosto
yo he sentido allí algunos días un calor
quizá más fuerte que el de Cuba: es
cuando sopla el siroco africano. Convengo, sin embargo,
en que estos días son muy pocos, y aun para
pasarlos cuenta la Isla con dos o tres hermosos sitios
de veraneo, a más de una carretera de circunvalación
que la ciñe como un cinturón de plata.
Por ella hemos salido esta mañana dispuestos
a recorrerla en toda su extensión, es decir,
hasta volver al punto de partida, que es la ciudad
de Santa Cruz, capital de la ínsula.
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Desgraciado en el amor
y afortunado0000
en el juego de la vida0000
(fragmentos)0000
Ahora séame permitido pasar por alto el largo
y doloroso proceso de aquellas nuestras relaciones.
Mi familia se opuso tenaz y fieramente a ellas. Reconozco,
creo que lo reconocí siempre, porque desde
entonces ya era justa, reconocí, sí,
que mi familia tenía razón, que Pablo
no podía ser para los míos más
que un desconocido sin una profesión definida,
sin una posición estable, con más trazas
de aventurero que de otra cosa. ¿Qué
móvil sino la ambición -porque se veía
que era ambicioso- podía justificar en tales
condiciones y en tal momento, su pretensión
de unirse a una rica heredera?
He querido siempre ver este asunto objetivamente,
es decir, desde fuera; fuera del huracán y
no arrastrada como fui por toda su turbulencia.
Era difícil, pero creo que lo logré.
Les di la razón. Aceptando que las apariencias
condenaban al hombre que yo amaba, se la di a ellos,
en contra mía y en contra de él, que
por primera vez pareció dejarse abatir por
la desgracia, y yo misma rompí los lazos con
que acaso inexpertamente me había dejado atar.
Pero siendo, como fui, capaz de esto, ¿cómo
explicar la rigidez de los procedimientos, la frialdad
con que se asistía a mi lucha moral y explicar
esto en seres que hasta entonces me habían
hecho objeto de todas las ternuras y todos los cuidados?
¿Qué pecado había sido el mío,
que no los conmovía mi total entrega en sus
manos? Y, luego, los medios que se emplearon para
hacer imposible toda reconciliación, todo encuentro,
toda mirada; medios tanto más duros cuanto
más ridículos, y tanto más ridículos
cuanto más innecesarios.
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Yo misma me he preguntado muchas veces cómo
pudo llegar a donde llegó, alguien tan desposeído
de medios para conseguirlo, tan desconocedor del terreno
donde debería batirse y, en fin, tan carente
de armas para tal combate.
Mucho tiempo después, en el muy breve que pasamos
juntos, él trató de explicármelo;
pero la comprensión me resultaba difícil,
probablemente por lo extraño que era todo a
mi carácter y a mi órbita y, sobre todo,
por lo nimio que juzgaba yo el punto de partida de
su argumento.
Dejando aparte aquella especie de magnetismo que,
sin duda, de él dimanaba, Pablo solía
decirme que su triunfo en la llamada alta sociedad
(lo era, aunque ya ahora no sea nada), dependió
en buena parte, de la habilidad que tuvo para reservar
sus mejores homenajes, no a las mujeres más
jóvenes y bellas, sino a las que ya habían
dejado de serlo. (...) Jamás olvidaba el día
de santo de sus ancianas amigas, ni de enviarles ese
día un ramo de flores con su tarjeta, o de
celebrar especialmente sus galas cuando se iniciaba
ya en la crónica social.
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Estas deliciosas confidencias que puedo repetir porque
ahora ya él está muerto, quizás
parezcan a algunos un tanto cínicas y descarnadas,
pero no lo eran en absoluto; al menos él las
decía con tanta gracia, y para decirlo así,
con tanta inocencia, que daba la impresión
de ser un niño desarmando un juguete que podía
volver a armar, solo para explicar cómo lo
había puesto en movimiento.
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A
Juan Ramón Jiménez, 1937
No sé qué nombre darle y no le doy ninguno:
¿qué es un nombre? Y es preciso que
le escriba ya que se hace Ud. tan inaccesible como
yo.
Recibí esta tarde la visita de su esposa, la
más suave, la más comprensiva de las
esposas; le pregunté que cuántos poemas
nuestros había Ud. seleccionado y me dijo que
todos.
Me siento ligeramente asustada, ya Ud. comprenderá...
Yo había mandado tantos versos para que Ud.
seleccionara, para facilitarle una selección.
¿Cómo no los vio Ud. así?
Ya casi no me atrevo a sugerir nada sobre los versos
míos que según se ve, valen algunas
páginas de buena Antología pero no una
breve, leve lírica lectura de un solo poema
suyo... -¡qué digo!- ni siquiera de una
breve, leve hora única en su compañía...
Debo estar muy agradecida a Ud. de todos modos, y
lo estoy... No tiene Ud. la culpa de que yo en esto
-como en todo- haya hecho malos cálculos.
Y se me olvidaba ya... En uno de mis poemas, "Conjuro",
creo que está escrito "hacha herrada"
y no es así sino "hacha afilada".
Nada más. Su recado lo traspasaré a
Enrique lo más pronto posible. Me despido de
Ud. deseándole lo que Ud. más desee;
estoy muy contenta de saber que el clima de mi país
ha sido bueno para Ud.
Dulce
María
P.D:
El vaso en que Ud. bebió la naranjada, no se
lo he dado a beber a nadie más. Tiene un letrero
que dice: El día 22 de diciembre de 1936 bebió
aquí Juan Ramón Jiménez.
Otro de Flor, el de los pareados alejandrinos, me
parece que también ha ido con el final equivocado;
cuando la vea le pediré que me diga cómo
es, para hacerlo saber a Ud.
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